Página Principal Padre Carlos M. Buela Indice del Catecismo


Capítulo tercero

 

La salvación de Dios: la ley y la gracia

I. Ley natural

        «“Si quieres entrar en la vida, guarda los mandamientos” (Mt 19, 17) Sólo Dios puede responder a la pregunta sobre el bien porque Él es el Bien. Pero Dios ya respondió esta pregunta: lo hizo creando al hombre y ordenándolo a su fin con sabiduría y amor, mediante la ley inscrita en su corazón (cf. Ro 2, 15), la “ley natural”. Esta “no es más que la luz de la inteligencia infundida en nosotros por Dios.Gracias a ella conocemos lo que se debe hacer y lo que se debe evitar. Dios dio esta luz y esta ley en la creación”.[1] Después lo hizo en la historia de Israel, particularmente con las “diez palabras”, o sea, con los mandamientos del Sinaí, mediante los cuales Él fundó el pueblo de la Alianza (cf. Ex 24) y lo llamó a ser su “propiedad personal entre todos los pueblos”, “una nación santa” (Ex 19, 5-6), que hiciera resplandecer su santidad entre todas las naciones (cf. Sb 18, 4; Ez 20, 41). La entrega del Decálogo es promesa y signo de la Alianza Nueva, cuando la ley será escrita nuevamente y de modo definitivo en el corazón del hombre (cf. Jer 31, 31-34), para sustituir la ley del pecado, que había desfigurado aquel corazón (cf. Jer 17, 1). Entonces será dado “un corazón nuevo” porque en él habitará “un espíritu nuevo”, el Espíritu de Dios (cf. Ez 36, 24-28)[2]».[3]

II. La ley nueva o ley evangélica

        Como el fin último del hombre es gozar de Dios y ese fin supera su capacidad natural, fue necesario que Dios mismo le diese una norma o ley para que el hom­bre supiera lo que debe hacer y lo que debe evitar, si quiere dirigir sus acciones de tal manera que pueda alcanzar ese fin último sobrenatural, en el que consiste la salvación. Junto con ese conocimiento, Dios da la gracia para cumplir sus mandatos.

        Pero como la salvación de los hombres sólo puede realizarse por Cristo ya que «en ningún otro hay salvación (He 4, 12), sólo Cristo es el que promul­gó una ley que conduce absolutamente a todos por el camino de la salvación: la ley nueva. Nuestro Señor es el autor de esta ley, por eso también se la lla­ma «Ley de Cristo» (Ga 6, 2).

        Además de ser el autor de la ley nueva, Nuestro Señor es modelo de cumplimiento de esa ley. Por eso en Él tenemos no sólo un maestro de quien aprender sino también un ejemplo que imitar: «Cristo padeció por vosotros y os dejó un ejemplo para que sigáis sus pasos» (1 Pe 2, 21); Él mismo lo afirmó: «Aprended de mí...» (Mt 11, 29). San Pablo escribía: «Te­ned los mismos sentimientos que tuvo Cristo Jesús» (Flp 2, 5). Los santos llegaron a ser tales precisamente porque lograron «reproducir la imagen del Hijo de Dios» (Ro 8, 29). Por eso a menudo nos debemos preguntar: ¿qué haría Jesús en mi lu­gar? Y obrar en consecuencia.

1. Principalmente es infusa, interior

        ¿En qué consiste principalmente la ley nueva, o ley de Cristo, o ley del Evangelio, o ley del Nuevo Testamento? Consiste principalmente en «la fe que actúa por la caridad» (Ga 5, 6); es «el amor de Dios que se ha derramado en nuestros corazones por virtud del Espíritu Santo, que nos ha sido dado» (R­o 5, 5). Y en esto reside todo su poder.

        «La ley nueva principalmente es la gracia del Espíritu Santo, que se da a los fieles de Cristo por la fe en Él».[4] Por eso también se la llama «ley de la fe» (Ro 3, 27), «ley de la justicia» (Ro 9, 31), «ley del Espíritu de vida... (que nos) libró del pecado y de la muerte» (Ro 8, 2); es una ley que «nos hace libres» (Ga 5, 1), porque «donde está el Espíritu Santo del Señor está la libertad» (2 Co 3, 17), «es la ley perfecta, de la libertad» (Sant 1, 25), ya que nos impulsa, libre e interiormente, a hacer todo lo que es necesario para la salvación eterna y a evitar todo lo contrario a la misma.

