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CAPÍTULO V: Las respuestas del joven

5. Dios - esperanza

El más joven de todos

 

"El hombre es el ser que busca a Dios,

porque busca la felicidad.

Toda la vida del hombre y toda la historia humana

es una gran búsqueda de Jesús".

(Alocución a los jóvenes, 27-12-1978).

 

Muchas veces habrán oído decir que los jóvenes de hoy son la esperanza del mañana, que son la esperanza del futuro, o, simplemente, "nuestra esperanza está puesta en la juventud".

¿Por qué se pone al joven en relación tan estrecha con la esperanza? ¿Hay en la esperanza algo que sea particularmente de los jóvenes?

Sí. Sin restricciones.

Así como a los ancianos se los relaciona con la sabiduría o la prudencia, que son fruto de la experiencia de vida cosechada con el transcurso de los años, del mismo modo se relaciona al joven con la esperanza porque, al tener aún toda la vida por delante, su futuro incierto se le ofrece como un verdadero desafío, como una aventura arriesgada, como una lucha a realizar.

En todo lo que sea conquista, en todo lo que sea lucha, en todo lo que sea aventura, se necesitan agallas, se necesitan grandes ansias, se necesita algo que impulse poderosamente a la consecución del objetivo propuesto. Un poco de todo eso es la esperanza. Pero también un poco más.

La juventud, tiempo de tarea

Cuando nuestro compañero de viaje, el Papa Juan Pablo II, se pregunta qué es la juventud, cuál es su sentido, responde:

Como muchos jóvenes no toman la vida como tarea, como muchos no tienen ideales, como muchos tienen pseudoideales, ideales falsos y pequeños, muchos son los que viven como viejos, aburridos y hastiados, son cada día más los que viven sin saber por qué ni para qué... Viven una vida sin esperanza. Y hay personas que hacen de esto una manera de pensar, es decir, hay "teóricos" de la desesperación, hombres de vida amarga que han querido y quieren amargar la vida a los demás, como, por ejemplo, Schopenhauer, para quien "la vida no es digna de ser vivida". Los jóvenes que, sabiéndolo o no, ponen esas ideas como primer principio de sus acciones, no son jóvenes. No lo son de verdad. Tendrán un cuerpo, un "envase" joven; pero su alma está decrépita.

Por el contrario, vemos muchas veces personas de edad avanzada con un espíritu sumamente juvenil. Personas alegres, emprendedoras, con deseos de hacer cosas y de vivir. Lo cual confirma que la juventud, más que una época, más que una "porción de vida", es un modo de vivir, algo que puede –y debe– invadir toda nuestra vida.

¿Qué papel juega en esto la esperanza? La esperanza mueve al hombre hacia lo que espera. Y cuanto más elevado y noble es lo que se espera, más elevado y noble es el impulso que engendra la esperanza, hace que se trabaje con mayor entrega y energía para conseguirlo. Y si el objeto de las aspiraciones de un joven es lo más grande que hay, lo más alto, lo más excelente, lo más bueno, lo más importante, lo inimaginable..., si es Dios, entonces ese joven ¡será un joven de fuego!

La esperanza es, precisamente, eso. Es fuego. Es ardor. Es un fuego que embiste con su fuerza el corazón del joven y lo transforma, lo vivifica, lo llena de energía. Llena sus ojos de alegría y de entusiasmo.

Un joven sin esperanza, sin grandes esperanzas, sin nobles ideales, será un joven sin fuego, sin ardor, sin alegría. Un joven light. Un joven así no puede cambiar el mundo, no puede conquistar nada. Es sal sin sabor; un joven que "no sala". No sirve.

Un joven que realmente quiere respetar su esencia de joven y no traicionar la energía desbordante que Dios puso en su corazón, debe forjarse grandes ideales. Porque los ideales son los que dan la medida de la esperanza, la medida del fuego que enciende un alma joven.

Hacia la conquista del ideal

Dime qué ideales tienes y te diré qué clase de joven eres o, más aún, te diré si eres joven o viejo.

Por eso te pregunto: ¿cuáles son tus ideales?

No hay nada tan defraudante como ver a un joven sin ideales o con ideales falsos, con los que se autoengaña, y que terminan causándole el cansancio de vivir.

Si bien dijimos que la juventud es un modo de vivir, esto no quita que ese modo específico de vivir, ese espíritu, esa "onda", sea más propia de aquellos que hace poco comenzaron a recorrer el camino de la historia personal. En general los viejos no son hombres de esperanza. Porque muchas veces han experimentado fracasos, o por haber conseguido algunas de las metas temporales propuestas, no tienen ese fuego. Y si han hecho de las cosas de la tierra o de lo material su ideal, ciertamente se entristecen y deprimen, porque ven que el paso del tiempo hace poco a poco que lo conseguido se les escurra de las manos como la arena entre los dedos, y descubren que tampoco les queda tiempo para conseguir muchas otras cosas que, tal vez, esperaban conseguir.

Al que recién se asoma al mundo y se propone un proyecto de vida a realizar, en cambio, le queda un amplio camino por recorrer y un enorme horizonte se abre ante su mirada. Está lleno de aspiraciones, de planes y de metas. En su corazón palpita el ansia de aventuras. "La juventud, decía un gran sabio que se llamó Tomás de Aquino, es causa de la esperanza, porque tiene mucho futuro y poco pasado"3.

La esperanza es tan grande y encendida como aquello que se espera y engendra la alegría. La esperanza hace que se aumente la alegría en la misma medida en que más se acerca la posesión del objeto esperado.

Pero hay más.

Podemos decir que existen dos clases de esperanza. Una es completamente natural y la tiene todo hombre. Por ejemplo, cuando vamos a emprender un viaje, esperamos llegar. No es esa la esperanza que se relaciona con la juventud. La otra es totalmente sobrenatural. Es un regalo que Dios puso en nuestras almas y que, en cierto sentido, es tan grande como Él: es, efectivamente con esa esperanza con la que esperamos alcanzar las promesas de Dios. Una esperanza gigantesca. Una esperanza arrolladora. Una esperanza que nos hace jóvenes como Dios. Y "Dios es el más joven de todos"4, como dice San Agustín. Una esperanza que, por tanto, nos hace alegres como Dios, llenos de "empuje" como Él. De Fuego. Como Él.

Hay personas mayores que son realmente jóvenes, porque no pusieron su esperanza en las cosas de la tierra. Así, al ver que terminan sus días, no desesperan. Al contrario. Saben que aunque termine su paso por la tierra, no termina su vida.

Por eso es que los santos eran sumamente alegres; porque tenían esperanza... ¿Qué esperaban?

Por eso los mártires entregaban gustosamente su vida a los verdugos... ¿Qué esperaban?

Por eso tantos jóvenes sacerdotes misioneros abandonaron gustosamente su patria, sus seres queridos... ¿Qué esperaban?

Por eso tantos esposos y esposas fueron fieles a pesar de tantas dificultades... ¿Qué esperaban?

El encuentro definitivo con Jesucristo.

¿Te animás a ser JOVEN?

¿Te animás a ser FUEGO?

¿Te animás a ser hombre de ESPERANZA?


NOTAS:

1JUAN PABLO II, Cruzando el umbral de la esperanza, Ed. Plaza & Janés, Barcelona 1994, p. 131.

2Ibid., p. 129.

3SANTO TOMÁS, S. Th. 1-2, 40, 6.

4 SAN AGUSTÍN, De Genesi VIII, 26, 48; citado por JOSEPH PIEPER en Las virtudes fundamentales, p. 387.

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