APÉNDICE
Carta a un hijo espiritualdel año 10.000
Por una necesidad del corazón debo dirigirte esta carta. No sé si llegará a haber tantos plurales en los años del mundo. Ni tampoco sé si habrá más. En todo caso me dirijo a ti, seas del siglo XX, del L, del C o del M. ¿Por qué a tí? Porque a través de mis cruces, de la oración, de la predicación, del celo apostólico de algún escrito mío, de la fundación de la Congregación "Del Verbo Encarnado" o de las "Servidoras del Señor y de la Virgen de Matará" o de la Tercera Orden, a través de alguno de sus miembros, ha llegado a ti la vida que trajo Jesucristo al mundo. Tampoco sé el camino concreto y particular de la gracia de Dios en tu caso, que te ponen en relación conmigo, como de hijo a padre. No sé si estás en Asia, en Europa, África, Oceanía, o en algún otro planeta.
Tampoco conozco tu nombre, tu edad, tu historia, tu cultura o tu familia. No conozco tu sexo, el color de tu piel, tu rostro. Pero eso poco importa, basta con saberte mi hijo. Y por ello, mi gloria y mi corona. Dios que me dio la gracia, en la tierra, de poder mirar a muchos jóvenes en sus ojos y amarlos, confío que me ha de dar, en el cielo que espero, por su gracia que no por méritos míos, la felicidad de poder conocer y amar en Él a todos aquellos que en el transcurso del tiempo se consideren hijos míos. Creo que aun en este caso he de confiar más en ti que en mí, como me ocurre ahora estando todavía en este mundo.
Creo que al verte cada vez he de sentir ese alegre cosquilleo de ver la prolongación, en el tiempo y en el espacio, de uno mismo. Del gozo inefable de engendrar y criar hijos. De saber que somos de la misma carne y de la misma sangre, de la misma familia espiritual.
No pienses que es soberbia de mi parte el atribuirme, indebidamente, una paternidad que no me corresponde. De hecho, el único Padre por esencia es Dios, y de Él procede toda paternidad1 por participación.
Además, el verdadero sacerdote que busca auténticamente la gloria de Dios, por eso mismo es muy fecundo, sobrenaturalmente fecundo, engendra vida y vida en abundancia, y ello es así porque "la gloria de Dios consiste en que el hombre viva", como decía San Ireneo2. Quien busca la gloria de Dios, por lo mismo transmite vida al hombre.
Por eso, permíteme decirte que te quiero y te quiero entrañablemente. Que confío en ti, a pesar de tus limitaciones y pecados; ¿cómo no hacerlo?, si Dios confía en mí, a pesar de tener muchos más pecados que los tuyos, ¿cómo no voy a confiar en ti? Que estoy convencido de que serás mucho mejor que yo, y que harás cosas más grandes, para la gloria de Dios. Que sólo me avergüenzo de mí, y que Dios me dio la gracia por lo menos hasta ahora de que nunca tuviera que avergonzarme de un auténtico hijo. Que no te quiero menos por tus pecados y fracasos, sino que te quiero aún más.
No puedo ni imaginarme cómo serán las ciudades en tu siglo, los transportes, las comunicaciones, lo que habrá avanzado la medicina, la computación, la energía, cuáles serán los deportes preferidos, la organización escolar, las nuevas naciones que habrán en el mundo y cómo se repartirá el poder, los nuevos idiomas (¡seguro que te reirás del mío!, pero lo mismo harán más adelante del tuyo), qué nuevas técnicas pastorales se usarán... pero la fe católica será la misma y el mismo amor será el amor verdadero: el amor no morirá jamás (1Co 13,8). Pues bien, yo aspiro a amarte con ese amor.
Si llegan a haber tantos años y si este escrito llega hasta ellos, ciertamente, será una pieza arqueológica, pero la fe y la caridad serán siempre, junto a la esperanza, lo más actual, lo más joven, lo más nuevo. Pasa el mundo y sus concupiscencias, Dios permanece. ¿Qué son 10.000 años en comparación con la eternidad? ¡Apenas un instante! Y qué tonto es, por atarse a un instante, perder una eternidad. El Cielo es lo más importante, y para alcanzarlo hay que ordenar la tierra según Cristo.
¿Qué es lo que vale la pena en todo el arco de los siglos que durará el mundo? ¿Qué es aquello por lo que vale la pena vivir y valdría la pena morir, llegado el caso?
En primer lugar, una recta concepción de Dios, Ser infinitamente perfecto, "Ipsum Esse subsistens", que es Uno en tres Personas distintas: el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. Que gobierna con su Providencia el Cielo y la tierra y todo lo que contienen el Cielo y la tierra, haciendo que todo suceda para bien de los que aman a Dios (Rom 8,28).
En segundo lugar, fe en Jesucristo, nuestro Señor, que es el Cristo, el Hijo de Dios vivo (Mt 16,16), nuestro único Redentor y Salvador, que fue entregado por nuestros pecados y resucitado para nuestra justificación (Rom 4,25), el único que tiene palabras de vida eterna (Jn 6,68). Más aún, es la única absoluta novedad, sin que los siglos transcurridos desde el momento de su Encarnación redentora le agreguen ni siquiera una brizna de la más mínima antigüedad: "Al darse a Sí mismo, ha dado novedad a todas las cosas"3. Ser su discípulo no es otra cosa que llegar a imitarlo hasta el punto de poder decir ya no vivo yo, es Cristo quien vive en mí (Gal. 2,20), y tratar siempre de buscar "primero el Reino de Dios y su justicia que todo lo demás vendrá por añadidura"4.
