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Capítulo tercero
La
salvación de Dios: la ley y la gracia
«Si quieres
entrar en la vida, guarda los mandamientos (Mt
19, 17) Sólo Dios puede responder a la pregunta sobre el bien porque
Él es el Bien. Pero Dios ya respondió esta pregunta: lo hizo creando al hombre y ordenándolo a
su fin con sabiduría y amor, mediante la ley inscrita en su
corazón (cf. Ro 2, 15), la ley
natural. Esta no es más que la luz de la inteligencia infundida en
nosotros por Dios.Gracias a ella conocemos lo que se debe hacer y lo que se debe evitar.
Dios dio esta luz y esta ley en la creación.[1] Después lo
hizo en la historia de Israel, particularmente con las diez palabras, o sea,
con los mandamientos del Sinaí, mediante los cuales Él fundó el pueblo de la Alianza
(cf. Ex 24) y lo llamó a ser su propiedad
personal entre todos los pueblos, una nación santa (Ex 19, 5-6), que hiciera resplandecer su santidad
entre todas las naciones (cf. Sb 18, 4; Ez 20, 41). La entrega del Decálogo es promesa y
signo de la Alianza Nueva, cuando la ley será escrita nuevamente y de modo definitivo en
el corazón del hombre (cf. Jer 31, 31-34), para
sustituir la ley del pecado, que había
desfigurado aquel corazón (cf. Jer 17, 1).
Entonces será dado un corazón nuevo porque en él habitará un
espíritu nuevo, el Espíritu de Dios (cf. Ez
36, 24-28)[2]».[3]
II. La ley nueva o ley evangélica
Como el fin
último del hombre es gozar de Dios y ese fin
supera su capacidad natural, fue necesario que Dios mismo le diese una norma o ley para
que el hombre supiera lo
que debe hacer y lo que debe evitar, si quiere dirigir sus acciones de tal manera que
pueda alcanzar ese fin último sobrenatural, en el que consiste la salvación. Junto con ese
conocimiento, Dios da la gracia para
cumplir sus mandatos.
Pero como la
salvación de los hombres sólo puede realizarse por Cristo ya
que «en ningún otro hay salvación (He 4,
12), sólo Cristo es el que promulgó una ley que
conduce absolutamente a todos por el camino de la salvación: la ley nueva. Nuestro Señor
es el autor de esta ley, por eso también se la llama «Ley de Cristo» (Ga 6, 2).
Además de
ser el autor de la ley nueva, Nuestro Señor es modelo de cumplimiento de
esa ley. Por eso en Él tenemos no sólo un maestro de quien aprender sino también un
ejemplo que imitar: «Cristo padeció por vosotros y os dejó un ejemplo para
que sigáis sus pasos» (1 Pe 2, 21); Él mismo
lo afirmó: «Aprended de mí...» (Mt 11, 29).
San Pablo escribía: «Tened los mismos sentimientos que tuvo Cristo Jesús» (Flp 2, 5). Los santos llegaron a ser tales
precisamente porque lograron «reproducir la imagen del Hijo de Dios» (Ro 8, 29). Por eso a menudo nos debemos
preguntar: ¿qué haría Jesús en mi lugar? Y obrar en consecuencia.
1. Principalmente es infusa, interior
¿En qué
consiste principalmente la ley nueva, o
ley de Cristo, o ley del
Evangelio, o ley del Nuevo Testamento? Consiste principalmente en «la fe que
actúa por la caridad» (Ga 5, 6); es «el amor de Dios que
se ha derramado en nuestros corazones por virtud del Espíritu Santo, que nos ha sido dado» (Ro 5, 5). Y en esto reside todo su poder.
