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Capítulo primero
LOS SACRAMENTOS DE LA INICIACION CRISTIANA
Los Sacramentos son
signos sensibles y eficaces de la gracia producen
lo que significan instituidos por Jesucristo para santificarnos. Junto con la gracia
nos dan los dones y virtudes que la acompañan siempre.
«Los
sacramentos de la Nueva Ley fueron instituidos por Cristo, y son siete, a saber, Bautismo, Confirmación, Eucaristía, Penitencia, Unción de los enfermos, Orden sacerdotal y Matrimonio. Los siete sacramentos corresponden a todas
las etapas y todos los momentos importantes de la vida del cristiano: dan nacimiento y
crecimiento, curación y misión a la vida de fe de los
cristianos. Hay aquí una cierta semejanza entre las etapas de la vida natural y las
etapas de la vida espiritual».[1]
De los siete sacramentos, cuatro se pueden recibir muchas veces: la Comunión, la
Confesión, la Unción de los Enfermos, el Matrimonio (en caso de
muerte de un cónyuge); tres sólo se pueden recibir una
sola vez: el Bautismo, la
Confirmación, y el Orden
Sagrado.
Estos últimos
se reciben una sola vez porque imprimen carácter, es decir, un sello imborrable que nada
ni nadie puede quitar, y que en el Cielo será un motivo más de gloria, y en el Infierno un
motivo más de confusión porque nos recordará que pudiendo haber sido fieles
traicionamos a Cristo por el pecado, y en cambio de una eternidad de gloria tenemos que
sufrir, por culpa nuestra, una eternidad de condenación.
Es el primero y más necesario de los sacramentos, que nos hace hijos de Dios, templos vivos del Espíritu Santo y
herederos del Cielo. El Bautismo borra el pecado original y,
si el bautizado es un adulto, todos los pecados mortales y veniales que haya cometido con
tal de que esté arrepentido de ellos; e infunde en nuestra alma la gracia de
Dios con las virtudes y los dones.
El Bautismo es
un nacimiento a la vida sobrenatural. Por eso enseña Jesús: «quien no naciere del agua y
del Espíritu Santo, no puede
entrar en el reino delos Cielos» (Jn 3,5). El
agua toca nuestro cuerpo, el Espíritu Santo transforma nuestra alma.
Por el Bautismo somos
injertados en Cristo, como las
ramas en el tronco de la vid, y participamos así en su misma Vida Divina.
Es tan
importante y necesario el Bautismo que sin él
no hay normalmente salvación. Por eso, en caso de peligro de muerte cualquiera
puede y debe bautizar. Se hace derramando agua natural sobre la cabeza del que se bautiza,
al mismo tiempo que se dice. «N.N., yo te bautizo en el nombre del Padre y
del Hijo y del Espíritu Santo»,
con intención de hacer lo que hace la Iglesia.
Por el Bautismo nos
comprometemos a vivir de un modo digno de Cristo ya que, en
cierto modo, somos «otros cristos» por la gracia, por ser miembros de su Cuerpo, debiendo mostrar a todos
con nuestro modo de vivir que Cristo vive en nosotros.
II. EL SACRAMENTO DE LA
CONFIRMACIÓN
En la Confirmación se da el Espíritu Santo para el
testimonio intrépido, «como les fue dado a los apóstoles el día de
Pentecostés, de modo que el
cristiano confiese verdaderamente el nombre de Cristo».[2]
Los Apóstoles no se contentaron con recibir el Espíritu Santo. Por indicación de Cristo lo
comunicaron a los demás mediante la imposición de las manos. Leemos, por ejemplo en los
Hechos, que cuando los apóstoles se enteraron de que unos discípulos habían sido
tan sólo bautizados «oraron sobre ellos para que recibieran el Espíritu Santo...
Entonces les impusieron las manos y recibieron el Espíritu Santo» (He 8, 15-17) o sea, los confirmaron.
El día de
Pentecostés los Apóstoles recibieron
el Espíritu Santo y enseguida se lanzaron a predicar el Evangelio
con todo valor.
Antes de
recibirlo eran, en cambio, cobardes ya que se ocultaban por temor a los judíos.
