CAPÍTULO II: Las adicciones
7.La voluntad de poder
como violencia irracional
"La violencia, en cualquiera de sus formas,
es una negación de la dignidad humana (...)
La sociedad tiene también su responsabilidad.
Todo el mundo ha de aceptar su parte de responsabilidad,
incluidos los medios de comunicación social".
(Denver, EE.UU., 14-08-1993).
"Oiréis también hablar de guerras y rumores de guerras"1. En nuestro siglo la guerra se ha hecho una institución permanente, como notaba con gran acierto Benedicto XV. Podemos verificarlo día a día: las matanzas de la guerra étnico-religiosa en la ex-Yugoslavia, el millón de muertos en la reciente guerra civil de Ruanda, la insurgencia guerrillera que azota Hispanoamérica desde hace décadas, la provocación de una guerra internacional que puso al mundo al borde de la auto-aniquilación por la sola causa de mezquinos intereses económicos, como el dominio hegemónico del mundo del petróleo, la segregación racial en Sudáfrica, en Alemania, en Francia, en España... Es el siglo de la voluntad de poder...
El filósofo que habló de la "voluntad de poder" fue el pesimista alemán Nietzsche. El mismo que una vez dijo "Dios ha muerto"... ahora hace varios años que Nietzsche está viendo crecer la lechuga desde abajo.
Voluntad de poder según Herman Hesse seguidor de Nietzsche es como un sello que llevan los más fuertes, como escribió en "Demian". Algo así como la marca de Caín, el homicida, el asesino de su hermano: la marca del más fuerte. La marca del que se rebela y quiere destrozar porque sí lo que es bueno, lo que es bello, lo que es noble... lo que es frágil. Lo pinta hermosamente la poetisa estadounidense Adelaide Crapsey2 en su breve poema sobre Susana, la mujer casta que no quiso claudicar ante los viejos verdes que la amenazaron:
"¿Por qué
así maquináis
maldad contra ella?"
"Porque
es hermosa, delicada, bella.
Por eso".3
Hoy asistimos a un despliegue desaforado de lo que significa la voluntad de poder: la traducción de la voluntad de poder en clave cultural no es otra cosa que la cultura de la muerte. Y no podemos ser testigos mudos. Tenemos que denunciar el error, para defender la verdad; tenemos que aplastar la muerte, para defender la vida; tenemos que destrozar al mal, para promover el bien. Sólo de ese modo podremos oponer a la civilización de la muerte, a la civilización de la antivida, la civilización de la vida, la civilización del amor.
Sociedad violenta
Como lo demuestra el mismo ejemplo de Caín, es un error decir que la violencia es algo exclusivo de nuestra época. Sin embargo, sí lo es en cuanto a su intensidad. Los hechos violentos de hoy no tienen comparación con los hechos violentos de décadas anteriores.
Basta un par de ejemplos. El primero es la aparición de criminales de muy corta edad. Hay niños al lado de los cuales Jack the Ripper parecería un bebito. ¡Niños asesinos! ¡Niños! Cuando la niñez es la época de la inocencia, de los juegos eternos, del cantar, del reír, la época del asombro permanente... Hace cuatro años una noticia conmovió al mundo: dos niños de diez y doce años, en Inglaterra, asesinaron a un niño de dos años. Posteriormente aparecieron casos con autores infantiles más pequeños aún. Hace muy poco, también en Inglaterra, en una pelea de cursos de dos colegios de niñas, mataron a puntapies a una de trece años. La dejaron destrozada en la calle. Una mujer que vio el hecho declaró que parecían animales. Tenía razón.
Otros casos son todavía peores, por la malicia que manifiestan. Además de los niños armados, además de los robos perpetrados por creaturas, además de todo eso que sería imposible enumerar, hace muy pocos días la humanidad entera ha sido testigo de un caso público de violencia frontal, directa, completamente irracional e infundada, y fríamente voluntaria. Una madre embarazada de mellizos en EE.UU. quería abortar... ¡a uno! La excusa era que no tenía dinero para mantenerlo. Inmediatamente la cosa se hizo pública y apareció no sólo la posibilidad de una eventual adopción sino más aún: sociedades a favor de la vida que se ofrecieron a dar todo lo necesario para mantener y educar al niño dignamente: no se los escuchó. Se procedió fríamente al asesinato del inocente con alevosía y con suma crueldad.
Hay muchos sucesos más. Para darse una idea, la reciente autorización que hizo el señor presidente de los EE.UU., Bill Clinton, de una de las formas más inhumanas, estremecedoras, violentas y absurdas de aborto: la decapitación literalmente hablando de los niños que están saliendo del seno materno. El señor Clinton será muy "señor presidente"; pero no parece muy ser humano.
A todo esto podemos sumar lo que ya se venía insinuando como un fenómeno creciente, sobre todo desde la década del cincuenta en adelante: la intervención de niños y adolescentes en movimientos armados: guerrillas, narcoterrorismo, los escuadrones de la muerte..., etc.
La sociedad actual es una sociedad violenta, la más violenta de todas, que ejerce día a día una violencia cada vez más acentuada.