«La ley nueva
principalmente es la gracia del Espíritu Santo, que se da a los fieles de Cristo por
la fe en Él».[4] Por eso también se la llama «ley de la fe» (Ro 3, 27), «ley de la justicia» (Ro 9, 31), «ley del Espíritu de vida... (que
nos) libró del pecado y de la muerte» (Ro 8,
2); es una ley que «nos hace libres» (Ga 5,
1), porque «donde está el Espíritu Santo del Señor está la libertad» (2 Co 3, 17), «es la ley perfecta, de la
libertad» (Sant 1, 25), ya que nos impulsa,
libre e interiormente, a hacer todo lo que es necesario para la salvación eterna y a
evitar todo lo contrario a la misma.
Los santos,
al no poner obstáculo a la acción de la gracia en ellos,
fueron inmensamente libres; de ahí aquella frase de San Agustín: «ama y haz lo que
quieras»,[5] que quien ame de verdad sólo hará lo que quiera el
Amor. Así obraron aquellos que, a lo largo de los siglos, han seguido el «estrecho
camino que lleva a la vida» (Mt 7, 14)
practicando la enseñanza de Jesús: «el que quiera venir en pos de mí, niéguese a sí
mismo, tome su cruz y sígame» (Mt 16, 24); y
una vez llegados a la cumbre de la perfección, dice de ellos San Juan de la Cruz: «Ya por aquí no hay camino que para
el justo no hay ley»,[6] porque «la ley no es para los justos» (1 Tim 1, 9). Los que actúan según el Espíritu de
Dios que nos fue dado, dan así frutos de «caridad, gozo, paz, longanimidad, afabilidad,
bondad, fe, mansedumbre,
templanza», o sea, no
actúan contra la ley, y, por lo tanto, «contra estos no hay ley» (Ga 5, 22-23), «porque son para sí mismos ley»
(Ro 2, 14) ya que siempre hacen lo que Dios
quiere.
Se cumplen
así las profecías del Antiguo Testamento que
anunciaban: «Yo pondré mi ley en su
interior y la escribiré en su corazón» (Jr
31, 33);[7] «os daré un corazón nuevo y pondré en vosotros un
espíritu nuevo; os arrancaré ese corazón de piedra y os daré uno de carne» (Ez 36, 26). Ley escrita en los corazones, espíritu
y corazón nuevo, «es la misma presencia del Espíritu Santo».[8]
2. Secundariamente es escrita, exterior
Secundariamente, la ley nueva consta de preceptos externos
al hombre, que lo disponen a
recibir la gracia del
Espíritu Santo, que le
enseñan a recibirla y a acrecentarla y a usarla espiritualmente, o sea, a practicar todas
las virtudes y dones que se nos dan juntamente con la gracia.
Así, por
ejemplo, se nos enseña en el Santo Evangelio lo que hemos de creer, lo que hemos de
recibir, lo que hemos de obrar, lo que hemos de orar. Además, en el Evangelio se nos
enseña lo que se refiere al menosprecio del mundo, menosprecio por el cual se hace el
hombre capaz de la gracia del
Espíritu Santo. Pues los
que aman el mundo «no pueden recibir el Espíritu Santo» (Jn 14, 17); «¿no sabéis que el amor del
mundo es enemigo de Dios?»
(Sant 4, 4).
Pero hay
más. La ley nueva no sólo indica lo que se debe hacer, sino
que ayuda para poder hacerlo. No sólo es como un cartel indicador que señala el camino,
sino que es como un combustible que interiormente mueve el vehículo para que pueda
llegar a la meta. Esa ayuda, ese auxilio, es la vida nueva que Cristo vino
a traer: «Yo he venido para que tengan vida y vida en abundancia» (Jn 10, 10), es la gracia de Dios, que es la vida de Dios en nosotros.
La ley nueva,
en lo que atañe a las cosas exteriores, manda lo que nos lleva a la gracia y
lo que necesariamente conduce al buen uso de la gracia. Como no podemos conseguir la
gracia por nuestras propias fuerzas, sino solamente por Cristo, el mismo Señor instituyó los siete sacramentos por
los que recibimos la gracia. Por eso se nos manda recibir los Sacramentos.
