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Capítulo primero
Por ser Dios espíritu puro y personal, Padre, Hijo y Espíritu Santo, y tener nosotros un alma espiritual y personal, entre Dios y cada uno de nosotros se puede establecer una corriente de pensamientos, afectos y palabras. Eso es la oración: la elevación de la mente y del corazón a Dios.
Santa Teresita del Niño Jesús decía: «Para mí, la oración es un impulso del corazón, una sencilla mirada lanzada al cielo, un grito de reconocimiento y de amor tanto desde dentro de la prueba como desde dentro de la alegría».[1]
San Juan Damasceno enseñaba que «la oración es la elevación del alma hacia Dios»[2] otambién: «la petición a Dios de bienes convenientes».[3]
La oración es muy necesaria para nuestra vida espiritual, como repetidamente lo enseña Jesús: «Vigilad y orad» (Mt 26, 41), «es preciso orar en todo tiempo y no desfallecer» (Lc 18, 1), «pedid y recibiréis» (Mt 7, 7). Por eso enseña San Alfonso María de Ligorio: «el que reza se salva; y el que no reza se condena».[4]
1. La revelación de la oración en el Antiguo Testamento
«Dios llama
incansablemente a cada persona al encuentro misterioso
con Él. La oración acompaña a toda la historia de la salvación como
una llamada recíproca entre Dios y el hombre.
La oración de
Abraham y de Jacob aparece como una lucha de
fe vivida en la confianza a la fidelidad de Dios, y en la certeza de la victoria prometida a quienes
perseveran.
La oración de
Moisés responde a la iniciativa del Dios vivo
para la salvación de su pueblo. Prefigura la oración de
intercesión del único mediador, Cristo Jesús.
La oración del
pueblo de Dios se
desarrolla a la sombra de la Morada de Dios, del Arca de la Alianza y del Templo, bajo la guía de los pastores, especialmente del rey
David, y de los profetas.
Los profetas
llaman a la conversión del corazón y, al buscar ardientemente el rostro de Dios, como hizo Elías, interceden por el
pueblo.
Los salmos
constituyen la obra maestra de la oración en
el Antiguo Testamento.
Presentan dos componentes inseparables: individual y comunitario. Y cuando conmemoran las
promesas de Dios ya cumplidas y esperan la venida del Mesías, abarcan todas las dimensiones de la historia.
Rezándolos
en referencia a Cristo y viendo su cumplimiento en Él, los Salmos son
elemento esencial y permanente de la oración de
su Iglesia. Se adaptan a
los hombres de toda condición y de todo tiempo».[5]
2. La revelación de la oración en la Plenitud de los Tiempos.
«En el
Nuevo Testamento el modelo perfecto de oración se
encuentra en la oración filial de Jesús. Hecha con frecuencia en la soledad, en lo
secreto, la oración de Jesús entraña una adhesión amorosa a la voluntad del Padre hasta la
cruz y una absoluta confianza en ser escuchada.
En su
enseñanza, Jesús instruye a sus discípulos para que oren con un corazón purificado,
una fe viva y perseverante, una audacia filial. Les insta
a la vigilancia y les invita a presentar sus peticiones a
Dios en
su Nombre. El mismo escucha las plegarias que se le dirigen.
La oración de
la Virgen María, en su Fiat y en su Magnificat,
se caracteriza por la ofrenda generosa de todo su ser en la fe».[6]
No sólo rezamos cuando le pedimos algo a Dios, sino que también rezamos:
cuando adoramos a Dios,
amándolo con todo nuestro corazón y dándole el culto supremo que a Él sólo le
debemos;
cuando alabamos a Dios, elogiándolo y celebrándolo por todas sus maravillas,
gozándonos en ellas, como hacía San Francisco de Asís en su «Cántico de las
criaturas». Nuestro Martín Fierro se admiraba de las estrellas: «y que Dios las haiga
criao para consolarme en ellas»;[7]
cuando apelamos a las cosas sagradas como por ejemplo, al decir: «Por tu gran
misericordia, Dios mío, escúchanos» (Dn 9, 18), «Por tu nacimiento, líbranos,
Señor».[8]
Asimismo caben distintas maneras de pedir algo a Dios:
cuando nuestra
petición se refiere a algo determinado es lo que llamamos rogativas o postulaciones;
cuando se dirige a algo indeterminado, es la súplica.