Ámbitos y "espacios" de violencia
Pero no hace falta recurrir a casos extremos porque, como ya dijimos, todos los días podemos verificar la existencia de la voluntad de poder como "pasión por dañar".
Basta ir a la cancha. Es increíble que por un partido de fútbol haya seres humanos que sean capaces de matar. Pero los hay. Parte de culpa y responsabilidad tienen los mismos medios de comunicación, programas y revistas que "novelan", entre otras cosas, con el fútbol. Se teje y arma un mundo irreal de estadísticas, posibilidades, especulaciones... se crean expectativas... Y después uno va a la cancha con la imaginación "inflada" sin darse cuenta de que lo único que ahí existe son sólo veintidós seres humanos que corren detrás de una esfera de cuero con aire adentro, y otro que corre sin derecho a alcanzarla... Evidentemente, no hay que ser tonto. No está mal que el fútbol agrade, no está mal ir a la cancha; sí está mal ver algo más de lo que realmente hay. Así se originan diversas pasiones y sentimientos, se hace de la defensa del propio equipo una cuestión de honor y se es capaz de arriesgar la vida, para demostrar que "mi hinchada tiene más aguante"... Cuando River le ganó a Boca 2 a 0, después de la famosa racha de 10 partidos, mataron a dos hinchas de River. Un pibe de la banda de Boca declaró: "Y bueno... 2 a 2".
También tiene parte de culpa el auge de las películas de violencia. Y más todavía los dibujos animados para niños, que ya nada tienen de la encantadora dulzura de Walt Disney. Los muchachos violentos de ahora son los niños que hace unos años vieron ingresar a su imaginación los efluvios de la cultura de la muerte en forma de dibujos animados. Los He-Man y los Mazinger... son los modelos que han "formateado" sus imaginaciones hace unos años indefensas ante esa aplanadora del pensamiento que a veces es el televisor.
Otra causa sumamente importante es, aunque parezca mentira, el auge de la pornografía. Sí. El motivo es que la afectividad tiene como dos esferas de acción: lo que se llama el apetito concupiscible, es decir, la tendencia a lo que produce placer; y el apetito irascible, o sea, la tendencia a rechazar o atacar aquello que nos impide obtener el placer buscado. Ambos órdenes operan en bloque, como un todo. Por tanto, en una sociedad donde se da la primacía incondicional a todo lo que se relacione con el uso falsamente libre de la sexualidad, se están creando potenciales seres violentos, que van a buscar destruir todo lo que no les permita alcanzar el placer que la misma sociedad le puso en la cabeza y que debe alcanzar. Entonces, si un joven "falopeado" o "fresco", drogado, borracho... o no, está en una barrita y se siente más fuerte, ¿por qué no va a violar a una chica que pasa? Si, total, puede. Si, total, es difícil que lo agarren... ¿Por qué no va a romperle la cabeza a aquel muchacho, o a aquellos que pasan por la vereda de enfrente y están mejor vestidos? Si ellos se creen superiores, ¿por qué no hacerles sentir que "somos fuertes", que "me la banco"?
Llega un momento en el cual, dentro de la psicología misma del agresor, del violento por oficio, la violencia llega incluso a causar cierto placer, cierta pasión por hacer mal y por hacer sentir mal.
X X X
Dice el profeta: "Vuestros pecados os han robado el bienestar" (Jer 5,25).
Nuestra sociedad ha pactado con lo más bajo, se ha animalizado. No tiene interés por lo elevado; quiere sólo lo que produce placer. Es una sociedad hedonista. La consecuencia directa es, a todos los niveles, la violencia. Es verdad, hay más causas: la miseria, el hambre... Pero ésas no son propiamente las causas de la voluntad de poder como "violencia irracional". Y, además, esos mismos problemas sociales tienen su causa en la violencia que, de algún modo, ejercen los poderosos.
En definitiva, son los pecados los que quitan la paz, los que destruyen el orden social. Muchos de los que se quejan de la violencia son los que, a la vez, proclaman el aborto, defienden el divorcio, las relaciones prematrimoniales, hacen del sexo el valor supremo... Es una actitud totalmente contradictoria.
El joven que tiene "voluntad de poder" en contra de los demás, el "patotero" es, en realidad, un débil. Un alma enfermiza y "encorvada" que, en el fondo, no puede consigo; por eso se la agarra con los demás. Un joven que no se anima a luchar contra sus defectos, contra sus pasiones y sus debilidades, sino que las fomenta y se hace esclavo de ellos...
El verdadero valiente, el joven que realmente tiene "voluntad de poder" es el que es capaz de vencerse a sí mismo.
"Voluntad de poder" consigo mismo. Ésa es la fórmula, para ser como Dios quiere que sea uno.
1
Mt 24,6.2
Adelaide Crapsey, nació en 1879 y murió en 1918.3
"Noche de noviembre", en: Antología de la Poesía Norteamericana, p. 199, Ed. Aguilar, Madrid, 1963.[Componente Mapa de imágenes de FrontPage] ![]()