El buen uso
de la gracia consiste en realizar las obras de caridad que
son necesarias a toda virtud, según se nos manda en los diez Mandamientos, prohibiéndosenos todo aquello que
implica falta de caridad y que, por lo tanto, nos priva de la gracia, como veremos al
tratar los mandamientos.[9]
En el Sermón de la Montaña,[10] Nuestro Señor Jesucristo traza un perfecto programa de
vida cristiana. Es, por así decirlo, como el corazón del Evangelio. Hay muchos que creen
que el Sermón de la Montaña consta solamente de las ocho bienaventuranzas,[11] pero éstas son sólo como el pórtico y prólogo del
Sermón que abarca los tres capítulos enteros del Evangelio de San Mateo.[12]
Este prólogo es conocido con el nombre de las Bienaventuranzas porque cada una de las ocho frases de Jesús comienza con la palabra «bienaventurados». En ellas se nos enseña:
cuál es el fin de nuestra vida, a saber, Dios y su Reino;
cuáles son los
medios interiores para alcanzar más fácilmente ese fin, cuáles las disposiciones
heroicas de renunciamiento más convenientes para entrar en el Reino, ya comenzado aquí
en la tierra por la gracia.
En rigor,
Nuestro Señor pone solamente ocho ejemplos, ya que dignas de «bienaventuranza» son
todas las obras heroicas de los santos, que son actos de las virtudes infusas
perfeccionadas por los dones del Espíritu Santo; lo que sucede es que, en una u otra forma, todas esas
obras pueden reducirse a las que indica el Señor. Bienaventurado quiere decir feliz,
dichoso, pero en grado sumo; Jesús nos enseña aquí la manera de ser muy, pero muy
feliz, ya que vivir de la manera que nos indica es gustar anticipadamente de la felicidad eterna,
y por consiguiente quien así vive ha llegado a la cumbre más alta de la perfección y
santidad cristianas que se pueda alcanzar en esta vida: «cual flores nacidas en
primavera, son indicio y presagio de la eterna bienaventuranza».[13]
1. «Bienaventurados
los pobres de espíritu porque de ellos es el Reino de los
Cielos» (Mt 5, 3). Pobres de espíritu son
aquellos que menosprecian las riquezas no
apegándose a ellas y tienen en menos los honores porque cultivan la humildad según
aquello que escribe San Pablo «¿qué tienes que no hayas recibido?» (1 Co 4,
7).
2. «Bienaventurados los
mansos porque poseerán la tierra
3. «Bienaventurados los que
lloran porque ellos serán consolados» (Mt 5,
5). Los que lloran son los que se mortifican en lo deleitable, los que sufren sin
quejarse, los que se privan de los placeres mundanos; la experiencia de esta
bienaventuranza llevó a exclamar a San Pedro
4. «Bienaventurados los que
tienen hambre y sed de justicia
5. «Bienaventurados los
misericordiosos porque ellos alcanzarán misericordia» (Mt 5, 7). Los misericordiosos son los que
practican las obras de misericordia.
6. «Bienaventurados los
limpios de corazón porque ellos verán a Dios
7. «Bienaventurados los
pacíficos porque ellos serán llamados hijos de Dios
8. «Bienaventurados los que
padecen persecución por la justicia
El Señor
exalta finalmente la dignidad de los apóstoles mediante
los cuales se anuncia el Evangelio.[18] «Vosotros sois la luz del mundo...» (Mt 5, 14), enseñándoles a dar buen ejemplo a
todos. Las palabras de Jesús se dirigen primordialmente a sus discípulos, pero también
a nosotros; nos encomienda a todos, aunque en distinta medida, el grave deber del
apostolado, o sea, el deber de llevar almas a Dios por medio
de nuestro ejemplo, de nuestra palabra, de nuestro sacrificio, de nuestra oración, de nuestra vida. Debemos ser como un cáliz rebosante
de Nuestro Señor Jesucristo, que derrama sobre los demás su superabundancia.
