Página Principal Padre Carlos M. Buela Indice del Catecismo


Capítulo primero

LOS SACRAMENTOS DE LA INICIACION CRISTIANA

 

        Los Sacramentos son signos sensibles y eficaces de la gracia –producen lo que significan– instituidos por Jesucristo para santificarnos. Junto con la gracia nos dan los dones y virtudes que la acompañan siempre.

        «Los sacramentos de la Nueva Ley fueron instituidos por Cristo, y son siete, a saber, Bautismo, Confirmación, Eucaristía, Penitencia, Unción de los enfermos, Orden sacerdotal y Matrimonio. Los siete sacramentos corresponden a todas las etapas y todos los momentos importantes de la vida del cristiano: dan nacimiento y crecimiento, curación y misión a la vida de fe de los cristianos. Hay aquí una cierta semejanza entre las etapas de la vida natural y las etapas de la vida espiritual».[1]

        De los siete sacramentos, cuatro se pueden recibir muchas veces: la Comunión, la Confesión, la Unción de los Enfermos, el Matrimonio (en caso de muerte de un cónyuge); tres sólo se pueden recibir una sola vez: el Bautismo, la Confirmación, y el Orden Sagrado.

        Estos últimos se reciben una sola vez porque imprimen carácter, es decir, un sello imborrable que nada ni nadie puede quitar, y que en el Cielo será un motivo más de gloria, y en el Infierno un motivo más de confusión porque nos recordará que pudiendo haber sido fieles traicionamos a Cristo por el pecado, y en cambio de una eternidad de gloria tenemos que sufrir, por culpa nuestra, una eternidad de condenación.

I. EL SACRAMENTO DEL BAUTISMO

        Es el primero y más necesario de los sacramentos, que nos hace hijos de Dios, templos vivos del Espíritu Santo y herederos del Cielo. El Bautismo borra el pecado original y, si el bautizado es un adulto, todos los pecados mortales y veniales que haya cometido con tal de que esté arrepentido de ellos; e infunde en nuestra alma la gracia de Dios con las virtudes y los dones.

        El Bautismo es un nacimiento a la vida sobrenatural. Por eso enseña Jesús: «quien no naciere del agua y del Espíritu Santo, no puede entrar en el reino delos Cielos» (Jn 3,5). El agua toca nuestro cuerpo, el Espíritu Santo transforma nuestra alma.

        Por el Bautismo somos injertados en Cristo, como las ramas en el tronco de la vid, y participamos así en su misma Vida Divina.

        Es tan importante y necesario el Bautismo que sin él no hay normalmente salvación. Por eso, en caso de peligro de muerte cualquiera puede y debe bautizar. Se hace derramando agua natural sobre la cabeza del que se bautiza, al mismo tiempo que se dice. «N.N., yo te bautizo en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo», con intención de hacer lo que hace la Iglesia.

        Por el Bautismo nos comprometemos a vivir de un modo digno de Cristo ya que, en cierto modo, somos «otros cristos» por la gracia, por ser miembros de su Cuerpo, debiendo mostrar a todos con nuestro modo de vivir que Cristo vive en nosotros.

II. EL SACRAMENTO DE LA CONFIRMACIÓN

        En la Confirmación se da el Espíritu Santo para el testimonio intrépido, «como les fue dado a los apóstoles el día de Pentecostés, de modo que el cristiano confiese verdaderamente el nombre de Cristo».[2]

        Los Apóstoles no se contentaron con recibir el Espíritu Santo. Por indicación de Cristo lo comunicaron a los demás mediante la imposición de las manos. Leemos, por ejemplo en los Hechos, que cuando los apóstoles se enteraron de que unos discípulos habían sido tan sólo bautizados «oraron sobre ellos para que recibieran el Espíritu Santo... Entonces les impusieron las manos y recibieron el Espíritu Santo» (He 8, 15-17) o sea, los confirmaron.

        El día de Pentecostés los Apóstoles recibieron el Espíritu Santo y enseguida se lanzaron a predicar el Evangelio con todo valor.

        Antes de recibirlo eran, en cambio, cobardes ya que se ocultaban por temor a los judíos.

