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Noveno Mandamiento
NO DESEARAS LA MUJER DE TU PROJIMO
La
«concupiscencia» se puede definir como todo
movimiento del apetito sensible que contraría la obra de la razón humana. San Juan
distingue tres tipos:
la
concupiscencia de la carne
la concupiscencia
la soberbia de la vida
El noveno
mandamiento prohibe la concupiscencia de la carne, y la de los ojos, ya que «todo el que
mira una mujer deseándola, ya cometió adulterio con ella en su corazón» (Mt 5, 28). También la concupiscencia de los ojos
junto con la soberbia de la vida pertenecen al décimo mandamiento, por eso se afirma que
forman históricamente uno con el noveno.
El hombre, por estar compuesto de espíritu y cuerpo, desarrolla una
lucha de
tendencias entre el «espíritu» y la «carne». Pero, en realidad, esta lucha pertenece
a la herencia del pecado.
Veamos, ahora, qué medios tenemos para combatir este deseo desordenado del ser humano:
1. La
purificación del corazón:
«de dentro del
corazón salen las intenciones malas, asesinatos, adulterios, fornicaciones», (Mt 15, 19). La lucha contra la
concupiscencia pasa
por la purificación del corazón. Y si en esto queremos vencer, debemos ser «limpios de
corazón»; así ajustaremos nuestra inteligencia y nuestra
voluntad a las exigencias de la santidad de Dios y además poseeremos la promesa de ver a Dios cara
a cara, como claramente lo dice nuestro señor Jesucristo en la sexta bienaventuranza:
«Bienaventurados los limpios de corazón porque ellos verán a Dios» (Mt 5, 8).
2. El
combate por la pureza:
mediante la virtud y el don de la
castidad; ya que ésta permite amar con rectitud, da una gran fecundidad espiritual, y nos
hace totalmente libres para tender a Dios.
mediante la pureza
mediante la pureza
mediante la oración: «sin la gracia de Dios es imposible el
triunfo completo sobre nuestra propia concupiscencia; y esa gracia de Dios está prometida infaliblemente a la
oración revestida de las debidas condiciones».[1]
«La buena nueva
de Cristo renueva
continuamente la vida y la cultura del hombre caído; combate y elimina los errores y males que
brotan de la seducción, siempre amenazadora, del pecado. Purifica y eleva sin cesar las costumbres de los pueblos.
Con las riquezas de
lo alto fecunda, consolida, completa y restaura en Cristo, como desde dentro, las bellezas
y cualidades espirituales de cada pueblo o edad».[2]
«El noveno mandamiento pone en guardia contra el desorden o concupiscencia de
la carne.
La pureza del corazón nos alcanzará el ver a Dios: nos da desde
ahora la capacidad de ver según Dios todas las cosas. La purificación del corazón es
imposible sin la oración, la práctica
de la castidad y la pureza de intención y de mirada. La pureza del corazón requiere el
pudor, que es paciencia, modestia y discreción. El pudor preserva la intimidad de la
persona».[3]
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