«Que los
hombres al ver nuestras buenas obras, glorifiquen a
vuestro Padre que está en el cielo» (Mt 5,
16).
b) Hacer perfectamente la voluntad de Dios
Luego de ese
prólogo, en que el Señor nos incita a realizar las obras más perfectas de las virtudes
sobrenaturales y dones del Espíritu Santo y a
reconquistar por el apostolado el mundo para Dios, Jesús nos enseña aquel deber fundamental que fue
esencial en su vida y debe serlo en la vida de cualquiera de sus discípulos: el
cumplimiento de la voluntad de Dios. «Mi alimento es hacer la voluntad del que me
envió» (Jn 4, 34), «he bajado del Cielo no
para hacer mi voluntad, sino la voluntad del que me envió» (Jn 6, 38). Más aún: solamente «entrará en el
Reino de los cielos... el que hace la voluntad de mi Padre» (Mt 7,
21).
Esta voluntad
de Dios se expresa especialmente en los diez Mandamientos,[19] en los preceptos de la
Iglesia[20] y en las obras de misericordia.[21] Nos enseña Jesús que debemos cumplir todos los
Mandamientos de la Ley de Dios, subordinando nuestra voluntad a la de Él: «No penséis
que he venido a abolir la ley...
no he venido a abolirla sino a llevarla a su plenitud» (Mt 5, 17-20). Y nos advierte que no sólo están
prohibidas las obras exteriores malas sino también las obras interiores malas, como son
los pecados de pensamiento o de deseo, porque el pecado exterior
es consecuencia del pecado interior, sale del corazón del hombre y
el interior sucio es lo que «hace impuro al hombre» (Mt 15, 18-19):
«Todo el que se irrita con su hermano será
reo de juicio...» (Mt 5,21-26) enseña Jesús, por lo que nos
prohibe las faltas de caridad contra el prójimo, incluso internas.
«Todo el que mira a una mujer deseándola ya adulteró con ella en su corazón» (Mt 5, 27-32), afirma el Señor condenando los
pecados de impureza. El que quiera ser puro debe tener cerradas al mal las ventanas de
sus ojos y de su mente; si no, tarde o temprano caerá en graves pecados, incluso
externos.
«Sea vuestra palabra sí, sí; no, no»; así nos enseña Jesús cuál es el
lenguaje de la verdad. Debemos «ahogar en los remolinos de la verdad toda manifestación
del error (y la mentira)... para devolver al mundo la alegría de vivir» (San Maximiliano
Kolbe). Igualmente hay que abstenerse de los juramentos innecesarios y vanos: «no juréis
de ninguna manera» (Mt 5,33-37).
«No resistáis al que os hace mal, y si alguno te abofetea en la mejilla derecha,
dale también la otra» (Mt 5, 38-39). Con estas
palabras el Señor nos enseña a no actuar por venganza sino a tener un espíritu tal que
estemos preparados, en caso de necesidad, a sufrir aun las mayores injurias. «No
devolváis mal por mal» (1 Pe 3, 9), «no te
dejes vencer por el mal, antes vence al mal con el bien» (Ro 12, 21).
«Al que quiere litigar contigo para quitarte la túnica, déjale también el
manto» (Mt 5,40-42). Así nos enseña a no
exigir nuestros bienes y derechos por codicia, sino a estar dispuestos aun a dar más de
lo obligatorio, si fuese necesario.
«Amad a vuestros enemigos
En su
infinita misericordia Jesús nos previene acerca de todo aquello que nos lleva al pecado y
que se llama: ocasión de pecado. Para evitar el pecado interno y externo hay que huir de
las ocasiones graves de pecado, como pueden ser las películas inmorales, los malos
compañeros o malos familiares, las malas revistas, las conversaciones deshonestas, los
lugares indecentes, etc. Llega Jesús a decir: «Si tu ojo derecho es ocasión de
pecado... si tu mano es ocasión de pecado, córtala y arrójala lejos de ti» (Mt 5, 29-30), enseñándonos que debemos estar
dispuestos a los mayores sacrificios con tal de huir de las ocasiones de pecado. «La
ocasión hace al ladrón». La ocasión de pecado es como el fuego: no puede jugarse con él, que «quien
juega con fuego no tarda en quemarse». Buscar la ocasión es buscar el peligro próximo
de pecado y «quien ama el peligro perecerá en él» (Sir 3, 27).