        Gracias al Espíritu Santo que recibimos en el sacramento de la Confirmación también nosotros nos hacemos valientes soldados de Jesucristo.

III. EL SACRAMENTO DE LA EUCARISTÍA

I. Introducción

        Conociendo nuestra debilidad quiso Nuestro Señor Jesucristo instituir un sacramento, a modo de alimento espiritual, que nos diese fuerza y vigor; rebozando su corazón de amor, «habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo los amó hasta el fin» (Jn 13, 1). Quiso quedarse Él mismo presente en este Sacramento para estar con nosotros «hasta el fin del mundo» (Mt 28, 20); más aún, quiso dejárnoslo como sacrificio perpetuo ofrecido a Dios para reparar por nuestros pecados.

        En el Santo Sacrificio de la Misa se realiza la Eucaristía. La fórmula de la Consagración, que es el momento más importante y solemne de la Misa, expresa las tres verdades fundamentales de la fe católica acerca de la Eucaristía. Porque la Eucaristía es: Sacramento, Presencia real y Sacrificio. Analicemos esta fórmula:

– «Tomad y comed»..., «Tomad y bebed»... La Eucaristía es Sacramento, alimento espiritual, renovación de la última Cena, Banquete Celestial para nuestra santificación: «Mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida» (Jn 6, 55).

– «porque esto es mi cuerpo», «porque esta es mi sangre»: La Eucaristía es Presencia real de Cristo. Él mismo, con su cuerpo y su sangre, con su alma y su divinidad, está presente en este Sacramento que no sólo nos da la Gracia sino también al Autor de la Gracia: «el que come mi carne y bebemi sangre tiene la vida eterna» (Jn6, 54).

– «que será entregado», «que será derramada»...: Las expresiones «cuerpo entregado, sangre derramada» expresan el carácter de Sacrificio que tiene la Eucaristía. En ella Cristo se inmola para expiar nuestros pecados así como para aplacar la justa ira de Dios, volviéndolo propicio y clemente, satisfaciendo (inclusive) por las almas del Purgatorio. «El pan que yo os daré es mi carne para la vida del mundo» (Jn 6, 51). La Eucaristía es la renovación del Sacrificio de la Cruz y tiene por fin, como la Cruz misma, la glorificación de Dios y santificación de los hombres.

Podemos agregar que las palabras: «Haced esto en conmemoración mía», nos recuerda que sólo puede celebrar la Eucaristía quien recibió los poderes apostólicos por la ordenación sacerdotal.

II. Institución de la Eucaristía

        Jesús fue preparando durante su vida pública a los Apóstoles para que pudieran entender lo que es este Sacramento, corazón y centro de la Iglesia Católica. Los fue preparando por medio de los milagros de la conversión del agua en vino[3] y de la multiplicación de los panes[4] como para que entendiesen que también tenía poder para convertir el vino en su Sangre y hacer presente su Cuerpo bajo la apariencia de pan en los miles y miles de lugares del mundo donde se celebra la Santa Misa; los preparó también por medio de su palabra especialmente en el Sermón de la Eucaristía.[5] Luego de esta larga preparación, instituyó solemnemente la Eucaristía en la Última Cena, la consumó en el sacrificio en la Cruz y mandó se perpetuase sobre nuestros altares «hasta que Él vuelva» (1 Co 11, 26).

III. El Santo Sacrificio de la Misa

a) Partes de la Misa

        La Santa Misa es un sólo acto de culto que consta de dos partes: la primera, en torno a la Palabra de Dios, porque en ella se leen y explican diversos textos de la Sagrada Escritura. La segunda es la principal, en torno a la Eucaristía y al Sacrificio, y consta de tres momentos importantes:

1. la presentación de los dones u Ofertorio: en que se ofrece a Dios el pan y el vino que luego se convertirán en el Cuerpo y la Sangre de Jesús;
2. la Consagración: donde por las palabras del sacerdote, Cristo
 renueva su inmolación, y el pan y el vino se convierten en el Cuerpo y la Sangre de Jesús. Aquí Cristo baja al altar.
3. la Comunión: donde recibimos el Cuerpo y Sangre
 de Jesús realmente presente bajo la apariencia de pan y vino. En ese momento Cristo baja a nuestro corazón.

