CAPÍTULO II: Las adicciones
2. ¿Un "viaje alucinante"?
"El drogarse siempre es ilícito porque
comporta una renuncia injustificada e irracional
a pensar, querer y actuar como personas libres".
(Discurso a la conferencia
sobre drogadicción y alcoholismo, 23-11-1991).
Evidentemente se trata de uno de los problemas más graves del mundo actual. No sólo por la extensión que este fenómeno reviste; no sólo porque, de hecho, esa extensión se verifica sobre todo en las capas más jóvenes de la sociedad. Es uno de los problemas más serios y graves por todo lo que implica, conlleva y denuncia.
Ciertamente el fenómeno de la drogadicción muestra la tristeza de aquellos que no saben dónde encontrar la paz que buscan y que tanto necesitan; por eso mismo, al mostrarse como incapaz de saciar esa paz tan anhelada, la droga manifiesta, a la vez que genera, un vacío interior realmente demoledor, que termina por consumir la vida del que circula por ese camino. Es un camino a la nada. Denuncia también, en consecuencia, que nuestro mundo no anda como debería andar, ya que la escala de valores que propone y los criterios de acción que enseña, no proporcionan a las personas las respuestas necesarias a la hora de enfrentarse con las situaciones concretas y los problemas reales que la vida nos depara.
Antes de pasar a considerar las causas y consecuencias de esta terrible esclavitud, quisiéramos presentar, al menos breve y esquemáticamente, algunas nociones un poco más técnicas que nos pueden permitir orientarnos en este tema.
¿Qué entendemos por droga? En sentido estricto, cualquier substancia química que produzca efectos nocivos o benéficos en el organismo. Pero por su difusión, se ha hecho sinónimo de las drogas que producen adicción y es en este segundo aspecto que tratamos ahora el tema.
¿Qué es la drogadicción? Es un estado. Un estado de intoxicación crónica generada por drogas que llegan a producir el llamado "síndrome de abstinencia" por la misma dependencia no ya psicológica, sino también física que la droga origina. El hábito, la costumbre, lo que muchas veces en lenguaje vulgar se llama "vicio", no implica dependencia física; pero la adicción sí. Y esto significa que lo que primero tal vez fue un hábito, una costumbre, poco a poco se hace de tal magnitud e intensidad, que es el mismo cuerpo el que exige la dosis adecuada, que cada vez se hará mayor.
Hay varios tipos de droga. En general se las clasifica en tres grupos fundamentales: las psicoestimulantes (como las anfetaminas o los antidepresivos), las psicodepresoras (por ejemplo los hipnóticos, tanto barbitúricos como no, las inhalantes, las tranquilizantes), y las psicodislépticas (los alucinógenos, como el LSD, "éxtasis", etc.). De todos estos grupos, tanto el opio como la morfina, la heroína, la marihuana, la cocaína, el crack, el LSD, y las inhalantes, son capaces de producir adicción.
La droga produce, por tanto, una dependencia primero psíquica y luego física. Una lleva a la otra por coherencia interna, por la lógica misma del fenómeno de la drogadicción. Se comienza con una situación en la que existe un sentimiento de satisfacción y un impulso psíquico que exige la administración regular o continua de la droga para producir placer o evitar malestar. Es la primera etapa, en la cual la dependencia psíquica se hace cada vez más apremiante. El drogadependiente suele pensar que él domina las dosis y lo hace libremente, que sabe perfectamente cuál es el límite. Y al principio esto es verdad. Pero hay luego un momento en el cual imperceptiblemente, el drogadicto se encuentra con que, sin saber cómo ni por qué, ya no puede dejar la droga. Es el momento en el cual, por querer franquear las barreras llegando a placeres y alucinaciones cada vez más estimulantes o satisfactorias la persona se encuentra con que la droga ha destruido el equilibrio de su sistema nervioso y que ya no puede de ninguna manera independizarse de ella: la necesita para vivir. Así se verifica el pasaje a la segunda dependencia que mencionábamos: la dependencia física.
