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Piden al cielo el bien de la tierra
Sermón
pronunciado por el p. Carlos M. Buela, IVE
en
la Iglesia de San Pietro (Segni) el 25 de abril de 2008,
Fiesta de
San Marcos Evangelista
con ocasión de los votos perpetuos de 3 seminaristas del IVE.
Dice hermosamente Don Miguel de Cervantes Saavedra: «los religiosos, con toda paz y sosiego, piden al cielo el bien de la tierra»[1]. Y no sólo lo piden, sino que, además, lo obtienen y lo trasmiten. Particularmente, con su vida religiosa trasmiten a los hombres el bien integral de la naturaleza humana al dar ejemplo, por medio de los votos evangélicos, de vencer la triple concupiscencia.
Todos los tiempos y las épocas del hombre sobre la tierra abarcan su naturaleza caída en pecado.
1. En el principio de la humanidad
Tres elementos encontramos en la prueba a la que fue sometido y derrotado el hombre:
a. El fruto del árbol era bueno para comer: Vio, pues, la mujer que el árbol era bueno para comerse... (Gn 3,6), a lo que puede reducirse todos los desórdenes de la carne o del placer.
b. El fruto era apetecible a los ojos: ... (era) hermoso a la vista... (idem), a lo que puede reducirse todos los desórdenes en la búsqueda de la propia gloria o del tener.
c. Era excelente para alcanzar sabiduría: ... (era) deseable para alcanzar sabiduría... (idem), a lo que puede reducirse todos los desórdenes para alcanzar el poder.
De tal modo, que será siempre una constante dondequiera se encuentre un ser humano que será asediado por desórdenes en el placer, en el tener y en el poder.
2. En el principio de la humanidad redimida
Llegada la plenitud de los tiempos con la Encarnación del Verbo, vemos al mismo Jesucristo, al comienzo de su vida pública, padeciendo las tres tentaciones:
a. Tentación con la comida: Si eres Hijo de Dios, di a estas piedras que se conviertan en pan (Mt 4,3), que Jesús rechaza diciendo: No sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios (v. 4). En esta tentación se hallan representadas todas las materias de los pecados en el uso desordenado del placer, sea de gula o genésico.
b. Tentación de gloria o del tener en el pináculo del templo: Si eres Hijo de Dios, échate de aquí abajo... (v. 6), que también rechaza: No tentarás al Señor tu Dios (v. 7). Es figura de las materias de los pecados del desorden en la vanagloria (hacer las cosas por ostentación desordenada) y en el tener.
c. Tentación de poder: Todo esto (los reinos del mundo y la gloria de ellos) te daré si de rodillas me adorares (v. 9), apartándolo Jesús le dijo: Al Señor tu Dios adorarás y sólo a Él darás culto (v. 10). Tentación a la que puede reducirse todo desorden en el uso del poder y en el vicio de la soberbia .
Hay un marcado paralelismo entre el primer pecado del hombre y las tentaciones que quiere sufrir Jesús para nuestra enseñanza.
3. En todo tiempo
Por razón del pecado de origen, todo hombre y mujer está sujeto a la lucha contra la triple concupiscencia : No améis al mundo ni lo que hay en el mundo. Si alguien ama al mundo, el amor del Padre no está en él. Puesto que todo lo que hay en el mundo,
(1º.) la concupiscencia de la carne,
(2º.) la concupiscencia de los ojos y
(3º.) el orgullo de la vida,
no viene del Padre, sino del mundo (1Jn 2,15-16). Todo el mundo de los hombres de todos los tiempos está bajo el sometimiento de la triple concupiscencia: 1º. La concupiscencia de la carne, el afán desordenado de placeres; 2º. La concupiscencia de los ojos, o sea, el amor desordenado a las riquezas ; y, 3º. El orgullo de la vida, el deseo de honores y poderío. Lo que San Ambrosio dice: «el deleite de la carne, la esperanza de la gloria y la ambición del poder»[2]. Y San Ignacio de Loyola: «primero hayan de tentar de codicia de riquezas... para que más fácilmente vengan a vano honor del mundo... y después a crecida soberbia»[3].
