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CAPÍTULO II: Las adicciones

4.Sexo sin responsabilidad

 

"La escala de valores del hombre ha sufrido

múltiples alteraciones, al haber perdido la relación

con el valor definitivo, que es Dios (...)

El anhelo de felicidad se convierte así en anhelo de

satisfacciones cada vez más fáciles y fugaces.

Al final de ese camino, en lugar de la plenitud esperada

el hombre encuentra cansancio, vacío interior

y desazón ante la vida".

(Homilía en Gurk, Austria, 25-06-1988).

 

El hombre tiene en común con los animales muchas cosas. Una de ellas es el sexo.

Pero del mismo modo que no debe vivir al estilo de los animales las demás cosas que tiene en común con ellos, tampoco debe vivir su sexualidad de modo "animal".

Es realmente llamativo. Muchas veces los seres humanos intentan parecerse a los animales. Precisamente eso marca la profunda diferencia que de ellos los separa: los animales no tratan de parecerse a los hombres. No pueden.

Pero, insistimos, el hombre sí puede parecerse a los animales, y aun puede llegar a ser más animal que ellos, es decir, a obrar incluso contra los instintos. Puede obrar de tal manera que su conducta lo asemeje profundamente a los animales. Y, en la misma medida en que obre así, será cada vez menos "hombre". El hombre es "animal racional". Muchos hombres no quieren serlo; prefieren ser "animal".

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¿Qué es lo que el hombre tiene en común con los animales?

El cuerpo, evidentemente. Pero eso también lo tiene en común con las piedras. Hay algo más. Y es necesario saberlo para saber cómo debe conducirse un verdadero ser humano y para saber cuáles son las consecuencias si no respeta la propia esencia.

Los antiguos griegos, que eran muy sabios, decían que el hombre es un "microcosmos", un pequeño universo. Y se basaban en que, de hecho, todas las perfecciones de las cosas se encuentran como resumidas en el hombre.

Dijimos que el hombre tiene en común con las piedras su corporeidad. Sin embargo, su corporeidad no es exactamente igual a la de las piedras; las piedras no tienen su cuerpo estructurado de tal manera que les permita respirar, crecer, alimentarse. Las piedras no tienen vida.

El principio que da vida a un cuerpo se llama "alma", que quiere decir "algo escondido". En latín le dieron con gran acierto el nombre de "anima", ya que es lo que anima al cuerpo, lo que le da vida. En este sentido hablamos, por ejemplo, de dibujos "animados", es decir, dibujos que tienen "vida".

Las plantas tienen vida. Tienen, entonces, alma. Un alma que se llama "vegetativa", porque es sólo principio de acciones vitales vegetativas: el alimentarse, crecer, reproducirse, respirar... Esas acciones son acciones que se hacen invariablemente en unión con el cuerpo; por eso esas almas vegetativas se destruyen cuando se destruye el cuerpo.

Los animales también tienen vida, como las plantas. Pero además de tener vida vegetativa, tienen vida "sensitiva": ven, huelen, oyen, tocan, gustan, imaginan, sienten afecto... Tienen "sensibilidad". En la sensibilidad de los animales hay como dos campos. Uno es el campo del conocimiento sensitivo: todo lo que se refiere a ver, imaginar, escuchar, etc. El otro es el campo del afecto, es decir, todo lo que se refiere a lo instintivo y a las tendencias. Ambos campos trabajan en conjunto. Por ejemplo, el animal ve el alimento y lo apetece; cuando oye la voz de su dueño goza y por eso sale a buscarlo. Estas acciones también se hacen con el cuerpo: se ve con los ojos, se escucha con los oídos. El alma sensitiva se destruye cuando se destruye el cuerpo.

El hombre es algo. El hombre tiene vida. El hombre siente. Tiene sensibilidad. Y en todo esto es semejante a los demás seres, a cada uno según su grado de perfección. Pero, además, el hombre piensa y ama. El hombre tiene, por lo tanto, un alma del todo particular, completamente distinta de las demás. Superior.

El alma del hombre no se destruye cuando se destruye el cuerpo, porque no depende de lo material, como las almas de los seres irracionales. El alma del hombre no depende del tiempo y del espacio. El hombre puede, por ejemplo, considerar su pasado, y no sólo el pasado personal sino el de los demás, y así escribir la historia. El hombre puede captar cosas que no se ven ni se tocan, como el amor, la bondad... El hombre puede estudiar a todos los demás seres; los demás seres no pueden estudiar al hombre. El hombre puede rezar, hablar con Dios. El hombre piensa y ama, como Dios. Tiene un alma espiritual e inmortal, parecida a los ángeles. Y a esa alma en el Bautismo se le dio la gracia santificante, que hace al hombre parecido a Dios. Lo hace hijo de Dios.