La dependencia física se constata por la aparición de intensos trastornos físicos cuando se interrumpe la administración de la droga. Es lo que se llama "síndrome de abstinencia" (SDA). El SDA está generado por el fenómeno de la tolerancia, que consiste en una adaptación progresiva del organismo a la droga. Esta misma adaptación es la que provoca la necesidad del aumento constante de las dosis, porque el sujeto deja poco a poco de experimentar fuertes conmociones con las dosis que dieron inicio al proceso y que ya son débiles. Muchas veces, precisamente por esto, se da el caso de las muertes por sobredosis.
Tenemos, entonces, las características fundamentales del drogadicto: lo que hemos llamado "tolerancia" y el SDA. Pero se dan otras características más particulares que nos permiten delinear, aunque sea a grandes rasgos, el perfil psicológico del drogadicto.
En primer lugar, se puede constatar que, bajo la apariencia de rebeldía, de fortaleza y de libertad, se esconde una personalidad totalmente sumisa, débil y esclavizada. En general, se puede decir que el joven drogadicto es un joven que no tiene agallas, que no tiene garra para revertir las situaciones adversas: como no puede modificar el mundo, quiere cambiar su percepción del mundo generando "universos paralelos" y "mundos alternativos".
Por eso la psicología del drogadicto está íntimamente ligada con el fenómeno de la evasión, de la huida. El drogadicto se quiere escapar de la realidad, que percibe como angustiante, generando una ilusión de omnipotencia.
El drogadicto, por otra parte, vive en un sistema DELIRANTE. Desde el punto de vista psiquiátrico, el delirio tiene varias características:
* 1. No es reversible por la prueba de la experiencia;
* 2. Tampoco por la lógica del pensamiento real;
* 3. No tiene consciencia de la enfermedad;
* 4. La droga se vuelve una ideología de vida.
Por ejemplo: a un músico talentoso se le demuestra que con la ingestión de drogas no se acrecienta su talento, que siempre lo tuvo, y que puede desarrollarlo por medio del aprendizaje y de la práctica. Pero no entenderá lo que se le dice, e insistirá en su convencimiento: si se droga, hará las cosas mejor. Como se encuentra inmerso en un sistema psicótico delirante, no le sirve ni la prueba de experiencia es decir, la evidencia ni la lógica real. Le es imposible comprender la realidad.
Todo adicto es, por lo que venimos diciendo, un suicida potencial, por la enorme capacidad de autodestrucción que posee. Pero también es, muchas veces, un criminal potencial (por ejemplo, los crímenes producidos por consumidores de CRACK se caracterizan por la violencia inaudita que sobrepasa al común denominador). Es evidente que uno de los efectos más importantes de la droga, a nivel social, es el aumento del índice de criminalidad. Según se desprende de las estadísticas policiales, los toxicómanos se caracterizan por ser los protagonistas de los asaltos y crímenes más violentos. Esto se explica, entre otras cosas, por el precio mismo de la droga: en EE.UU., por ejemplo, un adicto a la heroína necesita el equivalente a 500 y 1000 pesos diarios para la droga; salvo excepciones, sólo puede conseguirse robando o asesinando. A veces, el bajo precio de la droga en un determinado lugar, se debe a que en estos casos se trata de una especie de "promoción": se vende más barata para iniciar a más adictos.
Como se puede ver, las consecuencias a que lleva la drogadicción son terroríficas. La drogadicción tiene un papel del todo particular y un rol protagónico en lo que el Papa Juan Pablo II llama la "cultura de la muerte". El que se droga no cultiva la vida; cultiva la muerte. Y no sólo para sí, sino para los demás. No sólo porque muchas veces el drogadicto es un suicida potencial, sino también porque destruye a los seres que más quiere. Un seminarista me contó que una vez, mientras estaba misionando, lo llamó un muchacho de unos treinta años. Hacía cerca de diez años que la droga había comenzado a acabar con su vida. Le pidió que por favor lo ayudara a salir de esa esclavitud. Y en un momento, con lágrimas en los ojos, le dijo: "Estoy matando a mi madre, estoy matando a mis dos hijitas".