Por eso enseña nuestro Señor, en el sermón de la montaña, a mortificar las cosas concupiscibles en las que los hombres suelen buscar la gloria: 1º. Los desórdenes de la carne, se vencen con el ayuno: Cuando ayunéis, no pongáis cara triste, como los hipócritas, que desfiguran su rostro para que los hombres vean que ayunan; en verdad os digo que ya reciben su paga. Tú, en cambio, cuando ayunes, perfuma tu cabeza y lava tu rostro, para que tu ayuno sea visto, no por los hombres, sino por tu Padre que está allí, en lo secreto; y tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará (Mt 6,16–18); 2º. Los del tener, se vencen con la limosna: cuando hagas limosna, no lo vayas trompeteando por delante como hacen los hipócritas en las sinagogas y por las calles, con el fin de ser honrados por los hombres; en verdad os digo que ya reciben su paga. Tú, en cambio, cuando hagas limosna, que no sepa tu mano izquierda lo que hace tu derecha; así tu limosna quedará en secreto; y tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará (Mt 6,2–4); y 3º Los de la soberbia, con la oración : Y cuando oréis, no seáis como los hipócritas, que gustan de orar en las sinagogas y en las esquinas de las plazas bien plantados para ser vistos de los hombres; en verdad os digo que ya reciben su paga. Tú, en cambio, cuando vayas a orar, entra en tu aposento y, después de cerrar la puerta, ora a tu Padre, que está allí, en lo secreto; y tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará. Y al orar, no charléis mucho, como los gentiles, que se figuran que por su palabrería van a ser escuchados. No seáis como ellos, porque vuestro Padre sabe lo que necesitáis antes de pedírselo (Mt 6,5–8).
De modo tal, que todo hombre, varón o mujer, tiene la concupiscencia y frente a ella sólo hay dos caminos: o la vence con energía o se deja vencer miserablemente.
4. Y más aun ahora
¡Cómo es cierto que «los religiosos, con toda paz y sosiego, piden al cielo el bien de la tierra»![4]. En especial, al dar testimonio de luchar contra la concupiscencia por medio de los votos religiosos de castidad, pobreza y obediencia.
Ese testimonio valiosísimo, por sobre toda ponderación, adquiere un carácter, si cabe, más urgente, más comprometido y más eficiente... ¡ahora! ¿Por qué? Porque, si bien se mira, de alguna manera se ha hecho ideología de la triple concupiscencia.
En una catequesis recordaba Juan Pablo II: «1. Desde hace ya mucho tiempo, nuestras reflexiones de los miércoles se centran sobre el siguiente enunciado de Jesucristo en el sermón de la montaña: Habéis oído que fue dicho: No adulterarás. Pero yo os digo que todo el que mira a una mujer deseándola, ya adulteró con ella (en relación a ella) en su corazón (Mt 5,27–28). Últimamente hemos aclarado que dichas palabras no pueden entenderse ni interpretarse en clave maniquea. No contienen, en modo alguno, la condenación del cuerpo y de la sexualidad. Encierran solamente una llamada a vencer la triple concupiscencia , y en particular, la concupiscencia de la carne : lo que brota precisamente de la afirmación de la dignidad personal del cuerpo y de la sexualidad, y únicamente ratifica esta afirmación.
Es importante precisar esta formulación, o sea, determinar el significado propio de las palabras del sermón de la montaña, en las que Cristo apela al corazón humano[5], no sólo a causa de «hábitos inveterados» que surgen del maniqueísmo, en el modo de pensar y valorar las cosas, sino también a causa de algunas posiciones contemporáneas que interpretan el sentido del hombre y de la moral. Ricoeur ha calificado a Freud, Marx y Nietzsche como «maestros de la sospecha»[6] («maitres du soupçon»), teniendo presente el conjunto de sistemas que cada uno de ellos representa y quizá, sobre todo, la base oculta y la orientación de cada uno de ellos al entender e interpretar el humanum mismo. Parece necesario aludir, al menos brevemente, a esta base y a esta orientación. Es necesario hacerlo para descubrir, por una parte, una significativa convergencia y, por otra, también una divergencia fundamental con la hermenéutica que tiene su fuente en la Biblia , a la que intentamos dar expresión en nuestros análisis. ¿En qué consiste la convergencia? Consiste en el hecho de que los intelectuales antes mencionados, que han ejercido y ejercen gran influjo en el modo de pensar y valorar de los hombres de nuestro tiempo, parece que, en definitiva, también juzgan y acusan al «corazón» del hombre. Aun más, parece que lo juzgan y acusan a causa de lo que en el lenguaje bíblico, sobre todo de San Juan, se llama concupiscencia, la triple concupiscencia.
