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Capítulo tercero
LA VIDA DE ORACION
I. LAS EXPRESIONES DE LA ORACIÓN
«Es necesario acordarse de Dios más a menudo que de respirar», decía San Gregorio Nacianceno[1] para darnos a entender qué necesario es para el cristiano llevar una vida de oración.
«La Iglesia invita
a los fieles a una oración regulada: oraciones diarias, Liturgia de la Horas,
Eucaristía dominical,
fiesta del año litúrgico.
La
tradición cristiana contiene tres importantes expresiones de la vida de oración: la oración vocal, la meditación y
la oración de contemplación. Las tres tienen en común el recogimiento del corazón».[2]
Grados de la Oración
El progreso en la oración coincide con el avance del alma por el camino de la santidad. Consiste la santidad en la unión con Dios por el amor. Y la oración es fruto que brota del amor a Dios. Cuanto amas, tanto oras.
La vida cristiana, como toda vida, tiende de suyo a desarrollarse. La semilla de vida eterna depositada en nuestra alma por el Bautismo gracia, virtudes y dones lleva en sí una fuerza de crecimiento que sólo se frena cuando florece en la plenitud de la gloria, que es el Cielo. Por eso la gracia es el preludio de la vida eterna, es la vida eterna comenzada. Pues bien, la vida de santidad, que nace en el Bautismo y culmina en el Cielo, conoce grados según la mayor o menor intensidad del amor a Dios. Y como esa intensidad se manifiesta principalmente en la oración el que ama quiere comunicarse con el amado se puede conocer cuál es el grado de virtud de cada uno por el grado de oración en que se encuentra.
La vida cristiana es esencialmente una porque única es la gracia, que es la esencia de la vida cristiana pero tiene dos etapas fundamentales. En la primera de ellas actúa preponderantemente la razón del hombre iluminada por la fe; esta etapa es llamada ascética, porque en ella el hombre hace esfuerzos activos para alcanzar la perfección y la actuación de las virtudes sobrenaturales (aunque también actúan en esta etapa los dones del Espíritu Santo). En la segunda etapa, llamada mística, actúa primordialmente el Espíritu Santo a través de sus siete dones, mientras que el hombre está en una actitud más bien pasiva, o sea, deja actuar a Dios en el alma. En las dos etapas el hombre realiza, con el auxilio de la gracia, actos verdaderamente sobrenaturales; pero en la primera, esos actos son al modo humano, con imperfecciones; en cambio, en la segunda son al modo divino: perfectos. Pongamos un ejemplo para aclarar lo que decimos: imaginemos nuestra alma como un arpa con muchas cuerdas (que son las virtudes sobrenaturales); cuando estas cuerdas son pulsadas por nosotros, estamos en la etapa predominantemente ascética, cuando son pulsadas por el Espíritu Santo, quiere decir que estamos en la etapa predominantemente mística.
Analicemos más en detalle estas dos etapas, teniendo especialmente en cuenta cómo se expresan en los diversos grados de oración.
1. ETAPA PRINCIPALMENTE ASCÉTICA
Primer grado: LA ORACIÓN VOCAL
Oración vocal es la que se expresa con palabras pronunciadas con atención y piedad, que quien «no advierte cómo habla y lo que pide y quién es quien pide y a quién, no la llamo yo oración aunque mucho menee los labios».[3] En cierto sentido, todas las cosas hechas en gracia de Dios son oración, como dice San Pablo: «Ya comáis, ya bebáis o ya hagáis alguna cosa, hacedlo todo para gloria de Dios» (1 Co 10, 31). En este sentido, la oración debe ser continua, incesante, ininterrumpida: «orad sin cesar» (1 Te 5, 17), «es preciso orar en todo tiempo» (Lc 18, 1) y «en todo lugar» (1 Tim 2, 8).
Sin embargo esta ordenación de todas nuestras actividades a la gloria de Dios, sólo es oración en un sentido amplio. Y Dios nos pide también la oración en un sentido más estricto. Esta oración no puede ser incesante, ya que otras obligaciones nos reclaman, sino que debe durar lo que convenga para excitar el fervor interior y no más. Cuando Jesús nos dice que entremos en nuestra pieza y «cerrada la puerta oremos en lo secreto...» (Mt 6, 6), de ninguna manera nos está prohibiendo que recemos públicamente; lo que no quiere es que lo hagamos para que los hombres nos alaben en vez de hacerlo para la gloria de Dios. Asimismo cuando enseña: «al orar no seáis habladores, como los gentiles, que piensan ser escuchados por su mucho hablar» (Mt 6, 7), no nos está prohibiendo que oremos mucho, sino que charlemos mucho. El mismo Señor nos dio ejemplo de oración prolongada al pasar noches enteras en oración.[4] «Este negocio merece tratarse más con gemidos que con palabras».[5] No es necesario emplear fórmulas ya hechas para hablar con Dios; es muy conveniente hablar sencillamente como un pequeño con su padre.
a) En cuanto a las fórmulas de oración vocal las mejores son las que emplea la Iglesia: el Padre nuestro,[6] el Ave María,[7] el Gloria, las oraciones de la Misa, la señal de la Cruz,[8] etc.
b) Otras oraciones que debemos rezar frecuentemente:
Dios te salve, Reina y Madre de misericordia, vida dulzura y esperanza nuestra, Dios te salve. A ti clamamos los desterrados hijos de Eva; a ti suspiramos, gimiendo y llorando en este valle de lágrimas. Ea, pues, Señora abogada nuestra, vuelve a nosotros esos tus ojos misericordiosos y después de este destierro, muéstranos a Jesús fruto bendito de tu vientre. ¡Oh clementísima, oh piadosa, oh dulce Virgen María! Ruega por nosotros, Santa Madre de Dios, para que seamos dignos de alcanzar las promesas de nuestro Señor Jesucristo.Amén.
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