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Cosas inertes y cosas vivas en la Misa.
1. Hay cosas inertes, o sea, no son vivas:
- El altar: con sentido litúrgico
- El Templo: con sentido litúrgico
- El Misal.
- El atril.
- La Sede.
- El ambón.
- Los cálices, copones, vinajeras.
- Los ornamentos.
- Las flores, aunque han tenido alma vegetal.
2. Hay cosas aparentemente inertes, pero que son vivas:
- El pan después de la consagración.
- El vino después de la consagración.
3. Hay cosas aparentemente vivas, pero que son inertes:
- El carbón del incienso,
- La flamígera llama de los cirios, ni uno ni otro tienen alma.
4. Hay cosas vivas, con una vida excepcional, aunque bajo los velos sacramentales:
- El pan después de la consagración contiene verdadera, real y sustancialmente, el Cuerpo, Sangre, alma y divinidad de nuestro Señor Jesucristo, que nos hace vivir para siempre: “Si uno come de este pan, vivirá para siempre; y el pan que yo le voy a dar, es mi carne por la vida del mundo” (Jn 6,51).
- El vino después de la consagración contiene verdadera, real y sustancialmente la Sangre, el Cuerpo, alma y divinidad de nuestro Señor Jesucristo, que nos da una grandísima vida, la vida eterna y la resurrección: “El que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna, y yo le resucitaré el último día (Jn 6, 54).
- El sacrificio vivo de la Misa por la doble consagración separada de la Sangre por un lado y del Cuerpo por otro representando lo que sucedió en la Cruz, que la Sangre se separó del Cuerpo, momento en el cual se obra la mactación mística. Es su Cuerpo y Sangre: “por la vida del mundo”.
- La oblación, que es el acto de la voluntad por la cual se ofrece la Víctima que se inmola:
- La de Cristo: “Por eso me ama el Padre, porque doy mi vida, para recobrarla de nuevo. Nadie me la quita; yo la doy voluntariamente. Tengo poder para darla y poder para recobrarla de nuevo; esa es la orden que he recibido de mi Padre” (Jn 10, 17-18)
-Nuestra oblación como sacerdotes ministeriales que se une a la de Cristo.
- La de todos los bautizados, que unen la oblación de sus sacrificios espirituales, por manos y junto al sacerdote ministerial. Como dice San Pablo hablando del sacerdocio de los bautizados: “La copa de bendición que bendecimos ¿no es acaso comunión con la sangre de Cristo? Y el pan que partimos ¿no es comunión con el cuerpo de Cristo?” (1 Co 10,16).
- Cristo obra como Sacerdote principal de su sacrificio. ¿Cómo es Sacerdote principal? Jesucristo es el Sacerdote Principal de la Santa Misa en cuanto con voluntad actual quiere y ofrece todas y cada una de las Misas que se celebran en la tierra. ¿Cómo las ofrece? Jesucristo como Sacerdote principal ofrece todas y cada una de las transustanciaciones por un solo acto interno oblativo sin innovación ni sucesión, no por sucesivos actos de oblación. Esta oblación, que sin interrupción se continúa, es la misma oblación interna del sacrificio de la Cruz, aunque no ganando mérito nuevo, sino aplicando los méritos ganados en la Cruz.
- El Espíritu Santo, obra en las eplíclesis pre y post consagratoria.
- El Padre, obra. En la aceptación del sacrificio.
- Los santos interceden por todos. Los ángeles, adoran. La Virgen está presente.
5. Hay otras cosas vivas, que las vemos como tales y que, sin embargo, por razón del sacramento, tienen en sí elementos mucho más vivos y poderosos.
-Somos los sacerdotes ministeriales, quienes, por razón del sacramento del Orden Sagrado, somos configurados con Cristo, Cabeza y Pastor, produciendo dicho sacramento en nuestra alma un cambio ontológico junto con el carácter sacerdotal indeleble, para el tiempo y la eternidad, que nos da poder sobre el Cuerpo físico de Cristo en la Misa, y poder sobre el Cuerpo místico de Cristo, sobre todo, por poder perdonar los pecados.
De modo tal, que vemos seres humanos, limitados, pecadores, imperfectos, de mal genio, demasiado humanos o deshumanos, poco inteligentes o sin tiempo, descorteses o demasiado corteses, simpáticos o antipáticos… pero en quienes Cristo se hace particularmente presente al hacerlos, en su grado, «su parte»,[1] son «sucesores de los Apóstoles en el sacerdocio»[2], de manera especial, por el poder de transustanciar el pan y el vino en el Cuerpo y en la Sangre del Señor.
También se suele ignorar que “Los sacerdotes del Nuevo Testamento no sustituyen a Jesucristo, ni lo suceden, ni multiplican su sacerdocio, sino que son sus representantes, es decir, hacen presente a Cristo porque obran in persona Christi. Nadie hay en la Iglesia que sea sucesor de Cristo, porque es imposible sucederlo y, además, innecesario, ya que su Sacerdocio es eterno, vivo (Heb 7,25), sin interrupción (Heb 7,3), es decir, sin hendiduras ni cortes, sin fracturas ni grietas. Los sacerdotes del Nuevo Testamento son sucesores de los Apóstoles, y no de Cristo. Ni siquiera el Papa es sucesor de Cristo; él es sucesor de San Pedro, pero de Cristo es sólo Vicario”[3], el que hace sus veces. En la Iglesia católica hay un sólo y único Sacerdote: ¡Jesucristo!
Las crisis sacerdotales y las crisis vocacionales, antes y primero, son crisis de Misa. Cuando los hombres, incluso los consagrados, pierden de vista la realidad mistérica de la Misa, entran en crisis porque dejan de reconocerse quiénes son en la Misa, o sea, pierden su identidad, con ello su misión en este mundo y su vocación.
El mismo Pueblo de Dios, los mismos simples feligreses, entran muchas veces en crisis porque están en crisis con la Misa, en especial la Misa Dominical. Familia que va todos los domingos a Misa tendrá problemas, pero los superará; en cambio los que nunca o casi nunca van a Misa los domingos, tendrán problemas y difícilmente los superarán.
Este aspecto del ministro de la Eucaristía es uno de los aspectos de la Misa que más se ignoran, por eso el poco rezo por el aumento y santificación de las vocaciones sacerdotales y religiosas, la poca ayuda al necesario sustento corporal, el no acompañarlos amistosamente, las críticas injustas, el no compromiso con la pastoral parroquial, etc.
Recemos, hoy y siempre, por estos jóvenes sacerdotes y por todos los sacerdotes del mundo, para que siempre desarrollen con honor su ministerio de Cabeza y Pastor, siendo ‘otros Cristo’ para el rebaño por el cual ¡deben dar la vida!
María Santísima les alcance la perseverancia y un ministerio sacerdotal muy fecundo.
[1] Concilio Ecuménico Vaticano II, Decreto sobre el ministerio y vida de los presbíteros «Presbyterorum Ordinis», 6,1; cfr. Constitución dogmática sobre la Iglesia «Lumen Gentium», 28,2.
[2] DS 1764.
[3] Carlos M. Buela, Sacerdotes para siempre, ed. IVE, 18.
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