Página Principal Padre Carlos M. Buela Indice del Catecismo


Capítulo primero

 

«Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón,

con toda tu alma y con todas tus fuerzas»

 

El primer Mandamiento:

AMAR A DIOS SOBRE TODAS LAS COSAS

        «Amarás al Señor tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente y con todas tus fuerzas» (Mc 12, 29). «Este es el más grande y el primer mandamiento» (Mt 22, 37-38), porque el fin de toda la vida cristiana es la unión con Dios, y eso es lo que hace la caridad, que «es como un sol que da brillo a todas las leyes santas... Todo está hecho para un amor tan celestial y todo se refiere a él».[1]

a) Medida del amor a Dios

        Amar a Dios con todo el corazón quiere decir que todas nuestras acciones, sin excluir una sola, deben referirse a Él, que es nuestro último fin. «Ya comáis, ya bebáis o ya hagáis alguna cosa, hacedlo todo para gloria de Dios» (1 Co 10, 31). Es cierto que nuestro corazón estará del todo transformado en Dios sólo cuando estemos en el Cielo, pero ya desde aquí puede y debe estar cerrado a todo lo que sea con­trario al amor de Dios.

        Amar a Dios con toda el alma quiere decir que nuestra voluntad se sujete totalmente a la de Él.

        Amar a Dios con toda la mente quiere decir que nuestro entendimiento debe someterse del todo a Dios.

        Amar a Dios con todas las fuerzas quiere decir que en todo lo que hacemos exteriormente le obedezcamos siempre.

        ¿Cuál es la medida del amor a Dios? «Es amarlo sin medida».[2]

b) Motivos

        Y ¿por qué motivo hemos de amarlo sin medida?

– Por su propia e infinita Bondad, en sí misma considerada; por todo lo que Él es sin medida, prescin­diendo, incluso, de todo cuanto ha hecho por nosotros. Amarlo por lo que Él es.  
– Por el amor
 eterno con que Dios nos ama: «Él nos amó primero» (1 Jn 4, 19), a pesar de nues­tros pecados «Dios probó su amor hacia nosotros en que, siendo aún pecadores, murió Cristo por nosotros» (Ro 5, 8), amándonos Jesús «hasta el fin» (Jn 13, 1), hasta el extremo, sin límites.  
– Por los bienes naturales que nos ha dado: nos creó porque quiso, nos conserva en el ser ya que «todo subsiste en Él» (Col 1, 17), ordena toda nuestra vida con su Providencia
 y ejecuta sus decisiones.  
– Por los bienes sobrenaturales que nos ha otorgado sin medida: nos ha llamado para que gocemos de Él en el Cielo; para ello envió a su Hijo Único a salvarnos, a traernos la gracia
 santificante junto con las virtudes y los dones, a fundar la Iglesia Católica para que Ella por medio de los Sacramentos nos distribuyese la vida divina; nos hizo nacer en un país católico, en un hogar cristiano, etc.

c) Modos de amar a Dios

        Por hermoso que sea considerar el amor de Dios no podemos quedarnos contemplando su caridad para con nosotros. Amor con amor se paga. ¿Cómo hemos de llevar a la práctica nuestro amor a Dios? De dos maneras: amando afectivamente a Dios con nuestra voluntad elevada por la caridad, y amando efectivamente a Dios en el cumplimiento perfecto de todos los mandamientos. Será ésta la mejor prueba de nuestro amor interior.

1- Amor afectivo de Dios:

        Amar a Dios desde lo más profundo de nuestro corazón: tal es la esencia misma del Evangelio. Es ese el fin de nuestra vida. Tal amor no es necesariamente sensible, aunque puede serlo y mucho.

        Dos formas puede revestir el amor afectivo de Dios. La primera es la del amor puro y desinteresado, llamado de complacencia, en que el alma no ama a Dios por los beneficios recibidos sino simple y únicamente por agradarle a Él, a quien contempla lleno de todas las perfecciones y excelencias imaginables. Este tipo de amor produce en el alma un gran gozo, una inmensa paz, ya que «el alma está allí donde ama, más que allí donde vive».[3]

        Es el amor que ha inspirado este soneto atribuido a Santa Teresa:

No me mueve, mi Dios, para quererte  
el Cielo que me tienes prometido,  
ni me mueve el Infierno
, tan temido  
para dejar por eso de ofenderte.  

