Página Principal Padre Carlos M. Buela Indice del Catecismo


Sexto Mandamiento

NO COMETER ACTOS IMPUROS

        Por este mandamiento se nos manda ser puros de pensamiento, palabra y acción. La virtud de la pureza, prescrita por estos dos mandamientos, es una de las más hermosas y delicadas. Tres consejos daba San Agustín para practicarla convenientemente: 1º Rezar, frecuentar los Sacramentos, sobre todo la Confesión y Comunión, tener una gran devoción a la Santísima Virgen; 2º huir de las ocasiones de pecados de impureza y rechazar una y mil veces las tentaciones; 3º mortificar el cuerpo haciendo que se acostumbre a obedecer al alma.

        San Pablo da diversos motivos por los cuales debemos conservar la pureza de nuestro cuerpo: porque el cuerpo «es para el Señor que nos resucitará también a nosotros con su poder»; porque nuestros cuer­pos «son miembros de Cristo»; porque «son templo del Espíritu Santo»; porque nuestros cuerpos no nos pertenecen ya que «¡han sido comprados, y a que precio!»; porque hay que «glorificar a Dios en nuestros cuerpos» (1 Co 6, 12-20).

        Dios creó al hombre y a la mujer, les dio a cada uno un sexo complementario y, para que trasmitie­sen la vida, hizo que la unión sexual se hiciese con placer. Buscar ese placer sexual, ya sea solo, ya acompañado pero fuera del matrimonio, ya en el matrimonio pero impidiendo artificialmente la transmisión de la vida, es pecado y pecado grave.

        En esta materia no sólo se peca con las malas acciones sino también consintiendo a los malos pensamientos o deseos, con miradas, tocamientos, lecturas, cantos obscenos, conversaciones malas, películas pornográficas, etc.

        «Hay que tener en cuenta, entonces, que: “el amor es la vocación fundamental e innata de todo ser humano”[1]

        Al crear al ser humano hombre y mujer, Dios confiere la dignidad personal de manera idéntica a uno y a otra. A cada uno, hombre y mujer, corresponde reconocer y aceptar su identidad sexual.

        Cristo es el modelo de la castidad. Todo bautizado es llamado a llevar una vida casta, cada uno según su estado de vida.

        La castidad significa la integración de la sexualidad en la persona. Entraña el aprendizaje del dominio personal.

        Entre los pecados gravemente contrarios a la castidad se deben citar la masturbación, la fornicación, las actividades pornográficas y las prácticas homosexuales.

        La alianza que los esposos contraen libremente implica un amor fiel. Les confiere la obligación de guardar indisoluble su matrimonio.

        La fecundidad es un bien, un don, un fin del matrimonio. Dando la vida, los esposos participan de la paternidad de Dios.

        La regulación de la natalidad representa uno de los aspectos de la paternidad y la maternidad responsables. La legitimidad de las intenciones de los esposos no justifica el recurso a medios moralmente reprobables (p.ej., la esterilización directa o la anticoncepción).

        El adulterio y el divorcio, la poligamia y la unión libre son ofensas graves a la dignidad del matrimonio».[2]


[1] Familiaris consortio, 81.
[2]
Catecismo de la Iglesia Católica, 2392-2400.

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