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Capítulo primero
I. La liturgia, obra de la Santísima
Trinidad
«En la liturgia de la Iglesia, Dios Padre es bendecido y adorado como la fuente de todas las
bendiciones de la creación y de la salvación, con las que nos ha bendecido en su Hijo
para darnos el Espíritu de adopción filial.
La obra de Cristo en la liturgia es sacramental porque su Misterio de salvación se hace presente en ella por el poder
de su Espíritu Santo; porque su
Cuerpo, que es la Iglesia, es como el sacramento
(signo e instrumento) en el cual el Espíritu Santo dispensa el Misterio de la salvación;
porque a través de sus acciones litúrgicas, la Iglesia peregrina participa ya, como en
primicias, en la liturgia celestial.
La misión del Espíritu Santo en la liturgia de la Iglesia es la de preparar la asamblea para el encuentro con Cristo; recordar y
manifestar a Cristo a la fe de la asamblea de creyentes; hacer presente y
actualizar la obra salvífica de Cristo por su poder transformador y hacer fructificar el
don de la comunión en la Iglesia».[1]
II. El misterio pascual en los sacramentos de la Iglesia
Enseña Juan Pablo II: «a todos me dirijo y a todos os digo: Dejaos abrazar por el
misterio del Hijo del Hombre, por el misterio de Cristo muerto y
resucitado. ¡Dejaos abrazar por el misterio pascual!
Dejad que ese
misterio penetre hasta el fondo, en vuestras vidas, en vuestra conciencia, en vuestra sensibilidad, en vuestros
corazones, de modo que dé el verdadero sentido a toda vuestra conducta».[2]
Nuestro Señor
Jesucristo vino a la tierra para traernos «vida y vida en abundancia» (Jn 10, 10); «el Hijo de Dios se
hizo hombre para hacer a los hombres hijos de
Dios».[3] Ya desde su Encarnación, pero sobre todo en la Cruz, mereció para nosotros esa «vida» que nos hace hijos
de Dios. Esa vida es la gracia de Dios, que nos trae la salvación. La gracia nos
llega a través de los siete sacramentos. Del Monte Calvario, donde murió Nuestro Señor sobre la Cruz, descienden
como siete ríos que riegan la tierra; las plantas que crecen a su vera se desarrollan
fuertes, lozanas y fecundas. Los sacramentos son esos ríos que nos traen el «agua Viva»
(Jn 4, 10) de la gracia de Dios, haciendo que la
salvación que Jesús obró «de una vez para siempre» (Heb 7, 17) en el ara de la cruz llegue hasta
nosotros. Si frecuentamos los santos sacramentos creceremos espiritualmente fuertes,
lozanos y fecundos.
La gracia de
Dios, que es la vida
sobrenatural que Cristo comunica,
nos hace «hombres nuevos» (Ef
4, 24), «nuevas criaturas» (2 Co 5, 17; Ga 6, 15), «pueblo santo» (1 Pe 2, 9), «amigos» (Lc 12, 4; Jn
15, 14) de Dios, «hijos de Dios, coherederos de Cristo...» (Ro 8, 17), «linaje de Dios» (He 17, 29), «participantes de la naturaleza divina»
(2 Pe 1, 4). Esta gracia crea en nosotros un
«corazón nuevo, un espíritu nuevo» (Ez
36,26), un «espíritu de adopción» (Ro 8,15),
y recibe diversos nombres: «sello de Dios» (2 Co
1, 22), «unción» (2 Co 1, 21), «semilla de
Dios» (1 Jn 3, 9), «semilla incorruptible» (1 Pe 1, 23), «fuente que brota hasta la vida
eterna» (Jn 15, 1), «luz» (Ef 5, 8), «vestido» (1 Te 5, 8), etc.
La gracia de
Dios o gracia santificante, va acompañada de las
virtudes infusas y de los dones del Espíritu Santo.
Virtud infusa
es una firme disposición del alma, dada por Dios, para que ésta pueda realizar actos sobrenaturales
meritorios.
Tales virtudes
son como los motores de la nave de nuestra alma en su marcha
a la vida eterna. Si estos actos sobrenaturales tienden directamente a Dios, conociéndolo, esperándolo o amándolo,
tenemos las virtudes infusas teologales, que son tres: «fe, esperanza y caridad» (1
Co 13, 13). Si estos actos sobrenaturales tratan sobre los medios para llegar a Dios,
nuestro último fin, tenemos las virtudes morales infusas las cuales son numerosas. Las
cuatro principales son llamadas cardinales (de la palabra latina «cardo» que significa
quicio o gozne de la puerta, porque sobre estas virtudes gira y se sostiene toda la vida
moral), a saber: «prudencia,
justicia, fortaleza y
templanza» (Sb 8, 7). Los dones del
Espíritu Santo son regalos de Dios que dan alas a nuestro deseo
de santidad, son como las velas desplegadas de la nave del alma la cual se hace pronta y
dócil al impulso del Espíritu Santo que «sopla donde quiere» (Jn 3, 8). Estos dones son siete: «sabiduría,
entendimiento, consejo, fortaleza, ciencia, piedad y temor de Dios» (Cf. Is 11, 2).
La gracia, que es don gratuito de
Dios, constituye como la raíz
de las virtudes y de los dones.
