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CAPÍTULO II: Las adicciones

3.La inversión en el baile

 

Respetad vuestro cuerpo (...)

Os pertenece porque os lo ha donado Dios.

No se os ha donado como un objeto

del que podéis usar y abusar.

Forma parte de vuestra persona

como expresión de vosotros mismos,

como un lenguaje para entrar en comunicación

con los otros en un diálogo de verdad, de respeto, de amor.

Con vuestro cuerpo podéis expresar

la parte más secreta de vuestra alma,

el sentido más personal de vuestra vida:

vuestra libertad, vuestra vocación.

"Glorificad a Dios en vuestro cuerpo" (1Cor 6,20).

(OR 22-06-1984, Roma, Italia.)

 

Vivimos, querámoslo o no, en un orden inmerso en lo sobrenatural, si no es lo sobrenatural de Dios, será lo sobrenatural invertido del Diablo, que siempre busca subvertir la obra de Dios: Dios crea el ser, el Diablo quiere "la nadificación del ser"1 y efectuar la inversión de los trascendentales del ser, por ej., en vez de que las cosas irradien belleza –reflejo de la infinta Belleza, que es Dios– buscará que irradien fealdad.

Y esto no es una mera disgresión intelectual, cosa de escritorio, sino una realidad que implica la totalidad del ser y del hacer, desde la Teología a la política, pasando por todas las manifestaciones de la cultura y del arte: pintura, música, cultura, cine, TV, teatro, literatura...

Ejemplificaremos con una de las manifestaciones del hombre como lo es el baile. No nos referiremos al baile clásico, ni al folklórico, sino al llamado baile moderno y a éste, no del punto de vista moral, sino bajo su aspecto formal.

Nuestros abuelos bailaban el vals, el minué, el paso doble... y si lo comparamos con el baile actual –rock pesado, beat, progresivo...– notaremos una muy grande degradación, más aún una inversión muy marcada. (La misma comparación podríamos hacer tomando en el primer término los bailes folklóricos de todos los pueblos).

Antes el baile era en verdad una danza en la que el hombre manifestaba su señorío, su nobleza; ahora, las más de las veces, es tal el frenesí, son tales los movimientos convulsivos, tales los espasmos y las contorsiones (que ponen a prueba los mejores desodorantes), que sólo manifiestan el plebeyismo más ramplón y la chabacanería más vulgar. Para unos, los movimientos eran plenos de gracia y donaire, en los otros, en cambio, reina la brutalidad, la agitación, la excitación... todo son cabriolas y piruetas propias de saltimbanquis o de atacados por el mal de San Vito. Antes el espíritu reinaba sobre el cuerpo, hoy sólo se trata de "mover el esqueleto".

Ayer la habilidad del bailarín consistía en moverse en forma acompasada; hoy, muchas veces, los movimientos imitan los preliminares del acto sexual (por ej., John Travolta) y otras veces llevan una inmovilidad casi absoluta, como si llevaran zapatos de buzo tipo "Chapaleo".

Ayer, el hombre "tomaba" a la mujer; hoy, se apretujan y amasan en una serie de pericóresis humana. Ayer, actuaban principalmente las potencias intelectuales, como llevando al hombre al éxtasis, o sea, salir de sí transportando el alma hacia algo superior (por ej., Zorba, el griego); hoy, actúa principalmente el sentido del tacto, que se extiende por todo el cuerpo y que ha quedado "especialmente inficcionado por el pecado original"2, en la feroz búsqueda del éntasis, o sea, el ensimisarse replegándose sobre sí mismo, "bajando" el alma que queda como poseída en el entusiasmo de su afirmación egolátrica; el alma es transportada hacia abajo... Para los primeros, una parte sustancial del baile era la comunicación por medio de la palabra, del diálogo (en lunfardo: "chamuyo"); para los segundos, se hace imposible conversar mientras bailan, por el ruido infernal que hay, porque están demasiado lejos (o demasiado cerca), porque están reconcentrados sobre sí mismos o porque sólo se busca contacto y contacto a nivel de piel. Para unos era algo estilizado; para los otros es algo simiesco.

En el pasado, las manos en alto –por ejemplo en la jota– como dirigiéndose a Dios y los pies apenas tocando el suelo, como queriendo el cuerpo levitar; en el presente, las manos no se dirigen al Cielo y los pies, en los bailes lentos, están atados a una baldosa, como por un poderoso imán. En el pasado los rostros reflejaban la alegría del alma y mutuamente se veían; en el presente no se ven los rostros, apenas si se ven las nucas, si es que no tienen los ojos cerrados y no hay luz negra. En aquellos tiempos, toda la comunidad participaba de la alegría de los bailarines; en éstos, sólo hay una masa informe y el más egoísta individualismo, que nos hacen recordar aquellos versos inmortales: "Ande yo caliente y ríase la gente...".

Antes el ambiente del baile era caballeresco; en la actualidad, muchas veces, es propio de un ruín bodegón lleno de truhanes y granujas. Nuestros antepasados se vestían con elegancia para gozar más de esa manifestación del espíritu; nuestros contemporáneos, en cambio, visten con un desaliño tal, que aparecen de los más burdos y cursis, y en ello reflejan su alma.

En fin, ¿para qué continuar? Queda patente, en este rápido paralelo, la deformación del baile y del baile en su nivel masivo y juvenil. Y en ello se ve la pezuña del diablo, que odia el orden y la armonía, la proporción y la belleza, porque son destellos de las perfecciones de Dios, y su odio a Dios es tan grande que intenta borrar incluso, aquello que el hombre tiene como "imagen y semejanza" de Dios3.

Agreguemos a esto la música moderna que rinde culto a lo cacofónico, a lo feo, a lo desagradable, al caos sonoro, que es usada como "una herramienta de cambio social y político"4, que "produce tensión nerviosa, irritabilidad, impotencia y agresividad"5, que provoca "espasmos intestinales... agresión y neurosis"6, que es causa de sordera progresiva debido al altísimo volumen en que se la escucha haciendo perder muchos decibeles al oído, que transmite "a los iniciados en el vocabulario ‘hippie’ incitaciones al consumo de drogas, a la promiscuidad sexual y a la revolución"7, y tendremos una idea más adecuada de la inversión en el baile, un aspecto de la nadificación del ser.

Sepan nuestros jóvenes defenderse frente a quienes quieren comerciar con su alegría y vendrán días mejores para la Patria y la Iglesia.


NOTAS:

1ALBERTO CATURELLI, La Iglesia y las catacumbas de hoy, Ed. Al-Almena, Buenos Aires, 1974, p. 94.

2SANTO TOMÁS, Suma Teológica, (En adelante S. Th.) 1-2, 83, 4.

3Cf. Gen 1,26.

4T. W. Adorno.

5Medical Tribune.

6Revista médica "Selecta".

7Cf. ALBERTO BOIXADÓS, Arte y subersión, Ed. Areté, Buenos Aires, 1977.

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