¿Y, si se trata de algo tan malo y de tan graves consecuencias, por qué motivos se halla tan extendido? ¿Cuáles son las causas de esta terrible plaga que azota a nuestro tiempo?
Algunos principios de respuesta hemos esbozado en lo dicho más arriba. El hecho de tener una personalidad débil, que se deja llevar fácilmente por la corriente pretendiendo una engañosa y falsa rebeldía, la búsqueda de una libertad al margen de la verdad y de la realidad, que, en definitiva, es una despiadada esclavitud. La incapacidad de solucionar diversos problemas ¡los problemas familiares!, la incapacidad de encontrarle sentido a la vida. El deseo de imitar "modelos" y "héroes" de nuestro tiempo que han caminado y caminan por el mismo rumbo ¡cuántos rockeros!. El frecuentar ambientes y compañías en los cuales es común el manejo de la droga, con la falsa excusa del ya conocido "ya soy grande, me sé cuidar, sé muy bien lo que debo hacer", sin advertir que es el mismo argumento esgrimido por la mayoría de quienes en esos ambientes consumen droga. También es una causa el deseo de sobresalir, de llamar la atención, de pasar por "banana"; o la curiosidad, el deseo de experimentar algo distinto, y otras muchas.
A veces la misma reacción de aquellos que podrían ayudarlo, hace más seria en el drogadicto la tendencia y el impulso a la evasión. El rechazo de los seres queridos hace, a veces, que el joven busque con mayor insistencia encerrarse en su propio mundo, creado por él y por la droga. Muchas veces una falsa comprensión (permitir el continuar en ese camino) agudizan más el problema y la crisis. Con respecto a esta última actitud, vale la pena señalar un ejemplo de cómo NO hacer las cosas cuando respecto a drogadictos se trata: en Suiza, el gobierno habilitó un sitio para drogadictos, en el cual el que lo desee, puede ir a inyectarse lo que desee, cómo desee y cuánto desee. La policía sólo detiene a los distribuidores. El lugar se llama "Estación de trenes de Letten", y aún continúa funcionando. Según los filósofos europeos, es lícito pues se trata de "el derecho inalienable a ejercer la libertad individual". Hacemos nuestra la opinión de un psiquiatra argentino que visitó el lugar: "...la solución suiza es el mayor ejemplo de la imbecilidad humana".
Ese mismo rechazo que se verifica a veces en los seres queridos, se verifica también en la sociedad. La marginación, la indiferencia, la incomprensión, a la vez que la incitación a la drogadicción, son las actitudes que cotidianamente se pueden constatar.
Hemos hablado de "incitación". Lo hicimos intencionalmente. Evidentemente, en una sociedad cuya escala de valores se encuentra dominada por lo erótico y lo útil; una escala en la cual se promueve la primacía de la técnica sobre la ética, del bienestar sobre la vida; una escala en la cual el valor preponderante es el "sentirse bien", en la cual se manejan frases "standard" como "si le gusta", "si lo siente", "su vida es de él...". En una sociedad así, lo que falla es la concepción del hombre y del sentido mismo del hombre en el mundo. Una sociedad así incita a la drogadicción al fomentar esos disvalores. Todas las campañas ulteriores contra la drogadicción son "parches", son paños tibios que, tal vez, aliviarán un poco el dolor; pero jamás son una cura real.
El tratamiento para curar a un drogadicto debe dirigirse tanto hacia la familia del drogadicto como hacia el drogadicto mismo. No puede centrarse sólo en el aspecto médico, o médico-social: debe abarcar todos los aspectos de la persona del drogadicto. Deben investigarse las causas últimas a nivel familiar e individual, y a partir de ahí elaborar respuestas. Esto le ayudará a enfrentarse a sí mismo y a los problemas Además de procurar la cura de desintoxicación y la re-inserción laboral y social, debe principalmente atenderse el aspecto espiritual del toxicómano, puesto que es un elemento clave en el proceso de recuperación. Si Dios no ocupa el lugar que le corresponde, todos los demás elementos de la vida estarán desquiciados. Está comprobado estadísticamente que cuando se recurre sólo a medios humanos (tratamiento farmacológico, terapias de grupo, etc), los porcentajes de curación son muy bajos menos del 30% y la reincidencia, elevadísima.