        Los santos, al no poner obstáculo a la acción de la gracia en ellos, fueron inmensamente libres; de ahí aquella frase de San Agustín: «ama y haz lo que quieras»,[5] que quien ame de verdad sólo hará lo que quiera el Amor. Así obraron aquellos que, a lo largo de los siglos, han seguido el «estrecho camino que lleva a la vida» (Mt 7, 14) practicando la enseñanza de Jesús: «el que quiera venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame» (Mt 16, 24); y una vez llegados a la cumbre de la perfección, dice de ellos San Juan de la Cruz: «Ya por aquí no hay camino que para el justo no hay ley»,[6] porque «la ley no es para los justos» (1 Tim 1, 9). Los que actúan según el Espíritu de Dios que nos fue dado, dan así frutos de «caridad, gozo, paz, longanimidad, afabilidad, bondad, fe, mansedumbre, tem­planza», o sea, no actúan contra la ley, y, por lo tanto, «contra estos no hay ley» (Ga 5, 22-23), «porque son para sí mismos ley» (Ro 2, 14) ya que siempre hacen lo que Dios quiere.

        Se cumplen así las profecías del Antiguo Testamento que anunciaban: «Yo pondré mi ley en su interior y la escribiré en su corazón» (Jr 31, 33);[7] «os daré un corazón nuevo y pon­dré en vosotros un espíritu nuevo; os arrancaré ese corazón de piedra y os daré uno de carne» (Ez 36, 26). Ley escrita en los corazones, espíritu y cora­zón nuevo, «es la misma presencia del Espíritu Santo».[8]

2. Secundariamente es escrita, exterior

        Secundariamente, la ley nueva consta de preceptos externos al hombre, que lo disponen a recibir la gracia del Espíritu Santo, que le enseñan a recibirla y a acrecentarla y a usarla espiritualmente, o sea, a practicar todas las virtudes y dones que se nos dan juntamente con la gracia.

        Así, por ejemplo, se nos enseña en el Santo Evangelio lo que hemos de creer, lo que hemos de recibir, lo que hemos de obrar, lo que hemos de orar. Además, en el Evangelio se nos enseña lo que se refiere al menosprecio del mundo, menosprecio por el cual se hace el hombre capaz de la gracia del Espíritu Santo. Pues los que aman el mundo «no pueden recibir el Espíritu Santo» (Jn 14, 17); «¿no sabéis que el amor del mundo es enemigo de Dios?» (Sant 4, 4).

        Pero hay más. La ley nueva no sólo indica lo que se debe hacer, sino que ayuda para poder hacerlo. No sólo es como un cartel indicador que señala el camino, sino que es como un combustible que interiormen­te mueve el vehículo para que pueda llegar a la meta. Esa ayuda, ese auxilio, es la vida nueva que Cristo vino a traer: «Yo he venido para que tengan vida y vida en abundancia» (Jn 10, 10), es la gracia de Dios, que es la vida de Dios en nosotros.

        La ley nueva, en lo que atañe a las cosas exteriores, manda lo que nos lleva a la gracia y lo que necesariamente conduce al buen uso de la gracia. Como no podemos conseguir la gracia por nuestras propias fuerzas, sino solamente por Cristo, el mismo Señor instituyó los siete sacramentos por los que recibimos la gracia. Por eso se nos manda recibir los Sacramentos.

        El buen uso de la gracia consiste en realizar las obras de caridad que son necesarias a toda virtud, se­gún se nos manda en los diez Mandamientos, prohibiéndosenos todo aquello que implica falta de caridad y que, por lo tanto, nos priva de la gracia, como veremos al tratar los mandamientos.[9]

3. El sermón de la montaña

         En el Sermón de la Montaña,[10] Nuestro Señor Jesucristo traza un perfecto programa de vida cristiana. Es, por así decirlo, como el corazón del Evangelio. Hay muchos que creen que el Sermón de la Montaña consta solamente de las ocho bienaventuranzas,[11] pero éstas son sólo como el pórtico y prólogo del Sermón que abarca los tres capítulos enteros del Evangelio de San Mateo.[12]

a) Las Bienaventuranzas

        Este prólogo es conocido con el nombre de las Bienaventuranzas porque cada una de las ocho frases de Jesús comienza con la palabra «bienaventurados». En ellas se nos enseña:

–cuál es el fin de nuestra vida, a saber, Dios y su Reino;

–cuáles son los medios interiores para alcanzar más fácilmente ese fin, cuáles las disposiciones heroicas de renunciamiento más convenientes para entrar en el Reino, ya comenzado aquí en la tierra por la gracia.