c) Hacer todo con recta intención
No sólo nos
manda Jesús evitar el mal sino también hacer el bien. Ni es suficiente hacer el bien,
siempre, en todas partes y a todos, sino que, además, hay que hacerlo con buena
intención. Hacer algo con buena intención, es hacerlo por amor a
Dios, «para su mayor
gloria».[22] Si uno hace algo bueno, como rezar, dar limosna, etc.,
por otro motivo, por ejemplo, para que los demás lo vean y crean que es piadoso,
generoso, bueno, para que hablen bien de él, eso no es tener buena intención: no lo hace
por Dios, sino por egoísmo. Jesús nos enseña que no debemos practicar las virtudes para
que los hombres nos aplaudan, hablen bien de nosotros, o sea,
buscando meramente la gloria humana, que es totalmente opuesto al Evangelio de Jesús. Por
eso San Pablo dice: «Si aún buscase agradar a los hombres, no sería siervo de Cristo» (Ga 1, 10).
Pone el
Señor tres casos en los que se suele buscar la gloria de los hombres.
El primero,
cuando se hace bien al prójimo: «Cuando des limosna no vayas tocando la trompeta... para
ser alabado de los hombres.
Cuando des limosnas, no sepa tu izquierda lo que hace tu derecha» (Mt 6, 1-4). Decía José Gabriel Brochero, el
«Cura Gaucho»: «sintámonos nosotros dichosos que nos permita Jesucristo trabajar junto
a Él y dejemos que lleve otro el aplauso».
El segundo,
en ocasión de dar culto a Dios: «Cuando recéis no hagáis como los hipócritas...
(que lo hacen) para ser vistos» (Mt 6, 5-15).
El modelo de oración nos lo dio el mismo Jesús al enseñarnos el Padre Nuestro.[23]
El tercero,
en relación con el dominio sobre uno mismo: «cuando ayunéis no aparezcáis tristes,
como los hipócritas, que demudan su rostro para que los hombres vean
que ayunan» (Mt 6, 16-18).
Asimismo, el
Señor nos enseña que no debemos poner nuestro fin último en las riquezas: «no alleguéis tesoros en la tierra, donde la polilla y el orín los corroen
y donde los ladrones horadan y roban» (Mt 6,
19). «¿Qué aprovecha al hombre ganar todo
el mundo si pierde su alma?»
(Mt 16, 26). Cuando el avaro muera no logrará
llevar nada consigo, que el ataúd no tiene bolsillos.
También nos
enseña que no busquemos de tal modo las cosas temporales comida, bebidas, vestido,
vivienda, etc. que nos olvidemos de Dios. Por el contrario, primero debemos buscarlo a Él y lo
demás se nos dará por añadidura: «Buscad primero el Reino de Dios y su justicia y
todo lo demás se os dará por añadidura» (Mt
6, 33). El Padre Francisco Castañeda traducía con acierto que lo
primero que hay que buscar es el Reino de Dios y la santidad: «ante todo sed santos y
ansiad el Reino de Dios, seguros de que todo lo demás os lo dará de yapa»,[24] ya que el justo es el santo, el que busca la justicia
es el que busca la santidad. San Pablo enseña: «Ya comáis, ya bebáis o ya hagáis
alguna cosa, hacedlo todo para gloria de Dios» (1
Co 10, 31).
El empeño en conseguir
las cosas temporales puede ser desmedido, desordenado y, por lo tanto, pecaminoso, según
cinco maneras:
1.Si ponemos en esas cosas el fin de nuestra vida:
«Nadie puede servir a dos señores... no podéis servir a Dios y
a las riquezas» (Mt 6, 24), o si servimos a Dios sólo por las
cosas necesarias para comer y vestir: «No os preocupéis por lo que habéis de comer...
o de vestir» (Mt 6, 25).
