Página Principal Padre Carlos M. Buela Indice del Catecismo


Capítulo tercero

Los sacramentos al servicio de la comunidad

VI. EL SACRAMENTO DEL ORDEN SAGRADO

        ¿Quiénes son los que administran, generalmente, los sacramentos? ¿Quiénes bautizan, confiesan, celebran la Santa Misa, ungen a los enfermos, presiden los matrimonios, predican la palabra de Dios? Los obispos y los sacerdotes. Y ¿cómo hace llegar Jesús hasta ellos los poderes necesarios para queactúen en su nombre y obren con su autoridad? Por medio del sacramento del Orden. Además, este sacramento les da la gracia de estado, es decir, que los habilita para que desempeñen santamente las pesadas tareas del ministerio sacerdotal, venzan todos los peligros y tentaciones, y sean fieles a las promesas hechas a Dios.

        La materia de este sacramento es la imposición de manos: «los constituyeron presbíteros (sacerdotes) en cada iglesia por la imposición de manos» (He 14, 23). Desde los Apóstoles hasta los actuales obispos y sacerdotes una cadena ininterrumpida de Pastores, por medio de la imposición de manos, ha hecho llegar hasta nuestros días los poderes mismos de Cristo. De tal manera que si se apareciera Nuestro Señor Jesucristo resucitado y se pusiese a confesar juntamente con otros sacerdotes, tanto perdonarían los pecados estos últimos como el mismo Señor en persona, porque los sacerdotes perdonan en persona de Cristo, o sea, en su nombre y con su poder.

        Y si celebrase la Santa Misa el mismo Cristo rodeado de todos los obispos y cardenales, con gran pompa y ornato, con todo el esplendor del canto y de la música sagrada, y por otro lado en un campo de concentración, sólo y abandonado, ignorado de todos, un sacerdote celebrase a su vez la Santa Misa, con unas migas de pan y un poco de vino puesto en un recipiente cualquiera sin ornamentos y a escondidas para que no lo vean sus verdugos, tanto valor tendría, en lo esencial, una Misa como otra, porque ambas son perpetuación del único Sacrificio de Cristo y ambas tendrían, por lo tanto, un valor infinito. En una celebraría Cristo en persona; en la otra un sacerdote en «persona de Cristo» (2 Co 2, 10), o sea, con su poder y en su nombre, porque por la imposición de las manos había recibido el sacramento del Orden Sagrado; y esto aun en el supuesto caso de que el sacerdote estuviese en pecado mortal porque él no tendría los poderes de perdonar y de consagrar por el mérito de sus virtudes, o por su capacidad intelectual, o por su apellido; los tendría porque los recibió de Jesucristo. Si los ejerciera estando en pecado mortal cometería, sin duda, un horrible sacrilegio pero igual perdonaría e igual consagraría porque lo haría en la persona de Cristo. El agua pasa tanto por un caño de plata como por uno de plomo. El «agua viva» de la gracia de Dios pasa tanto a través de un sacerdote santo como a través de uno pecador.

        Excusarse de ir a la iglesia para cumplir con Dios porque tal o cual sacerdote es malo es una insensatez, ya que «cada uno dará cuenta a Dios de sí mismo» (Ro 14, 12). Dios nos va a pedir cuentas del mal que nosotros hagamos y del bien que dejemos de hacer, no del mal que hagan o del bien que dejen de hacer otros, aunque sean sacerdotes. Cuando los hombres se presenten delante del «tribunal de Cristo para que reciba cada cual según lo que hubiese hecho» (2 Co 5,10), no va a valerles de nada la excusa de que «no hice bien porque otros hacían mal». Dios «dará a cada uno según sus obras» (Ro 2, 6) y no según las obras de los demás.

