CAPÍTULO IV: Los llamados de Dios
4. La visión cristiana
de la sexualidad en la familia
"La crisis de la sociedad moderna se superará
si se devuelve al matrimonio y a la familia su fisonomía
verdadera y su función exacta; y esto puede realizarse
plenamente cuando la familia está fundada
en el matrimonio único e indisoluble".
(Discurso, 07-12-1991).
Aquí también perdonen que escriba con crudeza; pero me parece que es la única manera de que uno se pueda llegar a entender.
¿Quién creó al hombre con diferencia de sexo? Dios. Por tanto, la diferencia de sexo no es algo malo sino algo bueno; y muy bueno. ¿Por qué? Porque así lo ha hecho y querido Dios. Que haya hombres y que haya mujeres es una cosa muy buena y querida por Dios.
¿Quién fue el que pensó que el hombre debería tener determinados órganos sexuales y la mujer otros determinados órganos sexuales? El mismo Creador, Dios. Por tanto, los mismos órganos sexuales son algo bueno.
En rigor, es una maravilla, porque es lo que garantiza la perpetuidad de la especie. Lo pueden constatar aquellos que han tenido oportunidad de estudiar anatomía, fisiología, etc. La reproducción humana es algo admirable y su estudio nos llena de asombro. Basta pensar en la transmisión de los códigos genéticos, y en los grandes avances que la investigación científica está haciendo en ese campo. Es una maravilla.
Pero hay más. ¿Quién puso esa atracción entre el hombre y la mujer, entre la mujer y el hombre, atracción tan fuerte que solamente es superada por el instinto de conservación? El mismo Dios. Por tanto, la misma atracción sexual del hombre por la mujer y de la mujer por el hombre es algo bueno; y muy bueno. Ha sido creado por el mismo Dios.
Hay más aún. El mismo placer que normalmente se tiene que dar en la relación sexual del hombre con la mujer y de la mujer con el hombre también es algo bueno; y muy bueno. Porque ha sido querido por el mismo Creador, que ha dado al uso del sexo esa cuota de placer por altísimas razones: entre otras, para que el mundo no esté despoblado. Si no hubiese atracción sexual y placer, el sólo pensar los sacrificios que trae la educación de los hijos haría que todavía el mundo estuviese más vacío de lo que está. Entonces estamos con el matrimonio frente a algo que es bueno, que es digno, algo que es laudable e incluso algo meritorio. Cuando los esposos de manera ordenada tienen la relación sexual como Dios quiere, ganan mérito para la vida eterna: es un acto bueno, según la ley moral; es un acto digno, que dignifica a los esposos; es un acto laudable, es decir, que merece alabanza; y es un acto meritorio, o sea, santo, que los santifica. Y eso es así porque en el plan de Dios el matrimonio y la familia tienen altísimos fines.
El primero es la comunicación de la vida. Esa cosa que es el milagro de la vida, que se transmite a nuevos seres, que luego por el bautismo se convierten en hijos de Dios, que son llamados por el mismo Dios a la vida eterna, a la santidad, multiplicar eso es algo grandioso. Es, sobre todo, la gran tarea de la mujer, aunque no únicamente.
Pero no solamente eso. Dios ha pensado así, de esa manera tan espléndida, el matrimonio y la familia para que sea el lugar, el ámbito, de la manifestación del amor mutuo. Es el ámbito en el cual un hombre y una mujer se entregan recíprocamente para llegar a formar algo tan extraordinario que solamente se puede llegar a expresar diciendo que es lograr la comunión de las personas. De tal manera que el matrimonio y la familia se convierten en un reflejo magnífico de lo que es esa comunidad de tres que es la Santísima Trinidad, el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. En la familia hay un yo que se une al tú para llegar a ser el nosotros. Es por eso que no hay que dejarse engañar con visiones reductivas del sexo como es lo que se presenta hoy día en tanta telenovela, tanto radioteatro y en tanta revista de poca monta.
Dios ha hecho al hombre varón y mujer para que se unan entre ellos siendo fieles durante toda su vida, para la manifestación del amor mutuo y para la transmisión de la vida, de tal manera que lleguen a vivir la real comunión de las personas. Por eso en este tema solamente caben dos visiones: esta visión del hombre, varón y mujer que son señores del sexo y la otra, que corre tanto hoy día, donde el hombre es esclavo del sexo. Dicho con otras palabras: el sexo es para el hombre varón y mujer y no el hombre varón y mujer para el sexo. Es mucho más el hombre, varón y mujer, que la parte sexual con todas las bondades que tiene, porque ciertamente no es el fin último del hombre. Y este es el punto clave en que se diferencian estas dos visiones antitéticas irreductibles.
