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Quinto Mandamiento
NO MATAR
Este
mandamiento nos obliga, positivamente, a conservar la propia vida, y negativamente, a
evitar el suicidio, la propia mutilación, el descuido de los bienes humanos, el
escándalo que induce a otro a hacer el mal, a drogarse, a no
caer en excesos en la comida, la bebida, el tabaco y las medicinas, a no conducir en
estado de embriaguez o a altas velocidades, etc.[1]
Asimismo nos
prohibe dar muerte a otra persona injustamente, sea por homicidio, o
feticidio (aborto), o
genocidio, o eutanasia, etc.
Pero también hay que saber que «La prohibición de causar la muerte no suprime el
derecho de impedir que un injusto agresor cause daño. La legítima defensa es un deber
grave para quien es responsable de la vida de otro o del bien común».[2]
También el duelo queda prohibido ya que los duelistas van decididos a matar o morir, a herir gravemente o a serlo. El secuestrar o tomar rehenes son moralmente ilegítimos. El terrorismo, que mata sin discriminación. La tortura, las amputaciones, mutilaciones o esterilizaciones directamente voluntarias (salvo los casos de prescripciones médicas de orden estrictamente terapéutico) son contrarias a la ley moral.
Este
mandamiento nos recuerda la obligación de trabajar por la paz y evitar la guerra. «El
quinto mandamiento condena la destrucción voluntaria de la vida humana. A causa de los
males y de las injusticias que ocasiona toda guerra, la Iglesia insta constantemente a todos a orar y actuar para
que la Bondad divina nos libre de la antigua servidumbre de la
guerra.
Todo ciudadano y todo
gobernante están obligados a empeñarse en evitar las guerras.
Sin embargo,
«mientras exista el riesgo de guerra y falte una autoridad internacional competente y
provista de la fuerza correspondiente, una vez agotados todos los medios de acuerdo
pacífico, no se podrá negar a los gobiernos el derecho a la legítima defensa».[3]
La carrera
armamentista, la acumulación de armas (en especial las de destrucción masiva como las
atómicas, las biológicas o químicas), la producción y el comercio de tales armas,
etc., atentan contra la justa paz. Asimismo «las injusticias, las desigualdades excesivas
de orden económico o social, la envidia, la desconfianza y el orgullo, que existen entre los
hombres y las naciones, amenazan sin cesar la paz y causan
las guerras. Todo lo que se hace para superar estos desórdenes contribuye a edificar la
paz y evitar la guerra:
En la medida
en que los hombres son pecadores, les amenaza y les amenazará hasta la venida de Cristo, el peligro de guerra; en la medida en
que, unidos por la caridad,
superan el pecado, se
superan también las violencias hasta que se cumpla la palabra: De sus espadas
forjarán arados y de sus lanzas podaderas. Ninguna nación levantará ya más la espada
contra otra y no se adiestrarán más para el combate (Is 2, 4)[4]».[5]
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