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Octavo Mandamiento
NO LEVANTAR FALSO TESTIMONIO NI MENTIR
Todos los cristianos
deben vivir «abrazados a la verdad» (Ef 4,
15), para que «despojándose de toda mentira hable cada uno verdad con su prójimo, pues
que todos somos miembros unos de otros» (Ef 4,
25).
Se prohibe:
la mentira: «aléjate de toda mentira» (Ex 23, 7);
la simulación, que es una ficción con el fin de causar un juicio erróneo;
la hipocresía, que fue el pecado
la difamación, o sea, el quitar la fama al prójimo ausente;
la calumnia, es decir, el imputar al prójimo una acción mala no cometida;
el juicio
la murmuración o sea, el sembrar cizaña entre los amigos;
el falso testimonio, afirmando algo falso o negando la verdad;
la burla, poniendo al prójimo en ridículo ante los demás;
la maldición;
la violación de un secreto.
Un resumen de lo preceptuado en este octavo mandamiento es el siguiente:
«No darás falso testimonio contra tu prójimo (Ex 20, 16). Los discípulos de Cristo se han
revestido del Hombre Nuevo, creado según Dios, en la justicia y santidad de la
verdad (Ef 4, 24).
La verdad o
veracidad es la virtud que consiste en mostrarse verdadero en sus actos y en sus palabras,
evitando la duplicidad, la simulación y la hipocresía.
El cristiano no
debe avergonzarse de dar testimonio del Señor (2 Tm 1,8) en obras y palabras.
El martirio es el supremo testimonio de la verdad de la fe.
El respeto de la
reputación y del honor de las personas prohibe toda actitud y toda palabra de
maledicencia o de calumnia.
La mentira
consiste en decir algo falso con intención de engañar al prójimo que tiene derecho a la
verdad.
Una falta
cometida contra la verdad exige reparación.
La regla de oro
ayuda a discernir en las situaciones concretas si conviene o no revelar la verdad a quien
la pide.
El sigilo
sacramental es inviolable. Los secretos profesionales deben ser guardados. Las
confidencias perjudiciales a otros no deben ser divulgadas.
La sociedad
tiene derecho a una información fundada en la verdad, la libertad, la justicia. Es
preciso imponerse moderación y disciplina en el uso de los medios de comunicación
social.
Las bellas
artes, sobre todo el arte sacro, están relacionadas, por su naturaleza, con la
infinita belleza divina, que se intenta expresar, de algún modo, en las obras humanas. Y
tanto más se consagran a Dios y contribuyen a su alabanza y a su gloria, cuanto más
lejos están de todo propósito que no sea colaborar lo más posible con sus obras a
dirigir las almas de los hombres piadosamente hacia Dios[3]».[4]
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