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Capítulo tercero
Los
sacramentos al servicio de la comunidad
VI. EL SACRAMENTO DEL ORDEN SAGRADO
¿Quiénes son
los que administran, generalmente, los sacramentos? ¿Quiénes bautizan, confiesan,
celebran la Santa Misa, ungen a
los enfermos, presiden los matrimonios, predican la palabra de Dios? Los obispos y los sacerdotes. Y ¿cómo
hace llegar Jesús hasta ellos los poderes necesarios para queactúen en su nombre y obren
con su autoridad? Por medio del sacramento del Orden. Además, este sacramento les da la
gracia de estado, es decir, que los habilita para que
desempeñen santamente las pesadas tareas del ministerio sacerdotal, venzan todos los
peligros y tentaciones, y sean
fieles a las promesas hechas a Dios.
La materia de
este sacramento es la imposición de manos: «los constituyeron presbíteros (sacerdotes) en cada iglesia por la imposición de
manos» (He 14, 23). Desde los Apóstoles hasta
los actuales obispos y sacerdotes una cadena ininterrumpida de Pastores, por medio de la
imposición de manos, ha hecho llegar hasta nuestros días los poderes mismos de Cristo. De tal manera que si se apareciera Nuestro
Señor Jesucristo resucitado y se pusiese a confesar juntamente con otros sacerdotes,
tanto perdonarían los pecados estos últimos como el mismo Señor en persona, porque los
sacerdotes perdonan en persona de Cristo, o sea, en su nombre y con su poder.
Y si celebrase
la Santa Misa el mismo Cristo rodeado de
todos los obispos y cardenales, con gran pompa y ornato, con todo el esplendor del canto y
de la música sagrada, y por otro lado en un campo de concentración, sólo y abandonado,
ignorado de todos, un sacerdote celebrase a su vez la Santa Misa, con unas migas de pan y un poco de vino puesto en un
recipiente cualquiera sin ornamentos y a escondidas para que no lo vean sus verdugos,
tanto valor tendría, en lo esencial, una Misa como otra, porque ambas son perpetuación
del único Sacrificio de Cristo y ambas tendrían, por lo tanto, un
valor infinito. En una
celebraría Cristo en persona; en la otra un sacerdote en «persona de Cristo» (2 Co 2, 10), o sea, con su poder y en su nombre,
porque por la imposición de las manos había recibido el sacramento del Orden Sagrado; y esto aun en el supuesto caso de que el
sacerdote estuviese en pecado mortal porque él no tendría los poderes de
perdonar y de consagrar por el mérito de sus virtudes, o por su capacidad intelectual, o
por su apellido; los tendría porque los recibió de Jesucristo. Si los ejerciera estando
en pecado mortal cometería, sin duda, un horrible sacrilegio pero igual
perdonaría e igual consagraría porque lo haría en la persona de Cristo. El agua pasa
tanto por un caño de plata como por uno de plomo. El «agua viva» de la gracia de
Dios pasa tanto a través de un sacerdote santo como a
través de uno pecador.
Excusarse de ir
a la iglesia para cumplir con Dios porque tal o
cual sacerdote es malo es una insensatez, ya que «cada uno dará cuenta a Dios de sí
mismo» (Ro 14, 12). Dios nos va a pedir cuentas
del mal que nosotros hagamos y del bien que dejemos de hacer, no del mal que hagan o del
bien que dejen de hacer otros, aunque sean sacerdotes. Cuando los hombres se presenten
delante del «tribunal de Cristo para que reciba cada cual según lo que hubiese
hecho» (2 Co 5,10), no va a valerles de nada la
excusa de que «no hice bien porque otros hacían mal». Dios «dará a cada uno según
sus obras» (Ro 2, 6) y no según las obras de
los demás.
