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CAPÍTULO V: Las respuestas del joven

9. Trabajo-Deporte-Estudio

 

"La verdadera cultura es la humanización,

mientras que la no-cultura y las falsas culturas

son deshumanizadoras.

En la elección de la cultura el hombre compromete su destino.

(...) La cultura no se refiere únicamente al espíritu

ni únicamente al cuerpo... La reducción ad unum

da lugar siempre a culturas deshumanizadoras".

(Río de Janeiro, Brasil, 01-07-1980).

 

¿Qué es formar? Dar forma a algo que se encuentra "en bruto". Dar bases y apoyos. Dar bases sobre las cuales edificar.

Un joven debe formarse, es decir, debe buscar asimilar principios de acción que le permitan orientarse correctamente en la vida. Las acciones físicas que ahora podemos realizar, por ejemplo caminar, pueden ser hechas gracias a esos fantásticos sandwiches que, junto con otras cosas, hemos comido y digerido hace quién sabe cuántos años. Los hemos digerido y asimilado; y ahora son parte de nosotros, obramos gracias a ellos... Lo mismo ocurre con los principios: se asimilan, se digieren, se hacen parte de nosotros. Ahora ni nos acordamos de lo que hemos comido hace siete años; muchas veces ni nos acordamos, o no examinamos, cuáles son los principios que tenemos asimilados y nos llevan a obrar de un determinado modo. Y, sin embargo, obramos y tomamos decisiones teniendo como punto de partida esos principios.

Es clave, es esencial, es importantísimo buscar formarse, forjarse un arsenal de principios rectos que garanticen la rectitud de nuestro obrar o, en caso de desviarnos, nos permitan recordar el camino de retorno.

Hoy día "formación" es un término, como tantos otros, muy empobrecido. Algunos creen que formar es "dejar hacer, dejar pasar", como si la maduración de la persona fuera sólo una cuestión de tiempo. Así surgen los jóvenes liberales, hippies, light... hombres y mujeres sin Dios, sin patria, sin personalidad, sin grandes ideales. Otros confunden formar con formatear, o con informar, y piensan que formar es un mero "llenar de contenidos", como se carga una computadora de datos, o un tacho de basura de desperdicios. Surgen, entonces, los jóvenes intelectualoides –que a toda especulación "le hacen", menos a la que de verdad importa–; los jóvenes enciclopedistas –que se conocen el libro de los records, pero ignoran el de la vida–. Son los jóvenes "Muy interesante"–; los jóvenes "robots" –la "masa", que hace lo que hacen todos y dice lo que todos dicen–. Por último, muchos forman jóvenes cultivando solamente uno de los aspectos de la persona en desmedro de otros –muchas veces más importantes–, y así vemos deportistas "sin cabeza", sólo dignos de admiración dentro de la cancha; trabajadores "sin corazón", reducidos a un engranaje más de los grandes mecanismos de producción; estudiantes "sin manos", que se la pasan elaborando teorías que no tienen nada que ver con la realidad y son incapaces de mover un dedo para cambiar lo que realmente está mal.

Jóvenes así son los que han asimilado los falsos principios de una cultura intrascendente, que pronto se convierte en la cultura de la muerte, en la cultura incapaz de trascender la cantidad, lo mecánico, lo natural. Es decir, no tienen principios; no tienen una sólida y verdadera formación.

Y aun así, los jóvenes de hoy, a pesar de todos los problemas e inconvenientes, saben reconocer lo valioso cuando se lo presentan y se dan cuenta, por contraste, de que los han estado engañando, de que les estaban dando principios "truchos". Por eso creo que vale la pena intentar "presentar" la formación integral que ofrece la "Escuela de Jesucristo", que sincroniza en una admirable sintonía, "cabeza, corazón y manos" del joven bajo un único lema: Magis, más, más alto, a lo grande.

Además de todo lo que hemos ido presentando a lo largo de este libro-camino, creo que hay algunos factores más que son un poco los "espacios vitales" en que el joven se maneja, aquello con lo que convive cotidianamente, y que, bien encaminados, contribuyen magníficamente a la formación. Se trata del trabajo, el estudio y el deporte.