Tú me mueves, Señor, muéveme el verte  
clavado en una Cruz
 y escarnecido,  
muéveme el ver tu cuerpo tan herido  

muéveme tus afrentas y tu muerte
.  
Muéveme, en fin, tu amor
 de tal manera,  
que aunque no hubiera Cielo, yo te amara  

y aunque no hubiera Infierno
, te temiera.
No me tienes que dar porque te quiera,  
porque aunque lo que espero no esperara,  

lo mismo que te quiero, te quisiera.

        Las órdenes religiosas contemplativas –los trapenses, benedictinos, clarisas, salesas, carmelitas, cartujos, etc.– nos recuerdan con su mudo y elocuente testimonio, la primacía y excelencia del puro amor a Dios. «No tengo grandes deseos, fuera del de amar a Dios hasta morir de amor».[4] «¿Quieres saber de nuestra vida? Pues amar a Dios y darle gloria en todo momento», escribía a su hermana Sor Gertrudis de Nuestra Señora de Luján, primera benedictina argentina.[5] Es el mismo amor que llevó a San Francisco de Asís a exclamar: «que muera por amor de tu amor, ya que por amor de mi amor te dignaste morir».[6]

        La otra forma de amor afectivo a Dios es la que nos lleva a alabar a Dios y a desear que todos lo ala­ben: es el llamado amor de benevolencia. Como a Dios en sí no le falta ningún bien, por la «incompren­sible inmensidad de su abundancia»,[7] nadie puede desearle ningún bien intrínseco, aunque sí el bien extrínseco, que consiste en la gloria que le deben los hombres. Y quienes aman a Dios con amor de benevolencia, experimentan tal deseo con gran ardor. Nuestro Señor tuvo esta forma de amar en grado sumo. Nadie como Él pudo pronunciar con tanta verdad esta frase de la Escritura: «El celo de tu casa me consume» (Jn 2, 17).

2- Amor efectivo de Dios

        Es la gran señal de la autenticidad de nuestro amor interior o afectivo. «El amor no está nunca ocioso. Cuando existe, obra siempre grandes cosas; pero si no quiere obrar, no hay tal amor».[8] Jesús mismo lo enseñó: «Si me amáis, guardaréis mis mandamientos» (Jn 14, 15), «El que recibe mis preceptos y los guarda, ése es el que me ama» (Jn 14, 21). Decía San Juan: «El que dice que lo conoce (a Cristo) y no guarda sus mandamientos, miente» (1 Jn 2, 4). «La acción buena y perfecta es la verdadera característica del amor a Dios» (San Vi­cente de Paúl).[9]

        Debemos cumplir perfectamente por amor a Dios todos sus mandamientos, obedeciéndolos ciegamente, esforzándonos por hacer su voluntad, evitando lo que nos prohibe, siguiendo el espíritu de los consejos evangélicos, aceptando con resignación los sucesos queridos o permitidos por Dios. En lo que se refiere a aquello que aún no ha sucedido, el porvenir todavía incierto para nosotros, alegrías y pruebas cortas o lar­gas, hora de nuestra muerte, etc., debemos abandonarnos totalmente en las manos del Señor, seguros de que «todo sucede para bien de los que aman a Dios» (Ro 8, 28).

d) Deberes que nos impone el Primer Mandamiento

1- La fe

        Es la fuente de toda la vida moral del hombre. El desconocimiento de Dios es el principio y explicación de todas las desviaciones morales.[10] Debemos alimentar y cuidar con prudencia nuestra fe, rechazando todo lo que se opone a ella. No hay bien más grande para el hombre que el tesoro de su fe cristiana. Por conservarla hay que estar dispuesto a cualquier sacrificio.

2- La esperanza

        Es la seguridad de que Dios nos dará fuerzas para poder cumplir sus mandamientos y así alcanzar el cielo.

3- La caridad

        Por ella amamos a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como nosotros mismos.

4- La devoción

        Es la prontitud de la voluntad para entregarse a Dios y a sus cosas. Tal virtud se dirige exclusivamente a Dios. La devoción a los Santos no termina en ellos sino en Dios, los veneramos por su relación a Dios.

