CAPÍTULO III: Consecuencias de las adicciones
7. Suicidio
"Cuando viene al mundo,
el hombre trae consigo el anuncio de su propia muerte.
Cierta corriente de la filosofía contemporánea
interpreta la existencia como una vida intrínsecamente orientada hacia la muerte.
Pero el hombre no puede realizarse en la muerte:
alcanza su realización sólo mediante una vida plena y definitiva".
(Homilía, 01011995).
La muerte que normalmente es considerada "absurda" cuando se presenta como la interrupción repentina del despliegue de una vida llena de esperanzas, se ha convertido para muchos en una "liberación reivindicada". Se considera que la existencia carece ya de sentido por estar sumergida en el dolor e inexorablemente condenada a un sufrimiento posterior, más agudo, cuya previsión hace intolerable el momento presente.
Debemos valorar el don de la vida
El hombre moderno se ha proclamado rey de la vida y, paradójicamente, subiendo al trono del orgullo ha decretado la propia muerte.
¿Qué es la vida? Es un don. Es el don fundamental de la propia existencia. Podemos considerarla como correlativa a nuestro ser mismo. Nuestro ser es algo que hemos recibido; también nuestra vida. Es un don que procede, en última instancia, de la fuente de la vida; de Dios. Si el hombre fuese causa de la propia vida tendríamos la condición de inmortales. Pero la vida escapa a nuestro poder... Hay un ser superior que tiene esa perfección en grado máximo y que la participa a los demás: Dios.
Dice Chesterton que los hombres en general, suelen mostrarse muy agradecidos con aquél que les regala un par de zapatos; y, sin embargo, pasan indiferentes al don de poder ponérselos cada día. Ese don, la vida, es el regalo sin el cual los otros regalos no tienen asidero, pues nadie puede dar algo a la nada.
Ahora bien, mientras que a todas las especies de animales Dios les dio al crearlas la capacidad de "crecer y multiplicarse", la activación de esta capacidad en el hombre viene acompañada por una intervención especial de Dios: la creación de cada alma espiritual en el momento de la concepción. Ese nuevo ser, tiene una acogida amorosa en la familia que se halla, a su vez, insertada en una comunidad con derechos y deberes establecidos.
Por eso cuando un hombre hace uso de su vida tiene que dar cuenta de ella ante tres "tribunales":
1º. El personal: la conciencia, que puede oscurecerse por una voluntad desviada y las pasiones no dominadas; pero que siempre, de una u otra manera, nos da su parecer.
2º. El comunitario: la justicia civil, que siendo humana es imperfecta; pero no falla si se guía por la recta razón natural.
3º. Dios: la justicia divina, que dice: "Yo doy la muerte y doy la vida" (Deut 32,39).
El suicida, en consecuencia, es una persona que por múltiples motivos falla en su valoración del don de la existencia: ¡no sabe cuánto vale la vida! Una persona que quizá se ha conducido con una escala de valores que la ha engañado, que no le ha concedido lo que le prometía y que, por último, la ha llevado a la soledad, al cansancio y a la tristeza.
Testamento de un suicida
Un suicida escribió antes de matarse:
"Hace años que nada me emociona, me siento culpable desde hace mucho tiempo. Cuando estoy detrás del escenario se encienden las luces y el público grita enfervorizado; pero a mí no me afecta. El hecho es que ya no puedo engañar ni a vos, ni a mí, ni a nadie. No puedo mentirle a la gente simulando que me estoy divirtiendo en un cien por ciento. El peor crimen es fingir. A veces me parece que marco la tarjeta en el reloj de control cuando estoy por subir al escenario.
He perdido la alegría de vivir... Es mejor marcharse de golpe que morir día a día. Tengo necesidad de alejarme de esta realidad para recuperar el entusiasmo que tenía desde niño... Desde hace años el estómago me arde, tengo náuseas. Hace años que no pruebo más nada. He perdido todo el entusiasmo. Incluso mi música no es más sincera. Todos se han dado cuenta".
Se trata del conocido Kurt Cobain, del grupo punk "Nirvana". Del análisis de estas líneas, a la vez que podemos ver con claridad la gravedad del problema, podemos extraer los principios de solución.
En primer lugar, se lo presenta como "la solución" para los problemas: "es mejor marcharse de golpe...".
Grave equivocación. Generalmente el joven que desea el suicidio, lo desea porque está cansado de la vida. ¿Pero es vida la vida que lleva? ¿No estará acaso cansado de andar por caminos equivocados? ¿No estará más bien cansado de sus errores en última instancia, del pecado que de la vida?
Los expertos dicen que muchas veces el suicida antes del acto fatal, envía un S.O.S. a las personas que lo rodean, al menos solapadamente. El hecho del suicidio consumado en muchas ocasiones responde a una indiferencia profunda al llamado de atención... Por eso debe haber alguien que sepa y quiera explicar al suicida que la vida es el bien más precioso que poseemos y que, por tanto, perderlo es el peor mal que se puede realizar. Y nunca un mal puede ser solución de ningún mal, ni del más insoportable. Si vemos alguna vez a una persona que intenta tirarse de una cornisa, deberemos esforzarnos seriamente en demostrarle que siempre e invariablemente la calle estará más dura que la vida.
X X X
Elton John, célebre rockero inglés, explica así su recuperación de los dos intentos de suicidio:
"Un día conseguí pronunciar las dos palabras mágicas: 'necesito ayuda'".