b) El mismo Sacrificio de la Cruz

        El Santo Sacrificio de la Misa es el mismo Sacrificio de la Cruz, aunque sin derramamiento de sangre. Una y la misma es la Víctima sacrificada y ofrecida, y uno y el mismo es el Sacerdote que se ofrece; uno y el mismo el acto oblativo. En la Cruz la Víctima es Cristo y en la Misa es también Cristo la víctima inmolada. En la Cruz es Cristo el Sumo y Eterno Sacerdote que se ofrece a Sí mismo, y también en la Misa es Cristo el Sacerdote principal. El mismo acto por el que se ofrece en la Cruz, se perpetúa en la Misa.

        ¿Cuál es entonces el papel del sacerdote que celebra la Misa? El de representar a Cristo. Por eso cuando consagra el pan no dice: «esto es el cuerpo de Cristo» sino «esto es mi Cuerpo», no evidentemente porque el pan se convierta en su cuerpo sino porque el sacerdote está actuando en persona de Cristo, haciendo sus veces, ocupando su lugar, representándolo, actuando en su nombre y con su poder. De tal manera es Cristo el Sacerdote principal, que en lo esencial el efecto de la Misa no depende de la mayor o menor virtud del sacerdote visible: «Ni el buen sacerdote hace más ni el malo menos»[6] ya que el Sacrificio de la Misa no depende de los méritos o santidad de los sacerdotes secundarios sino de la virtud, méritos, santidad y poder de Cristo nuestro Señor, Sumo y Eterno Sacerdote.

        De ahí el valor supremo e infinito de la Santa Misa, porque es el Sacrificio de Dios hecho hombre. Si sumásemos todos los sacrificios de los hombres, por grandes que sean, nada son en comparación con la Misa. «¡Oh, si supieseis el valor de una Santa Misa!» (Beato Luis Guanella).[7] Cuando vamos a la Santa Misa debemos llevar y ofrecer nuestros propios sacrificios para que puestos en contacto con el Sacrificio de Cristo, adquieran valor para la vida eterna completando así en nosotros «lo que falta a la Pasión de Cristo» (Col 1, 24).

c) Diferencias entre la Misa y la Cruz  

        Las diferencias que hay entre el Sacrificio de la Cruz y el Sacrificio de la Misa son secundarias:  

1. En la Cruz, Cristo padece, muere y derrama sangre: es un sacrificio cruento; en la Misa, Cristo resucitado «ya no muere» (Ro 6, 9), no padece ni derrama sangre: es un sacrificio incruento.  
2. En la Cruz
, Cristo se ofreció solo; no necesitó de nadie para cumplir su acto sacerdotal; en la Misa, ha querido necesitar del corazón, de la voz y de las manos de un ministro visible.
3. Cristo
 en la Cruz, suspendido entre el cielo y la tierra, une a Dios con los hombres y a los hombres con Dios, al adquirir para todos las gracias necesarias para su salvación; Cristo en la Misa, nuevamente suspendido entre el cielo y la tierra, aunque esta vez por las manos del sacerdote, continúa obrando la salvación de los hombres uniéndolos a Dios, aplicándoles y distribuyéndoles en cada Misa esas gracias que Él ganó de «una vez para siempre» (Heb 7, 17) en el ara de la Cruz.

d) Esencia del Sacrificio de la Misa

        La acción sacrificial se realiza en el momento de la Consagración donde se representa místicamente la separación del Cuerpo y de la Sangre de Cristo que se efectuó realmente en el Sacrificio de la Cruz. Esto se representa por el hecho de que el sacerdote consagra separadamente el pan y el vino: al consagrar el pan se hace directamente presente el Cuerpo de Cristo por razón de las mismas palabras de la Consagración, y al consagrar el vino se hace directamente presente la Sangre de Cristo por razón de las mismas palabras. Cuerpo por un lado y la Sangre por otro en todos los idiomas del mundo significa derramamiento de sangre, sacrificio. El sacerdote, al consagrar las especies de pan yvino, separa «con tajo incruento el Cuerpo y la Sangre del Señor, usando de su voz como de una espada».[8]