5- La oración

        «La oración es la elevación de la mente y el corazón a Dios para alabarle y pedirle lo que conviene a nuestra eterna salvación».[11] «El cristiano sin la oración es como el pájaro privado de aire y un pez fuera del agua» (Santa María Josefa Rossello).[12] La oración es tan importante que la estudiaremos aparte.[13]

6- La adoración

        Por ella reconocemos la grandeza de Dios y nuestra pequeñez, sometiéndole nuestra voluntad. La adoración debe expresarse externamente mediante actos específicos: el sacrificio, la genuflexión, la inclinación, la elevación de manos, etc. El culto de adoración sólo se ofrece a Dios y se llama también, culto de «latría». Con este culto adoramos la Sagrada Humanidad de Nuestro Señor Jesucristo por estar unida en unidad de persona a Dios y adoramos la Eucaristía en donde está presente el mismo Jesucris­to, Dios y hombre verdadero. A los santos y a los ángeles se ofrece sólo un culto de veneración llamado de «dulía». A la Santísima Virgen María se le rinde un culto especial de sobreveneración o de «hiperdulía», ya que Ella excede en santidad y poder a todos los ángeles y santos juntos.

7- La veneración de las imágenes sagradas

        El mandamiento divino implicaba la prohibición de toda representación de Dios por mano del hombre: «No te harás escultura ni imagen alguna, ni de lo que hay arriba en los cielos, ni de lo que hay abajo en la tierra» (Ex 20, 4).

        «Sin embargo, ya en el Antiguo Testamento, Dios ordenó o permitió la institución de imágenes que conducirían simbólicamente a la salvación por el Verbo encarnado: la serpiente de bronce,[14] el arca de la Alianza y los querubines.[15]

        El culto cristiano de las imágenes no es contrario al primer mandamiento que proscribe los ídolos. En efecto, “el que venera una imagen, venera en ella la persona que en ella está representada”. El honor tributado a las imágenes es una “veneración respetuosa”, no una adoración, que sólo corresponde a Dios».[16]

        Por eso, también a las sagradas reliquias e imágenes se les debe culto y veneración, ya que «el honor tributado a la imagen se dirige al modelo original».[17] Cuando veneramos una imagen no rendimos culto a la mate­ria de la imagen –yeso, madera, cemento, mármol, tela, papel, cartón– sino a quien ésta representa, así como cuando una madre besa la foto de su hijo ausente no hace un acto de amor al papel sino al hijo. Son enemigos del culto de las imágenes: los judíos, los musulmanes, los protestantes, los que niegan la humanidad de Jesús, etc. La Iglesia Católica siempre lo ha defendido contra sus adversarios porque sabe que el culto externo es signo del culto interno y cuando desaparece el primero fácilmente se diluye el segundo. Además el culto de la imagen es un medio muy idóneo para que la gente sencilla eleve su mente y su corazón a Dios. Así fue a lo largo de la Historia. En la Edad Media, aunque muchos no sabían leer, al mirar los retablos y las puertas de las iglesias, los nichos y las hornacinas adornadas con grupos escultóricos que representaban escenas de la Historia Sagrada, recordaban su Catecismo. Era como una Biblia de piedra para la gente sencilla.

8- El sacrificio

        Es el acto más excelente con que se puede honrar a Dios. El Sacrificio perfecto es el Sa­crificio de la Cruz y su renovación en la Santa Misa, por cuanto ésta prolonga a través de los siglos el Sacrificio de Cristo.

9- Promesas y votos

        Muchas veces el cristiano debe prometer algo a Dios. El bautismo y la confirmación, el matrimonio y la ordenación lo exigen siempre. La fidelidad a las mismas es señal de respeto a Dios y de amor a Él. Los votos de practicar los consejos evangélicos de castidad, pobreza y obediencia son muy alabados por la Iglesia.[18]

10- El deber social de la religión y el derecho a la libertad religiosa[19]

        «Todos los hombres están obligados a buscar la verdad, sobre todo en lo que se refiere a Dios y a su Iglesia y, una vez conocida, a abrazarla y practicarla».[20] Pero, «en materia religiosa, ni se obligue a nadie a actuar contra su conciencia, ni se le impida que actúe conforme a ella, pública o privadamente, solo o asociado con otros».[21]

