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Cuarto Mandamiento
HONRAR AL PADRE Y A LA MADRE
«De
conformidad con el cuarto mandamiento, Dios quiere que, después que a Él, honremos a nuestros
padres y a los que El reviste de autoridad para nuestro bien.
La comunidad conyugal está establecida sobre la alianza y el consentimiento de los
esposos. El matrimonio y la familia están ordenados al bien de los cónyuges, a la
procreación y a la educación de los hijos.
La salvación de la persona y de la sociedad humana y cristiana está estrechamente ligada
a la prosperidad de la comunidad conyugal y familiar».[1]
Los hijos
deben amar a sus padres: «¿cómo podrás pagarles lo que han hecho por ti?»(Sir 7, 30); deben respetarlos: «de obra y de
palabra honra a tu padre» (Sir 3, 9); deben
obedecerles: «hijos, obedeced a vuestros padres en el Señor porque esto es justo» (Ef 6, 1), a no ser que manden algo que sea pecado, en cuyo caso «es preciso obedecer a
Dios antes que a los hombres» (He 5,
29); deben socorrerlos en sus necesidades: «como un blasfemo es quien abandona al padre»
(Sir 3, 16).
Por este
mandamiento también los padres están obligados a amar a sus hijos, atendiéndolos
corporal y espiritualmente, procurándoles un sólido porvenir y colaborando en el
crecimiento de su vida interior. Esos mismos padres, en cuanto esposos, deben amarse,
ayudarse mutuamente, convivir en paz, y asimismo ser rectos en la administración de los
bienes y en lo que atañe al débito conyugal y a la mutua fidelidad. Los hermanos entre
sí se deben cariño, unión, edificación y ayuda. Se debe, además, un amor especial
a los abuelos, tíos, primos, sobrinos, etc.
Este mandamiento obliga
también a los patrones con respecto a sus sirvientes, a los que deben tratar
benignamente, instruirlos, corregirlos, y pagarles el debido salario.
Correspondientemente, obliga a los criados con respecto a sus amos, a los que deben
respeto, obediencia y fidelidad; y a los obreros respecto a sus patrones.
Obliga
además este mandamiento a los maestros y a los alumnos, ya que la sociedad escolar es
como una prolongación de la familia, exigiendo de ellos el cumplimiento de sus deberes
profesionales.
Finalmente
este mandamiento nos impone el amor y la
piedad hacia la Patria (la palabra «patria» viene de «padres»), la tierra de
nuestros mayores. Es la virtud del patriotismo que nos exige tener por nuestra Patria un
amor de predilección, respetando y honrando su historia, tradición y destino,
sirviéndola en el cumplimiento de sus leyes, defendiéndola contra los enemigos interiores
y exteriores. Si uno no ama la Patria que ve, ¿cómo amará la Patria celestial que no
ve? Jesús lloró por la suya.
«La autoridad pública está obligada a respetar los derechos fundamentales de la persona
humana y las condiciones del ejercicio de su libertad.
El deber de los ciudadanos es cooperar con las autoridades civiles en la construcción de
la sociedad en un espíritu de verdad, justicia,
solidaridad y libertad.
El ciudadano está obligado en conciencia a no seguir las prescripciones de las autoridades
civiles cuando son contrarias a las exigencias del orden moral. Hay que obedecer a
Dios antes que a los hombres (He 5, 29).
Toda sociedad refiere sus juicios y su conducta a una visión del hombre y de su destino. Si se prescinde de la luz del
Evangelio sobre Dios y sobre el hombre, las sociedades se hacen
fácilmente totalitarias».[2]
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