2.Si vivimos tan preocupados por las cosas temporales y las buscamos con tanto interés
que nos apartamos de lo espiritual a lo cual debemos atender preferentemente. Dios
3.Si creemos presuntuosamente que con nuestras solas fuerzas podemos proveernos de lo
necesario para la vida sin el auxilio de Dios
4.Si tenemos un temor exagerado de que, a pesar de hacer lo que debemos, nos falte lo
necesario. Esto lo reprueba el Señor sobre la base de una triple consideración:
Por los grandes beneficios que Dios da
al hombre gratuitamente, como son el cuerpo y el alma: «¿No es el alma más que el alimento
y el cuerpo más que el vestido?» (Mt 6, 25).
Por la protección que Dios ejerce
sobre los animales y las plantas sin el concurso del hombre: «Mirad cómo las aves del cielo no
siembran, ni siegan, ni encierran en graneros, y vuestro Padre celestial
las alimenta. ¿No valéis vosotros más que ellas?» (Mt 6, 26)...
«¿Y del vestido por qué preocuparos? Aprended de los lirios del campo, cómo
crecen; no se fatigan, ni hilan. Pues ya os digo: ni Salomón en toda su gloria se vistió
como uno de ellos. Pues si a la hierba del campo que hoy es y mañana es arrojada al fuego, Dios así la viste, ¿no hará mucho
más con vosotros, hombres de poca fe?» (Mt 6,
28-30). Protección que experimentaron nuestros próceres en la gesta emancipadora:
«Salimos bien porque Dios es quien protege nuestra causa» (General Manuel Belgrano,
prócer argentino).[25]
Por la providencia
5. Si en vez de «ocuparnos» nos «preocupamos» desmedidamente por el porvenir: «No os
inquietéis por el mañana..., bástele a cada día su aflicción» (Mt 6, 34). «Cada
cosa tiene su tiempo» (Qo 8, 6). «Por eso
nuestro empeño debe dirigirse principalmente a conseguir los bienes espirituales, en la
esperanza
Debemos poner
nuestra vida en manos de Dios:
«nuestro deber es acomodarnos a los planes de la Divina Providencia y
representar el papel que nos ha destinado».[28]
No podemos poner nuestra vida en
mejores manos. El Señor ordena, por último, los actos internos con respecto al prójimo,
mandando que no lo juzguemos temeraria, injusta o presuntuosamente. «No juzguéis y no
seréis juzgados» (Mt 7, 1-5). De ninguna
manera se nos prohibe todo juicio, muy por el contrario: «¿Por qué no juzgáis por
vosotros mismos lo que es justo?» (Lc 12,57).
«No juzguéis según las apariencias; juzgad según la justicia» (Jn 7, 24), «el espiritual juzga de todo» (1 Co 2, 15). «Nos prohibe el Señor el juicio
temerario que se refiere a la intención que el prójimo tiene en su corazón o a otras
cosas inciertas, como dice San Agustín;[29] nos prohibe el juicio injusto que se hace no por
benevolencia sino por rencor, como enseña San Juan Crisóstomo;[30] nos prohibe, finalmente, el juicio presuntuoso que
versa sobre las cosas divinas a las que, por ser superiores a nosotros, no debemos juzgar,
sino que hemos de creerlas sencillamente, como dice San Hilario[31]».[32]
Pero tampoco
debemos ser tan irrespetuosos con Dios que demos
al prójimo las cosas santas y divinas si es éste indigno de ellas: «No deis las cosas
santas a los perros...» (Mt 7, 6).
d) ¿Cómo hacer para vivir de acuerdo a esas enseñanzas?