e) Lo que está prohibido por el primer mandamiento

– La duda voluntaria respecto a la fe.
– La incredulidad que es menosprecio de la fe
 en la verdad revelada.  
– La desesperación
 cuando uno no espera en la ayuda de Dios, oponiéndose a su Bondad y Misericordia.
– La presunción
 cuando alguien cree que se va a salvar con sus solas fuerzas o que Dios lo hará sin colaborar uno con obras.
– El odio
 a Dios: es un pecado típicamente satánico. Consiste en tener aversión a Dios. De él toman su origen muchas persecuciones a la Iglesia Católica, blasfemias, sacrilegios, etc. Es el mayor pecado que se puede cometer.  
– La acidia
: es el tedio, fastidio o pereza de las cosas espirituales por razón del trabajo y molestia que oca­sionan. Se enumera entre los pecados capitales, es decir, aquellos pecados que originan otros numerosos pecados.  
– El amor
 desordenado de las criaturas: es la inclinación que nos lleva a preferir a las criaturas en lu­gar del Creador o del cumplimiento de su divina Voluntad.  
– El culto indebido: consiste en rendir culto, pero no como lo manda la Iglesia
.  
– La idolatría
: es un pecado muy grave por el cual se tributa a una criatura la adoración que sólo corres­ponde a Dios.
– La adivinación: es la pretensión de averiguar el futuro por medios indebidos.  
– La superstición
: es tributar un culto indebido a Dios, o un culto divino a persona o cosa no divina. Por ejemplo, la magia negra y roja, el espiritismo, etc.  
– El sacrilegio
: es la profanación de algo sagrado. Por ejemplo, callar a sabiendas en la confesión un pecado grave; comulgar estando en pecado mortal, o sea, sin haber confesado la falta grave al sacerdote, etc.
– La simonía: es el intento de comprar algo espiritual. Se llama «simonía» porque es el pecado que cometió Simón, el mago, quien quiso dar dinero a los Apóstoles para que ellos le comunicaran el poder de dar el Espíritu Santo a otras personas, a lo que San Pedro  contestó: «Perezca tu dinero contigo, pues has juzgado que se alcanza con dinero el don de Dios» (He 8, 20). 
        Cuando damos un estipendio
 o limosna por un bautismo, casamiento, Misa, o responso, no lo damos como precio de lo espiritual sino que, con ocasión de la ayuda espiritual que nos ofrece el sacerdote, nosotros cooperamos a su sustento material como es justo. Jesús mandó a los sacerdotes «dar gratis lo que se ha recibido gratis» (Mt 10, 8); por eso cuando una persona no puede dar ningún estipendio, no por eso el sacerdote deja de ayudarla espiritualmente. Pero también el mismo Jesús autorizó a sus ministros a recibir donativos «porque el obrero es digno de su salario» (Lc 10, 7), y «así lo ha ordenado el Señor a los que anuncian el Evangelio: que vivan del Evangelio» (1 Co 9, 14).  
– El ateísmo
: que rechaza o niega la existencia de Dios.  
– El agnosticismo: equivale con mucha frecuencia a un ateísmo
 práctico.[22]


[1] San Francisco de Sales, Tratado del amor a Dios, l. 10, cap. I.  
[2] San Bernardo, Del amorde Dios I, 1: PL 182, 974.  
[3] San Alberto Magno.
[4] Santa Teresita del Niño Jesús, Historia de un alma, Obras Completas, ed. El Monte Carmelo,Burgos, 1960, pág. 377.  
[5] Carta del 5 de julio de 1927; cf. La primera benedictina argentina, Abadía de Santa Escolástica, 1959, p. 78.
[6] Oración Absorbeat; en: San Francisco de Asís, Escritos y biografías, Escritos líricos, B.A.C., Madrid, 1976, p. 61.
[7] San Francisco de Sales, Tratado del Amor de Dios, V, 6.  
[8] San Gregorio Magno.  
[9] Saint. Vincent de Paul et le sacerdoce, p. 45; citado por Mahieu, Probatio Charitatis, nº 69.  
[10] Cf. Ro 1, 18-32; Catecismo de la Iglesia Católica, 2087.  
[11] Santo Tomás de Aquino, In lib. 3 Sent. d. 7 a. 2 q. 3.
[12] Mons. Luis Traverso, Vida y Virtudes de Santa María Josefa Rosello, Fundadora de las Hijas de Nuestra Señora de la Misericordia en Savona, Buenos Aires 1959, p. 205.  
[13] Cf. Cuarta Parte: Lo que hay que Rezar, LA ORACION CRISTIANA.
[14] Cf. Nm 21, 4-9; Sb 16, 5-14; Jn 3, 14-15.
[15] Cf. Ex 25, 10-12; 1 R 6, 23-28; 7, 23-26.  
[16] Cf. Catecismo de la Iglesia Católica, 2129-2132.  
[17] San Basilio Magno, Liber de Spiritu Santo, 18, 45 (PG 32, 149).  
[18] Cf. Catecismo de la Iglesia Católica, 2101-2103.  
[19] Cf. Catecismo de la Iglesia Católica, 2104-2109.  
[20] Concilio Vaticano II, Dignitatis humanae, 1.  
[21] Idem, 2.  
[22] Cf. Catecismo de la Iglesia Católica, 2128.

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