Página Principal Padre Carlos M. Buela Indice del Catecismo


Octavo Mandamiento

NO LEVANTAR FALSO TESTIMONIO NI MENTIR

        Todos los cristianos deben vivir «abrazados a la verdad» (Ef 4, 15), para que «despojándose de toda mentira hable cada uno verdad con su prójimo, pues que todos somos miembros unos de otros» (Ef 4, 25).

        Se prohibe:

– la mentira: «aléjate de toda mentira» (Ex 23, 7);  
– la simulación, que es una ficción con el fin de causar un juicio erróneo;  
– la hipocresía, que fue el pecado
 de los fariseos: Entre dos males, «es más leve el pecar abiertamente que el simular la santidad»,[1] porque una bondad fingida no es tal, sino doble pecado: «falta de santidad y simulación de la misma»,[2]  
– la difamación, o sea, el quitar la fama al prójimo ausente;  
– la calumnia, es decir, el imputar al prójimo una acción mala no cometida;  
– el juicio
 temerario, o sea, el creer sin motivo suficiente que el prójimo está en pecado o tiene mala intención;  
– la murmuración o sea, el sembrar cizaña entre los amigos;   
– el falso testimonio, afirmando algo falso o negando la verdad;   
– la burla, poniendo al prójimo en ridículo ante los demás;   
– la maldición;   
– la violación de un secreto.   

        Un resumen de lo preceptuado en este octavo mandamiento es el siguiente:  

        «“No darás falso testimonio contra tu prójimo” (Ex 20, 16). Los discípulos de Cristo se han “revestido del Hombre Nuevo, creado según Dios, en la justicia y santidad de la verdad” (Ef 4, 24). 

        La verdad o veracidad es la virtud que consiste en mostrarse verdadero en sus actos y en sus palabras, evitando la duplicidad, la simulación y la hipocresía. 

        El cristiano no debe “avergonzarse de dar testimonio del Señor” (2 Tm 1,8) en obras y palabras. El martirio es el supremo testimonio de la verdad de la fe. 

        El respeto de la reputación y del honor de las personas prohibe toda actitud y toda palabra de maledicencia o de calumnia. 

        La mentira consiste en decir algo falso con intención de engañar al prójimo que tiene derecho a la verdad. 

        Una falta cometida contra la verdad exige reparación. 

        La regla de oro ayuda a discernir en las situaciones concretas si conviene o no revelar la verdad a quien la pide. 

        “El sigilo sacramental es inviolable”. Los secretos profesionales deben ser guardados. Las confidencias perjudiciales a otros no deben ser divulgadas. 

        La sociedad tiene derecho a una información fundada en la verdad, la libertad, la justicia. Es preciso imponerse moderación y disciplina en el uso de los medios de comunicación social. 

        Las bellas artes, sobre todo el arte sacro, “están relacionadas, por su naturaleza, con la infinita belleza divina, que se intenta expresar, de algún modo, en las obras humanas. Y tanto más se consagran a Dios y contribuyen a su alabanza y a su gloria, cuanto más lejos están de todo propósito que no sea colaborar lo más posible con sus obras a dirigir las almas de los hombres piadosamente hacia Dios”[3]».[4] 


[1] San Jerónimo, In Glossa Isaias, 16, 16.  
[2]
Santo Tomás de Aquino, Suma Teológica II-II, 111, 1.  
[3]
Concilio Vaticano II, Sacrosanctum Concilio, 122.
[4]
Catecismo de la Iglesia Católica, 2504-2513.

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