CAPÍTULO IV: Los llamados de Dios
2. La gran aventura de conocer a Jesucristo
"La cercanía de Dios al hombre mediante la Encarnación
es el resultado de un acto libre de amor por parte suya.
Sin esa cercanía amorosa la humanidad
estaría totalmente perdida".
(Yakarta, Indonesia, 10-10-1989).
Hay algunas preguntas que se han dirigido a todos los hombres de todos los tiempos. Preguntas cuya respuesta debe dar cada hombre. Son preguntas tan fundamentales que su respuesta tiene sabor a eternidad.
Entre esas preguntas hay una que es especialísima. Una pregunta que, si se responde correctamente, haciendo vida la respuesta, tiene una fuerza irresistible, capaz de resucitar muertos y trasladar montañas... Capaz de hacernos caminar sobre las aguas. Es la pregunta que interroga por Jesucristo.
Por eso, del mismo modo que Jesús se lo preguntó a los apóstoles, quiero preguntarte hoy quién es para vos Jesucristo. Quiero también ayudarte a hacer vida la respuesta.
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Primero hay que saber que es el mismo Jesús, el Hijo Único de Dios, el Hijo de la Santísima Virgen. Y que también te pregunta por el amor que le tenés a Él. Tal vez haya alguno de ustedes que no pueda responder como Pedro: "Sí, Señor, tú sabes que te amo" (Jn 21,15), porque a lo mejor poco ha escuchado hablar de Jesús; a lo mejor poco le han enseñado a amar a Jesús. Basta que ya en este momento no importa lo pasado, tengan la intención de amar a Jesús, que ya lo comiencen a amar y así Él los va a seguir amando más intensamente.
San Pablo, llega a decir: "Vivo en la fe del Hijo de Dios, de Jesucristo, que me amó y murió por mí" (Gal 2,20).
A más de uno quizá le podrá haber sucedido, a través de la vida, haber recibido muy poca enseñanza de la Sagrada Escritura, de la Biblia; a lo mejor incluso ni siquiera catecismo.
Me tocó una vez misionar en las Islas del Paraná, del Paraná Miní. Hacía treinta años que no iba ningún sacerdote por ese lado. Los niñitos me rodeaban, era una especie de cañaveral donde estábamos, donde abundaban los dorados, que los tenían en especie de jaulas hechas con cañas metidas debajo del agua. Y les pregunté por Belén.
Bueno, a ver: ¿dónde nació Jesús? Nadie me sabía decir. ¡Qué tristeza!, porque como hacía tantos años que no iba ningún sacerdote..., y cuando uno le pregunta a un niño y el niño no te responde, éste se queda mal. Entonces busqué una manera de que no se sintieran mal por no saber dónde nació Jesús: ¿y saben lo que es un pesebre?, les pregunté. Tampoco lo sabían. Entonces se me ocurrió cambiarles la pregunta: Y ¿dónde murió Jesús? "Murió en la cruz", me respondieron. No sabían dónde había nacido pero sí sabían que había muerto en la cruz.
Y ¿por qué murió en la cruz?, y ellos me miraron como diciéndome: ¿no lo sabés? "Murió para salvarnos de nuestros pecados", fue la respuesta..
A Jesús se lo conoce frecuentando los sacramentos. Muchos de ustedes han tenido la oportunidad de confesarse. El mismo Jesús por labios del sacerdote es el que dice: "Yo te perdono" y el alma queda limpia de todo pecado. Queda como recién bautizada, se le perdona de verdad. ¿Por qué se le perdona? Porque es el mismo poder de Jesucristo, y la absolución se da en el nombre de Jesucristo. Entonces uno confesándose a menudo, recibiendo el perdón de Jesús, va conociéndolo a Él, que es el que perdona.
"Aunque tus pecados sean rojos como la grana yo los volveré blancos como la nieve" (Is 1,18). "Hay más alegría en el cielo por un pecador que se convierte que por noventa y nueve justos que no necesitan penitencia" (Lc 15,6). Esas son palabras de Jesús como también éstas: "No he venido por los sanos, sino por los enfermos". ¿Para qué está el médico? ¿Por los sanos? No, para curar a los enfermos: "Yo no he venido por los justos sino por los pecadores" (Mt 9,13).
