CAPÍTULO III: Consecuencias de las adicciones
6. La soledad
"El hombre no puede vivir sin amor.
Permanece para sí mismo un ser incomprensible,
su vida está privada de sentido si no se le revela el amor,
si no se encuentra con el amor, si no lo experimenta
y lo hace propio, si no participa en él vivamente.
Por esto, precisamente, Cristo Redentor
revela plenamente el hombre al mismo hombre".
(Redemptor Hominis, 10a).
Vivimos en un mundo de solos. Y es una de las tantas contradicciones que vemos en nuestros días. Porque mientras el mundo predica que la humanidad debe ser una gran familia, y hace alarde de buscar la paz y unión entre las naciones, al mismo tiempo, con sus slogans y principios no hace otra cosa que formar hombres solos, que viven su vida sin preocuparse de los demás, que buscan su propio interés, que no dialogan, que se encierran con siete llaves en el baúl de su egoísmo.
La soledad destruye al hombre. El hombre es por naturaleza un ser sociable, un ser que puede y debe comunicarse.
Tipos de soledad
Podemos observar diversas formas de soledad.
Está la soledad buscada libremente salvo caso de enfermedad por quienes no aguantan la compañía de los hombres. Es la conducta de quienes viven por debajo de la condición humana común. Esta es conducta de bestias1.
Hay otra soledad, la de los ermitaños, libremente buscada para entregarse a las cosas de Dios; este hecho los eleva por encima de la condición humana común. Es una soledad especial. No se opone a la naturaleza del hombre, sino que la eleva; es sobrenatural. Pensemos, por ejemplo, en San Pablo ermitaño, San Antonio Abad, Santa Pelagia, San Simón estilita llamado así porque vivía arriba de una columna, San Benito en Subiaco, San Francisco de Asís en el Valle Santo, Don Orione en el Monte Sorate... Pero no todos están llamados a esta soledad.
Decía Aristóteles, hace 25 siglos, que "quien se aparta del trato de los hombres o es un bruto o es un dios", es decir, un hombre divino2.
Hay otra soledad intermedia, que nos alcanza en tanto y en cuanto seamos deudores de la así llamada cultura moderna. Por ejemplo, el existencialismo que "encuentra lo absoluto únicamente en el núcleo más interno de la propia alma, únicamente en el más desesperanzado aislamiento y retiro del hombre... (se vive así) la acosante vivencia espiritual del desamparo..."3. Es el hombre encerrado en sí mismo, sin puntos de referencia externa que lo ayuden a trascender.
Esta soledad muchas veces trae como consecuencia otra forma de soledad, a la que con mayor extensión nos vamos a referir. Es la soledad inmitigable que produce la sociedad de consumo. La de aquellos, que vivan o no en compañía de otros, deambulan con su encierro a cuestas aunque se apretujen en un colectivo o en una tribuna de fútbol4. Este tipo de solitario puede ser un exitoso empresario, un deportista fenomenal, un político carismático o un adolescente que mira con añoranza la niñez dejada para empezar a observar con angustia el mundo de los adultos al que debe ingresar.
Quienes experimentan esta soledad intensa, suelen tener estas características más comunes:
retraimiento,
dificultad para iniciar nuevas relaciones de amistad,
timidez,
muy baja autoestima,
creen que el éxito propio depende de los demás y que los fracasos son sólo suyos, lo que muy a menudo puede desembocar en una disfunción de la identidad.
Múltiples son los factores que empujan a algunos a esta soledad inmitigable. A veces el desempleo, la inseguridad económica o también psicológica, la violencia, el futuro incierto y el agobio que significa el vivir siempre al día; la falta de armonía que rodea a algunos, que los conduce a una actitud de repliegue; la carencia de verdaderas amistades, pues quienes han "fracasado" alguna vez en la amistad muchas veces se encierran en sí mismos y se hacen incapaces para nuevas amistades; la intolerancia hacia los demás, el no tener capacidad para sobrellevar los defectos del prójimo. Esto hace que algunos se aíslen de tal modo que lleguen al punto de odiar al género humano. Puede citarse el caso de uno de los profetas de la soledad del existencialismo (ese movimiento filosófico que citamos arriba), Jean Paul Sartre, que llega a decir que el infierno son los otros.
