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Capítulo primero
«Cristo manifiesta plenamente el hombre al propio hombre y le descubre la grandeza de su
vocación.[1]
Dotada de alma espiritual, de entendimiento y de voluntad, la
persona humana está desde su concepción ordenada a Dios y destinada a la bienaventuranza eterna. Camina
hacia su perfección en la búsqueda y el amor de la verdad y del bien.[2]
La verdadera libertad es en el hombre el signo eminente de la imagen divina.[3]
El hombre debe seguir la ley moral que le impulsa a hacer el bien y a evitar el mal.[4] Esta ley resuena en su conciencia.
El hombre, herido en
su naturaleza por el pecado original, está sujeto al error e inclinado al mal
en el ejercicio de su libertad.
El que cree en Cristo tiene la vida nueva en el Espíritu Santo.
La vida moral, desarrollada y madurada en la gracia, alcanza su
plenitud en la gloria del cielo».[5]
«Dios ha querido dejar al hombre en manos de su propia decisión (Sir 15, 14). Para que pueda adherirse libremente a
su Creador y llegar así a la bienaventurada perfección.[6]
La libertad es el poder de obrar o de no obrar y de ejecutar
así, por sí mismo, acciones deliberadas. La libertad alcanza su perfección, cuando
está ordenada a Dios, el supremo Bien.
La libertad caracteriza los actos propiamente humanos. Hace al
ser humano responsable de los actos de que es autor voluntario. Es propio del hombre actuar deliberadamente.
La imputabilidad o la responsabilidad de una acción puede quedar disminuida o incluso
anulada por la ignorancia, la violencia, el temor y otros factores psíquicos o sociales.
El derecho al ejercicio de la libertad, especialmente en materia religiosa y moral, es una
exigencia inseparable de la dignidad del hombre. Pero el ejercicio de la libertad no implica el
pretendido derecho de decir o de hacer cualquier cosa.
Para ser libres nos libertó Cristo (Ga 5, 1)».[7]
III. LA MORALIDAD DE LOS ACTOS HUMANOs
«El objeto, la intención y las circunstancias constituyen las tres fuentes
de la moralidad de los actos humanos.
El objeto elegido especifica moralmente el acto de la voluntad según que la razón lo
reconozca y lo juzgue bueno o malo.
No se puede justificar una acción mala por el hecho de que la intención sea
buena.[8] El fin no justifica los
medios.
El acto moralmente bueno supone a la vez la bondad del objeto, del fin y de las
circunstancias.
Hay comportamientos concretos cuya elección es siempre errada porque ésta comporta un
desorden de la voluntad, es decir, un mal moral. No está permitido hacer un mal para
obtener un bien».[9]
IV. LA MORALIDAD DE LAS PASIONES
«El término pasiones
designa los afectos y los sentimientos. Por medio de sus emociones, el hombre intuye lo
bueno y lo malo.
Ejemplos eminentes de pasiones son el
amor y el odio, el deseo y el temor, la alegría, la tristeza y la
ira.
En las pasiones, en cuanto impulsos de la
sensibilidad, no hay ni bien ni mal moral. Pero según dependan o no de la razón y de la
voluntad, hay en ellas bien o mal moral.
Las emociones y los sentimientos pueden ser asumidos por las virtudes, o pervertidos en
los vicios.
La perfección del bien moral consiste en que el hombre no sea movido al bien sólo por su voluntad, sino
también por su corazón».[10]
«La conciencia es el núcleo más secreto y el sagrario del hombre, en el que
está solo con Dios, cuya voz resuena en lo
más íntimo de ella».[11]
La conciencia moral es un juicio de la
razón por el que la persona humana reconoce la calidad moral de un acto concreto.
Para el hombre que ha cometido el mal, el veredicto de su
conciencia constituye una garantía de conversión y de
esperanza.
Una conciencia bien formada es recta y veraz. Formula sus juicios
según la razón, conforme al bien verdadero querido por la sabiduría del Creador. Cada cual
debe poner los medios para formar su conciencia.
Ante una decisión moral, la conciencia puede formar un juicio recto de acuerdo con la razón y la ley divina o, al contrario, un juicio erróneo que se
aleja de ellas.
El ser humano debe obedecer siempre el juicio cierto de su conciencia.
La conciencia moral puede permanecer en la ignorancia o formar
juicios erróneos. Estas ignorancias y estos errores no están siempre exentos de
culpabilidad.
La Palabra de Dios es una luz para nuestros pasos. Es preciso que la
asimilemos en la fe y en la oración, y la
pongamos en práctica. Así se forma la conciencia moral».[12]
«La
conciencia da testimonio de la rectitud o maldad del hombre al
hombre mismo, pero a la vez y antes aún, es testimonio de Dios mismo,
cuya voz y cuyo juicio penetran la intimidad del hombre hasta las raíces
de su alma».[13]
[1] Gaudium et Spes,
22, 1.
[2]cf. Gaudium et Spes, 15, 2.
[3] Gaudium et
Spes, 17.
[4] Gaudium et Spes, 16.
[5] Catecismo de la Iglesia Católica, 1710-1715.
[6] Cf. Concilio Vaticano II, Gaudium et spes 17, 1.
[7] Catecismo de la Iglesia Católica, 1743-1748.
[8] Santo Tomás de Aquino, Collationes in decem Praeceptis, 6
[9] Catecismo de la Iglesia Católica, 1757-1761.
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