        Decimos «tajo incruento» y que se «representa místicamente» porque, por razón de las palabras, bajo la especie de pan está presente el Cuerpo de Cristo y bajo la especie de vino está presente la Sangre de Cristo, pero en razón de una ineludible concomitancia y por ser Cuerpo de Cristo un cuerpo vivo,[9] bajo la especie de pan también está presente la Sangre de Cristo, su Alma y su Divinidad, y bajo la especie de vino está también presente el Cuerpo y su Alma y su Divinidad. De tal manera que Cristo íntegro está presente bajo cada una de las dos especies.

        No todos los panes ni cualquier pan es el Cuerpo de Cristo. No todo vino ni cualquier vino es la Sangre de Cristo. Sólo y únicamente por la Consagración en la Santa Misa se convierten el pan y el vino en el Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad de Nuestro Señor Jesucristo.

e) Presencia de Cristo en la Eucaristía

        Jesús está presente bajo los accidentes de pan y de vino, pero no de cualquier manera: «está presente verdadera, real y sustancialmente».[10]

1- Presencia verdadera

        Besamos nosotros la foto de algún familiar ausente o difunto porque de alguna manera con su figura está presente. Así saludamos a nuestra bandera porque ella simboliza a la Patria que, de algún modo, está presente en sus colores.

        De esta manera no está presente Jesucristo en el sacramento del altar, sino que lo está de manera verdadera. Cuando volvés del colegio y entrás a tu casa no besás el cuadro con la foto de tu mamá, sino que la besás a ella. ¿Por qué? Porque en la foto está meramente su figura, en cambio ella está verdaderamente presente tan sólo en el lugar donde se encuentra. Por eso cuando entrás en una Iglesia lo primero que hacés es adorar a Jesús verdaderamente presente en el Sagrario. En las imágenes está sólo su figura, por ejemplo, en el crucifijo. Por eso al entrar en una Iglesia, luego de santiguarte, lo primero que debés hacer es buscar el Sagrario. Junto a él hay una lámpara que está permanentemente encendida, llamada lámpara del Santísimo, porque tiene por finalidad indicarnos: «Aquí está el Santísimo Sacramento, aquí está Nuestro Señor Jesucristo», y ya que no podemos estar todo el día junto a Jesús –tenemos que dormir, comer, trabajar, etc.– esa lámpara nos representa a nosotros y expresa nuestro deseo de no separarnos jamás del buen Jesús. Luego de encontrar el Sagrario debés hacer una genuflexión, que consiste en doblar la rodilla derecha hasta tocar el suelo, reconociendo tu bajeza y adorando su grandeza. Es el saludo que siempre hay que hacer a Jesús presente verdaderamente en el Sagrario y hay que hacerlo al entrar, al salir y cuantas veces se pase delante de Él.

2- Presencia real

        Cristo está, pues, verdaderamente presente. Pero hay algo más. Decimos con la Iglesia que está realmente presente. ¿Qué quiere decir «realmente»? Pongamos un ejemplo. Puedo ahora imaginarme que ha entrado un ladrón en casa; ese ladrón de alguna manera está presente en casa, a lo menos en mi imaginación, ya que de hecho empiezo a tener miedo, a transpirar, me tiemblan las piernas, se aceleran los latidos del corazón, pero esto sólo sucede en mi imaginación; en realidad no hay ningún ladrón en casa. No está así Cristo presente en la Eucaristía, en la pura imaginación. Está presente, no porque yo así lo piense o me lo imagine, sino porque realmente lo está. Prescindiendo de mi fe o de lo que considere mi entendimiento, al margen de mi espíritu y de toda sugestión, Cristo se encuentra realmente presente bajo la apariencia de pan y vino, porque Él así lo ha dicho y la Iglesia Católica así lo enseña.