Pero, como ya dijimos, la soledad es algo totalmente contrario y opuesto a la naturaleza humana. Termina por destruir al hombre. Termina por llevarlo a la muerte porque engendra en él el tedio de la vida. Y no hay cosa más terrible que el no amar la vida. Por eso la soledad es un túnel que suele desembocar en los siguientes problemas que son diametralmente opuestos al amor a la vida:
Las adicciones: no sólo la drogadicción, el alcoholismo, sino toda clase de vicios, como pueden ser la violencia, la teleadicción que manifiesta sintomáticamente la soledad que padece el hombre de hoy, el sexo desenfrenado, etc.
Depresión: que muchas veces es verdadera desesperación y que puede terminar en el suicidio.
Suicidio: Basta mirar los hechos para tomar conciencia del incremento de este triste fenómeno en nuestros días, especialmente entre los jóvenes.
Desgraciadamente quienes se sienten más solos son los adolescentes. Tienen una tendencia muy grande a desarrollar expectativas ideales y eso los lleva a considerar la gran diferencia que hay entre lo que tienen y lo que desearían tener, entre lo que hacen y lo que desearían hacer. Además, hay una correlación muy alta entre la soledad que sufren los padres y la de los hijos. Por último, otro detonante es la falta de afecto que reciben de sus padres, de sus familias.
Paradójicamente, es en las grandes ciudades donde hay una enorme proporción de personas y, sobre todo jóvenes, que se sienten profundamente solas.
¿Cuál es la raíz última de toda soledad contraria a la naturaleza del hombre?
Es otra forma de soledad. Es la soledad más perniciosa y destructora. Es una soledad verdaderamente demoledora: cuando se apodera de un hombre, lo destroza sin piedad. Es la soledad del ateo.
Las demás maneras de soledad no son más que manifestaciones de esta soledad, al menos a nivel social.
El hombre necesita de otros para alcanzar su fin. De otros hombres para sus fines naturales: la propia educación, el desarrollo de su vida, la educación de sus hijos, etc. Pero para ser feliz, no puede prescindir de Dios mismo, que es la fuente de la felicidad y lo auxilia con la gracia.
El mundo actual ha roto con Dios. Ha querido poner al hombre como centro del universo. Ha querido edificar sociedades enormes prescindiendo del fundamento de todo: Dios. Tal cosa es imposible, y por ello, todo ha quedado sin centro: sin Dios porque el hombre lo quitó; sin el hombre, porque no puede reemplazar a Dios. Y, porque, sin Dios, el hombre no es hombre. De este modo, el mundo se ha sumergido en un caos. El hombre mismo, sin Dios, es un extraño en el universo. No tiene adónde ir; no puede explicar su propio origen; la existencia misma se le vuelve una tortura insoportable: ¿para qué los sufrimientos? ¿para qué los placeres y los gozos?
Hay un ateísmo teórico y hay un ateísmo práctico. El ateísmo teórico es el de aquellos que procuran la soledad de la humanidad negando con su inteligencia que Dios existe o que se lo pueda conocer; el ateísmo práctico es el de aquellos que, aún respondiendo afirmativamente a la pregunta que interroga sobre Dios, quieren realizar su proyecto de vida al margen de Dios, haciéndolo desaparecer del horizonte de su existencia personal. No son ateos; pero viven como ateos. Saben que Dios existe; pero aman el pecado. Por eso viven solos: no soportan la compañía de Dios ni de los buenos, porque esa compañía los acusa permanentemente.
Vemos en este fin de siglo toda una ola de inmoralidad y de pecado que se nos ha venido encima. En el mundo siempre hubo mal; pero nunca tanto que amenazara con ahogar el bien. Por esto mismo el Papa Juan Pablo II llama a esta cultura "cultura de la muerte" o "cultura del pecado", cosas ambas que van juntas. Porque el pecado es la aversión a Dios, y eso es lo que ha hecho el hombre de hoy: ha vuelto sus espaldas al Creador, ha rechazado a Dios. Y es por este motivo por lo que padece profunda soledad. Porque, como dice el Papa, cuando el hombre peca, cuando da sus espaldas a Dios, se da en él una profunda ruptura, que son tres grados de descenso en la misma soledad.
