Página Principal Padre Carlos M. Buela Indice del Catecismo


Séptimo Mandamiento

NO ROBAR

        Por este mandamiento estamos obligados a dar a cada cual lo que de derecho le corresponde. Si uno viola la justicia, sacando lo que es ajeno, está obligado a restituir, para que el prójimo no quede despoja­do de una cosa que en rigor es suya. Todos tienen derecho a disponer de las cosas propias como propias, aunque sin olvidar su función social.

        Se prohibe:

– el hurto o robo, o sea, el apoderarse de una cosa ajena;  
– la compra de cosas robadas;  
– el fraude o engaño en el comercio, en el peso, en el precio, en la calidad, en el número o medida, etc;  
– el que los obreros que no han cumplido su trabajo, exijan la paga completa;  
– el que los patrones no paguen al obrero el justo salario, pecado
 éste que «clama al cielo» (Sant 5, 1-4);  
– la usura: «el que hace usura mata al hombre
»;[1]  
– el no pagar las deudas;  
– el acaparamiento: «al que acapara... lo maldice el pueblo
» (Pr 11, 26).

        El Catecismo de la Iglesia Católica presenta este resumen:

        «“No robarás” (Dt 5, 19). “Ni los ladrones, ni los avaros..., ni los rapaces heredarán el Reino de Dios” (1 Co 6,10).

        El séptimo mandamiento prescribe la práctica de la justicia y de la caridad en el uso de los bienes terrenos y de los frutos del trabajo de los hombres.

        Los bienes de la creación están destinados a todo el género humano. El derecho a la propiedad privada no anula el destino universal de los bienes.

        El séptimo mandamiento prohibe el robo. El robo es la usurpación del bien ajeno contra la voluntad razonable de su dueño.

        Toda manera de tomar y de usar injustamente un bien ajeno es contraria al séptimo mandamiento. La injusticia cometida exige reparación. La justicia conmutativa impone la restitución del bien robado.

        La ley moral prohibe los actos que, con fines mercantiles o totalitarios, llevan a esclavizar a los seres humanos, a comprarlos, venderlos y cambiarlos como si fueran mercaderías.

        El dominio, concedido por el Creador, sobre los recursos minerales, vegetales y animales del universo, no puede ser separado del respeto de las obligaciones morales frente a todos los hombres, incluidos los de las generaciones venideras.

        Los animales están confiados a la administración del hombre que les debe benevolencia. Pueden servir a la justa satisfacción de las necesidades del hombre.

        La Iglesia pronuncia un juicio en materia económica y social cuando lo exigen los derechos fundamentales de la persona o la salvación de las almas. Cuida del bien común temporal de los hombres en razón de su ordenación al supremo Bien, nuestro fin último.

        El hombre es el autor, el centro y el fin de toda la vida económica y social. El punto decisivo de la cuestión social estriba en que los bienes creados por Dios para todos lleguen de hecho a todos, según la justicia y con la ayuda de la caridad.

        El valor primordial del trabajo atañe al hombre mismo que es su autor y su destinatario. Mediante su trabajo, el hombre participa en la obra de la creación. Unido a Cristo, el trabajo puede ser redentor.

        El desarrollo verdadero es el del hombre en su integridad. Se trata de hacer crecer la capacidad de cada persona a fin de responder a su vocación y, por lo tanto, a la llamada de Dios.

        La limosna hecha a los pobres es un testimonio de caridad fraterna; es también una práctica de justicia que agrada a Dios.

        En la multitud de seres humanos sin pan, sin techo, sin patria, hay que reconocer a Lázaro, el mendigo hambriento de la parábola. En dicha multitud hay que oír a Jesús que dice: “Cuanto dejasteis de hacer con uno de éstos, también conmigo dejasteis de hacerlo” (Mt 25, 45)».[2]


[1] Catecismo Romano, III, VII, 11; el Catecismo cita una sentencia de Catón el Censor, que narra Cicerón en el libro 2 de los Oficios, XXV.
[2]
Cf. Catecismo de la Iglesia Católica, 2450-2463.

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