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CAPÍTULO V: Las respuestas del joven

6. Magnanimidad

Vocación de grandeza

 

"Vivid a Jesucristo

y contagiaréis también al mundo".

(Brescia, Italia, 03-10-1982).

 

Con gran acierto hablaba en una ocasión Pío XII de lo que llamaba "el cansancio de los buenos".

Pareciera que los buenos hoy estuvieran cansados. Pareciera que se sienten sin garra y sin fuerzas para revertir los desórdenes, los errores, los enormes pecados del mundo actual.

Hoy hacen falta jóvenes de alma grande. Jóvenes cuyas aspiraciones sean tan enormes que en ellas pueda caber todo el universo. Jóvenes con magnanimidad. Jóvenes con vocación de grandeza. Jóvenes que sepan levantar la mirada por encima de lo material y que sean capaces de descubrir que la historia de la humanidad no tiene sentido si no está anclada en la eternidad. Jóvenes que, por eso mismo, busquen con sus vidas ofrecer el testimonio de la primacía de lo trascendente.

Hoy estamos "hartos". "Hartos de todo, llenos de nada". Estamos hartos de pequeñeces. De católicos que se limitan a "cumplir", de personas que no son capaces de jugarse por lo que vale la pena, de los tibios y los mediocres. Dios también está harto de eso: "Porque no eres frío ni caliente, sino tibio, voy a vomitarte de mi boca" (Apoc 3,16).

¿Quién es el magnánimo?

Es el hombre de alma grande: de "anima magna". Es el hombre que sueña con cosas grandes y tiene una visión amplia, para nada estrecha. Es aquel que no se ahoga en un charco, que no vive en un raviol. Que no se satisface con lo que satisface a la mayoría, al común de la gente.

La mayoría de las personas dice: "Yo soy buena: no robo ni mato". Pero ser bueno así es relativamente fácil. El magnánimo, por el contrario, es el que no se queda en lo fácil, sino que tiende con gran vehemencia a lo perfecto, a lo óptimo, a lo mejor. Es el que no sólo quiere ser un buen trabajador, un buen estudiante, un buen padre de familia, una buena madre, un buen sacerdote o una buena religiosa: el magnánimo quiere ser santo. Hace el máximo esfuerzo para alcanzar lo máximo.

Por eso al magnánimo siempre se lo verá alegre y entusiasta. Porque está lleno de esperanza de alcanzar las cosas grandes, y la esperanza engendra alegría. Y el magnánimo sabe que ciertamente alcanzará, si persevera, lo que espera. Lo sabe porque sabe que alcanzar lo máximo –cosa que supera a las fuerzas naturales del hombre– es algo que depende de Jesucristo, que nunca le fallará. Por eso su esperanza está llena de confianza. Y su alegría es gigantesca.

El magnánimo es aquel que no se deja llevar de las narices, sino que en su conducta tiene un estilo inequívoco: el estilo de Jesucristo. Por eso no buscará complacer a la masa, sino que invariablemente tenderá a lo que es objetivamente mejor. Jesucristo, por ejemplo, no hizo un milagro para divertir a Herodes, aun cuando sabía que quizá eso le salvaría la vida. El magnánimo no claudica ante la adversidad. Es imbatible. No temáis a los que matan al cuerpo, porque no pueden matar al alma (Mt 10,28).

Redimensionar todas las cosas

Cuenta la mitología griega que el Rey Midas tenía un don especial: convertía en oro cuanto tocaba.

Algo semejante ocurre con el joven magnánimo. Como él es grande, hace grande todo lo que toca. Engrandece lo que hace. Comunica su ardor y empuje juvenil a todas sus acciones y contagia a los demás.

Si un joven es realmente magnánimo, crece permanentemente y, con él, las cosas que realiza. Todo el mundo adquiere una dimensión nueva ante los ojos del joven magnánimo. Todo se agranda. Todo vale más.