1º Ruptura con Dios: en este sentido es un acto suicida, ya que se rompe con la fuente de la vida.Y de aquí se desprenden algunos de los efectos que ya vimos: depresión, desesperación; tristeza profunda; sentimiento trágico de la vida; pereza para realizar los fines de nuestra vida. Pereza que, paradójicamente, a veces se manifiesta como un hiperactivismo: aquella multitud de actividades secundarias que ahogan la vida de las personas y en las cuales quieren esconder su soledad; la hiperactividad de los que hacen muchas cosas olvidando la más importante: poner los medios necesarios para alcanzar el último fin y vivir la vida según su verdadero sentido. Mucho ruido y pocas nueces.
2º Ruptura con los demás: desgarrado de este modo, el hombre extiende necesariamemte su ruptura hacia los otros hombres. De aquí otros efectos: incapacidad para la amistad; falta de solidaridad; y otro efecto característico de nuestra época: el egoísmo.
3º Ruptura consigo mismo: en este grado, que es el más profundo y penoso de la soledad, el hombre rompe consigo mismo; con su persona. Ya no tiene noción de lo que es mejor para él, sólo busca salir a cualquier precio del pozo en que se encuentra, aunque esto signifique quitarse la vida. En este punto, el hombre queda vacío. El rencor que siente hacia sí mismo alimenta su rencor contra Dios, y viceversa. Se trata de una actitud verdaderamente demoníaca. No por nada en el Evangelio se habla de un demonio "mudo": encerrado completamente en sí mismo, vivía en una soledad total que le impedía comunicarse. En este caso, como el hombre no puede vivir en absoluta soledad busca reemplazos; busca compañía en cosas que no pueden saciar su soledad. Y cuando fracasa, muchas veces busca acabar con su propia vida.
X X X
¿Qué hay que hacer para no dejarse atrapar por esa soledad sin sentido?
Jesucristo. Él es Dios hecho hombre. Dios que se hizo uno de nosotros para acompañar nuestro peregrinar por esta tierra. Él redimió todos los pecados y males de los hombres; también redimió nuestras soledades...
La gran solución es, entonces, vivir en plenitud la vida cristiana. De manera especial, cumplir el primero y más esencial mandamiento: "Amarás al Señor tu Dios y al prójimo como a ti mismo"5. El cristiano auténtico nunca está solo. Siempre disfruta de la íntima compañía de Dios y del Señor Jesús: "Si alguno me ama, guardará mi palabra y mi Padre le amará, y vendremos a él, y haremos morada en él"(Jn 14,23). El cristiano eleva su mente y su corazón a Dios en la oración, varias veces al día, y por eso nunca se considera solo. Le dice a Jesús, una y otra vez: "¡Quédate con nosotros, Señor...!" (Lc 24,29).
El cristiano que vive el gran mandamiento de amar al prójimo, nunca estará solo, porque ve en el pobre, en el enfermo, en el necesitado al mismo Cristo y "por la entrega sincera de sí mismo a los demás"6 alcanza la plenitud de sí mismo.
Y el Señor que prometió: "Yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo"(Mt 28,20) se quedará con nosotros y será nuestro gran compañero de camino y amigo.
Por eso, con renovada confianza le decimos: "¡Quédate con nosotros, Señor...!"
2
Idem.3
OTTO FRIEDRICH BOLLNOW, Filosofía de la esperanza, Cía. Gral. Fabril Editora, Buenos Aires., 1962, pp. 22-23.4
En esto seguimos libremente la investigación de Jorge Palomar en su entrevista al profesor Héctor Fernández Álvarez, publicada en La Nación Revista, pp. 5456.5
Cf. Mt 22,37-39.6
CONCILIO VATICANO II, Constitución pastoral sobre la Iglesia en el mundo actual "Gaudium et spes", 24. (En adelante GS).[Componente Mapa de imágenes de FrontPage] ![]()