Getsemaní
1. El lugar: En Getsemaní, ubicado en la
ladera occidental del monte de los Olivos, apenas pasado el torrente Cedrón,
comienza el último capítulo de la vida terrena de nuestro Señor Jesucristo: la
Pasión sangrienta. Este capítulo culmina en la cruz. Estamos en el día 13 del
mes de Nissan del año 33 de la era cristiana, según nuestro cómputo, alrededor
de las 23 horas y hacía frío[1].
Llegó el Señor aquí con once de sus Apóstoles luego de estar con ellos varias
horas en el Cenáculo, lavarles los pies, compartir con ellos la Última Cena,
instituir la Eucaristía y el sacerdocio católico, hacerles un hermoso sermón en
el que dejó correr los más íntimos efluvios de su corazón –parte en el Cenáculo
y parte en el camino que baja del monte Sión de los cristianos al pequeño
torrente Cedrón– y dirigir su oración sacerdotal al Padre.
2. El misterio: Allí entra en agonía, en el sentido de lucha y
pelea, en un estado de suprema angustia y tristeza. Cayó sobre su rostro
(Mt 26, 39), en señal de profundo abatimiento. Y allí va a decir unas palabras,
llenas de misterio, que expresan el secreto profundo y el dolor profundo que
pasó el Señor en la Pasión: Mi alma está triste hasta el punto de morir (Mt
26, 38), o sea, siento una tristeza tal que ella sola bastaría para darme
muerte.
“Triste está mi alma hasta la muerte”, se corresponde con su equivalente: Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado? (Mt 27, 46), cuarta palabra estando colgado de la cruz. Ambas expresan el dolor sustancial de la Pasión, el dolor interior de Jesús, los dolores morales que son mucho más acerbos que los dolores físicos, de tal manera, que si a la Pasión le faltase el sudor de sangre, la flagelación, la coronación de espinas, la cruz... la Pasión seguiría siendo Pasión; por el contrario, si no faltase nada de esto y careciera de aquello, esto es los dolores morales, la Pasión no sería Pasión.
3. Dos causas del dolor de Cristo: ¿Cuáles son las causas del
dolor de Jesús que lo llevan a sentirse triste con una tristeza que podría darle
muerte y, sobre todo, a sentirse abandonado de su Padre? Muchas son las causas:
el cansancio corporal, la traición de Judas, la despedida de su madre, el
abandono de los amigos, el odio de los enemigos, la muerte cercana y el modo en
que iba a morir. Pero estimo que basta con señalar las dos causas principales de
semejante dolor.
Primera causa: Tomó sobre sí mismo los pecados de todos nosotros, desde
el pecado de Adán y Eva hasta el último pecado que cometa el último hombre que
habite la tierra. ¡Y con todo eran nuestras dolencias las que Él llevaba y
nuestros dolores los que soportaba! ... Él ha sido herido por nuestras
rebeldías, molido por nuestras culpas. Él soportó el castigo que nos trae la
paz, y con sus heridas hemos sido curados. Todos nosotros como ovejas erramos,
cada uno marchó por su camino, y Yahveh descargó sobre Él la culpa de todos
nosotros. Fue oprimido, y Él se humilló y no abrió la boca. Como un cordero al
degüello era llevado, y como oveja que ante los que la trasquilan está muda,
tampoco Él abrió la boca. Tras arresto y juicio fue arrebatado ... Fue arrancado
de la tierra de los vivos; por las rebeldías de su pueblo ha sido herido (Is
53, 4–8).
Sufre Jesús porque se hizo cargo de todos los pecados de los hombres. El
que se hizo carne (Jn 1, 14) por nosotros, por nosotros se hizo pecado
(2 Cor 5, 21), es decir, “sacrificio por los pecados”[2]
como si los pecados hubiesen sido suyos. El que por nosotros “se hizo carne”,
se hizo maldito por nosotros (Gal 3, 13). Con mirada profética vio todos los
pecados cometidos por la humanidad de todos los tiempos, los vio en número, con
toda su malicia, con todas las circunstancias que aumentan su malicia, y sufrió
con ellos al verlo al Padre ofendido y a los hombres condenados. Y sólo Él es
capaz de saber lo que significa para el hombre alejarse de Dios, porque sólo el
inocente es capaz de entender toda la malicia del pecado. Vio todos los pecados
de la humanidad: homicidios, robos, traiciones, mentiras, cismas, impurezas,
malos pastores, escándalos, avaricia, injusticias, apostasías, sacrilegios,
anticoncepción, hipocresías, cobardías, herejías, infidelidades, guerras,
desobediencias, odios, sectas, rencores, abortos, falsa mística, blasfemias,
idolatrías, supersticiones, desagradecimientos, falsos profetas, codicia, los
pecados contra el Espíritu Santo, los que claman al cielo... ¡todos, todos,
todos!