2. Se podría hacer aquí una cierta distribución de las partes. En la hermenéutica nietzschiana el juicio y la acusación al corazón humano corresponden, en cierto sentido, a lo que en el lenguaje bíblico se llama «soberbia de la vida»; en la hermenéutica marxista, a lo que se llama «concupiscencia de los ojos»; en la hermenéutica freudiana, en cambio, a lo que se llama «concupiscencia de la carne ». La convergencia de estas concepciones con la hermenéutica del hombre fundada en la Biblia consiste en el hecho de que, al descubrir en el corazón humano la triple concupiscencia, hubiéramos podido también nosotros limitarnos a poner ese corazón en estado de continua sospecha. Sin embargo, la Biblia no nos permite detenernos aquí. Las palabras de Cristo, según Mt 5,27–28, son tales que, aun manifestando toda la realidad del deseo y de la concupiscencia, no permiten que se haga de esta concupiscencia el criterio absoluto de la antropología y de la ética, o sea, el núcleo mismo de la hermenéutica del hombre. En la Biblia, la triple concupiscencia no constituye el criterio fundamental y tal vez único y absoluto de la antropología y de la ética, aunque sea indudablemente un coeficiente importante para comprender al hombre, sus acciones y su valor moral. También lo demuestra el análisis que hemos hecho hasta ahora.
3. Aun queriendo llegar a una interpretación completa de las palabras de Cristo sobre el hombre que mira con concupiscencia[7], no podemos quedar satisfechos con una concepción cualquiera de la «concupiscencia», incluso en el caso de que se alcanzase la plenitud de la verdad «sicológica» accesible a nosotros; en cambio, debemos sacarla de la primera carta de Juan[8] y de la «teología de la concupiscencia» que allí se encierra. El hombre que «mira para desear» es, efectivamente, el hombre de la triple concupiscencia, es el hombre de la concupiscencia de la carne . Por esto él «puede» mirar de este modo e incluso debe ser consciente de que, abandonando este acto interior al dominio de las fuerzas de la naturaleza, no puede quitar el influjo de la concupiscencia de la carne. En Mateo[9], Cristo también trata de esto y llama la atención sobre ello. Sus palabras se refieren no sólo al acto concreto de «concupiscencia», sino, indirectamente, también al «hombre de la concupiscencia».
4. ¿Por qué estas palabras del sermón de la montaña, a pesar de la convergencia de lo que dicen respecto al corazón humano[10] con lo que se expresa en la hermenéutica de los «maestros de la sospecha», no pueden considerarse como base de dicha hermenéutica o de otra análoga? Y, ¿por qué constituyen ellas una expresión, una configuración de un «ethos» totalmente diverso, no sólo del maniqueo, sino también del freudiano? Pienso que el conjunto de los análisis y reflexiones hechos hasta ahora da respuesta a este interrogante. Resumiendo, se puede decir brevemente que las palabras de Cristo –según Mt 5,27–28– no nos permiten detenernos en la acusación al corazón humano y ponerlo en estado de continua sospecha, sino que deben ser entendidas e interpretadas como una llamada dirigida al corazón. Esto deriva de la naturaleza misma del «ethos» de la redención . Sobre el fundamento de este misterio, al que San Pablo (Ro 8,23) define redención del cuerpo, sobre el fundamento de la realidad llamada «redención» y, en consecuencia, sobre el fundamento del «ethos» de la redención del cuerpo, no podemos detenernos solamente en la acusación al corazón humano, basándonos en el deseo y en la concupiscencia de la carne . El hombre no puede detenerse poniendo al «corazón» en estado de continua e irreversible sospecha a causa de las manifestaciones de la concupiscencia de la carne y de la libido que, entre otras cosas, un sicoanalista pone de relieve mediante el análisis del subconsciente[11]. La redención es una verdad, una realidad, en cuyo nombre debe sentirse llamado el hombre, y «llamado con eficacia». Debe darse cuenta de esta llamada también mediante las palabras de Cristo según Mateo 5,27–28, leídas de nuevo en el contexto pleno de la revelación del cuerpo. El hombre debe sentirse llamado a descubrir, más aun, a realizar el significado esponsalicio del cuerpo y a expresar de este modo la libertad interior del don, es decir, de ese estado y de esa fuerza espirituales que se derivan del dominio de la concupiscencia de la carne ...»[12].
