Página Principal Padre Carlos M. Buela Indice del Catecismo


Quinto Mandamiento

NO MATAR

        Este mandamiento nos obliga, positivamente, a conservar la propia vida, y negativamente, a evitar el suicidio, la propia mutilación, el descuido de los bienes humanos, el escándalo que induce a otro a hacer el mal, a drogarse, a no caer en excesos en la comida, la bebida, el tabaco y las medicinas, a no conducir en estado de embriaguez o a altas velocidades, etc.[1]

        Asimismo nos prohibe dar muerte a otra persona injustamente, sea por homicidio, o feticidio (aborto), o genocidio, o eutanasia, etc. Pero también hay que saber que «La prohibición de causar la muerte no suprime el derecho de impedir que un injusto agresor cause daño. La legítima defensa es un deber grave para quien es responsable de la vida de otro o del bien común».[2]

        También el duelo queda prohibido ya que los duelistas van decididos a matar o morir, a herir gravemente o a serlo. El secuestrar o tomar rehenes son moralmente ilegítimos. El terrorismo, que mata sin discriminación. La tortura, las amputaciones, mutilaciones o esterilizaciones directamente voluntarias (salvo los casos de prescripciones médicas de orden estrictamente terapéutico) son contrarias a la ley moral.

        Este mandamiento nos recuerda la obligación de trabajar por la paz y evitar la guerra. «El quinto mandamiento condena la destrucción voluntaria de la vida humana. A causa de los males y de las injusticias que ocasiona toda guerra, la Iglesia insta constantemente a todos a orar y actuar para que la Bondad divina nos libre de la antigua servidumbre de la guerra.

        Todo ciudadano y todo gobernante están obligados a empeñarse en evitar las guerras.

        Sin embargo, «mientras exista el riesgo de guerra y falte una autoridad internacional competente y provista de la fuerza correspondiente, una vez agotados todos los medios de acuerdo pacífico, no se podrá negar a los gobiernos el derecho a la legítima defensa».[3]

        La carrera armamentista, la acumulación de armas (en especial las de destrucción masiva como las atómicas, las biológicas o químicas), la producción y el comercio de tales armas, etc., atentan contra la justa paz. Asimismo «las injusticias, las desigualdades excesivas de orden económico o social, la envidia, la desconfianza y el orgullo, que existen entre los hombres y las naciones, amenazan sin cesar la paz y causan las guerras. Todo lo que se hace para superar estos desórdenes contribuye a edificar la paz y evitar la guerra:

        En la medida en que los hombres son pecadores, les amenaza y les amenazará hasta la venida de Cristo, el peligro de guerra; en la medida en que, unidos por la caridad, superan el pecado, se superan también las violencias hasta que se cumpla la palabra: “De sus espadas forjarán arados y de sus lanzas podaderas. Ninguna nación levantará ya más la espada contra otra y no se adiestrarán más para el combate” (Is 2, 4)[4]».[5]


[1] Cf. Catecismo de la Iglesia Católica, 2290.  
[2]
Cf. Catecismo de la Iglesia Católica, 2321.  
[3]
Catecismo de la Iglesia Católica, 2307-2308.  
[4] Concilio Vaticano II, Gaudium et Spes, 78, 6.  
[5] Catecismo de la Iglesia Católica, 2317.

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