CAPÍTULO I: El sentido
3.El ideal
"Los hombres deben comprender que
con la adhesión a Cristo no sólo no pierden nada,
sino que lo ganan todo, porque en Cristo
el hombre se hace más hombre".
(Homilía en Roma, 15-03-1981).
Una de las características de este tiempo que nos toca vivir es la generalizada pérdida de los ideales. Hoy día muchos viven sin ideales, por eso viven una vida arrastrada, aburrida, descontenta, con el sinsabor de no saber para qué.
¿Qué cosa es el ideal? Es algo grande, superior, digno, valioso.
El ideal es algo grande. Es algo capaz de llenar una vida. Nunca es una cosa mezquina, trivial o pequeña. No es un pasatiempo ni un hobbie. Tampoco se trata de algo que sea grande cuantitativamente, sino de algo que sea cualitativamente grande. Algo que valga la pena. Por ejemplo, formar una familia cristiana auténtica, donde reine el amor de Cristo, los esposos sean mutuamente fieles, sean generosos en trasmitir la vida, eduquen a los hijos según la escuela de Cristo... ¡Eso vale la pena! ¡Es algo grande!
De manera particular en este tiempo. En agosto de este año, la encuestadora Graciela Römer1, preguntó a 1.165 jóvenes universitarios de entre 18 y 25 años, acerca de sus compromisos afectivos respecto al matrimonio: El 10% piensa vivir en pareja y luego casarse;
el 17% tiene idea de casarse directamente;
el 33% piensa vivir en pareja y no casarse (cohabitar de hecho);
el 40 % dijo no tener proyectos todavía.
Es estremecedor constatar que tan sólo el 17 % quiere casarse, y más grave aun sería la estadística si se les preguntase si piensan casarse por la Iglesia, como Dios manda.
El aumento de la cohabitación y de los divorcios muestra el temor que tienen los jóvenes a comprometerse. La cohabitación crece porque los jóvenes ven el crecimiento de los divorcios (en EE.UU., 2 de cada 3 parejas), pero, por la evidencia reunida, la cohabitación no impide la ruptura del futuro matrimonio.
El ideal debe ser algo superior, excelente, sublime como es el ideal de formar una familia auténticamente cristiana, ser un hombre o una mujer de bien, ser un digno profesional o empresario que dé mano de obra a muchos, o un honesto trabajador. No es ningún ideal querer ser vago, ladrón, vándalo o tonto. El ideal es algo perfecto en su línea, de alguna manera es algo inalcanzable, debe estar siempre un poco más allá... Por eso enseña nuestro Señor: "Sed perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto" (Mt 5,48). Es decir, sed santos, que finalmente "hay un solo error en la vida como decía León Bloy: no ser santos". Y no hay ideal más excelente que el querer ser santos, o sea, imitadores de Jesucristo.
El ideal es algo que dignifica al ser humano, es un prototipo, modelo o ejemplar de perfección hacia el cual hay que tender con todas las fuerzas del alma sin dejarse apocar o asustar por las dificultades que con certeza se presentarán. Es decir, el ideal debe estar necesariamente en la línea de la verdad, del bien, de la virtud. No es ningún ideal ser drogadicto, alcohólico, impuro o terrorista. En todo caso, esos tales siguen los "ideales" del diablo. Los ideales auténticos dan alegría, felicidad, convicciones profundas, seguridad y siempre están al servicio de los demás. Sirven para edificación de todos y para mal de ninguno.
El ideal es algo sumamente valioso. La mejor definición que conozco es la
que dice: "Ideal es aquello por lo cual se vive, y por lo cual también se está
dispuesto a morir, si fuere necesario". Y sólo se vive por algo valioso.
Y, cuerdamente, sólo se es capaz de morir por algo valioso. Por algo que
vale la pena. Así como lo que cuesta vale, se vive y se muere sólo por algo que cueste.
Y, ¿quién reúne en sí mismo estas características de ser grande,
superior, digno y valioso? ¿Quién las reúne mejor que Jesucristo? Jesucristo es la suma de los más altos y sublimes ideales que jamás
ha llegado a imaginar la humanidad entera, ni aun sumando todos los sanos ideales de todos
los hombres de todos los tiempos. Él los excede infinitamente, desbordándolos por todos
los lados. Hoy debemos convencernos de que Él es el gran e insuperable ideal al
que debemos tender con todas nuestras fuerzas, si no queremos perder el tiempo y
equivocarnos en el camino de la vida y de la eternidad. Para ello debemos trabajar para
que Cristo reine en nuestras inteligencias por la verdad, en nuestras voluntades por el
bien, en nuestra sensibilidad por la belleza, en nuestra naturaleza por la gracia. Pero no
basta que reine sobre nosotros individualmente considerados, es necesario que reine en
nuestras familias, escuelas, sindicatos, fuerzas de seguridad, universidades, hospitales.
Es necesario que reine en el mundo de lo social, lo económico y lo político, tanto
nacional como internacional. El 90 % de los jóvenes encuestados no tiene participación
política, pero esto no es bueno para un pueblo. Ciertamente que es porque el 78 % rechaza
la corrupción, y el 38 % ni se interesa de la política por causa de los políticos
corruptos, pero el gran trabajo consiste en formar líderes, jefes laicos, hombres y
mujeres de bien, que sanamente se ocupen de la cosa pública. Si no hacemos esto le
estamos haciendo el campo orégano a los corruptos, dejando que los delincuentes nos
ganen. Debemos aprender a apasionarnos por las cosas grandes y por las grandes causas.
Nuestros jóvenes deben aprender a salir de esta suerte de anestesia juvenil provocada por
la falta de buenos ejemplos de los mayores. Alguno ha dicho "la sangre de los
jóvenes se enfrió" y puede ser verdad, lamentablemente, en muchos casos; pero
existe una juventud de reserva, silenciada por los medios de comunicación con la
complicidad de muchos que detentan el poder, que se forman para ser hombres y mujeres de
mente fría pero de corazón ardiente, como muchos de los jóvenes y las jóvenes que, por
ejemplo, se consagran a Jesucristo, para seguirlo en el ideal del matrimonio o de la
virginidad. Por eso hoy, con toda la fuerza de mi voz, invito a todos los jóvenes
y quisiese que mi voz llegase a todos los jóvenes de mi patria que no hay
ideal más grande que Jesucristo, que vale la pena seguirlo a Él, que Él nunca falla y
que no se deja ganar en generosidad por nadie.
NOTAS:
1
Cf. AGUSTINA LANUSE, Diario LA NACIÓN, agosto, 1995,Cf. AGUSTINA LANUSE, Diario LA NACIÓN, agosto, 1995,[Componente Mapa de imágenes de FrontPage] ![]()