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¡Ven, Espíritu Santo!
El principal regalo que Dios hace al hombre y a la mujer, es Dios mismo. No puede haber un regalo más grande que el mismo Ser infinito. El principal don es el Espíritu Santo y lo que se nos da a través de Él. Por eso nuestro Señor Jesucristo nos enseñó: «¿Qué padre entre vosotros, si su hijo le pide pan, le dará una piedra?... Si vosotros siendo malos, sabéis dar cosas buenas a vuestros hijos, ¿cuánto más vuestro Padre celestial dará el Espíritu Santo a los que se lo piden?» (Lc 11, 11-13).
En esta Vigilia del Espíritu Santo quiero hacerles una pregunta, ¿cómo es posible que siendo el Espíritu Santo el don más grande que Dios nos pueda hacer no lo pedimos en el Padre nuestro, que es la oración que nos enseñó el mismo Jesús, que es oración «perfectísima» (1)? ¿Cómo en ninguna de las siete peticiones del Padre nuestro pedimos el don del Espíritu Santo?
Más aún, si el Padre nuestro es oración perfectísima ¿cómo no pedimos en él vivir las bienaventuranzas evangélicas que son fruto de los dones del Espíritu Santo? ¿Cómo si en la oración: «La Iglesia santa encuentra el sentido último de su convocación...»(2)?.
La respuesta nos la da San Agustín (3), el Águila de Hipona, y el Angélico Doctor (4).
I- El fin del hombre.
Primero, Jesús nos enseña a pedir (en las dos primeras peticiones) por lo primero que mueve nuestra voluntad que es el fin último del hombre, y nuestro fin es Dios:
1.»Santificado sea tu Nombre». Lo
buscamos a Dios en cuanto deseamos su gloria y lo amamos por lo que Él es en sí mismo.
Pedimos su gloria. Y esto pertenece al don del temor de Dios, por el cual el justo,
bajo el instinto del Espíritu Santo, adquiere docilidad especial para someterse
totalmente a la divina voluntad por reverencia a al excelencia y majestad de Dios; lo que
nos hace vivir la 1ra. bienaventuranza: «Bienaventurados los pobres de espíritu,
porque de ellos es el Reino de los cielos».
2.»Venga a nosotros tu Reino». Buscamos a Dios en cuanto queremos gozar de su gloria y
nos amamos a nosotros mismos en Él. Pedimos ser llevados a la gloria de su Reino. Y esto
pertenece al don de piedad, dado para excitar en la voluntad, por instinto del Espíritu
Santo, un afecto filial hacia Dios considerado como Padre y un sentimiento de fraternidad
universal para con todos en cuanto hermanos nuestros e hijos del mismo Padre, que está en
los cielos; lo cual nos hace vivir la 2da. bienaventuranza: «Bienaventurados los mansos,
porque ellos poseerán en herencia la tierra». Pidamos ser mansos y no resistiremos nunca
la voluntad de Dios.
II- Los medios para alcanzar el fin.
Segundo, Jesús nos enseña a pedir los medios -primario y secundarios- que nos conducen al fin.
a) Los medios que nos llevan, por sí mismos, a Dios .
Los medios que por sí mismos nos conducen a nuestro fin, que es Dios, son
hacer la voluntad de Dios y recibir la Eucaristía (las dos peticiones que siguen):
3.»Hágase tu voluntad, así en la tierra como en el cielo». Pedimos todo lo que
nos permite ganar mérito por obedecer a Dios. Y esto pertenece al don de ciencia,
por el cual la inteligencia del hombre, bajo la acción iluminadora del Espíritu Santo,
juzga rectamente de las cosas creadas en orden al fin sobrenatural; éste don nos hace
vivir la 3ra. bienaventuranza: «Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán
consolados». Así haremos la voluntad de Dios y dejaremos de llorar porque nos
gozaremos en ella.
