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Capítulo segundo
Jesús hubiese podido determinar que el ángel fuese sacerdote en lugar del hombre. Sin embargo, eligió a este último para
que pudiese compadecerse de los ignorantes y extraviados, por cuanto él «está también
rodeado de flaqueza» (Heb 5, 2), y de entre los
hombres «eligió a los más miserables y
despreciados para confusión de los fuertes, para que tanto más luzca el poder de la
divina mano, cuanto más vil es el instrumento de que se sirve»[1] de modo que «nadie pueda gloriarse ante Dios» (1
Co 1, 29). Y les dio poderes tremendos: no sólo el poder de convertir el pan y el
vino en el Cuerpo y Sangre de Jesús, como ya vimos, sino también el poder
de perdonar los pecados: «a quien perdonéis los pecados, les serán perdonados, a
quienes se los retengáis, les serán retenidos» (Jn
20, 22-23).
Jesús sabía que muchos de sus hijos, por causa de la debilidad de la naturaleza humana,
herida por el pecado original, luego del Bautismo iban
a perder la gracia santificante pecando mortalmente, y que muchos de
ellos, arrepentidos como el hijo pródigo, querrían volver a ser amigos de Dios, a vivir unidos a Él por la Gracia.
Para hacer posible esto instituyó el sacramento de la Penitencia llamado
también Confesión o Reconciliación, que nos devuelve la gracia santificante
perdida por el pecado mortal, cuando arrepentidos confesamos los pecados
al sacerdote.
Así como solamente los sacerdotes pueden
celebrar la Santa Misa, así
solamente ellos pueden perdonar los pecados graves y mortales.
En
la Confesión hay que decir todos los pecados mortales, con su cantidad o número, contra
qué mandamiento o virtud se pecó, y las cosas que agravan el pecado, al punto de cambiar su especie. Si uno se
calla a sabiendas algún pecado grave comete un horrible sacrilegio y
no sólo no le quedan perdonados ninguno de los que confesó sino que sale con uno más:
el de sacrilegio. En ese caso en la próxima Confesión deberá acusarse de todos los
pecados anteriores, del que no confesó y del pecado de haberlo callado en la Confesión
anterior.
La
Misericordia de Dios es infinita, no tiene límites por muy grandes que
sean nuestros pecados; si verdaderamente estamos arrepentidos de ellos Dios nos perdona
de corazón. «Aunque tus pecados sean rojos como la grana, yo los volveré blancos como
la nieve» (Is 1, 18). Dios no quiere «la
muerte del pecador sino que se convierta y viva» (Ez 33, 11). Para eso vino Jesús, para salvar a
los pecadores, que «no son los
sanos los que tienen necesidad de médico sino los enfermos» (Mt 9, 12); por eso «hay más alegría en el
cielo por un pecador que se convierte que por noventa y
nueve justos que no necesitan penitencia» (Lc
15, 7). «Sólo uno podría desconfiar de obtener el perdón, y sería aquel que se sintiese más malo que bueno es el
Señor».[2]Es decir, quien creyere que la bondad del Señor no
alcanza a cubrir su maldad, tendría en muy poco e imperfecto a Dios.
Este sacramento de la Reconciliación es como la tabla a la que se prende el náufrago
para no morir ahogado; «es la última tabla de salvación en
medio de las tempestades de este mundo pervertido».[3] «La confesión es la puerta
del Cielo».[4]
¿Y si uno no
tiene pecados mortales no debe confesarse? De ninguna manera, pues aunque no sea
obligatorio es muy conveniente confesar también los pecados veniales o leves,
arrepintiéndose nuevamente de todos los pecados de la vida pasada. No hay que olvidarse
nunca que la confesión es un Sacramento que nos da la gracia de
Dios, devolviéndola si la
perdimos por el pecado mortal, aumentándola si solo pecamos venialmente.
Por eso debemos confesarnos a menudo aunque no tengamos pecados graves.
«El que quiere ser delicado y estar limpio de cuerpo en sus vestidos, ¿acaso espera
lavarse solamente cuando se encuentra recubierto de barro? Apenas le cae encima un poco de
polvo o cualquier suciedad, se lava, y aunque no esté sucio hace de tanto en tanto
limpieza general, porque así lo exige el decoro».[5]
El
primer método para que uno vaya siendo cada vez más bueno «es hacer buenas confesiones
y buenas comuniones», decía San Juan Bosco. Porque recibiendo bien estos sacramentos
uno se va haciendo santo. No por nada es Don Bosco el primer santo del siglo XX que tuvo
la gloria de ver a un discípulo suyo, el joven Santo Domingo Savio, sobre los altares;
éste último así nos alienta: «empéñate en confesarte bien, y verás de cuánta
alegría se inundará tu alma».[6]
Una de las últimas recomendaciones que San Luis, Rey de Francia,
le hizo a su hijo Felipe, fue: «confiésate a menudo».[7] «Es el medio más eficaz de todos y verdaderamente
indispensable para conservar pura y limpia nuestra conciencia».[8]
Para confesarse bien hay que hacer previamente un examen de conciencia[9] en orden a recordar los pecados cometidos, que «en pieza
donde entra mucho sol no hay telaraña escondida»,[10] decía Santa Teresa de Jesús; luego, dolerse de haber
ofendido al Señor haciendo el propósito de no volverlos a cometer con la ayuda de Dios; y, finalmente, decirlos al sacerdote,
cumpliendo luego la penitencia recibida.