El valor formativo del trabajo

Hoy son muchos los jóvenes que se encuentran en la necesidad de trabajar; incluso hay algunos para los cuales es precisamente su trabajo lo que les permite continuar sus estudios. Para muchos, el trabajo se funde con la necesidad imperiosa de sobrevivir.

Aun así, en estos casos particulares, hay que sacar provecho. El trabajo es siempre, de uno u otro modo, beneficioso para formar el carácter, para crear hábitos fuertes, para configurar la propia personalidad. Para esto conviene tener en cuenta algunas cosas:

1. El trabajo permite que el hombre se desarrolle, que despliegue sus energías para transformar de distintas maneras la naturaleza. Por eso no debe estar el hombre al servicio del trabajo, sino el trabajo al servicio del hombre.

2. El trabajo dignifica al hombre, porque lo hace realizarse, efectivamente, operativamente, como imagen de Dios creador: mediante el trabajo el hombre "colabora" con Dios creador.

3. Jesucristo fue carpintero. La Virgen María, ama de casa. Con cualquier trabajo, aunque sea el más humilde, el hombre hace, por tanto, lo que hizo Dios: en Jesucristo Dios trabajó; hace también lo que hizo la Madre de Dios.

4. El trabajo requiere siempre un cierto esfuerzo, ya sea el trabajo manual como el de oficina o el de despacho. Siempre requiere esfuerzo y paciencia. Y es por eso mismo que sirve para dos cosas muy importantes: como expiación de los pecados, como penitencia, y también como un medio para fortalecer la voluntad mediante la exigencia continua de las diversas barreras que deben ser vencidas.

5. El trabajo permite luchar contra la ociosidad y la pereza y, en consecuencia, ayuda en cierto sentido a quitar las ocasiones de pecado.

Por todo esto se ve que el trabajo humano tiene un gran valor, especialmente para el alma del joven. El trabajo es algo propio de las almas generosas y muestra la valentía de aquellos que no le tienen miedo al sacrificio.

El valor formativo del estudio

Uno de los libros más profundos y hermosos de todos los tiempos, la Metafísica de Aristóteles, comienza así: Todos los hombres por naturaleza desean conocer. Es una gran verdad. Por eso tienen tanto auge los noticiosos, pues cuando pasa un hecho asombroso pronto se lo busca ver y escuchar.

Pero puede ocurrir que este tan noble deseo de conocer quede en una mera curiosidad; y la "ciencia del curioseo" no forma, no hace grandes líderes. Einstein no tenía a mano la revista "Muy interesante". Era un gran estudioso.

El estudio es algo necesario. Está, en cierto sentido, inscrito en la naturaleza misma del hombre, y tiene, por eso mismo, un alto valor formativo. El estudio perfecciona a la inteligencia, que es como un libro con las hojas en blanco, dándole a través de la "gimnasia intelectual", los tesoros que se encuentran ocultos en las cosas.

Como todo entrenamiento, como toda actividad perfectiva, el estudio debe tener un orden: hay que ir de las cosas más simples a las más complejas, de lo conocido a lo desconocido: normalmente no se le pueden enseñar a un niño de seis años las proposiciones fundamentales de la física cuántica.

El estudio requiere también esfuerzo. El joven debe esforzarse en adquirir el hábito, la "costumbre" de estudiar. Al principio cuesta, ciertamente, ponerse a estudiar; pero una vez que se hace hábito ya no cuesta, se hace con facilidad e, incluso, con cierto gozo.

Lograr el hábito del estudio vale la pena. Por muchos motivos. Los hay menores y mayores. Hay muchos motivos que todos conocen: "para ser alguien en la vida", "para tener salida laboral", "para no estar atrasado". Hay motivos más profundos.

El joven que no estudia, si puede hacerlo, es un joven fácilmente manipulable. Un joven al cual se lo puede fácilmente engañar. Un joven que no tiene pasión por conocer la verdad y que, por consiguiente, no mostrará tampoco mucho interés cuando se le proponga algo así como "morir por la verdad". Un joven que no estudia es campo abierto para que los medios de comunicación le hagan creer cualquier cosa. Es un joven que no tiene la cabeza "armada" para "leer" la realidad: lo pueden "engatusar"; le pueden dar "gato por liebre".