Es la primera
virtud teologal, sin la cual «es imposible agradar a Dios» (Heb 11,
6). Sin ella nadie puede tener esperanza ni caridad. «Es la garantía de lo que se espera, la
prueba de las cosas que no se ven» (Heb 11,
1).
Por la fe
Es la segunda
virtud teologal. Por ella esperamos alcanzar el premio del Cielo. «En esperanza estamos
salvos..., en paciencia esperamos» (Ro 8,
24), que si sólo «esperásemos para esta vida, seríamos los más miserables de los
hombres» (1 Co 15, 19).
Por la esperanza
Es la tercera
virtud teologal por la cual amamos a Dios sobre todas
las cosas y al prójimo como a nosotros mismos por amor a Dios. Es
la única virtud teologal que permanecerá en el Cielo. Allí no hará falta la fe porque
veremos lo que aquí creemos, no hará falta la esperanza porque
poseeremos lo que aquí esperamos. En cambio la caridad no
desfallecerá porque el amor a Dios no tiene fin. La caridad es la reina de todas las
virtudes, ya que sin ella ninguna otra virtud es perfecta. Si falta la caridad de nada
sirve para la vida eterna ni la fe, ni la generosidad, ni las profecías, ni siquiera la
capacidad de hacer milagros.[4]
Estas virtudes
se ocupan de los medios que nos llevan a Dios. No tienen por objeto inmediato al mismo Dios como
las teologales sino a los bienes creados en cuanto que éstos se ordenan
últimamente al fin sobrenatural.
Es la virtud
que nos posibilita el recto gobierno de nuestras acciones en cuanto se ordenan al fin
sobrenatural.
Es la virtud
gracias a la cual damos a cada uno lo que pertenece, sea a Dios, sea al prójimo.
Es la virtud que nos da
fuerzas para no renunciar al bien, por dificultoso que sea, e inclusive a costa de la
vida.
Es la virtud que regula
los placeres sensibles dentro de los justos límites.
Cada una de estas cuatro
virtudes morales llamadas cardinales lleva consigo, además todo un cortejo de
virtudes subordinadas que giran en su torno. Son más de cincuenta en total (por ejemplo,
la magnanimidad, la humildad, la gratitud, etc).
Los dones del Espíritu Santo
Estos dones disponen
la inteligencia y la voluntad para recibir el impulso del
Espíritu Santo. Gracias a ellos
todas las virtudes llegan a obrar de un modo divino, o sea, con crecida perfección. Son
siete:
a) Sabiduría:
por este don nos hacemos capaces de juzgar correcta y
sabrosamente de Dios y de sus cosas.
b) Entendimiento: este don da
a nuestra inteligencia, por así
decirlo, una mirada de águila, permitiéndonos penetrar en las verdades de fe y
en las de orden natural que dicen relación con el fin sobrenatural.
c) Consejo: este don nos
permite un juicio recto en lo que respecta a los casos particulares
sugiriéndonos lo que conviene hacer en orden al fin sobrenatural.
d) Fortaleza: por este don se
nos da fuerza para practicar toda clase de virtudes heroicas con invencible confianza y
gran seguridad de vencer los mayores obstáculos o peligros que puedan surgir.
e) Ciencia
f) Piedad
g) Temor de Dios
2. Los sacramentos de la
salvación
Todos nosotros
hemos nacido privados de la gracia de Dios, de las virtudes infusas y de los dones del
Espíritu Santo. Somos hijos de
ira por naturaleza (Cf. Ef
2, 3) y todos podemos decir: «nací en culpa y en pecado me concibió
mi madre» (Sl 51, 7). Todos nacemos con el
pecado original.
Pues bien, para sacarnos del pecado y llevarnos
a la santidad, instituyó Nuestro Señor los siete Sacramentos. Llamamos «sacramentos» a algo que es sagrado y que
santifica, que nos dan, devuelven o aumentan la gracia santificante.
«Los sacramentos son signos eficaces de la gracia, instituidos
por Cristo y confiados a la Iglesia por los cuales nos es dispensada la vida divina.
Los ritos visibles bajo los cuales los sacramentos son celebrados significan y realizan
las gracias propias de cada sacramento. Dan fruto en quienes los reciben con las
disposiciones requeridas.
La Iglesia celebra los sacramentos como comunidad sacerdotal
estructurada por el sacerdocio bautismal y el de los ministros ordenados.
El Espíritu Santo dispone a la recepción de los sacramentos por la
Palabra de Dios y por la fe que acoge la Palabra en los corazones bien
dispuestos. Así los sacramentos fortalecen y expresan la fe.
El fruto de la vida sacramental es a la vez personal y eclesial. Por una parte, este fruto
es para todo fiel la vida para Dios en Cristo Jesús: por otra parte, es para la Iglesia crecimiento en la caridad y en su misión de testimonio».[5]
«En el
misterio pascual es superado el límite del mal múltiple, del que se hace partícipe el
hombre en su existencia terrena: la cruz de Cristo, en efecto,
nos hace comprender las raíces más profundas del mal que ahondan en el pecado y en la muerte; y así la cruz se
convierte en un signo escatológico».
Juan
Pablo II,
Carta encíclica Dives in Misericordia, V, 8.
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