Con toda confianza acudamos a los sacerdotes en la
Confesión. Es a ellos a quienes dijo Jesucristo: «lo que lo que atareis en la tierra será
atado en el Cielo y lo que desatareis en la tierra quedará desatado en el Cielo» (Mt 18, 18). El sacerdote es juez, y para «atar y
desatar» hay que conocer la soga y el nudo, es decir, los pecados, y si hay o no
arrepentimiento de los mismos.
Pero en la Confesión, además de juez, el sacerdote es médico, ¿cómo curaría el alma si
no se conoce su enfermedad? También es maestro porque enseña, aconseja y corrige,
¿cómo hacerlo si ignora lo que el penitente no sabe, lo que necesita o en lo que falta?
Y por último, es padre misericordioso, que busca el aprovechamiento espiritual de sus
hijos penitentes a quienes da el pan de la Palabra de Dios, ¿cómo hacerlo si desconoce qué es lo que
puede asimilar?
Con toda confianza, pues, hay que decirle los pecados al sacerdote en la Confesión. Él
no solamente no se los puede decir absolutamente a nadie, ni a otro sacerdote, ni al
Obispo, ni al Papa, ni a un
ángel del Cielo, sino que, incluso, no puede usar, ni siquiera para el bien de la Iglesia, lo que sabe de las personas a través del
sacramento de la Confesión.
Jesús pensó también en los enfermos. Ellos se sienten muy solos, deprimidos, sin ganas
de luchar y tienen muchas tentaciones. Para ellos instituyó el sacramento de la Unción de los
Enfermos, que les da el perdón de los pecados, el aumento de la gracia, alivio en el dolor, compañía en la
soledad, fuerza en la tentación,
y la salud del cuerpo si así conviene a la salvación del alma.
«¿Alguno entre vosotros enferma? Haga llamar a los presbíteros de la Iglesia y
recen sobre él, ungiéndolo con óleo en el nombre del Señor, y la oración de
la fe salvará al enfermo y el Señor le hará
levantarse y los pecados que hubiera cometido le serán perdonados» (Sant 5, 14).
La
familia no debe esperar el último momento, cuando el
enfermo ya está moribundo, para llamar al sacerdote. Por eso ahora no se prefiere llamar
a este sacramento como se lo llamaba antes, con el nombre de «Extremaunción», para que no pensemos que se trata de un
sacramento reservado a los que ya no tienen más esperanza de vivir. De
ninguna manera: es para los enfermos de cierta gravedad.
El
demonio, que sabe los beneficios
inmensos que aporta al enfermo este sacramento, sugiere falsas razones para que los
familiares no llamen a tiempo al sacerdote.
Una de esas falsas razones es: «el enfermo se va a asustar». Es una gran mentira,
invento del «padre de la mentira» (Jn 8, 44);
muy por el contrario, el enfermo encuentra paz y alivio. ¡Cuántos sufren mucho en atroz
agonía y sólo se pacifican cuando llega el sacerdote! ¡Señal de que lo estaban
esperando! Y si llegasen a asustarse cosa que no ocurre es preferible ir al
Cielo, un poco asustado, y no condenarse en el Infierno, por toda la eternidad, sin susto.
Este sacramento es «grande a la verdad y muy apetecible misterio, por el que, si se pide
con fe, se perdonan los pecados,
y consiguientemente se restituye la salud corporal...».[11]
«La vida cristiana no está completa sin esta
conversión constante, y la conversión no es plenamente auténtica sin el sacramento de
la penitencia. Queridos jóvenes: Cristo quiere
ir a encontrarse con vosotros personalmente con regularidad y frecuencia en un encuentro personal
de misericordia amorosa, perdón y
curación. Quiere sosteneros en vuestra debilidad y manteneros en alto levantándoos y
acercándoos a su corazón. Como he dicho en mi encíclica Redemptor hominis, el encuentro en este sacramento
es un derecho que pertenece a Cristo y a cada uno de vosotros (cfr. núm. 20). Por eso el
Papa habla
muy en serio cuando os dice ahora: No privéis a Cristo de su derecho en este sacramento y
no renunciéis nunca a este derecho vuestro».
Juan Pablo II,
A los jóvenes peregrinos de Dublín, Irlanda,
21 de septiembre de 1980.
[1] Nicolás Mascardi, S.I, Carta y Relación (1670) en: Guilermo Furlong, Nicolás Mascardi, S.I, y su Carta -Relación
(1670), Ed. Theoría, Buenos Aires, 1995, pp. 130-131
[2] Frigel Grazioli, Modelo de Confesores, Ed. Ibérica, Madrid, 1944,
p. 85.
[3] San Pedro Julián Eymard, op. cit., p. 1093.
[4] San Antonio de Padua, Sermón acerca del alma penitente,
II, 19; en Los Sermones, t. I, ed. El Mensajero de San
Antonio, Buenos Aires, 1995, p. 97.
[5] Frigel
Grazioli, Modelo de Confesores, Ed. Ibérica, Madrid, 1944,
p. 98.
[6] San Juan Bosco, Vida de Domingo Savio, cap. XII.
[7] Testamento
espiritual a su Hijo.
[8] Frigel Grazioli, Modelo de Confesores, Ed. Ibérica, Madrid, 1944,
p. 96.
[9] Puede guiarte del examen de conciencia de
la página 218.
[10] Libro de la Vida, c. 19, 2.
[11] Concilio de Pavía, Del Sacramento de la Extremaunción, Dz. 315.
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