Gracias al
Espíritu Santo que recibimos en el sacramento de la Confirmación también
nosotros nos hacemos valientes soldados de Jesucristo.
III. EL SACRAMENTO DE LA
EUCARISTÍA
Conociendo
nuestra debilidad quiso Nuestro Señor Jesucristo instituir un sacramento, a modo de
alimento espiritual, que nos diese fuerza y vigor; rebozando su corazón de amor, «habiendo amado a los suyos que estaban en
el mundo los amó hasta el fin» (Jn 13, 1).
Quiso quedarse Él mismo presente en este Sacramento para estar con nosotros «hasta el
fin del mundo» (Mt 28, 20); más aún, quiso
dejárnoslo como sacrificio perpetuo ofrecido a Dios para reparar
por nuestros pecados.
En el Santo
Sacrificio de la Misa se realiza
la Eucaristía. La fórmula de
la Consagración, que es el momento más importante y solemne de la Misa, expresa las tres
verdades fundamentales de la fe católica acerca de la Eucaristía. Porque la
Eucaristía es: Sacramento, Presencia real y
Sacrificio. Analicemos esta fórmula:
«Tomad y comed»..., «Tomad y
bebed»... La Eucaristía es Sacramento, alimento espiritual, renovación de
la última Cena, Banquete Celestial para nuestra santificación: «Mi carne es verdadera
comida y mi sangre es verdadera bebida» (Jn 6,
55).
«porque esto es mi cuerpo», «porque esta es
mi sangre»: La Eucaristía es Presencia real de
Cristo. Él mismo, con su cuerpo
y su sangre, con su alma y su divinidad, está presente en este Sacramento
que no sólo nos da la Gracia sino también al Autor de la Gracia: «el que come mi carne
y bebemi sangre tiene la vida eterna» (Jn6,
54).
«que será entregado», «que será
derramada»...: Las expresiones «cuerpo entregado, sangre derramada» expresan el
carácter de Sacrificio que tiene la Eucaristía. En ella Cristo se inmola
para expiar nuestros pecados así como para aplacar la justa ira de Dios, volviéndolo propicio y clemente,
satisfaciendo (inclusive) por las almas del Purgatorio. «El pan que yo os daré es mi carne para la vida del
mundo» (Jn 6, 51). La Eucaristía es la
renovación del Sacrificio de la Cruz y tiene por
fin, como la Cruz misma, la glorificación de Dios y santificación de los hombres.
Podemos agregar que las palabras: «Haced esto en conmemoración mía», nos recuerda que sólo puede celebrar la Eucaristía quien recibió los poderes apostólicos por la ordenación sacerdotal.
II. Institución
de la Eucaristía
Jesús fue
preparando durante su vida pública a los Apóstoles para que
pudieran entender lo que es este Sacramento, corazón y centro de la Iglesia Católica. Los fue preparando por medio de los
milagros de la conversión del agua en vino[3] y de la multiplicación de los panes[4] como para que entendiesen que también tenía poder para
convertir el vino en su Sangre y hacer presente su Cuerpo bajo la apariencia de
pan en los miles y miles de lugares del mundo donde se celebra la Santa Misa; los preparó también por medio de su
palabra especialmente en el Sermón de la Eucaristía.[5] Luego de esta larga preparación, instituyó solemnemente
la Eucaristía en la Última Cena, la consumó en el sacrificio en la Cruz y
mandó se perpetuase sobre nuestros altares «hasta que Él vuelva» (1 Co 11, 26).
III. El Santo
Sacrificio de la Misa
La Santa Misa es un sólo acto de culto que consta de dos partes: la primera, en torno a la Palabra de Dios, porque en ella se leen y explican diversos textos de la Sagrada Escritura. La segunda es la principal, en torno a la Eucaristía y al Sacrificio, y consta de tres momentos importantes:
1. la
presentación de los dones u Ofertorio: en que se ofrece a Dios el
pan y el vino que luego se convertirán en el Cuerpo y la Sangre de Jesús;
2. la Consagración: donde por
las palabras del sacerdote, Cristo renueva su
inmolación, y el pan y el vino se convierten en el Cuerpo y la Sangre de
Jesús. Aquí Cristo baja al altar.