Segunda causa: Sufre también Jesús porque en Getsemaní, y en toda la Pasión, con mirada profética, veía a todos los miembros de su Cuerpo místico, de su Iglesia: Papas, obispos, sacerdotes, religiosos y religiosas, misioneros, los fieles cristianos laicos, también a los que pertenecen al alma de la Iglesia, aunque sin culpa no están unidos a su Cuerpo. Vio todo lo que iban a sufrir por Él. Vio todos los fracasos, luchas, incomprensiones, injusticias, persecuciones, desolaciones, arideces, sequedades, “noches oscuras”, envidias, celos, sufrimientos, abandonos, traiciones, enfermedades, renuncias, confusiones, desprecios, oprobios, injurias, burlas, marginación, ostracismo, destierro, cárceles, torturas, debilidad, indefensión, ayunos, vigilias, penitencias, cansancios, deshonras, dudas, dolores. Vio todos los tormentos de todos los mártires de todos los tiempos, desde San Esteban al Padre Jerzy Popielusko, desde los mártires romanos hasta los de Ruanda y Bosnia–Herzegovina, desde San Pedro y San Pablo hasta los Cardenales Stepinac, Beran, Slipyj, Mindszenty, Wyszynski, Tomasek, Koliqi, Todea, Korec... Todos esos sufrimientos no los vio como ajenos a sí, sino como sufrimientos suyos propios: ¡eran sufrimientos de los miembros de su Cuerpo!, ¡habían de sufrir por su amor!, ¡los perseguirían porque querían ser fieles a Él! Por eso decía San Agustín: “La tribulación de la Iglesia y del cuerpo de Cristo continúa hasta el fin de los siglos”[3]; y el Padre La Palma dice: “No sintió menos los trabajos de su Cuerpo místico que los de su cuerpo natural”[4]; y muy bellamente Pascal: “El Cristo estará en agonía hasta el fin del mundo”[5].
4. Grandeza del dolor: Con tanto dolor, por tres veces, clama al
Padre: Padre mío, si es posible, pase de mí este cáliz; mas no sea como yo
quiero, sino como Tú quieras (Mc 14, 36). Vuelve a los suyos, a quienes
había dicho que rezaran y vigilaran, y los encuentra dormidos. (¡Cómo ahora!
Pareciera que la Iglesia arde por los cuatro costados y algunos pastores no sólo
duermen sino que roncan).
Jesús en ese momento se siente como dándole las espaldas a su Padre, es como si Él que se hizo pecado, sintiese de su amoroso Padre las terribles palabras que oirán los condenados por toda la eternidad: Apártate de mí, maldito, id al fuego eterno... (Mt 25, 41). Es como si el Padre hubiese dejado de amarle.
Y esa doble realidad que carga en su alma, todos los pecados y todos los
sufrimientos y como sentir la repulsa de su Padre, hace que tenga un dolor tan
intenso que se produce el fenómeno llamado “hemathidrosis o diaforesis
sanguínea”[6],
o sea, se rompen sus vasos capilares y por las glándulas sudoríparas
comienza a sudar sangre: y sudaba como gotas de sangre que caían hasta el
suelo (Lc 22, 44). ¡Cuán abundante debió ser ese sudor de sangre, que ésta
empapó las ropas para luego caer al suelo!
De este paso de la Pasión de Jesús debo aprender dos cosas:
1º Por muy grandes que sean mis pecados, aunque sean los de toda la humanidad, más grande es la misericordia de Dios, que por ellos de manera anticipada murió en la cruz. La grandeza de su dolor fue a la medida de su amor, por eso debo pensar siempre: que me amó y murió por mí (Gal 2, 20).
2º Por muchos que sean mis sufrimientos, Cristo los sufrió antes. Por más que
crea que estoy sólo en las estepas rusas, en el desierto egipcio, en el bosque
de cemento de Nueva York, en los arrozales chinos, en las sabanas tropicales o
en medio del océano, por esta presente dificultad que sufro sufrió Cristo, como
sufrimiento propio suyo. Nunca estoy sólo. Siempre alguien me comprende y, lo
que es más, comparte mi dolor. Por mucho que me cueste cumplir los mandamientos
y los deberes de estado, por mucho que me cueste ser fiel a mi vocación, “Cristo
sufrió por mí, Cristo pagó por mí, Cristo murió por mí”[7].
Jamás debo borrar de mi corazón lo que mi dulce y divino Esposo,
Jesucristo, sufrió por mí. Debo pedir, muchas veces, la gracia de tener: “dolor
con Cristo doloroso, quebranto con Cristo quebrantado, lágrimas, pena interna de
tanta pena que Cristo pasó por mí”[8].
[1] Cf. Jn 18, 18.
[2] Concilio Vaticano II, Dz. 286.
[3] LH T III, p. 157.
[4] Historia de la Pasión, BAC, Madrid 1967, p. 96 ss.
[5] Blas Pascal, Pensees, Le mysterie de Jesus, p. 553.
[6] La Palma, o. c., p. 147, nota 24; Manuel Tuya, Del Cenáculo al Calvario, Ed. San Esteban, Salamanca, 1962, p. 167.
[7] Cf. San Juan de Ávila, Sermón Domingo III después de Pentecostés, Obras del Maestro San Juan de Ávila, T. 2, BAC, Madrid 1970, p. 295.
[8] San Ignacio de Loyola, Exercicios, n. 203.