Voy a poner un ejemplo para que se vea con claridad. Cuando el hombre considera a la mujer como un objeto sexual, trata a la mujer como una cosa; una cosa sexual. Por eso ocurre que hoy día hay tanta perversidad, incluso con menores, como ese padrastro que violó a una bebita de dos meses y que le introdujo vidrios para hacer creer que había sido un accidente. Tremendo.
La visión cristiana del sexo pregona el uso del sexo con responsabilidad; no de cualquier manera, sino según la ley de Dios. Cuando no se hace así, la mujer para el hombre o el hombre para la mujer se convierte en objeto, en cosa. Como decía un gran sexólogo, Paul Chauchard: "lo sexual se ha reducido a lo genital, la humanidad se ha convertido en una jungla donde los machos y hembras sin control están al acecho de presas que les permitan saciar sus necesidades".
Así como aquella persona que usa de manera desordenada del alcohol termina siendo un esclavo del alcohol; así como aquella persona que usa de la droga, termina siendo esclavo de la droga, llegando incluso por la droga a ser capaz de matar aun a los mismos familiares; así también pasa con el sexo sin responsabilidad. Cuando una persona renuncia a vivir de manera ordenada su vida sexual se hace esclava del sexo; entonces, después se termina en las mayores aberraciones y vemos las cosas que vemos.
Se trata, por tanto, de dos visiones que marcan a fuego las diferencias entre aquel hombre, varón o mujer, que es señor de sí mismo, y aquel otro que es esclavo del sexo, de sus pasiones desordenadas. Por eso decía el Papa Juan Pablo II que hay una diferencia antropológica, una diferencia en lo que es la concepción del hombre y la mujer en esas dos visiones antitéticas del sexo y al mismo tiempo una diferencia moral.
"A la luz de la misma experiencia de tantas parejas de esposos y de los datos de la diversas ciencias humanas, la reflexión teológica puede captar y está llamada a profundizar la diferencia antropológica y al mismo tiempo moral, que existe entre el anticoncepcionismo y el recurso a los ritmos temporales. Se trata de un diferencia bastante más amplia y profunda de lo que habitualmente se cree y que implica en resumidas cuentas dos concepciones de la persona y de la sexualidad humana, irreconciliables entre sí. La elección de los ritmos naturales comporta la aceptación también del diálogo, del respeto recíproco, de la responsabilidad común, del dominio de sí mismo. Aceptar el tiempo y el diálogo significa reconocer el carácter espiritual y a la vez corporal de la comunión conyugal, como también vivir el amor personal en su exigencia de fidelidad. En este contexto, la pareja experimenta que la comunión conyugal es enriquecida por aquellos valores de ternura y afectividad, que constituyen el alma profunda de la sexualidad humana, incluso en su dimensión física. De este modo la sexualidad es respetada y promovida en su dimensión verdadera y plenamente humana, no usada en cambio como un objeto que, rompiendo la unidad personal de alma y cuerpo, contradice la misma creación de Dios en la trama más profunda entre naturaleza y persona"1.
Quiero terminar con una de las páginas tal vez más brillantes acerca de la hermosura de la sexualidad humana que siempre apunta debe apuntar a la práctica de la castidad, sea la castidad juvenil, sea la castidad conyugal, sea la castidad viudal. Castidad quiere decir uso ordenado del sexo, en el caso del matrimonio. El texto es del Apóstol San Pablo y dice así:
"Todo me es lícito; pero no todo conviene. Todo me es lícito; pero yo no me dejaré dominar de nada. Los manjares son para el vientre y el vientre para los manjares; pero Dios destruirá el uno y los otros. El cuerpo no es para la fornicación sino para el Señor y el Señor para el cuerpo; y Dios que resucitó al Señor nos resucitará también a nosotros por su poder. ¿No sabéis que vuestros cuerpos son miembros de Cristo? ¿Y voy a tomar yo los miembros de Cristo para hacerlos miembros de una prostituta? De ningún modo. ¿No sabéis que quien se allega a una prostituta se hace un cuerpo con ella porque "serán dos en una carne"? Pero el que se une al Señor se hace un espíritu con Él. Huid a la fornicación. Cualquier pecado que comete un hombre fuera de su cuerpo queda fuera; pero el que fornica peca contra su propio cuerpo. ¿O no sabéis que vuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo, que está en vosotros y habéis recibido de Dios, y que, por tanto, no os pertenecéis? ¡Habéis sido comprados a gran precio! Glorificad, pues, a Dios con vuestro cuerpo" (1Co 6,12-20).
NOTAS
1
JUAN PABLO II, Exhortación apostólica sobre la misión de la familia cristiana en el mundo acutal, Familiaris Consortio, nº 32.[Componente Mapa de imágenes de FrontPage] ![]()