3. la Comunión: donde
recibimos el Cuerpo y Sangre de Jesús realmente presente bajo la apariencia de
pan y vino. En ese momento Cristo baja a nuestro corazón.
b) El mismo Sacrificio de la Cruz
El Santo
Sacrificio de la Misa es el mismo
Sacrificio de la Cruz, aunque
sin derramamiento de sangre. Una y la misma es la Víctima sacrificada y ofrecida, y uno y
el mismo es el Sacerdote que se ofrece; uno y el mismo el acto oblativo. En
la Cruz la Víctima es Cristo y en la Misa es también Cristo la víctima
inmolada. En la Cruz es Cristo el Sumo y Eterno Sacerdote que se ofrece a Sí mismo, y
también en la Misa es Cristo el Sacerdote principal. El mismo acto por el que se ofrece
en la Cruz, se perpetúa en la Misa.
¿Cuál es
entonces el papel del sacerdote que celebra la Misa? El de representar a Cristo. Por eso cuando consagra el pan no dice: «esto es el
cuerpo de Cristo» sino «esto es mi Cuerpo», no evidentemente porque el pan se convierta
en su cuerpo sino porque el sacerdote está actuando en persona de Cristo, haciendo sus
veces, ocupando su lugar, representándolo, actuando en su nombre y con su poder. De tal
manera es Cristo el Sacerdote principal, que en lo esencial el efecto de la Misa
no depende de la mayor o menor virtud del sacerdote visible: «Ni el buen sacerdote hace
más ni el malo menos»[6] ya que el Sacrificio de la Misa
no depende de los méritos o santidad de los sacerdotes secundarios
sino de la virtud, méritos, santidad y poder de Cristo nuestro Señor, Sumo y Eterno
Sacerdote.
De ahí el
valor supremo e infinito de la Santa Misa, porque es el Sacrificio de Dios hecho
hombre. Si sumásemos todos los
sacrificios de los hombres, por
grandes que sean, nada son en comparación con la Misa. «¡Oh, si supieseis el valor de una Santa Misa!»
(Beato Luis Guanella).[7] Cuando vamos a la Santa Misa debemos llevar y ofrecer
nuestros propios sacrificios para que puestos en contacto con el Sacrificio de Cristo, adquieran valor para la vida eterna
completando así en nosotros «lo que falta a la Pasión de Cristo» (Col 1, 24).
c) Diferencias entre la Misa y la Cruz
Las diferencias que hay entre el Sacrificio de la Cruz y
el Sacrificio de la Misa son secundarias:
1. En la Cruz, Cristo padece,
muere y derrama sangre: es un sacrificio cruento; en
la Misa, Cristo resucitado «ya
no muere» (Ro 6, 9), no padece ni derrama
sangre: es un sacrificio incruento.
2. En la Cruz
3. Cristo en
la Cruz, suspendido entre el
cielo y la tierra, une a Dios con los
hombres y a los hombres con Dios, al adquirir para todos
las gracias necesarias para su salvación; Cristo en la Misa, nuevamente suspendido entre el cielo y la tierra, aunque
esta vez por las manos del sacerdote, continúa obrando la salvación de los hombres
uniéndolos a Dios, aplicándoles y distribuyéndoles en cada Misa esas gracias que Él
ganó de «una vez para siempre» (Heb 7, 17) en
el ara de la Cruz.