        Siempre hay que pedir a Dios por los sacerdotes, para que sean santos, cumpliendo con fidelidad su mi­sión, y para que los jóvenes no sean sordos si Dios los llama al sacerdocio, ya que «el sembrado es mucho y los cosechadores pocos» (Lc 10, 2). No hay que dejar de orar a Dios para que los sacerdotes sean «más limpios y resplandecientes que los rayos del sol»,[1] para que no olviden que son «los ojos de la Iglesia, cuyo oficio es llorar los males todos que vienen al cuerpo» (San Juan de Ávila),[2] para que sean siempre guías seguros que nos lleven por el camino que va al Cielo, pastores que nos conduzcan a los buenos pastos de la doctrina de Cristo y estén dispuestos a dar «su vida por las ovejas» (Jn 10, 11), si fuere necesario, para apartarlas de los pastos venenosos del error y de las herejías.

VII. EL SACRAMENTO DEL MATRIMONIO

1. El matrimonio en el plan de Dios

        Dios creó al hombre, varón y mujer, para que viviendo unidos tuviesen hijos y los educasen, manifestándose el mutuo amor.

        Formar una familia es una tarea muy importante y que involucra muchas dificultades: problemas económicos, diversidades en los caracteres, de puntos de vista, sacrificios, etc.

        Nuestro Señor Jesucristo, «por el gran amor con que nos amó» (Ef 2, 4), instituyó este sacramento por el cual no sólo da la gracia de Dios a los esposos sino también una gracia especial que los capacita para afrontar todas las dificultades del hogar y para triunfar «por Aquel que nos ha amado» (Ro 8, 37). Cristo amó a la Iglesia como a su esposa. «El marido debe amar a su mujer como Cristo amó a su Iglesia y dio su vida por ella» (Ef 5, 25). La mujer debe amar a su marido como la Iglesia ama a Cristo, desde la Cruz hasta el fin de los siglos. Por eso el divorcio no es lícito.

        El matrimonio católico es aquel en el que un hombre y una mujer se unen para siempre, hasta que la muerte los separe, siendo mutuamente fieles y generosos en la transmisión de la vida.

        Pensemos que Jesús hizo su primer milagro en Caná de Galilea, precisamente en el marco de una fiesta de bodas. A pedido de la Santísima Virgen María allí convirtió el agua en vino, si no se les aguaba la fiesta a los recién casados. Desde entonces y para siempre toda familia debe ver en Jesús y María a sus mejores amigos.

2. La preparación al matrimonio: El noviazgo católico

        «Para que el “Sí” de los esposos sea un acto libre y responsable, y para que la alianza matrimonial tenga fundamentos humanos y cristianos, sólidos y estables, la preparación para el matrimonio es de primera importancia: el ejemplo y la enseñanza dados por los padres y por las familias son el camino privilegiado de esta preparación, con mayor razón en nuestra época en la que muchos jóvenes conocen la experiencia de hogares rotos que ya no aseguran suficientemente esta iniciación:

        “Los jóvenes deben ser instruidos adecuada y oportunamente sobre la dignidad, tareas y ejercicio del amor conyugal, sobre todo en el seno de la misma familia, para que, educados en el cultivo de la castidad, puedan pasar, a la edad conveniente, de un noviazgo vivido honestamente, al matrimonio”[3]».[4]

        Esto es muy importante porque en la mayoría de los casos, el fracaso matrimonial comienza en el noviazgo. Los jóvenes que creen amarse y piensan formalizar su relación a través del casamiento, deben tener presente que toda la razón de ser del noviazgo católico consiste en su ordenación al futuro matrimonio.

VIII. CONCLUSIÓN

        Acerquémonos siempre a estos ríos que bajan del Calvario trayéndonos el «agua viva» de la gracia de Dios. Sólo entonces nuestra vida merecerá ser vivida porque cada día nos aproximaremos más a Dios.


[1] San Juan Crisóstomo citado por San Juan deÁvila en Escritos Sacerdotales, Pláticas sacerdotales n.1, B.A.C., Madrid 1969, p.193; cf. San Juan Crisóstomo, De Sacerdotio 1. 6, 4 (MG 48, 681).  
[2]
Escritos sacerdotales, Pláticas sacerdotales (Segunda plática para clérigos), B.A.C, Madrid, 1969, p. 209.  
[3]
Concilio Vaticano II, Gaudium et Spes, 49, 3.  
[4]
Catecismo de la Iglesia Católica, 1632

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