Pareciera que el hombre es un extraño sobre la tierra. Y, si vive de verdad como un ser humano, efectivamente lo es, porque es un ser en camino, es un peregrino y un forastero. Su destino no es la tierra, sino el Cielo.

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Si has prestado atención, querido joven, podrás advertir que el hombre es realmente un "microcosmos". En él hay cosas en común con las piedras, con las plantas, con los animales, con los ángeles y con Dios.

Por eso mismo, el hombre puede decidir obrar dando el papel preponderante a lo que tiene en común con los seres inferiores a él o a lo que tiene en común con los seres superiores a él, es decir los ángeles y Dios. Por eso diría un autor que el hombre, necesaria y fatalmente, se orienta a la zoología –a vivir como los animales– o hacia la teología –a vivir como hijos de Dios–.

¿Qué pasa cuando un hombre vive solamente según su "animalidad"? Ocurre que se autodestruye como hombre. Ocurre que se deja arrastrar por el instinto y lo dominan las pasiones.

Dios hizo al hombre ordenado: es algo –como las piedras– para vivir –como las plantas–; para poder sentir –como los animales–; para poder conocer y amar –como los ángeles–; para ser de verdad hijo de Dios. Es algo para vivir, vive para sentir, siente para conocer y amar, conoce y ama para rezar. Arriba de todo la cabeza, en el medio el corazón y abajo el sexo; hay hombres que viven exactamente al revés: piensan con el sexo y ponen su pensamiento al servicio de su animalidad.

Si uno quiere usar bien un serrucho tiene que ver si es bueno y respetar su fin, que es el de cortar. Cuando no se tenga en cuenta esto se lo usará mal y sin resultados: no se puede tomar sopa con un serrucho, pintar un cuadro con él.

Algo semejante ocurre en el hombre con el sexo. Las creaturas saben que es bueno, muchos saben que es algo creado por Dios y, en consecuencia, que es algo muy bueno; pero no todos lo respetan ni valoran su dignidad, tergiversando su finalidad e instrumentalizándolo para sus propios objetivos egoístas.

¿Qué hace el egoísta? Tiene un excesivo amor a sí mismo que lo hace tender desmedidamente a su propio interés y olvidarse del otro. Es el que dice: primero yo, segundo yo y tercero yo. El egoísta hace de la otra persona una cosa, un objeto para su propio provecho. El principio estándar que regula el obrar de todo egoísta es: "¿Me sirve?, lo tomo; ¿no me sirve?, lo dejo". En otras palabras es el hombre reducido a lo genital, el hombre al revés, con la pasión arriba y lo más noble que tiene, abajo. Es un animal. Si no lo es en su ser, lo es, al menos, en su obrar.

Hoy se quiere separar el amor del placer, la entrega de los cuerpos de la entrega de las almas. Hoy se quiere hacer del amor humano un amor animal, una variable de comercio, un negocio. Hoy se atenta contra el amor humano porque es fuente de vida y nuestra sociedad es una sociedad que sigue los pasos del homicida Caín. Hoy no se valora el amor humano porque se quiere hacer reinar la cultura de la muerte. Testigos:

– bancos de semen.

– fecundación in vitro.

– inseminacón artificial.

– úteros de alquiler, etc.

Así tenemos dos concepciones del sexo. La de aquellos que sostienen que el hombre es para el sexo y la de aquellos que sostienen que el sexo es para el hombre, como tiene que ser. Aquellos consideran al ser humano "un objeto", "una cosa"; los últimos, una persona humana, a quien debe subordinarse todo lo inferior.

Los primeros no tendrán ningún problema en justificar el aborto, la prostitución –incluso la prostitución infantil–, la masturbación, las relaciones pre-matrimoniales, la pornografía... "enemigos de la cruz de Cristo... cuyo dios es el vientre", dice de ellos San Pablo1. Hacen del sexo un dios. Y así se convierten en asesinos o, por lo menos, defensores de asesinatos, como lo es el aborto, etc.

