Página Principal Padre Carlos M. Buela Indice del Catecismo


Segunda Sección

LA ORACIÓN DEL SEÑOR:

«EL PADRE NUESTRO»

 

 

«Quiero que caigáis en la cuenta de la gran oposición que existe... para que afrontéis con realismo y confianza el reto que se os presenta al ser jóvenes cristianos en el mundo de hoy. Cabalmente porque hay “gran oposición en torno a vosotros”, debéis utilizar los medios necesarios para estar firmes y perseverar. Debéis orar. Debéis orar a diario. Tenéis que orar a solas con Dios y también juntos. Debéis orar en unión con Nuestro Señor Jesucristo sobre todo los domingos, cada domingo, tomando parte en el ofrecimiento eucarístico de Jesús a su Padre. Tenéis que invocar el poder de su muerte y resurrección, poder que Él está dispuesto a desplegar cuando le pidáis que lo haga empleando estas sencillas palabras: “El pan nuestro de cada día dánosle hoy... líbranos del mal”.

Juan Pablo II,
a los jóvenes
 de Gales e Inglaterra,
4 de septiembre de 1983.

 

El «Padre Nuestro»

          Es una oración perfectísima, compuesta por el mismo Jesús,[1] que contiene todo lo que debemos pedir y el orden en que debemos pedir. Tiene como un pórtico de entrada que viene a ser al modo de un telón de fondo que acompaña toda la oración: «Padre nuestro que estás en los cielos».

        «Padre...», para excitar nuestra confianza en Él, recordando su amor, su ternura, su cariño para con nosotros, sus hijos.

        «Padre», no verdugo que se goza en castigarnos; no tirano que nos esclaviza; no carcelero que nos tortura; no usurero que saca sin dar; no comerciante que calcula... «Padre»..., y con mayúscula.

        «Padre nuestro...», y no solamente mío, porque todos somos hermanos y debemos amarnos con amor de caridad.

        «Que estás en el cielo...», Expresamos su trascendencia, su majestad y el poder que tienen para ha­cernos todo bien y darnos lo que le pedimos.

        Luego de este pórtico, comienzan las peticiones, que son siete:

1) «Santificado sea tu nombre». Pedimos la glorificación de Dios, que es nuestro último fin, amando a Dios como es en sí mismo. Pedimos que su nombre sea santificado por los hombres, es decir, que los hombres glorifiquen a Dios, que reconozcan su santidad, que se propague su gloria en toda la humanidad.

        Es lo que desea San Ignacio de Loyola: hacer todo «para la mayor gloria de Dios».[2] Es la cumbre de la perfección cristiana: «Sólo mora en este monte la gloria y honra de Dios».[3]

2) «Venga a nosotros tu Reino». Pedimos alcanzar nosotros la gloria de su Reino, que es el fin de nuestra vida cristiana. Pedimos gozar nosotros de la gloria de Dios amándonos a nosotros en Él, excitando en nosotros el deseo del Reino. Pedimos la gracia de Dios, que es lo más grande que podemos pedir después de la gloria de Dios. Pedimos también que venga Él a reinar en plenitud mediante su Segunda Venida.

        Luego de enseñarnos a desear y a pedir el fin último sobrenatural, tanto el principal (gloria de Dios) como el secundario (nuestra propia santificación), Jesús nos enseña a desear y a pedir los medios que di­rectamente nos hacen alcanzar ese fin.

3) «Hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo». Es el medio directo y primordial para alcanzar el fin: cumplir los mandamientos de la ley de Dios, o sea, obedecer a Dios subordinándonos a su querer. Y nuestra obediencia debe ser tan perfecta como la de los ángeles en el cielo. En la tierra la obediencia de los hombres a Dios debe ser como un reflejo de la obediencia de los santos y de los ángeles en el Cielo.

4) «Danos hoy nuestro pan de cada día». Es un medio directo aunque secundario, para alcanzar nuestro fin, y se refiere a todo aquello que puede ayudarnos a merecer la vida eterna.

        Por «pan» se puede entender la Eucaristía (y con Ella todos los demás Sacramentos) y el «pan material» (y con él todas las cosas necesarias de la vida). Pedimos por los medios directos, aunque secundarios, pa­ra llegar al fin.

        Luego el Señor nos enseña a pedir los medios indirectos para llegar al cielo, o sea, a quitar los obstácu­los que nos lo podrían impedir. Esos obstáculos son tres.

 5) «Perdona nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden». El primero y principal obstáculo que nos excluye directamente del Reino de los cielos es el pecado. Y para que Dios nos perdone, debemos perdonar de corazón a nuestros ofensores.

6) «No nos dejes caer en la tentación». El segundo obstáculo es la tentación que es como la antesala del pecado y puede impedirnos el cumplimiento de la Voluntad de Dios. No pedimos carecer de tentaciones, sino no ser vencidos por ellas.

7) «Y líbranos del mal». El último obstáculo lo constituyen todas las demás calamidades y penalidades de la vida que pueden perturbar nuestra alma, especialmente «el Malo», Satanás, que incansablemente busca apartarnos de Dios.

        Recemos siempre la oración que Jesús nos enseñó. En ella «está toda la contemplación y perfección encerrada».[4]

 

 

«Pero para hacer esto (construir la civilización del amor) necesitáis la ayuda de Dios. Y la ayuda de Dios llega a vosotros a través de la oración. Vuestra unión con Cristo será el secreto de vuestra efectividad, y se fortalece con vuestra oración, con vuestro diálogo con Dios, levantando el corazón hacia Él. Pero Jesús ha colmado también vuestras necesidades a través de los sacramentos de la Iglesia, en particular la Eucaristía y el sacramento de la Penitencia. La conversión de vuestros corazones se produce por la acción de Cristo, y Cristo llega a vosotros en sus sacramentos, que serán siempre para vosotros una expresión y una celebración de vuestra fe y de vuestra vida en Cristo».

Juan Pablo II,  
 
a los jóvenes de Terranova (Canadá),  
12 de septiembre de 1984.


[1] Cf. Mt 6,9 y ss.
[2]
Lema del escudo de la Compañía de Jesús.  
[3]
Rótulo que puso San Juan de la Cruz en su gráfico del Monte Carmelo, en la cumbre de la montaña de la santidad.  
[4]
Santa Teresa de Jesús, Camino 37, I, cf. 42, 5.

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