        En rigor, Nuestro Señor pone solamente ocho ejemplos, ya que dignas de «bienaventuranza» son todas las obras heroicas de los santos, que son actos de las virtudes infusas perfeccionadas por los dones del Es­píritu Santo; lo que sucede es que, en una u otra forma, todas esas obras pueden reducirse a las que indica el Señor. Bienaventurado quiere decir feliz, dichoso, pero en grado sumo; Jesús nos enseña aquí la manera de ser muy, pero muy feliz, ya que vivir de la manera que nos indica es gustar anticipadamente de la felicidad eterna, y por consiguiente quien así vive ha llegado a la cumbre más alta de la perfección y santidad cristianas que se pueda alcanzar en esta vida: «cual flores nacidas en primavera, son indicio y presagio de la eterna bienaventuranza».[13]  

1. «Bienaventurados los pobres de espíritu porque de ellos es el Reino de los Cielos» (Mt 5, 3). Pobres de espíritu son aquellos que menosprecian las riquezas no apegándose a ellas y tienen en menos los honores por­que cultivan la humildad según aquello que escribe San Pablo «¿qué tienes que no hayas recibido?» (1 Co 4, 7).  
2. «Bienaventurados los mansos porque poseerán la tierra
» (Mt 5, 4). Los mansos son los que soportan con paciencia todas las dificultades sin dejarse llevar por la ira, o el temor o la desesperación.  
3. «Bienaventurados los que lloran porque ellos serán consolados» (Mt 5, 5). Los que lloran son los que se mortifican en lo deleitable, los que sufren sin quejarse, los que se privan de los placeres mundanos; la experien­cia de esta bienaventuranza llevó a exclamar a San Pedro
 de Alcántara: «¡Feliz penitencia que me obtuvo tanta gloria!».[14]  
4. «Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia
 porque ellos serán hartos» (Mt 5, 6). Los que tienen hambre y sed de justicia son los que tienen deseo ferviente de dar al prójimo lo que en justicia le corres­ponde y a Dios todo lo que se le debe. «Tener hambre y sed de justicia es amar a Dios», decía San Francisco Solano. «Dios está con los que sufren y padecen por su causa; les llama bienaventurados a los que padecen por la justicia», escribía la Sierva de Dios Camila Rolón.[15]  
5. «Bienaventurados los misericordiosos porque ellos alcanzarán misericordia» (Mt 5, 7). Los misericordiosos son los que practican las obras de misericordia.
[16]  
6. «Bienaventurados los limpios de corazón porque ellos verán a Dios
» (Mt 5, 8). Los limpios de corazón son los puros de pensamientos, deseos, palabras y obras.  
7. «Bienaventurados los pacíficos porque ellos serán llamados hijos de Dios
» (Mt 5, 9). Los pacíficos son los que siembran la paz, que es la tranquilidad en el orden, a su alrededor, y también aquellos que reciben todas las cosas, por muy dolorosas o inesperadas que sean, como venidas de la mano de Dios, ya que «todo sucede para bien de los que aman a Dios», como dice San Pablo (cf. Ro 8, 28).  
8. «Bienaventurados los que padecen persecución por la justicia
 porque de ellos es el Reino de los Cie­los» (Mt 5, 10). Los que padecen persecución por la justicia son aquellos que no se apartan de los bienes que pertene­cen a las anteriores bienaventuranzas por causa de algún ataque exterior, es decir, que prefieren seguir siendo pobres, humildes, mansos, mortificados, justos, misericordiosos, puros, pacíficos, a pesar de cualquier persecución. Al fin y al cabo, como dice San Pablo, «todos los que aspiran a vivir piadosamente en Cristo Jesús sufrirán persecuciones» (2 Tim 3, 12), por lo cual, cuando sobrevengan, escribe San Pedro, «no os sorprendáis como si fuera un suceso extraordinario» (1 Pe 4, 12). Para que la persecución sea bienaventurada debemos «ser injuriados por causa de Cristo y debe ser falso lo que se dice contra     nosotros».[17]