Y tanto para esto como para lo anterior el ejemplo más radical de lo que es un joven magnánimo lo tenemos en Jesucristo. Jesucristo es, por así decirlo, la magnanimidad misma de Dios encarnada. Y los hombres adquieren ante sus ojos tanto valor que se hacen en cierto sentido de valor infinito. No otra cosa significa que el precio de nuestro rescate haya sido la sangre de Dios.

El magnánimo, como Jesús, hace "cosas grandes y en toda virtud" y ni se preocupa por las dificultades.

Las caricaturas del magnánimo

También puede haber una farsa de la magnanimidad, llena de engaño y mentira. Veamos algunos aspectos, que pueden darse separada o simultáneamente.

Está el caso de aquel que orgullosamente se cree que es algo grande, sin reparar en que sólo Dios es grande y en que su grandeza, si la tiene, viene de Dios. No es magnánimo; es agrandado. Es un figuretti. Son formalistas. Se quedan sólo con lo exterior. Confunde "tender a lo grande" con "sobresalir", con "llamar la atención", y se dedica a sobresalir en infinidad de cosas secundarias, sin hacer el más mínimo sacrificio por lo que realmente vale.

Esto nos muestra el matiz de la vanagloria. El vanidoso se opone al magnánimo porque se la pasa buscando quedar bien ante los demás, se la pasa buscando los aplausos y los honores humanos, amando más la gloria de los hombres que la gloria de Dios. No se anima a hacer cosas grandes o a mostrar firmeza en el cumplimiento de lo que está bien, por temor a la opinión de los demás. Aspira, por tanto, a falsas grandezas. No tiene principios rectos y firmes. No se juega por la verdad.

Otro aspecto, que se mezcla con el orgullo, es el de la presunción. Cuando la persona es tan agrandada que cree con sus propias fuerzas poder alcanzar lo que sólo con la ayuda de Dios se puede alcanzar. La caída del presuntuoso es estrepitosa y lo sume en la tristeza.

Por eso mismo, en el polo opuesto a la magnanimidad se encuentra el vicio de la pusilanimidad, es decir, la pequeñez del alma o mezquindad, que engloba un poco todos estos aspectos. Es lo propio de las almas que, al comprobar su debilidad por los fracasos, o por no animarse de movida a tender a lo grande, se cierran mezquinamente sin desarrollar los talentos que Dios le dio y sin pedir a Dios la ayuda necesaria para conseguir lo que sin su auxilio es inalcanzable. Alma pequeña que lo ve todo desde su "quiosquito", preocupado sólo por los intereses de campanario, sin ser capaz de elevarse por encima de las circunstancias adversas, ni de vivir y morir por lo que corresponde.

No nos cansemos

Por todo eso, querido joven, sé magnánimo.

Sé capaz de jugarte por lo que vale. Sé capaz de tender a lo óptimo. Sé capaz de lo grande. Sé capaz de poner en tu conducta el estilo de Jesucristo. Sé noble. Los nobles son los magnánimos.

Eso se siente y no se dice. Es lo propio de un joven de corazón. Un joven que tiene algo para sí y para los otros. Un joven nacido para ser señor. Capaz de castigarse y castigar. Un joven que no pide una falsa libertad, sino que vive libremente en la verdad y por eso ama y respeta las jerarquías. Un joven que sabe poner leyes y cumplirlas. Un joven que siente el honor como la vida. Un joven dueño de sí mismo, que por poseerse puede darse. Que sabe abstenerse de cosas que nadie prohíbe y de dar cosas que nadie obliga a dar. Que sabe a cada momento las cosas por las cuales se debe estar dispuesto a morir1.

Joven, no te canses. Decía San Bernardo que de nada vale correr tras Jesucristo si no se logra alcanzarlo. Corré de tal modo que puedas alcanzarlo. No te canses. Y no dejes de correr hasta alcanzarlo.

Oración para pedir la magnanimidad


NOTAS:

1Cf. LEONARDO CASTELLANI, El nuevo gobierno de Sancho.

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