4.»Danos hoy nuestro pan de cada día». Pedimos todo lo que nos ayuda a ganar
mérito. Tanto la Eucaristía -y en ella los demás sacramentos- cuanto «todo lo que
necesitamos para la vida». Y esto pertenece al don de fortaleza, que robustece al
alma para practicar, por instinto del Espíritu Santo, toda clase de virtudes heroicas con
invencible confianza en superar los mayores peligros o dificultades que puedan surgir; lo
que nos hace vivir la 4ta. bienaventuranza: «Bienaventurados los que tienen hambre y
sed de la justicia, porque ellos serán saciados». Al ser fortalecidos y sustentados
por el pan de Dios, quedamos saciados.
b) Los medios que nos llevan, secundariamente, a Dios.
Por último, secundariamente, nos ayudan a alcanzar a Dios las cosas que nos apartan de
los obstáculos para alcanzarlo (las últimas tres peticiones):
5.»Perdónanos nuestras ofensas como también nosotros perdonamos a los que nos
ofenden». Pedimos que nos libre del pecado que nos aparta del último fin, Dios. Y
esto pertenece al don de consejo, por el cual el alma en gracia, bajo la
inspiración del Espíritu Santo, juzga rectamente, en los casos particulares, acerca de
lo que conviene hacer en orden al fin último sobrenatural; lo cual nos hace vivir la 5ta.
bienaventuranza: «Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán
misericordia». Aprendamos a perdonar a los demás para que seamos perdonados.
6.»No nos dejes caer en la tentación». Pedimos que no seamos vencidos por la
tentación, que nos impide cumplir la ley de Dios. Y esto pertenece al don de
entendimiento, por el cual la inteligencia del hombre, bajo la acción iluminadora del
Espíritu Santo, se hace apta para una penetrante intuición de las verdades reveladas
especulativas y prácticas y hasta de las naturales en orden al fin sobrenatural; dicho
don nos hace vivir la 6ta. bienaventuranza: «Bienaventurados los limpios de corazón,
porque ellos verán a Dios». Oremos para no tener un corazón mezquino o doble, sólo
ocupado en las cosas de la tierra.
7.»Líbranos del mal». Pedimos ser librados de las aflicciones de la vida
presente. Y esto pertenece al don de sabiduría, por el cual juzgamos rectamente de
Dios y de las cosas divinas por sus últimas y altísimas causas, bajo el instinto
especial del Espíritu Santo, que nos las hace saborear por cierta connaturalidad y
simpatía; lo cual nos hace vivir la 7ma. bienaventuranza: «Bienaventurados los que
trabajan por la paz, porque ellos serán llamados hijos de Dios». Oremos siempre para
ser librados del mal, pues esta liberación nos traerá la libertad de los hijos de Dios.
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Queridos hermanos y hermanas:
Recemos siempre con mucha devoción el Padre nuestro. Allí pedimos, siempre, aún sin saberlo, los siete dones del Espíritu Santo que son los que nos permiten vivir el Evangelio de las Bienaventuranzas.
Te dice San Ambrosio: «Así, pues, acuérdate que recibiste el Sello espiritual, el Espíritu de sabiduría y de entendimiento, el Espíritu de consejo y de fortaleza, el Espíritu de conocimiento y de piedad, el Espíritu del santo temor, y guarda lo que recibiste. Dios Padre te signó, Cristo Señor te confirmó y puso en tu corazón las arras del Espíritu, como te lo enseñó la lectura del Apóstol (1 Cor 1, 21-22)»(5).
¡Ven, Espíritu Santo!
¡Ven! ...y serán recreadas todas las cosas!
P. Carlos M. Buela, VE
1 Santo
Tomás, S.Th., 2-2, 83, 9.
2 CELAM, Documento de Santo Domingo, nº 34.
3 El sermón de la montaña, l.2, cap II.
4 S.T. 2-2, 83, 9, ad 3.
5 Los misterios, 42.
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