Página Principal Padre Carlos M. Buela Indice del Catecismo


Capítulo primero

  El Misterio Pascual en el tiempo de la Iglesia

I. La liturgia, obra de la Santísima Trinidad

        «En la liturgia de la Iglesia, Dios Padre es bendecido y adorado como la fuente de todas las bendiciones de la creación y de la salvación, con las que nos ha bendecido en su Hijo para darnos el Espíritu de adopción filial.

        La obra de Cristo en la liturgia es sacramental porque su Misterio de salvación se hace presente en ella por el poder de su Espíritu Santo; porque su Cuerpo, que es la Iglesia, es como el sacramento (signo e instrumento) en el cual el Espíritu Santo dispensa el Misterio de la salvación; porque a través de sus acciones litúrgicas, la Iglesia peregrina participa ya, como en primicias, en la liturgia celestial.

        La misión del Espíritu Santo en la liturgia de la Iglesia es la de preparar la asamblea para el encuentro con Cristo; recordar y manifestar a Cristo a la fe de la asamblea de creyentes; hacer presente y actualizar la obra salvífica de Cristo por su poder transformador y hacer fructificar el don de la comunión en la Iglesia».[1]

II. El misterio pascual en los sacramentos de la Iglesia

        Enseña Juan Pablo II: «a todos me dirijo y a todos os digo: Dejaos abrazar por el misterio del Hijo del Hombre, por el misterio de Cristo muerto y resucitado. ¡Dejaos abrazar por el misterio pascual!

        Dejad que ese misterio penetre hasta el fondo, en vuestras vidas, en vuestra conciencia, en vuestra sensibilidad, en vuestros corazones, de modo que dé el verdadero sentido a toda vuestra conducta».[2]

1. La vida sobrenatural

La gracia

        Nuestro Señor Jesucristo vino a la tierra para traernos «vida y vida en abundancia» (Jn 10, 10); «el Hijo de Dios se hizo hombre para hacer a los hombres hijos de Dios».[3] Ya desde su Encarnación, pero sobre todo en la Cruz, mereció para nosotros esa «vida» que nos hace hijos de Dios. Esa vida es la gracia de Dios, que nos trae la salvación. La gracia nos llega a través de los siete sacramentos. Del Monte Calvario, donde murió Nuestro Señor sobre la Cruz, descienden como siete ríos que riegan la tierra; las plantas que crecen a su vera se desarrollan fuertes, lozanas y fecundas. Los sacramentos son esos ríos que nos traen el «agua Viva» (Jn 4, 10) de la gracia de Dios, haciendo que la salvación que Jesús obró «de una vez para siempre» (Heb 7, 17) en el ara de la cruz llegue hasta nosotros. Si frecuentamos los santos sacramentos creceremos espiritualmente fuertes, lozanos y fecundos.

        La gracia de Dios, que es la vida sobrenatural que Cristo comunica, nos hace «hombres nuevos» (Ef 4, 24), «nuevas criaturas» (2 Co 5, 17; Ga 6, 15), «pueblo santo» (1 Pe 2, 9), «amigos» (Lc 12, 4; Jn 15, 14) de Dios, «hijos de Dios, coherederos de Cristo...» (Ro 8, 17), «linaje de Dios» (He 17, 29), «participantes de la naturaleza divina» (2 Pe 1, 4). Esta gracia crea en nosotros un «corazón nuevo, un espíritu nuevo» (Ez 36,26), un «espíritu de adopción» (Ro 8,15), y recibe diversos nombres: «sello de Dios» (2 Co 1, 22), «unción» (2 Co 1, 21), «semilla de Dios» (1 Jn 3, 9), «semilla incorruptible» (1 Pe 1, 23), «fuente que brota hasta la vida eterna» (Jn 15, 1), «luz» (Ef 5, 8), «vestido» (1 Te 5, 8), etc.

Las VirtudeS INFUSAS.

        La gracia de Dios o gracia santificante, va acompañada de las virtudes infusas y de los dones del Espíritu Santo.

        Virtud infusa es una firme disposición del alma, dada por Dios, para que ésta pueda realizar actos sobrenaturales meritorios.

        Tales virtudes son como los motores de la nave de nuestra alma en su marcha a la vida eterna. Si estos actos sobrenaturales tienden directamente a Dios, conociéndolo, esperándolo o amándolo, tenemos las virtudes infusas teologales, que son tres: «fe, esperanza y caridad» (1 Co 13, 13). Si estos actos sobrenaturales tratan sobre los medios para llegar a Dios, nuestro último fin, tenemos las virtudes morales infusas las cuales son numerosas. Las cuatro principales son llamadas cardinales (de la palabra latina «cardo» que significa quicio o gozne de la puerta, porque sobre estas virtudes gira y se sostiene toda la vida moral), a saber: «prudencia, justicia, fortaleza y templanza» (Sb 8, 7). Los dones del Espíritu Santo son regalos de Dios que dan alas a nuestro deseo de santidad, son como las velas desplegadas de la nave del alma la cual se hace pronta y dócil al impulso del Espíritu Santo que «sopla donde quiere» (Jn 3, 8). Estos dones son siete: «sabiduría, entendimiento, consejo, fortaleza, ciencia, piedad y temor de Dios» (Cf. Is 11, 2).

        La gracia, que es don gratuito de Dios, constituye como la raíz de las virtudes y de los dones.

a) Las virtudes teologales

1- La fe 

        Es la primera virtud teologal, sin la cual «es imposible agradar a Dios» (Heb 11, 6). Sin ella nadie puede tener esperanza ni caridad. «Es la garantía de lo que se espera, la prueba de las cosas que no se ven» (Heb 11, 1).  
        Por la fe
 creemos en Dios y en todo lo que Dios ha revelado y por medio de la Iglesia nos propone para que lo creamos.