Siempre hay que
pedir a Dios por los sacerdotes, para que sean santos, cumpliendo con fidelidad su
misión, y para que los
jóvenes no sean sordos si Dios los llama al sacerdocio, ya
que «el sembrado es mucho y los cosechadores pocos» (Lc 10, 2). No hay que dejar de orar a Dios para
que los sacerdotes sean «más limpios y resplandecientes que los rayos del sol»,[1] para que no olviden que son «los ojos de la Iglesia, cuyo oficio es llorar los males todos que
vienen al cuerpo» (San Juan de Ávila),[2] para que sean siempre guías seguros que nos lleven por
el camino que va al Cielo, pastores que nos conduzcan a los buenos pastos de la doctrina
de Cristo y estén dispuestos a dar «su vida por las
ovejas» (Jn 10, 11), si fuere necesario, para
apartarlas de los pastos venenosos del error y de las herejías.
VII. EL
SACRAMENTO DEL MATRIMONIO
1. El matrimonio
en el plan de Dios
Dios creó
al hombre, varón y mujer, para
que viviendo unidos tuviesen hijos y los educasen, manifestándose el mutuo amor.
Formar una
familia es una tarea muy importante y que involucra muchas
dificultades: problemas económicos, diversidades en los caracteres, de puntos de vista,
sacrificios, etc.
Nuestro Señor
Jesucristo, «por el gran amor con que nos amó» (Ef 2, 4), instituyó este sacramento por el cual no
sólo da la gracia de Dios a los
esposos sino también una gracia especial que los capacita para afrontar todas las
dificultades del hogar y para triunfar «por Aquel que nos ha amado» (Ro 8, 37). Cristo amó a la
Iglesia como a su esposa. «El marido debe amar a su mujer
como Cristo amó a su Iglesia y dio su vida por ella» (Ef 5, 25). La mujer debe amar a su marido como la
Iglesia ama a Cristo, desde la Cruz hasta el fin
de los siglos. Por eso el divorcio no es
lícito.
El matrimonio
católico es aquel en el que un hombre y una mujer
se unen para siempre, hasta que la muerte los separe,
siendo mutuamente fieles y generosos en la transmisión de la vida.
Pensemos que
Jesús hizo su primer milagro en Caná de Galilea, precisamente en el marco de una fiesta
de bodas. A pedido de la Santísima Virgen María allí
convirtió el agua en vino, si no se les aguaba la fiesta a los recién casados. Desde
entonces y para siempre toda familia debe ver en
Jesús y María a sus mejores amigos.
2. La preparación
al matrimonio: El noviazgo católico
«Para que el
Sí de los esposos sea un acto libre y responsable, y para que la alianza
matrimonial tenga fundamentos humanos y cristianos, sólidos y estables, la preparación
para el matrimonio es de primera importancia: el ejemplo y la enseñanza dados por los
padres y por las familias son el camino privilegiado de esta preparación, con mayor
razón en nuestra época en la que muchos jóvenes conocen la
experiencia de hogares rotos que ya no aseguran suficientemente esta iniciación:
Los
jóvenes deben ser instruidos adecuada y oportunamente
sobre la dignidad, tareas y ejercicio del amor conyugal,
sobre todo en el seno de la misma familia, para que, educados en el cultivo de la castidad, puedan
pasar, a la edad conveniente, de un noviazgo vivido
honestamente, al matrimonio[3]».[4]
Esto es muy
importante porque en la mayoría de los casos, el fracaso matrimonial comienza en el
noviazgo. Los jóvenes que
creen amarse y piensan formalizar su relación a través del casamiento, deben tener
presente que toda la razón de ser del noviazgo católico consiste en su ordenación al
futuro matrimonio.
Acerquémonos
siempre a estos ríos que bajan del Calvario trayéndonos
el «agua viva» de la gracia de Dios. Sólo entonces nuestra vida merecerá ser vivida porque
cada día nos aproximaremos más a Dios.
[1] San Juan Crisóstomo citado por San Juan deÁvila
en Escritos Sacerdotales, Pláticas sacerdotales
n.1, B.A.C., Madrid 1969, p.193; cf. San Juan
Crisóstomo, De Sacerdotio 1. 6, 4 (MG
48, 681).
[2] Escritos sacerdotales, Pláticas sacerdotales
(Segunda plática para clérigos), B.A.C, Madrid, 1969, p. 209.
[3] Concilio Vaticano II, Gaudium et Spes, 49, 3.
[4] Catecismo de la Iglesia Católica, 1632
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