        El Señor exalta finalmente la dignidad de los apóstoles mediante los cuales se anuncia el Evangelio.[18] «Vosotros sois la luz del mundo...» (Mt 5, 14), enseñándoles a dar buen ejemplo a todos. Las palabras de Jesús se dirigen primordialmente a sus discípulos, pero también a nosotros; nos encomienda a todos, aunque en distinta medida, el grave deber del apostolado, o sea, el deber de llevar almas a Dios por medio de nuestro ejemplo, de nuestra palabra, de nuestro sacrificio, de nuestra oración, de nuestra vida. Debemos ser como un cáliz rebosante de Nuestro Señor Jesucristo, que derrama sobre los demás su superabundancia.

        «Que los hombres al ver nuestras buenas obras, glorifiquen a vuestro Padre que está en el cielo» (Mt 5, 16).

b)  Hacer perfectamente la voluntad de Dios

        Luego de ese prólogo, en que el Señor nos incita a realizar las obras más perfectas de las virtudes sobrenaturales y dones del Espíritu Santo y a reconquistar por el apostolado el mundo para Dios, Jesús nos enseña aquel deber fundamental que fue esencial en su vida y debe serlo en la vida de cualquiera de sus discípulos: el cumplimiento de la voluntad de Dios. «Mi alimento es hacer la voluntad del que me envió» (Jn 4, 34), «he bajado del Cielo no para hacer mi voluntad, sino la voluntad del que me envió» (Jn 6, 38). Más aún: solamente «entrará en el Reino de los cielos... el que hace la voluntad de mi Padre» (Mt 7, 21).

        Esta voluntad de Dios se expresa especialmente en los diez Mandamientos,[19] en los preceptos de la Iglesia[20] y en las obras de misericordia.[21] Nos enseña Jesús que debemos cumplir todos los Mandamientos de la Ley de Dios, subordinando nuestra voluntad a la de Él: «No penséis que he venido a abolir la ley... no he venido a abolirla sino a llevarla a su plenitud» (Mt 5, 17-20). Y nos advierte que no sólo están prohibidas las obras ex­teriores malas sino también las obras interiores malas, como son los pecados de pensamiento o de deseo, por­que el pecado exterior es consecuencia del pecado interior, sale del corazón del hombre y el interior sucio es lo que «hace impuro al hombre» (Mt 15, 18-19):

– «Todo el que se irrita con su hermano será reo de juicio...» (Mt 5,21-26) enseña Jesús, por lo que nos prohibe las faltas de caridad contra el prójimo, incluso internas.  
– «Todo el que mira a una mujer deseándola ya adulteró con ella en su corazón» (Mt 5, 27-32), afirma el Señor condenando los pecados de impureza. El que quiera ser puro debe tener cerradas al mal las ven­tanas de sus ojos y de su mente; si no, tarde o temprano caerá en graves pecados, incluso externos.  
– «Sea vuestra palabra sí, sí; no, no»; así nos enseña Jesús cuál es el lenguaje de la verdad. Debemos «ahogar en los remolinos de la verdad toda manifestación del error (y la mentira)... para devolver al mundo la alegría de vivir» (San Maximiliano Kolbe). Igualmente hay que abstenerse de los juramentos innecesarios y vanos: «no juréis de ninguna manera» (Mt 5,33-37).
– «No resistáis al que os hace mal, y si alguno te abofetea en la mejilla derecha, dale también la otra» (Mt 5, 38-39). Con estas palabras el Señor nos enseña a no actuar por venganza sino a tener un espíritu tal que estemos preparados, en caso de necesidad, a sufrir aun las mayores injurias. «No devolváis mal por mal» (1 Pe 3, 9), «no te dejes vencer por el mal, antes vence al mal con el bien» (Ro 12, 21).  
– «Al que quiere litigar contigo para quitarte la túnica, déjale también el manto» (Mt 5,40-42). Así nos enseña a no exigir nuestros bienes y derechos por codicia, sino a estar dispuestos aun a dar más de lo obli­gatorio, si fuese necesario.  
– «Amad a vuestros enemigos
 y orad por quienes os persiguen» (Mt 5, 43-48). Jesús nos exhorta a amar a nuestros adversarios y a estar dispuestos a hacerles bien. «No aborrezcamos a las personas, sino al pecado», dice Santo Tomás de Aquino.