«El
Espíritu Santo que enseña a la Iglesia y
le recuerda todo lo que Jesús dijo, la educa también en la vida de oración, suscitando expresiones que se renuevan dentro de unas
formas permanentes de orar: bendición, petición, intercesión, acción de gracias y
alabanza.
Gracias a
que Dios le bendice, el hombre en su
corazón puede bendecir, a su vez, a Aquel que es la fuente de toda bendición.
La oración de
petición tiene por objeto el perdón, la
búsqueda del Reino ycualquier necesidad verdadera.
La oración de
intercesión consiste en una petición en favor de otro. No conoce fronteras y se extiende
hasta los enemigos.
Toda
alegría y toda pena, todo acontecimiento y toda necesidad pueden ser motivo de oración de
acción de gracias, la cual, participando de la de Cristo, debe llenar la vida entera: En todo dad
gracias (1 Te 5,18).
La oración de
alabanza, totalmente desinteresada, se dirige a Dios; canta para El y le da gloria no
sólo por lo que ha hecho sino porque Él es».[9]
III. ¿QUÉ COSAS HAY QUE PEDIR?
Principalmente, las cosas que son necesarias para nuestra eterna salvación, o sea, vivir en gracia y perseverar en ella hasta el fin de nuestra vida, no caer en pecado o salir de él, poder recibir frecuentemente los sacramentos, es decir, todo lo que se refiera a nuestra vida sobrenatural. Secundariamente, se puede y debe pedir las cosas temporales, pero únicamente si son para mejor servicio de Dios y salvación del alma, que muchas veces estos bienes temporales, como la salud, el dinero, el confort, etc., se vuelven un mal para nosotros. Por eso, aún cuando Dios nos da siempre lo necesario para nuestra salvación eterna porque «quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad» (1 Tim 2, 4), no siempre nos concede los bienes temporales que le pedimos porque, en ocasiones, podrían ser para nuestro mal, así como una madre no da veneno a su hijo aunque éste se lo pida.
Dios es misericordioso cuando nos da lo que le pedimos, y también es justo, bueno y misericordioso cuando no nos da lo que le pedimos, porque en ambos casos obra así por nuestro bien: «todo sucede para bien de los que aman a Dios» (Ro 8, 28).
Directamente sólo se puede pedir a Dios, como dice el Salmo: «La gracia y la gloria las da el Señor» (Sl 84, 12).
Indirectamente, para que nos consigan algo de Dios, se puede y se debe orar a los ángeles, a los santos y especialmente a la Santísima Virgen María.
No sólo debemos rezar por nosotros sino también por nuestro prójimo: «orad unos por otros para que os salvéis» (Sant 5, 16), particularmente por las almas del Purgatorio.
Incluso debemos rezar por nuestros enemigos, para que se conviertan: «Amad a vuestros enemigos y orad por los que os persiguen» (Mt 5, 44).
La oración no es un monólogo (donde habla sólo uno) sino un diálogo (donde hablan dos). Un diálogo entre Dios y nosotros, de ahí que no sólo debemos aprender a hablar a Dios, sino, también, a escucharlo.
Como Dios no habla con palabras sensibles sino con palabras inteligibles debemos ejercitarnos en el silencio interior. No escuchamos a Dios con los oídos del cuerpo, sino con los oídos del alma por medio de los diversos movimientos de la gracia.
Dios que es supremamente inteligente y bueno se comunica al alma para trasmitirle lo que quiere, y lo sabe hacer de tal manera que uno acaba por enterarse de su voluntad o de su deseo.
[1] Manuscrit ,
25r: Manuscrits autobiographiques, París
1992,p. 389-390.
[2] De Fide I, 3, 24: ML 39, 1887.
[3] Ibid.
[4] Del gran medio de la Oración, parte I, c. 1.
[5] Catecismo de la Iglesia Católica, 2590-2597.
[6] Catecismo de la Iglesia Católica, 2620-2622.
[7] José Hernández, Martín Fierro, parte I, canto IX, 1449-1450.
[8] Misal Romano, Letanías
de los Santos.
[9] Catecismo de la Iglesia Católica, 2644-2649.
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