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Séptimo Mandamiento
NO ROBAR
Por este
mandamiento estamos obligados a dar a cada cual lo que de derecho le corresponde. Si uno
viola la justicia, sacando lo que es ajeno, está obligado a restituir, para que el
prójimo no quede despojado de una cosa que en rigor es suya. Todos tienen derecho a
disponer de las cosas propias como propias, aunque sin olvidar su función social.
Se prohibe:
el hurto o robo, o sea, el apoderarse de una cosa
ajena;
la compra de cosas robadas;
el fraude o engaño en el comercio, en el peso, en el precio, en la calidad, en el
número o medida, etc;
el que los obreros que no han cumplido su trabajo, exijan la paga completa;
el que los patrones no paguen al obrero el justo salario, pecado
la usura: «el que hace usura mata al hombre
el no pagar las deudas;
el acaparamiento: «al que acapara... lo maldice el pueblo
El Catecismo de la Iglesia Católica presenta este resumen:
«No robarás (Dt 5, 19). Ni
los ladrones, ni los avaros..., ni los rapaces heredarán el Reino de Dios (1 Co 6,10).
El séptimo mandamiento prescribe la práctica de la justicia y de la caridad en el uso de los bienes terrenos y de los frutos
del trabajo de los hombres.
Los bienes de la creación están destinados a todo el género humano. El derecho a la
propiedad privada no anula el destino universal de los bienes.
El séptimo mandamiento prohibe el robo. El robo es la usurpación del bien ajeno contra
la voluntad razonable de su dueño.
Toda manera de tomar y de usar injustamente un bien ajeno es contraria al séptimo
mandamiento. La injusticia cometida exige reparación. La justicia conmutativa impone la restitución del bien robado.
La ley moral prohibe los actos que, con fines mercantiles
o totalitarios, llevan a esclavizar a los seres humanos, a comprarlos, venderlos y
cambiarlos como si fueran mercaderías.
El dominio, concedido por el Creador, sobre los
recursos minerales, vegetales y animales del universo, no puede ser separado del respeto
de las obligaciones morales frente a todos los hombres, incluidos los de las
generaciones venideras.
Los animales están confiados a la administración del hombre que les debe benevolencia. Pueden servir a la justa
satisfacción de las necesidades del hombre.
La Iglesia pronuncia un juicio en materia económica y social cuando lo exigen los
derechos fundamentales de la persona o la salvación de las almas. Cuida del bien común
temporal de los hombres en razón de su ordenación al supremo Bien,
nuestro fin último.
El hombre es el autor, el centro y el fin de toda la vida
económica y social. El punto decisivo de la cuestión social estriba en que los bienes
creados por Dios para todos lleguen de hecho a todos, según la
justicia y con la ayuda de la caridad.
El valor primordial del trabajo atañe al hombre mismo que es su autor y su destinatario. Mediante
su trabajo, el hombre participa en la obra de la creación. Unido a Cristo, el trabajo
puede ser redentor.
El desarrollo verdadero es el del hombre en su integridad. Se trata de hacer crecer la
capacidad de cada persona a fin de responder a su vocación y, por lo tanto, a la llamada
de Dios.
La limosna hecha a los pobres es un testimonio de caridad fraterna; es también una práctica de justicia que agrada a Dios.
En la multitud de seres humanos sin pan, sin techo, sin patria, hay que reconocer a
Lázaro, el mendigo hambriento de la parábola. En dicha multitud hay que oír a Jesús
que dice: Cuanto dejasteis de hacer con uno de éstos, también conmigo dejasteis de
hacerlo (Mt 25, 45)».[2]
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