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CAPÍTULO V: Las respuestas del joven

14. Aun en lo exterior

 

¡Muchachos y muchachas,

tened un gran respeto de vuestro cuerpo

y del cuerpo de los demás!

¡Que vuestro cuerpo esté

al servicio de vuestro "yo" profundo!

¡Que vuestros gestos, vuestras miradas,

sean siempre reflejo de vuestra alma!

¿Adoración del cuerpo? No; jamás.

¿Desprecio del cuerpo? Tampoco.

¿Dominio sobre el cuerpo? ¡Sí!

¿Transfiguración del cuerpo?

¡Mejor todavía!

(París, Francia, OR. 15-06-1980)

 

Habéis oído decir que el rostro es el espejo del alma. Esto significa, que el alma –espiritual e invisible– se manifiesta a los ojos corporales a través del cuerpo, de sus gestos y de sus expresiones, de sus palabras, de sus actitudes y de sus miradas. Y esto es así porque las disposiciones exteriores son signos de las disposiciones interiores. Por eso el rostro del hombre de Dios y del vicioso reflejan dos mundos opuestos.

Recíprocamente, lo exterior de la persona influye en el alma. Toda falta en su porte exterior repercute inmediatamente es su carácter: la vulgaridad de las maneras, la flojedad en la marcha, el vocabulario grosero, la mirada lasciva, la pose impúdica, el vestido sucio y desaliñado, la trivialidad en las conversaciones, la mediocridad en las actitudes, las chabacanerías en el porte, las amistades de mala ley... todo eso rebaja el carácter, todo eso va destruyendo la personalidad y así, poco a poco, el nacido para hoja de sable se convierte en una cortapluma mellada. Esto sucede porque los sentimientos interiores se ponen, enseguida al unísono del lenguaje que se habla como de los hábitos de que se vive. El que habitualmente se viste de granuja termina viviendo como tal; y el que se junta con lobos termina aullando.

Qué triste es ver a un joven –y cúanto más a una joven– que por estar en onda con las modas de hoy, con las costumbres que impone el mundo, rebaja su manera de expresarse, su manera de vestirse, su manera de presentarse ante los demás... Por el contrario, qué hermoso es ver un joven ordenado, digno, presentable, a la vez que sencillo. Un joven que sabe presentarse, que es capaz de hablar correctamente, que sabe ser cortés, que es educado. Porque para que haya armonía en lo exterior de cada uno no es necesario vestirse de lujo, basta vestirse decentemente. No desmejora la imagen una prenda zurcida, pero si una prenda sucia. Por eso que hay tantos famosos del Jet Set que a pesar de vestirse con lo último y lo más caro, no pueden encubrir la pobreza y el desorden profundo de sus almas.

¡Y qué hermoso es ver a una joven que sabe vestirse bien! ¡Cómo las almas hermosas de tantas jóvenes saben vestirse femeninamente! ¡Cómo expresan su recato, su simplicidad, su señorío, su distinción, a veces con simples detalles de buen gusto! No necesitan llamar la atención con ropas sofisticadas, vestidos atrevidos o poses chabacanas; saben, por el contrario, tener garbo, gracia y donaire.

Un excelente ejemplo de esta armonía exterior es el beato Pier Giorgio Frassati1. Ese joven impetuoso, santo, no era ningún mojigato en sus maneras exteriores. Basta mirar una foto suya para captar, detrás de esa bizarría de su porte, la perfecta armonía entre cuerpo, alma y Dios.

Sea, pues, en ustedes, queridos jóvenes, Dios y alma, alma y cuerpo, todo una perfecta armonía de belleza y honor, para la gloria de Dios y el bien de la patria. "¡Floreced en belleza, para fructificar en bondad!" (Pío XI).


NOTAS:

1Pier Giorgio Frassati (1901-1925) es un joven laico fallecido a los 24 años a quien el Papa Juan Pablo II, al beatificarlo, puso como modelo para los jóvenes de nuestro tiempo. Para conocer mejor el temple de su espíritu, no dejo de recomendarles la lectura de su vida, y baste ahora un pasaje de una de sus cartas: "Me preguntas si estoy alegre. ¿Cómo no estarlo mientras la fe me da fuerzas? ¡La tristeza debe ser erradicada del alma del católico! El dolor no es la tristeza, la más detestable de todas las enfermedades. Esta enfermedad es casi siempre producto del ateísmo; pero el fin para el cual hemos sido creados nos señala el camino sembrado, si se quiere, de muchas espinas, pero de ningún modo triste. Es alegre, incluso a través del dolor" (carta del 14/III/1925).

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