El Papa Juan Pablo II nos dice que:
"El comportamiento (de los drogadictos) es moralmente inaceptable, pero deben ser considerados víctimas y enfermos antes que reos. Este fenómeno se da por un clima de escepticismo humano y religioso, hedonista, que al final lleva a la frustración, al vacío existencial, a la convicción de la insignificancia de la vida misma, a la degradación, a la violencia. A veces, la inestabilidad de la familia es causa de la drogadicción, pero no siempre. Muchas familias que han tratado de educar a sus hijos del mejor modo son víctimas inocentes del doloroso fenómeno. El Estado debe encarar una política seria que busque resolver dificultades personales, familiares y sociales, implementar una educación para estimar la vida y la salud, una formación para usar positivamente de la libertad y para respetar a la persona, la iniciación a los ideales de la familia, del amor sincero, de la caridad fraternal y del trabajo. No se puede aceptar moralmente un comportamiento contrario al bien común, que atenta contra la propia salud, turbando el equilibrio mental con gravísimas consecuencias para sí y para los demás".
Quisiera terminar este capítulo ofreciéndoles el testimonio de un joven drogadicto:
"Lo siento mucho, papá, creo que este diálogo es el último que tengo con Usted.
Lo siento mucho realmente.
¿Sabe...? Es tiempo de que usted sepa la verdad que nunca sospechó.
Voy a ser breve y claro:
¡LA DROGA ME MATÓ, MI QUERIDO PAPÁ!
Entablé conocimiento con mi asesino a los quince años de edad. Es horrible. ¿No es cierto, querido papá?
¿Sabe cómo nos conocimos?
A través de un ciudadano muy elegantemente vestido, realmente muy elegante y de muy buen diálogo, que nos presentó a nuestro futuro asesino: "LA DROGA".
Yo intenté una y otra vez rechazarla, pero el ciudadano se metió conmigo diciendo que yo no era hombre.
No preciso decir nada más, ¿es así...?
Ingresé al mundo del tóxico. En el comienzo eran tonterías, después vinieron los desvanecimientos, y en seguida la oscuridad. No hacía nada sin que la droga no estuviera presente. Después vino la falta de aire, miedo, alucinaciones; después euforia nuevamente.
Sabe papá... Cuando comencé encontraba todo ridículo, muy gracioso y sin sentido, hasta a Dios mismo yo lo hallaba muy ridículo. Hoy en este hospital yo reconozco que Dios es el ser más importante del mundo. Yo sé que sin la ayuda de Él yo no estaría escribiendo lo que estoy escribiendo.
Papá, usted créame, la vida de un toxicómano es terrible, uno se siente lacerado por dentro. Es horrible y todo joven debe saber esto para no entrar en lo mismo.
Ya no puedo dar tres pasos sin cansarme. Los médicos dicen que voy a quedar curado, pero cuando salen del cuarto, balancean la cabeza.
Papá... Yo sólo tengo diecinueve años y sé que no tengo chances de vivir, es muy tarde para mí. Mi querido papá, tengo un último pedido para hacerle: dígale a todos los jóvenes que usted conoce mi situación y muéstreles esta carta.
Dígale a ellos que en cada puerta de escuela, en cada curso, en cada facultad, en cualquier lugar, hay siempre un hombre elegantemente vestido, de muy buen diálogo, que quiere mostrarles a su futuro asesino, el destructor de sus vidas, que los llevará a la locura y a la muerte como a mí.
Por favor, haga esto, mi querido papá, antes de que sea demasiado tarde también para ellos.
Perdóneme, mi querido papá...
Yo sufrí demasiado...
Perdóneme por hacerlo sufrir por mis locuras.
¡Adiós mi querido papá!"
Después de esta carta, el joven murió el 23 de mayo de 1995 en San Pablo, Brasil.