Y ese otro gran sacramento que tienen que conocer y que tienen que amar es la Eucaristía, la Misa. Allí, de un modo misterioso pero real; allí, de una manera que la entiende aquella persona más ignorante que puede haber sobre la tierra, pero que a su vez es de tal plenitud de misterios que las cabezas más extraordinarias, los genios más grandes, los teólogos mejores, se quedan temblando ante la grandeza del misterio; allí Jesús quiso quedarse con su Cuerpo y con su Sangre, con su Alma y con su Divinidad.
Jesús dijo: "Quien come mi carne y bebe mi sangre vive en mí y yo en Él" (Jn 6,56). En la Última Cena hizo Él lo que en la Misa hace el sacerdote: "Tomó pan y dijo: esto es mi Cuerpo", "tomó una copa con vino y dijo: esta es mi Sangre"1, y el pan se convirtió en su Cuerpo y el vino se convirtió en su Sangre. Y de tal manera ocurre eso que allí mismo, en eso mismo que sucede, se perpetúa el sacrificio de la cruz, de tal modo que es como si nosotros estuviésemos en cada Misa, a los pies del Calvario donde Jesús murió.
Y por último, quiero decirte que a Jesús se lo conoce también de una manera muy íntima, muy personal, única: en la medida en que nosotros conozcamos a su Madre, en la medida en que nosotros amemos a la Santísima Virgen.
Cuando uno conoce a la Virgen, la Virgen te lleva a Jesús: "Haced lo que el os diga" (Jn 2,5), y cuando uno conoce a Jesús, Jesús te da a su Madre por Madre tuya: "Mujer he ahí a tu hijo" (Jn 19,26), dijo Jesús colgado en la cruz señalándolo a San Juan, y en la persona de San Juan estábamos representados todos.
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¡Cuánto ha hecho Jesucristo por vos! Se jugó hasta la muerte. Lo dio todo. Se enamoró de vos hasta el punto de olvidarse de sí. Te amó y te ama de verdad.
Por eso yo les propongo una aventura, la gran aventura que todo joven debe emprender, y que tiene que emprender por sí mismo. Esa gran aventura es el conocimiento personal, íntimo, insustituible de Jesucristo.
Esa aventura es, precisamente la respuesta: un conocimiento vivo de Jesucristo.
Están en la edad en la cual ya tienen que hacer esa experiencia. Ya no basta lo que les puedan decir los padres, lo que puedan haber escuchado de los sacerdotes, sino que ustedes, por ustedes mismos, tienen que conocer a Aquél que dijo de sí: "Yo soy el Camino, Yo soy la Verdad, Yo soy la Vida" (Jn 14,6).
Y para eso, hay que decidirse a conocer la enseñanza de Jesús. La doctrina de Jesús no ha sido superada y no será superada jamás por nadie, porque es la doctrina más sublime y más excelsa que jamás haya salido de labios humanos. Es la doctrina que enseña el perdón a los enemigos; es la doctrina que enseña a amar al prójimo; es la doctrina que nos enseña a ayudarnos mutuamente, a ser solidarios unos con otros; es la doctrina que nos enseña a amar, a defender, y a celebrar la vida, toda vida, aun la vida de aquellos chicos discapacitados, con problemas mentales, con problemas psiquiátricos, chicos deformes o abandonados... ¿Por qué? Porque por todos murió Jesús.
No hay persona así sea la más viciosa que se pueda imaginar, así sea la más miserable que exista sobre la tierra a la cual uno no le deba respeto, no le deba amor. ¿Por qué? Porque el mismo Hijo de Dios derramó su sangre por amor a esa persona.
También por amor a vos.
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Mt 26,26-28; Mc, 22-24; Lc 22,19-20.[Componente Mapa de imágenes de FrontPage] ![]()