En tercer lugar, Jesucristo se prolonga y perpetúa en la Iglesia Católica, fundada por Él, a quien dejó en herencia el tesoro de su Cuerpo y Sangre y la perpetuación de su único Sacrificio en la Eucaristía hasta que Él venga (1Co 11,26), a quien dejó como Madre a su Madre, la Santísima Virgen María5, poniendo como cabeza visible a Pedro presente en sus sucesores, los Papas, Obispos de Roma. En la doctrina hay que seguir al Papa no puede equivocarse y en la vida hay que seguir a los santos no se han equivocado. Sólo la Iglesia fundada sobre la roca que es Pedro "prevalecerá contra las puertas del Infierno"6. En la colina Vaticana de Roma está enterrado el primer Papa, Pedro, el Pescador. ¿Existe todavía la columnata de Bernini, con el obelisco egipcio en el medio, la fachada de la Basílica de Maderno y la cúpula de Miguel Ángel? Muchas veces celebré allí la Santa Misa y, también, recé por vos.
En fin, al desearte que tengas la fe verdadera, te deseo todo lo mejor ya que la fe "es principio de la vida espiritual", es el camino que lleva a Jesucristo, por un contacto verdadero, real y psicológico, a pesar del tiempo y las distancias. Sólo Él es el Camino, la Verdad y la Vida (Jn 14,6). Comentando este texto un clásico de todos los tiempos dice:
"Sin camino no se anda,
sin verdad no se conoce,
sin vida no se vive.
Yo soy el camino que debes seguir,
la verdad que debes creer,
la vida que debes esperar.
Yo soy el camino inviolable,
la verdad infalible,
la vida interminable.
Yo soy el camino rectísimo,
la verdad suprema,
la vida verdadera, vida feliz, vida increada.
Si permanecieres en mi camino conocerás la verdad;
y la verdad te hará libre, y alcanzarás la vida eterna"7.
Asimismo, te deseo que crezcas siempre en la esperanza, aun contra toda esperanza (Rom 4,18), conociendo cada vez mejor cuál es la esperanza a la que has sido llamado (Ef 1,18).
Por sobre todo, te recomiendo, vehementemente, vivas la caridad de Cristo, reina de todas las virtudes, que cubre la multitud de pecados (1Pe 4,8), que es vínculo de perfección (Col 3,14), de donde penden toda la Ley y los profetas (Mt 22,40). Al hablar de vos deberían poder decir tus contemporáneos: Fulano "es paciente, es servicial; no es envidioso, no es jactancioso, no se engríe, no es descortés, no busca su interés, no se irrita, no toma en cuenta el mal; no se alegra de la injusticia"; Fulano "se alegra de la verdad, todo lo excusa, todo lo cree, todo lo espera, todo lo tolera"8. De manera especial, amá a los pecadores, a los pobres y a los enemigos.
Dedicate a la propagación del Evangelio, de tal manera que pueda decirse de vos: "Fue predicador de la verdad y apóstol de la libertad"9. Mantén pura la fe y limpia la conciencia. Que nada de lo humano te sea ajeno para poder elevarlo en Cristo. La Sagrada Escritura sea siempre tu alimento. Tu gran amor: la Eucaristía. Trabaja por el aumento y santificación de las vocaciones a la vida consagrada. Sentí en tu alma el viento de Pentecostés que te impulsa y te recuerda: Id por todo el mundo y predicad el Evangelio a todas las creaturas (Mc 16, 15). No te olvides que somos instrumentos vivos de Jesucristo, pero deficientes, y necesitamos absolutamente de su gracia: Sin mi nada podéis hacer (Jn 15,5), y que la obra buena es de Él y los yerros sólo nuestros.
Te estrecho fuertemente sobre mi corazón, sabiendo que así como estábamos unidos en el siglo XX en la mente de Dios que todo lo dispone según número, peso y medida (Sb 11,20), lo estaremos mucho más en tu siglo por la gracia y muchísimo más en la gloria, que esperamos. ¡Adelante, siempre adelante! ¡Ave María y adelante! ¡Démonos la mano y un gran abrazo! ¡Y adelante, siempre adelante! ¡Hasta el Cielo! Estoy orgulloso de vos.
NOTAS
:1
Cf. Ef 3,15.2
Adversus haereses, lib. 4, cap. 20, nº 7.3
Ibid., lib. 4, cap. 34, nº 1.4
Cf. Mt 6, 33.5
Cf. Jn 19, 27.6
Cf. Mt 16, 18.7
TOMÁS DE KEMPIS, Imitación de Cristo, lib. 3, cap. 56.8
Cf. 1Co 13, 4-7.9
Cf. SAN IRENEO, Adversus haereses, lib. 3, cap. 15, nº 3.[Componente Mapa de imágenes de FrontPage] ![]()