d) Esencia del Sacrificio de la Misa
La acción
sacrificial se realiza en el momento de la Consagración donde se representa místicamente
la separación del Cuerpo y de la Sangre de Cristo que
se efectuó realmente en el Sacrificio de la Cruz. Esto se representa por el hecho de que el
sacerdote consagra separadamente el pan y el vino: al consagrar el pan se hace
directamente presente el Cuerpo de Cristo por razón de las mismas palabras de la
Consagración, y al consagrar el vino se hace directamente presente la Sangre de Cristo
por razón de las mismas palabras. Cuerpo por un lado y la Sangre por otro en todos los
idiomas del mundo significa derramamiento de sangre, sacrificio. El sacerdote, al consagrar las especies de pan yvino,
separa «con tajo incruento el Cuerpo y la Sangre del Señor, usando de su voz como de una
espada».[8]
Decimos «tajo
incruento» y que se «representa místicamente» porque, por razón de las palabras, bajo
la especie de pan está presente el Cuerpo de Cristo y bajo la
especie de vino está presente la Sangre de Cristo,
pero en razón de una ineludible concomitancia y por ser Cuerpo de Cristo un cuerpo vivo,[9] bajo la especie de pan también está presente la Sangre
de Cristo, su Alma y su Divinidad, y bajo la especie de vino está también presente el
Cuerpo y su Alma y su Divinidad. De tal manera que Cristo íntegro está presente bajo
cada una de las dos especies.
No todos los
panes ni cualquier pan es el Cuerpo de Cristo. No todo vino ni cualquier vino es la Sangre de
Cristo. Sólo y únicamente por la Consagración en la Santa Misa se
convierten el pan y el vino en el Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad de Nuestro Señor
Jesucristo.
e) Presencia de Cristo en la Eucaristía
Jesús está
presente bajo los accidentes de pan y de vino, pero no de cualquier manera: «está
presente verdadera, real y sustancialmente».[10]
1- Presencia verdadera
Besamos nosotros la foto
de algún familiar ausente o difunto porque de alguna manera con su figura está presente.
Así saludamos a nuestra bandera porque ella simboliza a la Patria que, de algún modo,
está presente en sus colores.
De esta manera
no está presente Jesucristo en el sacramento del altar, sino que lo está de manera
verdadera. Cuando volvés del colegio y entrás a tu casa no besás el cuadro con la foto
de tu mamá, sino que la besás a ella. ¿Por qué? Porque en la foto está meramente su
figura, en cambio ella está verdaderamente presente tan sólo en el lugar donde se
encuentra. Por eso cuando entrás en una Iglesia lo primero
que hacés es adorar a Jesús verdaderamente presente en el Sagrario. En las imágenes
está sólo su figura, por ejemplo, en el crucifijo. Por eso al entrar en una Iglesia,
luego de santiguarte, lo primero que debés hacer es buscar el Sagrario. Junto a él hay
una lámpara que está permanentemente encendida, llamada lámpara del Santísimo, porque
tiene por finalidad indicarnos: «Aquí está el Santísimo Sacramento, aquí está
Nuestro Señor Jesucristo», y ya que no podemos estar todo el día junto a Jesús
tenemos que dormir, comer, trabajar, etc. esa lámpara nos representa a
nosotros y expresa nuestro deseo de no separarnos jamás del buen Jesús. Luego de
encontrar el Sagrario debés hacer una genuflexión, que consiste en doblar la rodilla
derecha hasta tocar el suelo, reconociendo tu bajeza y adorando su grandeza. Es el saludo
que siempre hay que hacer a Jesús presente verdaderamente en el Sagrario y hay que
hacerlo al entrar, al salir y cuantas veces se pase delante de Él.
2- Presencia real
Cristo está,
pues, verdaderamente presente. Pero hay algo más. Decimos con la Iglesia que
está realmente presente. ¿Qué quiere decir «realmente»? Pongamos un ejemplo. Puedo
ahora imaginarme que ha entrado un ladrón en casa; ese ladrón de alguna manera está
presente en casa, a lo menos en mi imaginación, ya que de hecho empiezo a tener miedo, a
transpirar, me tiemblan las piernas, se aceleran los latidos del corazón, pero esto sólo
sucede en mi imaginación; en realidad no hay ningún ladrón en casa. No está así
Cristo presente en la Eucaristía,
en la pura imaginación. Está presente, no porque yo así lo piense o me lo imagine, sino
porque realmente lo está. Prescindiendo de mi fe o de lo que
considere mi entendimiento, al margen de mi espíritu y de toda sugestión, Cristo se
encuentra realmente presente bajo la apariencia de pan y vino, porque Él así lo ha dicho
y la Iglesia Católica así lo enseña.