El Señor nos
enseña, finalmente, la manera como podemos llevar a cabo esta doctrina tan sublime:
«Pedid y os dará; buscad y encontraréis, llamad y se os abrirá» (Mt 7, 7-11). Debes, pues, implorar la ayuda de Dios, recibir frecuentemente los santos
Sacramentos que sin la gracia «nada
podéis hacer» (Jn 15, 6).
«Cuanto quisiereis que os hagan a vosotros los
hombres, hacédselo vosotros
a ellos» (Mt 7, 12). Hay que practicar la
caridad con todos.
«Entrad por la puerta estrecha... El camino de la santidad es arduo. ¡Qué
estrecha es la puerta y qué angosta la senda que lleva a la vida y cuán pocos los que
dan con ella!» (Mt 7, 13-14).
«Guardaos de los falsos profetas... por sus frutos los conoceréis» (Mt 7, 15-20). Hay que poner sumo cuidado en no
ser contagiado y pervertido por tales impostores. Si Cristo
Nos recuerda, una vez más, que cumplir los Mandamientos es absolutamente necesario para conservar la gracia de Dios y entrar en el Reino de los
cielos, ya que allí sólo entrará «el que hace la Voluntad de mi Padre». No basta tener y manifestar la fe diciendo «Señor, Señor», ni profetizar («¿no
profetizamos en tu nombre?»), o expulsar los demonios («en nombre tuyo arrojamos
demonios»), ni siquiera hacer milagros («en tu nombre hicimos milagros»). Los que no
vivieren de acuerdo a los Mandamientos de Dios aunque hagan maravillas irán al Infierno.
Jesucristo les dirá el
día del Juicio: «Nunca os conocí; apartáos de mí, obradores de iniquidad» (Mt 7, 21-23).
«Aquel que escucha estas
palabras y las pone por obra, será como el varón prudente, que edifica su casa sobre
roca. Cayó la lluvia, vinieron los torrentes, soplaron los vientos y dieron sobre la
casa, pero no cayó, porque estaba fundada sobre roca. Pero el que escucha estas palabras
y no las pone por obra, será semejante al necio que edificó sobre arena. Cayó la lluvia
y vinieron los torrentes, soplaron los vientos y dieron sobre la casa, que se derrumbó
estrepitosamente» (Mt 7, 24-27). ¡Admirable
esta doctrina de Jesús! Nos lo hace notar el mismo Evangelio: «se maravillaban las
muchedumbres de su doctrina» (Mt 7, 28).
Nuestra vida
tiene, por así decirlo, diversos estratos. Hay en nosotros una vida vegetativa, que nos
es común con los vegetales, y se manifiesta en el crecimiento de las uñas y cabellos, en
la asimilación de los alimentos, etc.; también tenemos una vida animal que nos es común
con los animales, y se manifiesta en nuestra capacidad de ver, de oír, de tocar, de oler,
de movernos, de comer, de dormir, etc. Además, gozamos de una vida racional que tenemos
en común con los ángeles y que se manifiesta en nuestra capacidad de
conocer, de querer, de amar, y por último, en un grado muy superior a todos los niveles
anteriores, hemos recibido una Vida Divina que nos es común con Dios: la gracia santificante
por la que participamos de la misma vida intratrinitaria de Dios.
1. El pecado mortal
Cuando
cometemos un pecado grave expulsamos a Dios de
nosotros y perdemos la gracia santificante. Por eso el pecado es la desgracia
más grande que hay en el mundo. Pecar gravemente es lo más ruin y tonto, lo más
terrible y criminal, lo más absurdo y abyecto: es actuar contra la voluntad de Dios, es
atentar contra su gloria, es ofender al que es infinitamente bueno, es privarse de la
gracia de Dios, es someterse a la esclavitud del Diablo, es convertirse en candidato al
Infierno.