        En su infinita misericordia Jesús nos previene acerca de todo aquello que nos lleva al pecado y que se llama: ocasión de pecado. Para evitar el pecado interno y externo hay que huir de las ocasiones graves de pecado, como pueden ser las películas inmorales, los malos compañeros o malos familiares, las malas revistas, las conversaciones deshonestas, los lugares indecentes, etc. Llega Jesús a decir: «Si tu ojo derecho es ocasión de pecado... si tu mano es ocasión de pecado, córtala y arrójala lejos de ti» (Mt 5, 29-30), ense­ñándonos que debemos estar dispuestos a los mayores sacrificios con tal de huir de las ocasiones de pecado. «La ocasión hace al ladrón». La ocasión de pecado es como el fuego: no puede jugarse con él, que «quien juega con fuego no tarda en quemarse». Buscar la ocasión es buscar el peligro próximo de pecado y «quien ama el peligro perecerá en él» (Sir 3, 27).

c) Hacer todo con recta intención

        No sólo nos manda Jesús evitar el mal sino también hacer el bien. Ni es suficiente hacer el bien, siempre, en todas partes y a todos, sino que, además, hay que hacerlo con buena intención. Hacer algo con buena intención, es hacerlo por amor a Dios, «para su mayor gloria».[22] Si uno hace algo bueno, como rezar, dar limosna, etc., por otro motivo, por ejemplo, para que los demás lo vean y crean que es piadoso, generoso, bueno, para que hablen bien de él, eso no es tener buena intención: no lo hace por Dios, sino por egoísmo. Jesús nos enseña que no debemos practicar las virtudes para que los hombres nos aplaudan, hablen bien de nosotros, o sea, buscando meramente la gloria humana, que es totalmente opuesto al Evangelio de Jesús. Por eso San Pablo dice: «Si aún buscase agradar a los hombres, no sería siervo de Cristo» (Ga 1, 10).

        Pone el Señor tres casos en los que se suele buscar la gloria de los hombres.

        El primero, cuando se hace bien al prójimo: «Cuando des limosna no vayas tocando la trompeta... para ser alabado de los hombres. Cuando des limosnas, no sepa tu izquierda lo que hace tu derecha» (Mt 6, 1-4). Decía José Gabriel Brochero, el «Cura Gaucho»: «sintámonos nosotros dichosos que nos permita Jesucristo trabajar junto a Él y dejemos que lleve otro el aplauso».

        El segundo, en ocasión de dar culto a Dios: «Cuando recéis no hagáis como los hipócritas... (que lo hacen) para ser vistos» (Mt 6, 5-15). El modelo de oración nos lo dio el mismo Jesús al enseñarnos el Padre Nuestro.[23]

        El tercero, en relación con el dominio sobre uno mismo: «cuando ayunéis no aparezcáis tristes, como los hipócritas, que demudan su rostro para que los hombres vean que ayunan» (Mt 6, 16-18).

        Asimismo, el Señor nos enseña que no debemos poner nuestro fin último en las riquezas: «no alleguéis tesoros en la tierra, donde la polilla y el orín los corroen y donde los ladrones horadan y roban» (Mt 6, 19). «¿Qué aprovecha al hombre ganar todo el mundo si pierde su alma?» (Mt 16, 26). Cuando el avaro muera no logrará llevar nada consigo, que el ataúd no tiene bolsillos.

        También nos enseña que no busquemos de tal modo las cosas temporales –comida, bebidas, vestido, vivienda, etc.– que nos olvidemos de Dios. Por el contrario, primero debemos buscarlo a Él y lo demás se nos dará por añadidura: «Buscad primero el Reino de Dios y su justicia y todo lo demás se os dará por añadidura» (Mt 6, 33). El Padre Francisco Castañeda traducía con acierto que lo primero que hay que buscar es el Reino de Dios y la santidad: «ante todo sed santos y ansiad el Reino de Dios, seguros de que todo lo demás os lo dará de yapa»,[24] ya que el justo es el santo, el que busca la justicia es el que busca la santidad. San Pablo enseña: «Ya comáis, ya bebáis o ya hagáis alguna cosa, hacedlo todo para gloria de Dios» (1 Co 10, 31).