3- Presencia sustancial
Cristo está, pues, verdadera y realmente presente. Pero esto no es todo. Está también presente de manera sustancial. Para entender esto pongamos otro ejemplo. Por el hecho de que una usina eléctrica produce electricidad que consume la lámpara que me ilumina, de alguna manera esa usina está presente aquí en mi habitación. Está presente en sus efectos, pues gracias a ella tengo luz. Algunos herejes dijeron que Cristo estaba presente tan sólo de esa manera en el Sacramento Eucarístico, por los efectos buenos que el alma recibe: cuando uno comulga se hace más bueno, más amable, se fortifica el alma, como si sólo recibiésemos una fuerza o poder que procede del cuerpo glorificado de Cristo (que está en el Cielo) y no recibiésemos la misma sustancia del cuerpo glorificado de Cristo presente en la Eucaristía. Ahora bien, nuestra fe nos enseña que Cristo está presente no sólo por los efectos buenos que produce en nuestra alma «como la usina en la lámpara» sino que está presente sustancialmente. No sólo iluminando sino como fuente de toda luz: «Yo soy la luz del Mundo» (Jn 8, 12).
4- Modo en que se hace presente
Nuestro Señor
Jesucristo está presente verdadera, real y sustancialmente, bajo el aspecto de pan y
vino, por convertirse la sustancia del pan y del vino en su Cuerpo y su Sangre. Este tránsito o paso de la sustancia del
pan y del vino que desaparece totalmente para convertirse en el Cuerpo, Sangre, Alma y
Divinidad de Nuestro Señor Jesucristo se llama: Transubstanciación (tránsito o paso de
una sustancia a otra).
Permanecen las
apariencias, también llamadas especies o accidentes, a saber: el olor, el color, el
sabor, el gusto, el tamaño, el peso, la medida, la figura. Lo único que se convierte es
la sustancia. De tal manera que con nuestros sentidos, la vista, el olfato, el tacto, el
gusto, seguimos viendo, oliendo, tocando, gustando lo mismo después de la Consagración
que antes de ella, porque las especies no cambian. Lo que cambia es la sustancia.
f) La Eucaristía como Sacramento
Cuando
recibimos a Jesucristo bajo la apariencia de pan y vino decimos que recibimos la
Comunión, porque al recibir a Jesús nos unimos a El muy íntimamente y también nos
unimos más que antes con todos los hombres y mujeres
católicos que están en gracia de Dios. Comunión quiere decir «común unión»: de nosotros
con Cristo y con nuestros hermanos.
1- Disposiciones para recibir la Eucaristía
Para recibir a Jesús en la Comunión nuestra alma debe estar limpia de todo pecado grave. Si hemos cometido pecado grave o mortal antes de comulgar debemos confesarnos. No basta con estar arrepentidos. Quien teniendo pecado mortal se acerca a comulgar comete un horrible sacrilegio, por eso «el que coma el pan o beba la copa del Señor indignamente tendrá quedar cuenta del Cuerpo y la Sangre del Señor. Que cada uno se examine a sí mismo antes de comer este pan y beber de esta copa; porque si come y bebe sin discernir el Cuerpo del Señor, come y bebe su propia condenación. Por eso, entre vosotros hay muchos enfermos y débiles y son muchos los que han muerto» (1 Co 11, 27-30).
No es necesario
confesarse siempre antes de comulgar. Sólo hay obligación de hacerlo cuando hay pecado grave.
Los pecados leves o veniales se perdonan también con sólo arrepentirse, con las buenas
obras, con el uso del agua bendita, con las mismas oraciones de la Santa Misa, etc.
No debemos comer ni tomar
nada excepto agua desde una hora antes de la Comunión. Así hacemos para
mostrar nuestro respeto por el Señor. Hay que saber a quién se va a recibir y acercarse
a comulgar con devoción.