«Si, llenos
de fe, viésemos el fondo de
un alma manchada con un pecado mortal,
moriríamos sacudidos de terror».[33] Justamente, pues, exclamaba Santo Domingo Savio:
«¡Morir antes que pecar!»,[34] y Fray Mamerto Esquiú: «Dios me
conceda aborrecer este mal con todo mi corazón y me envíe la muerte antes
de cometerlo». José de San Martín así lo expresaba: «Que Dios lo libre de viviry
morir en pecado mortal, son los votosde su viejo amigo».[35]
Pecado mortal
es pensar, desear, decir, hacer, u omitir algo contra la ley de Dios en
materia grave, sabiéndolo y queriéndolo.
Así como por
la gracia tenemos un anticipo del Cielo en el alma, por el pecado mortal
tenemos un anticipo del Infierno, y si llegamos a morir, así sea con un solo pecado
mortal, nos vamos al Infierno, «¿Qué mundo podría acoger a un desertor de Dios?»[36]. Quien vive en pecado mortal, se está condenando a sí
mismo.
«Todo el que
comete pecado es esclavo del pecado» (Jn 8, 34). «Cada cual es esclavo de quien le
vence» (2 Pe 2, 19): como es el Diablo quien vence al hombre induciéndolo
a pecar, quien comete pecado mortal queda sometido a la servidumbre del Diablo, «el que
comete pecado, ése es del Diablo» (I Jn 3, 8),
y por eso los pecadores están enredados por «los lazos del Demonio, que los tiene presos a su arbitrio» (2 Tim 2, 26).
Al pecado grave
se lo llama mortal, porque al privar al alma de la
gracia la priva de la vida sobrenatural siendo así un anticipo de la muerte eterna.
Por eso nos enseña Dios:
«El alma que pecare, ésa morirá» (Ez 18,
20). «El pecado conduce a la muerte» (Ro 6,
16).
Así como hay
que huir de una víbora venenosa porque si nos muerde nos mata, así hay que huir del
pecado: «Huye del pecado
como de la serpiente» (Sir 21, 2).
Cuando un
cristiano peca mortalmente, sólo puede ser perdonado si se confiesa ante el sacerdote.
«Verdad es que existe el
acto perfecto de contrición que justifica, pero aun él debe contener el deseo de la
confesión».[37] Hay que confesarse diciendo el número de pecados
cometidos, contra cuáles mandamientos, y las circunstancias que agravan aún más el pecado mortal,
hasta el punto de hacerlo cambiar de especie. A modo de ejemplo, son pecado mortal los
siguientes actos cometidos con plena advertencia y deliberada voluntad;[38]
No creer algo enseñado por Dios y
la Iglesia;
Blasfemar el Santo nombre de Dios
Faltar a Misa
Matar injustamente, quitarse la vida, abortar: «crimen abominable».
Consentir en malos pensamientos, deseos, miradas, conversaciones, acciones contra
la pureza
Robar una suma importante;
Calumniar o difamar a una persona en algo grave, etc.
Pecados
capitales. Algunos pecados se llaman capitales porque son el origen de otros pecados y
de otros vicios. Son la soberbia, la avaricia, la envidia, la ira, la lujuria, la gula, la pereza.[40]
Pecados contra el Espíritu Santo. «El que blasfeme contra el Espíritu
Santo no tendrá perdón nunca, antes bien será reo de pecado eterno»
(Mc 3, 29; cf. Mt 12, 32; Lc
12, 10). Dios siempre está dispuesto a perdonarnos, pero si
nosotros no queremos respeta nuestra libertad y no nos
obliga a que aceptemos su perdón. Se dice que nunca se perdonan por la falta de
disposiciones en nosotros para recibir el perdón.[41] Se suele enumerar seis tipos de pecados contra el
Espíritu Santo: desesperar de alcanzar el perdón de los pecados, presumir de que sin
hacer lo mandado Dios nos va a salvar, impugnar la verdad conocida, tener envidia de
la gracia ajena, obstinarse en el mal e impenitencia final. [42]
Pecados que claman al cielo.[43] El homicidio voluntario;[44] el pecado de los
sodomitas;[45] la opresión del pobre;[46] el lamento del extranjero, de la viuda y el huérfano[47] y la injusticia para con el asalariado.[48]