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Décimo Mandamiento
NO CODICIAR LOS BIENES AJENOS
Con este mandamiento se completa el noveno, que trata sobre la concupiscencia de la carne, y juntos hacen un resumen de todos los preceptos de la Ley.
Se prohibe
en el décimo mandamiento la codicia del bien ajeno, haciendo mas referencia a la
intención del corazón; esta codicia tiene su origen en la idolatría, condenada en las tres primeras
prescripciones de la Ley.
El apetito sensible nos
impulsa a desear cosas agradables que no poseemos, las cuales en sí pueden ser buenas
(como comer cuando se tiene hambre), pero estos deseos con frecuencia no guardan la medida
de la razón y nos empuja a desear cosas condesorden que no son nuestras.
Este mandamiento prohibe también la avaricia, y el deseo inmoderado de apropiación de bienes.
La envidia es otra prohibición que exige el último de los mandamientos: «la muerte entró al mundo por la envidia del diablo»,[1] por eso debemos desterrar de nuestro corazón este pecado capital, que sólo manifiesta la tristeza ante el bien del prójimo y el deseo desordenado de poseerlo, aunque sea de forma indebida.[2]
Contra todo
esto, Jesucristo exhorta a sus discípulos a «renunciar a todos sus bienes» (Lc 14, 33) «por él y por el evangelio»,[3] y promete para los que cumplan con su
exhortación, la posesión del Reino. «Bienaventurados los pobres de corazón, porque de ellos es el Reino de los
Cielos. Nos corresponde, por tanto, luchar con la gracia de
lo alto, para obtener los bienes que Dios promete.
Por tanto,
si queremos poseer y contemplar a Dios, necesitamos mortificar las concupiscencias, y así
vencer las seducciones del placer, del poder y del tener.
«Donde está tu
tesoro allí estará tu corazón (Mt 6,21).
El bautizado combate la envidia mediante la benevolencia, la humildad y el abandono en la providencia de Dios.
Los fieles cristianos han crucificado la carne con sus pasiones y sus concupiscencias (Ga 5,24); son guiados por el Espíritu y siguen los deseos del Espíritu.
El desprendimiento de las riquezas es necesario para entrar en el Reino de los cielos. Bienaventurados los pobres de corazón.
El hombre que
anhela dice: Quiero ver a Dios. La sed de Dios es saciada por el agua de la vida
eterna[4]».[5]
«El que ama no hace cálculos, no busca ventajas. Actúa en secreto y gratuitamente a favor de sus hermanos, sabiendo que cada hombre, sea quien sea, tiene un valor infinito. En Cristo no hay personas superiores o inferiores. No hay más que miembros de un mismo cuerpo, que quieren la felicidad unos de otros y que desean construir un mundo acogedor para todos. Por los gestos de atención y por nuestra participación activa en la vida social, testimoniamos a nuestro prójimo que queremos ayudarle para que llegue a ser él mismo y a dar lo mejor de sí para su promoción personal y para el bien de toda la comunidad humana. La fraternidad se impone sobre la voluntad de dominio, y el servicio sobre la tentación de poder. Queridos jóvenes, lleváis en vosotros capacidades extraordinarias de entrega, de amor y de solidaridad. El Señor quiere reavivar esta generosidad inmensa que anima vuestro corazón. Os invito a beber a la fuente de la vida, que es Cristo, a fin de inventar cada día los medios para servir a vuestros hermanos en el seno de la sociedad en la cual os corresponde asumir vuestras responsabilidades de hombre y de creyentes».
Juan Pablo II,
A los jóvenes en la XII Jornada Mundial de la juventud,
22 de Agosto de 1997.
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