Es difícil que un joven que, pudiendo estudiar, no estudia sea un joven virtuoso. Generalmente pasa ocioso varias horas o se dedica a perder tiempo frente al televisor, que se convierte en un tirano de la atención.

El joven que tiene la posibilidad de estudiar y la aprovecha, en general, tiene un gran señorío de sí mismo y de su tiempo. Tiene fuerza de voluntad e, incluso, encuentra en el estudio un excelente medio para alejar las tentaciones y evitar las ocasiones de pecado.

¿Qué hay que estudiar?

Los que no tienen impedimento para ir al colegio o para iniciar una determinada carrera, deben estudiar lo que corresponde a esas circunstancias. Pero todos, todos, tienen que estudiar o, al menos, leer algo sobre las cosas referentes a la fe, para conocer lo que se cree, para saber dar razón de lo que se cree a quien se lo pida1. Es una delicadeza que el joven debe tener hacia Jesucristo: se estudia o se lee lo que nos interesa.

Hoy son muy pocos los jóvenes que leen, los que estudian en serio. Ciertamente, el ambiente no ayuda. Es más fácil zafar, quedarse mirando televisión, ir a "hacer esquina", salir a "divagar" con los amigos... Dejar que el tiempo se nos escurra entre los dedos. Es más fácil. Pero hay que hacer el esfuerzo. Es una gran responsabilidad. Es tu gran responsabilidad. Si estudiás, no se te va a "llover el techo".Tenés que vencerte también en esto: vencer tus distracciones, vencer tus tendencias a lo cómodo, al menor esfuerzo; vencer los distintos obstáculos... La cosecha que consigas en tu futuro depende de la generosidad del esfuerzo con que hayás sembrado.

El valor formativo del deporte

"La Iglesia (...) admira, aprueba y estimula el deporte, descubriendo en él una gimnasia del cuerpo y del espíritu, un entrenamiento para las relaciones sociales fundadas en el respeto a los otros y a la propia persona, y un elemento de cohesión social que favorece incluso relaciones amistosas en el campo internacional"2.

El deporte es algo excelente. Tiene un enorme poderío formativo. En él se conjugan el esfuerzo y el placer, el sacrificio y la alegría. Es, a la vez, trabajo y juego. Por eso mismo, es una manera hermosa que el joven tiene de forjarse una voluntad firme, ya que el deporte se hace con gusto. Es un eficaz antídoto contra el desgano y la vida cómoda, pues despierta el sentido del orden y educa para ser dueño de sí, para despreciar el peligro sin miedo ni pusilanimidad.

Pero, a veces, el gusto se hace tan dominante que el deporte deja de ser un medio para cultivar la dignidad y armonía del cuerpo, la salud, el vigor, la agilidad y para distraerse, y se convierte en un fin. Es un error muy común. No es muy extraño ver jóvenes que dedican apasionadamente todo su interés y toda su actividad al deporte. Jóvenes que no prestan más que una atención aburrida y distraída a los importantes requerimientos de la familia, del estudio y, eventualmente, del trabajo. Incluso muchas veces el hogar se convierte en un hotel donde están como huéspedes, casi como extraños, y se llega a romper todo diálogo.

El deporte es algo hermoso. Exige una gran entrega y el deseo permanente de quebrar límites y superarse. Exige grandeza de alma. Exige creatividad. Exige garra y fortaleza para vencer todos los obstáculos. Es como un arte, porque en el deporte hay que hacer un ejercicio exterior de modo creativo. Enseña a actuar en equipo.

Los jóvenes tienen que ser artistas. Tienen que ser capaces de transformar el mundo. Por eso tienen que mostrar su grandeza en la dedicación al trabajo, al estudio y al deporte.


NOTAS:

1Cf. 1Pe 3,15.

2JUAN PABLO II, OR nº 38, p. 10, 1979.

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