Fue entonces cuando le dieron un remedio efectivo:
"Hacer las cosas por uno mismo es la mejor terapia. Pasar la aspiradora, lavar, planchar, todo eso resultó una experiencia fascinante que me permitió poner los pies en le tierra".
Ante el aislamiento interior del sujeto, lo mejor es el trabajo. Pero ese trabajo debe elevarlo a un fin superior porque de lo contrario sucede lo que decía Cobain: "a veces me parece que marco la tarjeta en el reloj de control".
Para Elton John:
"el detonante fue el caso de Ryan White, un adolescente que contrajo el SIDA por una transfusión. A Ryan no le dejaron ir más al colegio y le pusieron una bomba en la casa. Me acerqué a él y su familia y los ayudé a mudarse de ciudad porque la gente los trataba como si estuviesen apestados".
Ante el dolor ajeno se despierta la compasión y, con ésta, el alma se abre a la misericordia, considerando sus problemas como ínfimos en comparación al de los demás.
"Pasé con ellos en el hospital continúa, la última semana de la vida de Ryan. Allá estaba yo con aquel niño inconsciente, viendo cómo su madre perdonaba a quienes habían sido crueles con ellos y ahora se disculpaban... ¡Y yo me quejaba de todo! Si tenía alguna duda, durante esos días confirmé que mi vida y mis prioridades estaban equivocadas".
Sobre todo hay que sacar aquí provecho de la última frase, más allá de cómo haya sido después efectivamente la reordenación personal de las prioridades de este hombre. Pero la agudeza de la observación es notable: hay que cambiar las prioridades; hay que cambiar la escala de valores.
Un joven que no se mueve por la inteligencia, sino por las pasiones; un joven que no tiene principios firmes sobre los cuales edificar su existencia, sino que es como una hoja de invierno, separada de la rama y arrastrada por el viento a cualquier parte; un joven sin ideales nobles; un joven a quien hace cambiar fácilmente de parecer la mayoría, que, por lo general, no tiende hacia lo difícil ni lo alto, sino hacia lo fácil y bajo; un joven así es un candidato perfecto a la depresión, a la soledad, al resentimiento, al cansancio de la vida... al suicidio.
Decía Fulton Sheen que así como la ausencia de presas hace que el cazador se canse de su deporte, la ausencia de un destino hace que la mente se canse de la vida.
Pecado y suicidio
Por último, hay algo más importante en las declaraciones de Cobain: "me siento culpable...".
El problema de fondo del suicida y también de nuestra sociedad, que con la "cultura de la muerte" es la promotora primera del suicidio tiene una única causa: el pecado, es decir, el buscar la felicidad donde no se la puede encontrar, lo cual genera un vacío existencial que arroja al hombre a desesperar de alcanzar un día la felicidad. Tiene, por tanto, una única cura definitiva: el acercamiento a la fuente de la felicidad, es decir, a Dios. Y este a través, sobre todo, de los sacramentos de la Iglesia: la confesión frecuente, la comunión... Ellos son el único bálsamo para nuestros sufrimientos, angustias, desesperaciones, decepciones y pecados porque fueron instituídos por el "Cordero de Dios que quita el pecado del mundo" (Jn 1,29). Él dijo una vez: "Venid a Mí todos los que estáis cansados y agobiados, que Yo os aliviaré" (Mt 11,28).
Muchos intelectuales de nuestro tiempo nos aseguran que no hay derecho a llamar "pobre hombre" al suicida. Muchos han querido hacernos creer que el hombre es un ser para la nada, un ser para la muerte, una pasión inútil. En ese caso Hemingway, Cobain, Marilyn Monroe, y tantos otros serían "envidiables" y dignos de imitación, porque habrían realizado en sus vidas la esencia misma de la naturaleza humana... Pero sabemos que no es así. Todo lo contrario. Que se suiciden ellos, que pongan en práctica sus principios, en vez de escribir falsedades que engañan a los demás.
Quiero terminar con un fragmento de Chesterton, un abanderado de la vida:
"El suicidio no sólo es un pecado; es el Pecado. La perversidad más absoluta y refinada consiste en rehusarse a todo interés por la existencia; en rehusarse al juramento de lealtad hacia la vida (...) El suicida es la antípoda del mártir. El mártir es un hombre que se ocupa hasta tal punto por lo ajeno, que olvida su propia existencia. Y el suicida se preocupa tan poco de todo lo que no sea él mismo, que desea el aniquilamiento general. Si el uno anhela provocar algo nuevo, el otro desea acabar con todo. En otras palabras: el mártir es noble porque, aun cuando renuncie al mundo o execre a la humanidad, reconoce ese último eslabón que lo une con ellos: pone su corazón fuera de sí mismo, y sólo consiente en morir con el fin de que algo viva. El suicida en cambio, es innoble porque carece de toda ligadura con el ser: no es más que un destructor, y, espiritualmente, destruye el universo"1.
Por eso el mismo Chesterton escribió una vez el siguiente poema, titulado "Eclesiastés":
"Hay solo pecado: decir que es gris una hoja verde.
Y se estremece el sol ante el ultraje.
Una blasfemia existe: el implorar la muerte;
pues sólo Dios conoce lo que la muerte vale.
Sólo un credo: jamás se olvidan las manzanas
de crecer en los manzanos, pase lo que pase.
Hay una sola cosa necesaria: TODO.
El resto es vanidad de vanidades"
1
G. K. CHESTERTON, Ortodoxia, cap. 5.[Componente Mapa de imágenes de FrontPage] ![]()