2- La esperanza  

        Es la segunda virtud teologal. Por ella esperamos alcanzar el premio del Cielo. «En esperanza estamos salvos..., en paciencia esperamos» (Ro 8, 24), que si sólo «esperásemos para esta vida, seríamos los más miserables de los hombres» (1 Co 15, 19). 
        Por la esperanza
 confiamos llegar a la gloria del Cielo mediante la gracia y nuestras buenas obras.

3- La caridad

        Es la tercera virtud teologal por la cual amamos a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a nosotros mismos por amor a Dios. Es la única virtud teologal que permanecerá en el Cielo. Allí no hará falta la fe porque veremos lo que aquí creemos, no hará falta la esperanza porque poseeremos lo que aquí esperamos. En cambio la caridad no desfallecerá porque el amor a Dios no tiene fin. La caridad es la reina de todas las virtudes, ya que sin ella ninguna otra virtud es perfecta. Si falta la caridad de nada sirve para la vida eterna ni la fe, ni la generosidad, ni las profecías, ni siquiera la capacidad de hacer milagros.[4]

b) Las virtudes morales

        Estas virtudes se ocupan de los medios que nos llevan a Dios. No tienen por objeto inmediato al mismo Dios –como las teologales– sino a los bienes creados en cuanto que éstos se ordenan últimamente al fin sobrenatural.

1- La prudencia

        Es la virtud que nos posibilita el recto gobierno de nuestras acciones en cuanto se ordenan al fin sobrenatural.

2- La justicia

        Es la virtud gracias a la cual damos a cada uno lo que pertenece, sea a Dios, sea al prójimo.

3- La fortaleza

        Es la virtud que nos da fuerzas para no renunciar al bien, por dificultoso que sea, e inclusive a costa de la vida.

4- La templanza

        Es la virtud que regula los placeres sensibles dentro de los justos límites.

        Cada una de estas cuatro virtudes morales –llamadas cardinales– lleva consigo, además todo un cortejo de virtudes subordinadas que giran en su torno. Son más de cincuenta en total (por ejemplo, la magnanimidad, la humildad, la gratitud, etc).

Los dones del Espíritu Santo

        Estos dones disponen la inteligencia y la voluntad para recibir el impulso del Espíritu Santo. Gracias a ellos todas las virtudes llegan a obrar de un modo divino, o sea, con crecida perfección. Son siete:

a) Sabiduría: por este don nos hacemos capaces de juzgar correcta y sabrosamente de Dios y de sus cosas.  
b)
Entendimiento: este don da a nuestra inteligencia, por así decirlo, una mirada de águila, permitiéndonos penetrar en las verdades de fe y en las de orden natural que dicen relación con el fin sobrenatural.
c)
Consejo
: este don nos permite un juicio recto en lo que respecta a los casos particulares sugiriéndonos lo que conviene hacer en orden al fin sobrenatural.
d)
Fortaleza
: por este don se nos da fuerza para practicar toda clase de virtudes heroicas con invencible confianza y gran seguridad de vencer los mayores obstáculos o peligros que puedan surgir.  
e)
Ciencia
: gracias a este don juzgamos rectamente de las cosas creadas en relación a Dios.  
f)
Piedad
: por este don amamos filialmente a Dios y fraternalmente al prójimo por ser éste hijo del mismo Padre.  
g)
Temor de Dios
: este don nos comunica una docilidad especial para hacer totalmente la voluntad de Dios.

2. Los sacramentos de la salvación

        Todos nosotros hemos nacido privados de la gracia de Dios, de las virtudes infusas y de los dones del Espíritu Santo. Somos hijos de ira por naturaleza (Cf. Ef 2, 3) y todos podemos decir: «nací en culpa y en pecado me concibió mi madre» (Sl 51, 7). Todos nacemos con el pecado original.

        Pues bien, para sacarnos del pecado y llevarnos a la santidad, instituyó Nuestro Señor los siete Sacramentos. Llamamos «sacramentos» a algo que es sagrado y que santifica, que nos dan, devuelven o aumentan la gracia santificante.

        «Los sacramentos son signos eficaces de la gracia, instituidos por Cristo y confiados a la Iglesia por los cuales nos es dispensada la vida divina. Los ritos visibles bajo los cuales los sacramentos son celebrados significan y realizan las gracias propias de cada sacramento. Dan fruto en quienes los reciben con las disposiciones requeridas.

        La Iglesia celebra los sacramentos como comunidad sacerdotal estructurada por el sacerdocio bautismal y el de los ministros ordenados.

        El Espíritu Santo dispone a la recepción de los sacramentos por la Palabra de Dios y por la fe que acoge la Palabra en los corazones bien dispuestos. Así los sacramentos fortalecen y expresan la fe.

        El fruto de la vida sacramental es a la vez personal y eclesial. Por una parte, este fruto es para todo fiel la vida para Dios en Cristo Jesús: por otra parte, es para la Iglesia crecimiento en la caridad y en su misión de testimonio».[5]

 

«En el misterio pascual es superado el límite del mal múltiple, del que se hace partícipe el hombre en su existencia terrena: la cruz de Cristo, en efecto, nos hace comprender las raíces más profundas del mal que ahondan en el pecado y en la muerte; y así la cruz se convierte en un signo escatológico».

Juan Pablo II,
Carta encíclica Dives in Misericordia, V, 8.

 


[1] Catecismo de la Iglesia Católica, 1110-1112  
[2]
Homilía durante la II Jornada Mundial de la Juventud, Buenos Aires, 12 de abril de 1987.  
[3]
San Agustín, Sermón 194, III, 4.  
[4]
Cf. 1 Co 13, 1 y ss.  
[5]
Catecismo de la Iglesia Católica, 1131-1134

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