        El empeño en conseguir las cosas temporales puede ser desmedido, desordenado y, por lo tanto, pecaminoso, según cinco maneras:  

1.Si ponemos en esas cosas el fin de nuestra vida: «Nadie puede servir a dos señores... no podéis ser­vir a Dios y a las riquezas» (Mt 6, 24), o si servimos a Dios sólo por las cosas necesarias para comer y ves­tir: «No os preocupéis por lo que habéis de comer... o de vestir» (Mt 6, 25).  
2.Si vivimos tan preocupados por las cosas temporales y las buscamos con tanto interés que nos apar­tamos de lo espiritual a lo cual debemos atender preferentemente. Dios
 nunca se olvida de nosotros: «Bien sabe vuestro Padre Celestial que de todo eso tenéis necesidad» (Mt 6, 32).  
3.Si creemos presuntuosamente que con nuestras solas fuerzas podemos proveernos de lo necesario pa­ra la vida sin el auxilio de Dios
: «¿Quién de vosotros por mucho que se inquiete puede añadir un instante al tiempo de su vida?» (Mt 6, 27).  
4.Si tenemos un temor exagerado de que, a pesar de hacer lo que debemos, nos falte lo necesario. Esto lo reprueba el Señor sobre la base de una triple consideración:

– Por los grandes beneficios que Dios da al hombre gratuitamente, como son el cuerpo y el alma: «¿No es el alma más que el alimento y el cuerpo más que el vestido?» (Mt 6, 25).
– Por la protección que Dios
 ejerce sobre los animales y las plantas sin el concurso del hombre: «Mirad cómo las aves del cielo no siembran, ni siegan, ni encierran en graneros, y vuestro Padre celestial las alimenta. ¿No valéis vosotros más que ellas?» (Mt 6, 26)... «¿Y del vestido por qué preocuparos? Aprended de los lirios del campo, cómo crecen; no se fatigan, ni hilan. Pues ya os digo: ni Salomón en toda su gloria se vistió como uno de ellos. Pues si a la hierba del campo que hoy es y mañana es arrojada al fuego, Dios así la viste, ¿no hará mucho más con vosotros, hombres de poca fe?» (Mt 6, 28-30). Protección que experimentaron nuestros próceres en la gesta emancipadora: «Salimos bien porque Dios es quien protege nuestra causa» (General Manuel Belgrano, prócer argentino).[25]  
– Por la providencia
 divina, cuyo desconocimiento llevó a los gentiles a buscar, ante todo, los bienes temporales: «No os preocupéis diciendo: ¿Qué comeremos, qué beberemos o qué vestiremos? Los gentiles se preocupan de todo eso...» (Mt 6, 31-32). Esto tiene particular importancia en las tareas apostólicas: «Perderíamos el tiempo, si esperásemos el éxito en nuestras empresas de nuestros propios esfuerzos, talento o industria, o de la ayuda de los hombres, porque sólo Dios es quien lo puede dar».[26]  
5. Si en vez de «ocuparnos» nos «preocupamos» desmedidamente por el porvenir: «No os inquietéis por el mañana..., bástele a cada día su aflicción» (Mt 6, 34). «Cada cosa tiene su tiempo» (Qo 8, 6). «Por eso nuestro empeño debe dirigirse principalmente a conseguir los bienes espirituales, en la esperanza
 de que también se nos darán los temporales conforme a nuestra necesidad, si hacemos lo que es nuestro deber».[27]

        Debemos poner nuestra vida en manos de Dios: «nuestro deber es acomodarnos a los planes de la Divina Providencia y representar el papel que nos ha destinado».[28]

    No podemos poner nuestra vida en mejores manos. El Señor ordena, por último, los actos internos con respecto al prójimo, mandando que no lo juzguemos temeraria, injusta o presuntuosamente. «No juzguéis y no seréis juzgados» (Mt 7, 1-5). De ninguna manera se nos prohibe todo juicio, muy por el contrario: «¿Por qué no juzgáis por vosotros mismos lo que es justo?» (Lc 12,57). «No juzguéis según las apariencias; juzgad según la justicia» (Jn 7, 24), «el espiritual juzga de todo» (1 Co 2, 15). «Nos prohibe el Señor el juicio temerario que se refiere a la intención que el prójimo tiene en su corazón o a otras cosas inciertas, como dice San Agustín;[29] nos prohibe el juicio injusto que se hace no por benevolencia sino por rencor, como enseña San Juan Crisóstomo;[30] nos prohibe, finalmente, el juicio presuntuoso que versa sobre las cosas divinas a las que, por ser superiores a nosotros, no debemos juzgar, sino que hemos de creerlas sencillamente, como dice San Hilario[31]».[32]

        Pero tampoco debemos ser tan irrespetuosos con Dios que demos al prójimo las cosas santas y divinas si es éste indigno de ellas: «No deis las cosas santas a los perros...» (Mt 7, 6).

d)  ¿Cómo hacer para vivir de acuerdo a esas enseñanzas?

