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Capítulo segundo
«La oración no
se reduce al brote espontáneo de un impulso interior: para orar es necesario querer orar.
No basta sólo con saber lo que las Escrituras revelan sobre laoración: es necesario
también aprender a orar. Pues bien, por una transmisión viva (la Sagrada Tradición), el
Espíritu Santo, en la Iglesia creyente
y orante, enseña a orar a los hijos de Dios».[1]
1. La Palabra de Dios
«La Iglesia recomienda insistentemente a todos sus fieles ... la lectura asidua de la Escritura para que adquieran la ciencia suprema de Jesucristo (Flp 3, 8)... Recuerden que a la lectura de la Sagrada Escritura debe acompañar la oración para que se realice el diálogo de Dios con el hombre, pues a Dios hablamos cuando oramos, a Dios escuchamos cuando leemos sus palabras (San Ambrosio)[2]».[3]
Santa Teresita del Niño Jesús, Doctora de la Iglesia, escribía: «Es sobre todo el Evangelio lo que me ocupa durante mis oraciones. En él descubro siempre nuevas luces, sentidos escondidos y misteriosos».[4]
La oración litúrgica es la oración de toda la Iglesia; de la Cabeza, Cristo, y de los miembros, nosotros.
Es la obra de Cristo, presente en la Iglesia, que da gloria a Dios, especialmente inmolándose en el Santo Sacrificio de la Misa, y que santifica a los hombres, especialmente por los sacramentos: «Cuando alguien bautiza es Cristo que bautiza».[5] Cristo está entre nosotros de muy diversas maneras, hablándonos a través de su Palabra: «Ignorar la Sagrada Escritura es ignorar a Cristo»,[6] suplicando y cantando salmos con nosotros: «Donde estén dos o tres reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos» (Mt 18, 20). Decimos, pues, que por la liturgia, Dios es perfectamente glorificado y los hombres santificados.
La oración litúrgica, por ser «obra de Cristo Sacerdote y de su Cuerpo, que es la Iglesia, es la acción sagrada por excelencia... y no la iguala ninguna otra acción de la Iglesia».[7] De ahí que debemos participar en ella plena, consciente y activamente. Debemos comprender los sagrados ritos, imbuirnos del espíritu de los distintos tiempos del año litúrgico, conocer la riqueza que se esconde en la liturgia católica y defenderla; en una palabra, valorar la liturgia dándole la primera prioridad en nuestra vida de piedad.
La oración litúrgica Santa Misa, Sacramentos, Oficio Divino, Canto Litúrgico, etc.es la oración de toda la Iglesia que ya desde la tierra toma parte en la liturgia celestial: «Tenemos un Pontífice que está sentado a la diestra del trono de la Majestad en los cielos» (Heb 8, 1). Gracias a ella es el Espíritu Santo el que de algún modo habla a través de la Iglesia: «El Espíritu Santo viene en ayuda de nuestra flaqueza, porque nosotros no sabemos pedir lo que nos conviene» (Ro 8, 26), y Cristo mismo, Sumo y Eterno Sacerdote, es quien da a su Iglesia la garantía de ser escuchada: «Cuanto pidiereis al Padre en mi nombre os lo dará» (Jn 16, 23).
«Se entra en oración como se entra en la liturgia: por la puerta estrecha de la fe. A través de los signos de su presencia, es el rostro del Señor lo que buscamos y deseamos, es su palabra lo que queremos escuchar y guardar.
El Espíritu Santo nos enseña a celebrar la liturgia esperando el retorno de Cristo, nos educa para orar en la esperanza: En el Señor puse mi esperanza, él se inclinó hacia mí y escuchó mi clamor (Sl 40, 2)...
La esperanza no falla, porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos ha sido dado (Ro 5, 5). La oración, formada en la vida litúrgica, saca todo del amor con el que somos amados en Cristo y que nos permite responder amando como Él nos ha amado. El amor es la fuente de la oración: quien bebe de ella, alcanza la cumbre de la oración:
Te amo, Dios mío, y mí único deseo es amarte hasta el último suspiro de mi vida. Te amo, Dios mío infinitamente amable, y prefiero morir amándote a vivir sin amarte. Te amo, Señor, y la única gracia que te pido es amarte eternamente... Dios mío, si mi lengua no puede decir en todos los momentos que te amo, quiero que mi corazón te lo repita cada vez que respiro (San Juan Bautista María Vianney, el Cura de Ars)[8]».[9]
«La
oración está dirigida principalmente al Padre; igualmente se dirige a Jesús, en especial por la
invocación de su santo Nombre: Jesús, Cristo, Hijo de Dios, Señor, ¡ten piedad de nosotros,
pecadores!
Nadie
puede decir: Jesús es Señor, sino por influjo del Espíritu Santo (1 Co
12, 3). La Iglesia nos invita a invocar al Espíritu Santo como
Maestro interior de la oración cristiana.
En virtud de
su cooperación singular con la acción del Espíritu Santo, la Iglesia ora
también en comunión con la Virgen María para
ensalzar con ella las maravillas que Dios ha
realizado en ella y para confiarle súplicas y alabanzas».[10]
III. Maestros y lugares de oración
«En su
oración, la Iglesia peregrina
se asocia con la de los santos cuya intercesión solicita.
Las
diferentes espiritualidades cristianas participan en la tradición viva de la oración y son
guías preciosos para la vida espiritual.
La familia cristiana
es el primer lugar de educación para la oración.
Los
ministros ordenados, la vida consagrada, la catequesis, los grupos de oración, la dirección espiritual aseguran en la
Iglesia una
ayuda para la oración.
Los lugares
más favorables para la oración son
el oratorio personal o familiar, los monasterios, los santuarios de peregrinación y,
sobre todo, el templo que es el lugar propio de la oración litúrgica para la comunidad
parroquial y el lugar privilegiado de la adoración eucarística».[11]
«Los verdaderos
centros del mundo y de la historia de la salvación no son las activas capitales de la
política y de la economía, del dinero y del poder terreno. Los auténticos centros de la
historia son los lugares silenciosos de oración, donde se
reúnen los hombres para rezar. En estos lugares se realiza, de forma
particularmente intensa, el encuentro de este mundo con el mundo celestial, de la Iglesia peregrina en la tierra con la Iglesia triunfante y eterna del cielo. En dichos
lugares acontece algo más grande y decisivo para la vida y para la muerte que
en las grandes capitales, donde se piensa que se está situado en el pulso del tiempo y
que se gira en la rueda de la historia del mundo».
Juan
Pablo II,
Alocución en Kevelaer, Alemania,
2 de mayo de 1987.
[1] Catecismo de la Iglesia Católica, 2650.
[2] De officiis ministrorum, 1, 88: PL 16, 50.
[3] Catecismo de la Iglesia Católica, 2653.
[4]Manuscritos autobiográficos, A
83v.
[5] San Agustín, In
Ioannis Evangelium Tractatus
6, cap. 1, nº 7.
[6] San Jerónimo, Comentarios a Isaías, Prólogo: CCL 73, 1 (PL 24,
17).
[7] Concilio Vaticano II, Sacrosanctum Concilium, 7.
[8] Oración, en B. Nodet, Le
Curé dArs. Sa pensée-son coeur (Le Puy 1966), p. 45.
[10] Catecismo de la Iglesia Católica, 2680-2682.
[11] Catecismo de la Iglesia Católica, 2692-2696.