3- Presencia sustancial

        Cristo está, pues, verdadera y realmente presente. Pero esto no es todo. Está también presente de manera sustancial. Para entender esto pongamos otro ejemplo. Por el hecho de que una usina eléctrica produce electricidad que consume la lámpara que me ilumina, de alguna manera esa usina está presente aquí en mi habitación. Está presente en sus efectos, pues gracias a ella tengo luz. Algunos herejes dijeron que Cristo estaba presente tan sólo de esa manera en el Sacramento Eucarístico, por los efectos buenos que el alma recibe: cuando uno comulga se hace más bueno, más amable, se fortifica el alma, como si sólo recibiésemos una fuerza o poder que procede del cuerpo glorificado de Cristo (que está en el Cielo) y no recibiésemos la misma sustancia del cuerpo glorificado de Cristo presente en la Eucaristía. Ahora bien, nuestra fe nos enseña que Cristo está presente no sólo por los efectos buenos que produce en nuestra alma «como la usina en la lámpara» sino que está presente sustancialmente. No sólo iluminando sino como fuente de toda luz: «Yo soy la luz del Mundo» (Jn 8, 12).

4- Modo en que se hace presente

        Nuestro Señor Jesucristo está presente verdadera, real y sustancialmente, bajo el aspecto de pan y vino, por convertirse la sustancia del pan y del vino en su Cuerpo y su Sangre. Este tránsito o paso de la sustancia del pan y del vino que desaparece totalmente para convertirse en el Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad de Nuestro Señor Jesucristo se llama: Transubstanciación (tránsito o paso de una sustancia a otra).

        Permanecen las apariencias, también llamadas especies o accidentes, a saber: el olor, el color, el sabor, el gusto, el tamaño, el peso, la medida, la figura. Lo único que se convierte es la sustancia. De tal manera que con nuestros sentidos, la vista, el olfato, el tacto, el gusto, seguimos viendo, oliendo, tocando, gustando lo mismo después de la Consagración que antes de ella, porque las especies no cambian. Lo que cambia es la sustancia.

f) La Eucaristía como Sacramento

        Cuando recibimos a Jesucristo bajo la apariencia de pan y vino decimos que recibimos la Comunión, porque al recibir a Jesús nos unimos a El muy íntimamente y también nos unimos más que antes con todos los hombres y mujeres católicos que están en gracia de Dios. Comunión quiere decir «común unión»: de nosotros con Cristo y con nuestros hermanos.

1- Disposiciones para recibir la Eucaristía

        Para recibir a Jesús en la Comunión nuestra alma debe estar limpia de todo pecado grave. Si hemos cometido pecado grave o mortal antes de comulgar debemos confesarnos. No basta con estar arrepentidos. Quien teniendo pecado mortal se acerca a comulgar comete un horrible sacrilegio, por eso «el que coma el pan o beba la copa del Señor indignamente tendrá quedar cuenta del Cuerpo y la Sangre del Señor. Que cada uno se examine a sí mismo antes de comer este pan y beber de esta copa; porque si come y bebe sin discernir el Cuerpo del Señor, come y bebe su propia condenación. Por eso, entre vosotros hay muchos enfermos y débiles y son muchos los que han muerto» (1 Co 11, 27-30).

        No es necesario confesarse siempre antes de comulgar. Sólo hay obligación de hacerlo cuando hay pecado grave. Los pecados leves o veniales se perdonan también con sólo arrepentirse, con las buenas obras, con el uso del agua bendita, con las mismas oraciones de la Santa Misa, etc.

        No debemos comer ni tomar nada –excepto agua– desde una hora antes de la Comunión. Así hacemos para mostrar nuestro respeto por el Señor. Hay que saber a quién se va a recibir y acercarse a comulgar con devoción.

2- La comunión frecuente

        Es conveniente que recibamos frecuentemente la Sagrada Comunión porque necesitamos el alimento espiritual para vencer las tentaciones, para no desfallecer en el camino al Cielo, para practicar todas las virtudes y acrecentar la gracia en nuestra alma. Pensemos que aun el mínimo aumento de la gracia de uno solo «es mayor que el bien natural de todo el universo».[11] Gracias a la Eucaristía nos unimos a Cristo y vivimos por Él: «quien me coma vivirá por mí» (Jn 6, 57). Imitemos lo que han hecho los Santos: «recibir frecuentemente la Comunión».[12] San Cayetano decía: «No estaré satisfecho sino hasta que vea a los cristianos acercarse al Banquete Celestial con sencillez de niños hambrientos y gozosos, y no llenos de miedos y falsa vergüenza».[13]Y por ello San Juan Bosco, el apóstol de los jóvenes, insistía: «Dicen algunos que para comulgar a menudo es menester ser santo. ¡No es verdad! Esto es un engaño. La Comunión es para aquel que quiere hacerse santo, no para los santos; los remedios se dan a los enfermos, el alimento se da los débiles. ¡Cuán feliz sería si pudiese ver encendido en vosotros aquel fuego que el Señor vino a traer a la tierra!».[14]