Es conveniente
que recibamos frecuentemente la Sagrada Comunión porque necesitamos el alimento
espiritual para vencer las tentaciones, para no desfallecer en el camino al Cielo, para
practicar todas las virtudes y acrecentar la gracia en nuestra
alma. Pensemos que aun el
mínimo aumento de la gracia de uno solo «es mayor que el bien natural de todo el
universo».[11] Gracias a la Eucaristía nos unimos a
Cristo y vivimos por Él: «quien me coma vivirá por
mí» (Jn 6, 57). Imitemos lo que han hecho los
Santos: «recibir frecuentemente la Comunión».[12] San Cayetano decía: «No estaré satisfecho sino hasta
que vea a los cristianos acercarse al Banquete Celestial con sencillez de niños
hambrientos y gozosos, y no llenos de miedos y falsa vergüenza».[13]Y por ello San Juan Bosco, el apóstol de los jóvenes, insistía: «Dicen algunos que para
comulgar a menudo es menester ser santo. ¡No es verdad! Esto es un engaño. La Comunión
es para aquel que quiere hacerse santo, no para los santos; los remedios se dan a los
enfermos, el alimento se da los débiles. ¡Cuán feliz sería si pudiese ver encendido en
vosotros aquel fuego que el Señor vino a traer a la tierra!».[14]
«La Comunión
nos es necesaria como la respiración a los pulmones» (San Pedro Julián
Eymard).[15]
¡Cada vez que uno tome parte en el Santo Sacrificio de la Misa debería
comulgar! Y si no es posible comulgar sacramentalmente por carecer de las debidas
disposiciones del alma, se debe
hacer por lo menos, una comunión espiritual diciendo:
«Creo, Jesús mío, que estás realmente presente en el Santísimo Sacramento del Altar. Te amo sobre todas las cosas y deseo recibirte en mi alma. Pero como ahora no puedo recibirte sacramentado, ven a lo menos espiritualmente a mi corazón... Y como si ya te hubiese recibido, te abrazo y me uno todo a Vos. No permitas, Señor, que jamás me separe de Ti. Amén».[16]
Con ésta u
otra fórmula uno puede hacer la comunión espiritual varias veces al día, al pasar
delante de una iglesia católica, en los momentos de tentaciones, al levantarse, al acostarse, o sea, en cualquier momento
y lugar.
3- Visitas al Santísimo Sacramento
Así como visitamos a nuestros
familiares y amigos debemos visitar a Jesús que nos espera en el Sagrario, y hablarle
de nuestras cosas, pedirle lo que necesitamos, y adorarlo como hicieron en el pesebre de
Belén la Santísima Virgen y San José, los pastorcitos y los Reyes Magos, los
ángeles y los hombres.
San Juan Bosco aconsejaba a los jóvenes: «La visita a Jesús Sacramentado
es un medio demasiado necesario para vencer al demonio. Id a menudo a visitar a Jesús y el
demonio no os pondrá vencer».[17]
En la medida en que
amemos a Jesús será el número de «visitas» que le haremos. Aunque duren un minuto
tienen sabor a eternidad. Desde joven debes acostumbrarte a hacerle a Jesús sacramentado
muchas «visitas» y así te irás preparando para que puedas tener la dicha inmensa y la
enorme alegría de adorar a Jesús durante una noche entera, en lo que se llama la
«Adoración nocturna».
[1] Catecismo
de la Iglesia Católica, 1210; cf. Santo
Tomás, Suma Teológica III, 65, 1.
[2] Concilio de Florencia, Dz. 697.
[3] Cf. Jn 2,1-11.
[4] Cf. Mt 14, 13-21;15, 32-39.
[5] Cf. Jn 6,25-71.
[6] Inocencio III, Carta «Eius
Exemplus», Dz. 424.
[7] El siervo de la Caridad, ed.
Tamborini, Madrid 1980, p. 201.
[8] San Gregorio Nacianceno, Enchiridium Patrísticum 171.
[12] San Juan Bosco,
Reglamento 98.
[13] Citado en: Alban Butler, Vidas
de los Santos, vol. III, op. cit.,
p. 277.
[14] Lemoyne, Memorias
Biográficas de Don Bosco, VII, 678-679.
[15] Obras Eucarísticas, ed. Eucaristía, Madrid,
1963, p. 567.
[16] San Alfonso María de Ligorio, Visitas al Santísimo Sacramento y a María Santísima.
Acto para la comunión espiritual, ed. Rialp, Madrid, 1965, p. 41.
[17]Memorias Biográficas, VIII, 49.
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