Página principal / Nuestro Fundador / Libros / Jóvenes / Nuestro señorío

CAPÍTULO V: Las respuestas del joven

13. Nuestro señorío

 

"Cristo os llama a la libertad, a la verdad, al amor.

A la libertad que, a través de la verdad,

se convierte siempre en amor (...)

Os llama a la santidad.

¡No tengáis miedo a esa palabra!".

(Discurso a los jóvenes en Mantua, Italia, 22-06-1991).

 

Uno de los títulos más hermosos de Jesucristo es el de "Señor". Indica de modo hermoso la libertad característica, la actitud "dominadora" del Espíritu de Jesucristo. En griego, suena dulcísimamente. Se dice: Kyrios, Señor. El Señor.

Todos los cristianos, por ser precisamente "cristianos", debemos también ser "señores", a imitación del Señor..., como si fuéramos "otros Cristos".

Ya somos, en principio, "Cristo" por el Bautismo; pero es nuestra tarea serlo en plenitud, muriendo y viviendo, como dice San Pablo: "haced de cuenta que estáis muertos al pecado, pero vivos para Dios en Cristo Jesús" (Rom 6,11), y como dice San Pedro: "Llevó nuestros pecados en su cuerpo sobre el madero, para que, muertos al pecado, viviéramos para la justicia..." (1Pe 2,24).

Muriendo:

– Al pecado y a las obras de la carne, ya que en Cristo "tenemos la redención por su sangre, la remisión de los pecados según la riqueza de su gracia" (Ef 1,7), "los que son de Cristo han crucificado la carne con sus pasiones y concupiscencias" (Gal 5,24);

– A la pena del pecado, o sea, al mundo malo: "he vencido al mundo" (Jn 16,33), porque antes "vivíamos en servidumbre bajo los elementos del mundo" (Gal 4,3), y al infierno, porque: "al nombre de Jesús se doble toda rodilla...en el infierno" (Flp 2,10);

– Al miedo a la muerte, ya que el Hijo de Dios se encarnó para "librar a aquellos que por el temor de la muerte estaban toda la vida sujetos a servidumbre" (Heb 2,15);

– Al poder del demonio: "para esto apareció (se encarnó) el Hijo de Dios, para destruir las obras del diablo" (1Jn 3,8);

– A la esclavitud de la vieja ley: "nos redimió de la maldición de la ley" (Gal 3,13).

Viviendo:

– La vida sacerdotal de la gracia en plenitud, ya que Cristo ha venido en carne para traernos vida y vida en abundancia1. Esa vida es la gracia de Dios que nos hace "partícipes de la naturaleza divina" (2Pe 1,4). Es la vida sobrenatural de las virtudes teologales, de las morales infusas y de los dones del Espíritu Santo.

– La vida profética, por la que participamos "de la función profética de Cristo"2, dando testimonio de fe y caridad, ofreciendo a Dios el sacrificio de alabanza, enseñando a tiempo y a destiempo3 la Palabra, sea en la predicación, en la docencia, escribiendo o investigando, en la evangelización o en la catequesis, etc.

En última instancia, viviendo realmente la vida del señorío, que connota una cierta razón de dominio.

Una vida de señores

¿Qué significa esto del dominio? ¿Cómo tenés que hacer para ser verdaderamente "señor" o "señora"?

Hay que trabajar para que nuestra voluntad domine cuatro cosas: a uno mismo, a los demás, al mundo y al demonio.

a) Señorío sobre sí mismo: en la medida en que el hombre triunfa sobre el pecado, domina los incentivos de la carne, y gobierna su alma y cuerpo. El joven, en la medida en que somete cumplidamente su alma a Dios, llega a una situación de indiferencia y desapego a las cosas del mundo, lo cual no quiere decir impotencia sino al contrario, una voluntad dominadora y libre, capaz de dedicarse a las cosas sin dejarse dominar por ellas.

b) Señorío sobre los hombres: en la medida en que el joven se entrega generosamente al servicio de Jesucristo, el único Rey que merece ser servido, adquiere una realeza efectiva, aunque espiritual, sobre los hombres, aun sobre los que tienen poder y autoridad, y aun sobre los que abusan de ella. Porque toman sobre sí la carga de sus pecados y sus penas, por un amor humilde y servicial que llega hasta el sacrificio de sí mismo.

c) Señorío sobre el mundo, de dos maneras:

– Una, colaborando con el mundo de la creación por el trabajo y el mundo de la redención por el apostolado. Para que esta realeza sea efectiva será necesario que junto a una dedicación a las cosas, haya al mismo tiempo, un desprendimiento y desapego de las mismas: "Sólo queda que los que tengan mujer vivan como si no la tuvieran; los que lloran como si no llorasen; los que se alegran como si no se alegrasen; los que compran como si no poseyesen, y a los que disfrutan del mundo, como si no disfrutasen, porque pasa la apariencia de este mundo" (1Co 7,29-31).

– Otra, rechazando el mundo, ya sea por lealtad al mundo mismo que debe ser tenido como medio y no como fin, ya sea por lealtad hacia Dios, resistiendo a las concupiscencias, tentaciones y pecados del mundo; siendo independientes frente a las máximas, burlas y persecusiones del mundo, sólo dependiendo de nuestra recta conciencia iluminada por la fe; dispuestos al martirio por lealtad a Dios, lo que constituye el rechazo pleno y total del mundo malo.

d) Señorío sobre el demonio: Necesitamos jóvenes convencidos no sólo de que tienen por gracia de Dios poder para resistir al demonio, sino también poder para exorcizarlo, viviendo como resucitados: "buscad las cosas de arriba, donde está Cristo sentado a la diestra de Dios; aspirad a las cosas de arriba, no a las de la tierra" (Col 3,1-2).

Es el cuádruple señorío que nos hace vivir en la libertad de los hijos de Dios que no se esclavizan:

Debemos ser tan dóciles al Espíritu que podamos decir:

No debiendo nada a la carne "porque toda carne es como heno y toda su gloria como flor de heno" (1Pe 1,24) y "si vivimos por el Espíritu, obremos según el Espíritu" (Gal 5,25), ya que "lo que nace de la carne, carne es; pero lo que nace del Espíritu, es Espíritu" (Jn 3,6).

Hay que tener, como decía Santa Teresa "una grande y muy determinada determinación de no parar hasta llegar a ella (la santidad), venga lo que viniere, suceda lo que sucediere, trabájese lo que se trabajare, murmure quien murmure, siquiera llegue allá, siquiera se muera en el camino o no tenga corazón para los trabajos que hay en él, siquiera se hunda el mundo..."9. Lo que importa es dar un paso, un paso más, siempre es el mismo paso que vuelve a comenzar.

Tenés que seguir a fondo las sendas del señorío, de modo tal que estés firmemente resuelto a alcanzar la santidad. En Jesucristo es posible. De verdad.


NOTAS:

1Cf. Jn 10,10.

2Lumen Gentium, 12.

3Cf. 2Tim 4,2.

4Gal 4,3.

5Cf. 2Co 3,6.

6Cf. 1Co 2,12.

7Cf. Gal 5,1-2.

8Cf. JOSÉ HERNÁNDEZ, El gaucho Martín Fierro.

9SANTA TERESA DE JESÚS, Camino de Perfección, 335, 2.

[Componente Mapa de imágenes de FrontPage]