        El Señor nos enseña, finalmente, la manera como podemos llevar a cabo esta doctrina tan sublime: «Pe­did y os dará; buscad y encontraréis, llamad y se os abrirá» (Mt 7, 7-11). Debes, pues, implorar la ayuda de Dios, recibir frecuentemente los santos Sacramentos que sin la gracia «nada podéis hacer» (Jn 15, 6).

– «Cuanto quisiereis que os hagan a vosotros los hombres, hacédselo vosotros a ellos» (Mt 7, 12). Hay que practicar la caridad con todos.  
– «Entrad por la puerta estrecha... El camino de la santidad es arduo. ¡Qué estrecha es la puerta y qué angosta la senda que lleva a la vida y cuán pocos los que dan con ella!» (Mt 7, 13-14).  
– «Guardaos de los falsos profetas... por sus frutos los conoceréis» (Mt 7, 15-20). Hay que poner sumo cui­dado en no ser contagiado y pervertido por tales impostores. Si Cristo
 habló de ellos es porque los hay, y si nos previene es porque podemos encontrarnos con ellos.  
– Nos recuerda, una vez más, que cumplir los Mandamientos
 es absolutamente necesario para conservar la gracia de Dios y entrar en el Reino de los cielos, ya que allí sólo entrará «el que hace la Voluntad de mi Padre». No basta tener y manifestar la fe diciendo «Señor, Señor», ni profetizar («¿no profetizamos en tu nombre?»), o expulsar los demonios («en nombre tuyo arrojamos demonios»), ni siquiera hacer milagros («en tu nombre hicimos milagros»). Los que no vivieren de acuerdo a los Mandamientos de Dios aunque hagan maravillas irán al Infierno.

        Jesucristo les dirá el día del Juicio: «Nunca os conocí; apartáos de mí, obradores de iniquidad» (Mt 7, 21-23).

e)  Parábola final

        «Aquel que escucha estas palabras y las pone por obra, será como el varón prudente, que edifica su casa sobre roca. Cayó la lluvia, vinieron los torren­tes, soplaron los vientos y dieron sobre la casa, pero no cayó, porque estaba fundada sobre roca. Pero el que escucha estas palabras y no las pone por obra, será semejante al necio que edificó sobre arena. Cayó la lluvia y vinieron los torrentes, soplaron los vientos y dieron sobre la casa, que se derrumbó estrepitosamente» (Mt 7, 24-27). ¡Admirable esta doctrina de Jesús! Nos lo hace notar el mismo Evangelio: «se maravillaban las muchedumbres de su doctrina» (Mt 7, 28).

III. El pecado

        Nuestra vida tiene, por así decirlo, diversos estratos. Hay en nosotros una vida vegetativa, que nos es común con los vegetales, y se manifiesta en el crecimiento de las uñas y cabellos, en la asimilación de los alimentos, etc.; también tenemos una vida animal que nos es común con los animales, y se manifiesta en nuestra capacidad de ver, de oír, de tocar, de oler, de movernos, de comer, de dormir, etc. Además, gozamos de una vida racional que tenemos en común con los ángeles y que se manifiesta en nuestra capacidad de conocer, de querer, de amar, y por último, en un grado muy superior a todos los niveles anteriores, hemos recibido una Vida Divina que nos es común con Dios: la gracia santificante por la que participamos de la misma vida intratrinitaria de Dios.

1. El pecado mortal

        Cuando cometemos un pecado grave expulsamos a Dios de nosotros y perdemos la gracia santificante. Por eso el pecado es la desgracia más grande que hay en el mundo. Pecar gravemente es lo más ruin y tonto, lo más terrible y criminal, lo más absurdo y abyecto: es actuar contra la voluntad de Dios, es atentar contra su gloria, es ofender al que es infinitamente bueno, es privarse de la gracia de Dios, es someterse a la esclavitud del Diablo, es convertirse en candidato al Infierno.