        «La Comunión nos es necesaria como la respiración a los pulmones» (San Pedro Julián Eymard).[15]

        ¡Cada vez que uno tome parte en el Santo Sacrificio de la Misa debería comulgar! Y si no es posible comulgar sacramentalmente por carecer de las debidas disposiciones del alma, se debe hacer por lo menos, una comunión espiritual diciendo:

        «Creo, Jesús mío, que estás realmente presente en el Santísimo Sacramento del Altar. Te amo sobre todas las cosas y deseo recibirte en mi alma. Pero como ahora no puedo recibirte sacramentado, ven a lo menos espiritualmente a mi corazón... Y como si ya te hubiese recibido, te abrazo y me uno todo a Vos. No permitas, Señor, que jamás me separe de Ti. Amén».[16]

        Con ésta u otra fórmula uno puede hacer la comunión espiritual varias veces al día, al pasar delante de una iglesia católica, en los momentos de tentaciones, al levantarse, al acostarse, o sea, en cualquier momento y lugar.

3- Visitas al Santísimo Sacramento

        Así como visitamos a nuestros familiares y amigos debemos visitar a Jesús que nos espera en el Sagra­rio, y hablarle de nuestras cosas, pedirle lo que necesitamos, y adorarlo como hicieron en el pesebre de Belén la Santísima Virgen y San José, los pastorcitos y los Reyes Magos, los ángeles y los hombres.

        San Juan Bosco aconsejaba a los jóvenes: «La visita a Jesús Sacramentado es un medio demasiado necesario para vencer al demonio. Id a menudo a visitar a Jesús y el demonio no os pondrá vencer».[17]

        En la medida en que amemos a Jesús será el número de «visitas» que le haremos. Aunque duren un minuto tienen sabor a eternidad. Desde joven debes acostumbrarte a hacerle a Jesús sacramentado muchas «visitas» y así te irás preparando para que puedas tener la dicha inmensa y la enorme alegría de adorar a Jesús durante una noche entera, en lo que se llama la «Adoración nocturna».


[1] Catecismo de la Iglesia Católica, 1210; cf. Santo Tomás, Suma Teológica III, 65, 1.  
[2]
Concilio de Florencia, Dz. 697.  
[3]
Cf. Jn 2,1-11.  
[4]
Cf. Mt 14, 13-21;15, 32-39.  
[5]
Cf. Jn 6,25-71.  
[6]
Inocencio III, Carta «Eius Exemplus», Dz. 424.  
[7]
El siervo de la Caridad, ed. Tamborini, Madrid 1980, p. 201.  
[8]
San Gregorio Nacianceno, Enchiridium Patrísticum 171.  
[9] Cf. Ro 6,9.  
[10] Concilio de Trento, Decreto sobre la Eucaristía, Dz. 874.  
[11] Santo Tomás de Aquino, Suma Teológica I-II, 113, 9, ad 2.  
[12]
San Juan Bosco, Reglamento 98.  
[13]
Citado en: Alban Butler, Vidas de los Santos, vol. III, op. cit., p. 277.  
[14]
Lemoyne, Memorias Biográficas de Don Bosco, VII, 678-679.  
[15]
Obras Eucarísticas, ed. Eucaristía, Madrid, 1963, p. 567.  
[16]
San Alfonso María de Ligorio, Visitas al Santísimo Sacramento y a María Santísima. Acto para la comunión espiritual, ed. Rialp, Madrid, 1965, p. 41.
[17]
Memorias Biográficas, VIII, 49.

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