Página Principal Padre Carlos M. Buela Indice del Catecismo


Noveno Mandamiento 

NO DESEARAS LA MUJER DE TU PROJIMO

        La «concupiscencia» se puede definir como todo movimiento del apetito sensible que contraría la obra de la razón humana. San Juan distingue tres tipos:   

– la concupiscencia de la carne   
– la concupiscencia
 de los ojos  
– la soberbia de la vida

        El noveno mandamiento prohibe la concupiscencia de la carne, y la de los ojos, ya que «todo el que mira una mujer deseándola, ya cometió adulterio con ella en su corazón» (Mt 5, 28). También la concupiscencia de los ojos junto con la soberbia de la vida pertenecen al décimo mandamiento, por eso se afirma que forman históricamente uno con el noveno.

        El hombre, por estar compuesto de espíritu y cuerpo, desarrolla una lucha de tendencias entre el «espíritu» y la «carne». Pero, en realidad, esta lucha pertenece a la herencia del pecado.

        Veamos, ahora, qué medios tenemos para combatir este deseo desordenado del ser humano:

1. La purificación del corazón:

        «de dentro del corazón salen las intenciones malas, asesinatos, adulterios, fornicaciones», (Mt 15, 19). La lucha contra la concupiscencia pasa por la purificación del corazón. Y si en esto queremos vencer, debemos ser «limpios de corazón»; así ajustaremos nuestra inteligencia y nuestra voluntad a las exigencias de la santidad de Dios y además poseeremos la promesa de ver a Dios cara a cara, como claramente lo dice nuestro señor Jesucristo en la sexta bienaventuranza: «Bienaventurados los limpios de corazón porque ellos verán a Dios» (Mt 5, 8).  

2. El combate por la pureza:

– mediante la virtud y el don de la castidad; ya que ésta permite amar con rectitud, da una gran fecundidad espiritual, y nos hace totalmente libres para tender a Dios.  
– mediante la pureza
 de intención; que consiste en realizar en todo la voluntad de Dios.  
– mediante la pureza
 de la mirada exterior e interior; «la vista despierta la pasión de los insensatos» (Sb 15, 5).  
– mediante la oración
: «sin la gracia de Dios es imposible el triunfo completo sobre nuestra propia concupiscencia; y esa gracia de Dios está prometida infaliblemente a la oración revestida de las debidas condiciones».[1]

        «La buena nueva de Cristo renueva continuamente la vida y la cultura del hombre caído; combate y elimina los errores y males que brotan de la seducción, siempre amenazadora, del pecado. Purifica y eleva sin cesar las costumbres de los pueblos. Con las riquezas de lo alto fecunda, consolida, completa y restaura en Cristo, como desde dentro, las bellezas y cualidades espirituales de cada pueblo o edad».[2]

        «El noveno mandamiento pone en guardia contra el desorden o concupiscencia de la carne.

        La pureza del corazón nos alcanzará el ver a Dios: nos da desde ahora la capacidad de ver según Dios todas las cosas. La purificación del corazón es imposible sin la oración, la práctica de la castidad y la pureza de intención y de mirada. La pureza del corazón requiere el pudor, que es paciencia, modestia y discreción. El pudor preserva la intimidad de la persona».[3]


[1] Royo Marin, O.P., Teologia de la perfección cristiana, B.A.C., Madrid 1968, p. 330.  
[2]
Concilio Vaticano II, Gaudium et spes, 58, 4.  
[3]
Catecismo de la Iglesia Católica, 2528-2533.

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