        «Si, llenos de fe, viésemos el fondo de un alma manchada con un pecado mortal, moriríamos sacudidos de terror».[33] Justamente, pues, exclamaba Santo Domingo Savio: «¡Morir antes que pecar!»,[34] y Fray Mamerto Esquiú: «Dios me conceda aborrecer este mal con todo mi corazón y me envíe la muerte antes de come­terlo». José de San Martín así lo expresaba: «Que Dios lo libre de viviry morir en pecado mortal, son los votosde su viejo amigo».[35]

        Pecado mortal es pensar, desear, decir, hacer, u omitir algo contra la ley de Dios en materia grave, sabiéndolo y queriéndolo.

        Así como por la gracia tenemos un anticipo del Cielo en el alma, por el pecado mortal tenemos un anti­cipo del Infierno, y si llegamos a morir, así sea con un solo pecado mortal, nos vamos al Infierno, «¿Qué mundo podría acoger a un desertor de Dios[36]. Quien vive en pecado mortal, se está condenando a sí mismo.

        «Todo el que comete pecado es esclavo del pecado» (Jn 8, 34). «Cada cual es esclavo de quien le vence» (2 Pe 2, 19): como es el Diablo quien vence al hombre induciéndolo a pecar, quien comete pecado mortal queda sometido a la servidumbre del Diablo, «el que comete pecado, ése es del Diablo» (I Jn 3, 8), y por eso los pecadores están enredados por «los lazos del Demonio, que los tiene presos a su arbitrio» (2 Tim 2, 26).

        Al pecado grave se lo llama mortal, porque al privar al alma de la gracia la priva de la vida sobrena­tural siendo así un anticipo de la muerte eterna. Por eso nos enseña Dios: «El alma que pecare, ésa mori­rá» (Ez 18, 20). «El pecado conduce a la muerte» (Ro 6, 16).

        Así como hay que huir de una víbora venenosa porque si nos muerde nos mata, así hay que huir del pecado: «Huye del pecado como de la serpiente» (Sir 21, 2).

        Cuando un cristiano peca mortalmente, sólo puede ser perdonado si se confiesa ante el sacerdote. «Verdad es que existe el acto perfecto de contrición que justifica, pero aun él debe contener el deseo de la confesión».[37] Hay que confesarse diciendo el número de pecados cometidos, contra cuáles mandamientos, y las circunstancias que agravan aún más el pecado mortal, hasta el punto de hacerlo cambiar de especie. A modo de ejemplo, son pecado mortal los siguientes actos cometidos con plena advertencia y deliberada voluntad;[38]

– No creer algo enseñado por Dios y la Iglesia;  
– Blasfemar el Santo nombre de Dios
, de la Virgen o de los Santos;  
– Faltar a Misa
 los Domingos y Fiestas de guardar, sin grave motivo;  
– Matar injustamente, quitarse la vida, abortar: «crimen abominable».
[39]  
– Consentir en malos pensamientos, deseos, miradas, conversaciones, acciones contra la pureza
, contra la fidelidad, contra la transmisión de la vida;  
– Robar una suma importante;  
– Calumniar o difamar a una persona en algo grave, etc.  

         Pecados capitales. Algunos pecados se llaman capitales porque son el origen de otros pecados y de otros vicios. Son la soberbia, la avaricia, la envidia, la ira, la lujuria, la gula, la pereza.[40]

        Pecados contra el Espíritu Santo. «El que blasfeme contra el Espíritu Santo no tendrá perdón nunca, antes bien será reo de pecado eterno» (Mc 3, 29; cf. Mt 12, 32; Lc 12, 10). Dios siempre está dispuesto a perdonarnos, pero si nosotros no queremos respeta nuestra libertad y no nos obliga a que aceptemos su perdón. Se dice que nunca se perdonan por la falta de disposiciones en nosotros para recibir el perdón.[41] Se suele enumerar seis tipos de pecados contra el Espíritu Santo: desesperar de alcanzar el perdón de los pecados, presumir de que sin hacer lo mandado Dios nos va a salvar, impugnar la verdad conocida, tener envidia de la gracia ajena, obstinarse en el mal e impenitencia final. [42]

        Pecados que claman al cielo.[43] El homicidio voluntario;[44] el pecado de los sodomitas;[45] la opresión del pobre;[46] el lamento del extranjero, de la viuda y el huérfano[47] y la injusticia para con el asalariado.[48]

2. El pecado