Estas personas proponen un uso del sexo sin responsabilidad, sin compromiso, sin amor. Un uso egoísta. Todo lo contrario de Dios, que es fuente de vida y de amor. Por eso serán los primeros que harán propaganda a todo aquello que sea una traba para la vida. Buscarán impedir con los medios anticonceptivos la ovulación, la anidación, etc., porque, en definitiva, odian la vida. No nos dirán nunca la verdad acerca de los efectos secundarios de la píldora: hiperglucemia y aumento del nivel de colesterol, trombosis, hipertensión, disfunción sexual, disminución del gozo en el acto sexual, malformaciones, anomalías y, muchas veces, la infecundidad de la mujer.

El preservativo. Antes decían: "usálo para evitar el contagio"; ahora: "usálo para disminuir el riesgo". No son ciento por ciento seguros, dicen, pero reducen el riesgo de contraer enfermedades que se trasmiten por vía sexual, entre ellas el SIDA. ¿Reducen el riesgo de contraer una enfermedad ciento por ciento mortal? Lo reducen tanto como autodispararse un tiro con un revólver al que le queda una sola bala... Hay que ser bastante tonto para dejarse engañar así. ¿Es eso lo único que puede interponerse entre nosotros y la muerte? ¿Y a eso le llaman relaciones sexuales sin riesgos? Reducir el riesgo no es eliminarlo. Ya es hora que dejen de engañarnos.

El único medio absolutamente eficaz contra el SIDA lo dio Dios: 6º mandamiento, no fornicar.

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El hombre que vive su sexualidad sólo como un animal es un hombre a medias. Es un pobre derrotado que ha abandonado todo intento de alcanzar la victoria. Es un hombre que ha pactado con la derrota y ha firmado la propia claudicación.

Un joven o una joven así, generalmente buscará arrastrar a otros a la ruina, porque tiene la tendencia a dárselas de "vivo" y siente un gusto sumamente placentero al "avivar" a los demás. Quiere destrozar en los demás aquello que no supo respetar en sí mismo. Tratará de débiles a los que no quieran seguir sus pasos, de ingenuos, de infelices, de tontos... No economizará mentiras para lograr su objetivo. Dirá permanentemente que la pureza es imposible, que es mentira que hay chicos y chicas heroicos que la viven, o, en todo caso, que es antinatural o propia de los débiles que se dejan engañar por los curas y, en definitiva, por Jesucristo.

Y esto lo hacen para esconder la propia debilidad; para no reconocer su propia derrota; para no tener que renegar de su humillante claudicación; para no tener que admitir que no se animan a luchar, que como los sapos se arrastran sobre la baba de sus propias impurezas. Para no tener que aceptar que hay jóvenes mucho mejores que él o ella porque tienen la mirada limpia y el corazón puro. Para no tener que enfrentarse con el hecho de que hay muchos jóvenes más fuertes, que saben jugarse realmente por el amor verdadero y por la vida, y que vuelan alto, como las águilas.

¿Será débil el que vive según la razón? ¿Fuerte el que no tiene valor para elevarse por encima de las sensaciones animales? ¿Débil el que reconoce su nobleza y dignidad? ¿Fuerte el que se envilece? ¿Débil el victorioso y fuerte el vencido? ¿Débil el que es señor de sí mismo y fuerte el que esclavo de algo inferior? ¿Débil el hombre y fuerte el animal?

Y, no obstante, se da crédito a la calumnia. Así hay médicos que en nombre de una pretendida ciencia la refuerzan con perversos consejos; la prensa y la televisión la propagan y patrocinan; y lo peor no nos respetan. Pues estos son ataques contra nuestra personalidad, integridad y honestidad.

Estas personas y los jóvenes que, equivocados, siguen sus consejos, no saben para qué es el hombre:

No para la derrota, sino para el triunfo.

No para el egoísmo, sino para el amor.

No para la cobardía, sino para el heroísmo.

No para ser esclavo, sino para ser ¡señor!

Y esto es el hombre: señor, porque quien triunfa de sí mismo es más esforzado que el que toma ciudades por asalto.

Por eso, queridos jóvenes, no hay que dejarse atemorizar. La victoria es difícil, es cierto. La sociedad, las compañías, los ambientes, muchas veces juegan en contra. Y, aun a pesar de eso, hay una palabra que jamás debe salir de vuestros labios y un sentimiento que jamás debe ensombrecer vuestros corazones: "imposible". Jamás deben aceptar eso si buscan seguir a Jesucristo. Porque un joven que sigue a Jesucristo es, con Él, omnipotente. Porque "nada es imposible para Dios" (Lc 1,37).

Está en tu mano la elección: ¿águila o sapo?


NOTAS:

1Flp 3,18.19.

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