* * * * * *
Los votos evangélicos que profesan los religiosos y religiosas son un claro reclamo contra amplios sectores culturales que exaltan al hombre concupiscible, poniendo la sospecha en su misma naturaleza y que se embanderan bajo la égida de Freud, Marx y Nietzsche, maestros de la sospecha. Ellos no sólo «piden al cielo el bien de la tierra», sino que trasmiten a sus contemporáneos, por vía del testimonio, el bien integral del varón y la mujer, capaces de no dejarse dominar por las concupiscencias desordenadas, no padecer el insomnio de vivir en estado de continua e irreversible sospecha sobre el propio corazón, sino, por el contrario, puede vivir en la plenitud del amor esponsalicio que consiste en que «la única criatura terrestre a la que Dios ha amado por sí misma, no puede encontrar su propia plenitud sino es en la entrega sincera de sí mismo a los demás (cfr. Lc 17,33)»[13].
Asimismo, en estos momentos del mundo, en que han caído en desgracia las grandes ciencias, mayores y primeras en su orden, la teología y la metafísica, y, por lo mismo, se da un auge desmedido y desproporcionado de dos nuevas ciencias secundarias, la psicología y la sociología, la una orbitada en Freud y la otra en Marx, donde al matar a Dios muere el hombre del humanismo ateo de Nietzsche, el testimonio de los votos evangélicos es extremadamente actual, oponiéndose, frontalmente, a la caótica debacle del mundo moderno.
¡Que nunca falten en nuestros países, hombres y mujeres consagrados, quienes nos recuerdan la posibilidad de ser auténticamente libres, a pesar de vivir en sociedades hedonistas –donde se siguen los gustos–, consumistas –donde es más el tener que el ser– y permisivistas –donde creen que todo está permitido–!
María Santísima que nos da acabado ejemplo de amor a la pureza, a la pobreza y a la obediencia, nos espere y acompañe en nuestra peregrinación por este mundo.
[1]
Miguel de Cervantes Saavedra,
El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha, Editorial Sopena
(Buenos Aires 1943) 47.
[2]
Tratado del Cisma Moderno,
cap. 5, 2ª parte; Biografías y escritos, BAC (Madrid 1956) 447.
[3]
Ejercicios Espirituales
[142].
[4]
Miguel de Cervantes Saavedra,
El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha, Editorial Sopena
(Buenos Aires 1943) 47.
[5]
Cfr. Mt 5,27–28.
[6] «El filósofo formado en la escuela de Descartes sabe que las cosas son dudosas, que no son tales como aparecen; pero él no duda de que la conciencia no sea tal como aparece a sí misma [a ella misma]…; desde Marx, Nietzsche y Freud, nosotros dudamos. Después de la duda sobre la cosa, hemos entrado en la duda sobre la conciencia.
Pero estos tres maestros de sospecha no son tres maestros del escepticismo; son seguramente tres grandes “destructores”. […] A partir de ellos, la comprehensión es una hermenéutica: buscar el sentido, de ahora en más, no es más deletrear la conciencia del sentido, sino descifrar las expresiones. Lo que se deberá, pues, confrontar, no es solamente una triple sospecha sino una triple astucia. […]
De un mismo golpe se descubre un parentesco más profundo aun entre Marx,
Freud y Nietzsche. Los tres comienzan por la sospecha concerniente a las
ilusiones de la conciencia y continúan por la astucia del descifrar». cfr.
Paul Ricoeur, Le conflit
des interprétations (París 1969), Seuil,
149–150.
[7]
Cfr. Mt 5,27–28.
[8]
Cfr. 1Jn 2,15–16.
[9]
Cfr. Mt 5,27–28.
[10] Cfr. Mt 5,19–20.
[11] Cfr., por ejemplo, la característica afirmación de la última obra de Freud: «La oscuridad constituye también el centro de nuestro ser. “Eso”, que no tiene trato directo con el mundo exterior, e incluso a nuestro conocimiento solamente se hace accesible por mediación de otra instancia. En este “eso” trabajan los instintos orgánicos, por sí mismos de la mezcla de dos fuerzas primitivas (Eros y Destrucción) dispuestas en proporción variable, y a través de su relación a órganos o sistemas orgánicos diferenciados entre sí.
La única tendencia de este instinto es buscar satisfacción, la cual se
espera a partir de determinadas alteraciones en los órganos con la ayuda
de objetos del mundo exterior».
(Freud, Abriss der
Psychoanalyse. Das Unbehagen in der Kultur, (Frankfurt/M. Hamburgo
1955), Fischer, 74–75).
Entonces ese «núcleo» o «corazón» del hombre estaría dominado por la unión
entre el instinto erótico y el destructivo, y la vida consistiría en
satisfacerlos.
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