Página Principal Padre Carlos M. Buela Indice del Catecismo


Creo en la vida Perdurable

Artículo 12

Creo en la vida perdurable

        Perdurable quiere decir que perdura, que no pasa, que no cesa nunca. Es lo mismo que decir la «vida eterna», o la gloria.

        La gracia de Dios es como un agua viva que Cristo nos trajo y que se hace en nosotros como una «fuente que salta hasta la vida eterna» (Jn 4, 14); esa gracia que es como la savia que da vida a las ramas uniéndolas al tronco; esa gracia que es la vida eterna comenzada, que nos une a Jesús y a los hermanos, y que es preludio y anticipo del cielo, es «la única cosa necesaria» (Lc 10, 41), es la «semilla de Dios» (1 Jn 3, 9) que brotando en la tierra, crece, se desarrolla y fructificará esplendorosamente en la gloria.

        Por la gracia de Dios tenemos en nosotros el don de la fe, en virtud de la cual creemos en Dios y en nuestro Redentor. Pues bien, por esa fe comenzamos a tener la vida eterna. «Ésta es la vida eterna: que te conozcan a ti, único Dios verdadero y a tu enviado, Jesucristo» (Jn 17, 3). La vida eterna aquí comenzada se alimenta con la Eucaristía: «El que come mi carne y bebe mi sangre tiene la vida eterna» (Jn 6, 54). Para que se desarrolle plenamente hay que cumplir los mandamientos de Dios, como enseñó Jesús al doctor de la ley que le preguntó: «Maestro ¿qué haré para alcanzar la vida eterna?» (Lc 10, 25). Por eso si uno peca gravemente, pierde la gracia de Dios, se separa de Él, sucediéndole algo similar a lo que les acontece a las ramas cuando se separan del tronco, pierden la vida, no dan fruto, y sólo sirven para ser juntadas y arrojadas «al fuego para que ardan» (Jn 15, 6).

        En cambio el que permanece unido a Cristo por la gracia, ese tal «da mucho fruto» (Jn 15, 5), y gozará de Dios por toda la eternidad.

        La esperanza de que Dios nos ha de dar la vida eterna del Cielo da aliento a toda nuestra vida en la tierra considerando que «los padecimientos del tiempo presente no son nada en comparación con la gloria de Dios que ha de manifestarse en nosotros» (Ro 8, 18). Ni siquiera la perspectiva de la muerte nos afligirá en exceso ya que «tenemos de Dios una sólida casa, no hecha por mano de hombre, eterna, en los cielos» (2 Co 5, 1).

        La vida eterna del Cielo es la suma felicidad sin mezcla del mal alguno y ello sin término. Esta felicidad es tan grande que se nos hace inexpresable.

        Pongamos con todo una comparación para hacernos de ella alguna idea. Sabemos que una lupa puesta al influjo del sol concentra de tal manera en un punto todos sus rayos que a través de ella puede producirse fuego. Imaginemos tres lupas grandes como el diámetro de la tierra. Sobre una de ellas concentremos en un punto toda la vida que ha existido, que existe y que existirá, la vida de las plantas, de las flores, de los animales, de los hombres, de los ángeles, de los santos, la vida esforzada de los héroes, la vida que se expresa en las grandes gestas de la humanidad, la vida de los sabios, de los grandes artistas, lo que han vivido los Reyes y Emperadores, los aldeanos y campesinos, la vida expresada en las fiestas, en las reuniones, en las conversaciones, toda la vida del pensamiento y de la acción, toda esa vida purificada de todo mal y pecado, concentrada en un punto. En la segunda lupa hagamos coincidir la verdad de todas las ciencias, de todos los técnicos, todas las verdades naturales y sobrenaturales que han conocido todos los hombres de todos los tiempos, todos los santos, todos los ángeles, concentremos toda esa verdad en un punto. Y en la otra lupa hagamos desembocar todo el amor que los hombres y los ángeles han tenido, tienen y tendrán, el amor de las madres por sus hijos, de los esposos entre sí, de los novios, de los santos por Dios, el de todos los próceres por sus Patrias, el de todos los caballeros por sus damas, el de los misioneros por los paganos, el de los hospitalarios por sus enfermos, el de las maestras por sus alumnos, el de la Virgen Santa por su Hijo, etc., concentramos todo ese amor en un punto. Hagamos luego coincidir esos tres puntos de las tres lupas en uno y pongamos su resultante dentro de nuestro corazón y de nuestra mente. ¡Qué felicidad, qué alegría, qué paz, qué satisfacción, qué dicha!

        Pues bien la felicidad, la alegría, la paz, la dicha del Cielo es sin comparación infinitamente más grande, porque consistirá en gozar no sólo de la suma de la vida, de la verdad y del amor finitos, sino de la Vida, de la Verdad, y del Amor infinitos de Dios, de Dios mismo. En el Cielo es Dios para sus Santos «luz verdadera, satisfacción cumplida alegría perdurable, dicha completa y felicidad perfecta».[1] Allí «seremos semejantes a Él, porque lo veremos tal cual es» (1 Jn 3, 2), «entonces veremos cara a cara» (1 Co 13, 12), «en tu luz, veremos la luz» (Sl 36, 10). «Mi alma tiene sed de Dios, ¿cuándo llegaré a ver su rostro?» (Sl 42, 3); tal es la exclamación de todo aquel que atisba un poquito «aunque más no sea» lo que es el Cielo prometido y que esperamos.

   

«Al contacto con Jesús despunta la vida. Lejos de él sólo hay oscuridad y muerte. Vosotros tenéis sed de vida. ¡De vida eterna! ¡De vida eterna! Buscadla y halladla en quien no sólo da la vida sino en quien es la vida misma!».

Juan Pablo II,
Santiago de Chile,
2 de abril de 1987.



[1] San Agustín, Pies Preces, Sermo 3.

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