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Creo en la resurrección de la carne

Artículo 11

«Creo en la resurrección de la carne»

        Existe una «resurrección espiritual», que es el paso de la muerte del pecado a la vida de la gracia, pero habrá también una resurrección corporal, gracias a la cual las «almas se unirán con sus cuerpos»[1] y en esta última consiste propiamente la verdad de fe expresada en el Credo. Por eso, para evitar equívocos, se dice resurrección «de la carne» para dar a entender que lo que resucitará será un cuerpo de naturaleza humana, el mismo cuerpo que murió, no otro.

        Dios «dará vida a nuestros cuerpos mortales» (Ro 8, 11) y ese cuerpo resucitado será «de la misma naturaleza pero de distinta gloria».[2] De distinta gloria porque ese cuerpo resucitado «ya no puede morir» (Lc 20, 36), ni padecer ni sufrir; porque será completamente obediente al espíritu: «se levanta un cuerpo espiritual» (1 Co 15, 44); porque en nada se opondrá a cualquier moción del alma.

        El mismo mundo material se transformará ya que «habrá cielos nuevos y tierra nueva» (2 Pe 3, 13).

        «Creer en la resurrección de la carne ha sido desde sus comienzos un elemento esencial de la fe cristiana. “La resurrección de los muertos es esperanza de los cristianos; somos cristianos por creer en ella”[3]».[4]

        «¿Cómo andan diciendo algunos que no hay resurrección de muertos? Si no hay resurrección de muertos, tampoco Cristo resucitó. Y si Cristo no resucitó, vana es nuestra predicación, vana es también nuestra fe... ¡Pero no! Cristo resucitó de entre los muertos como primicia de los que durmieron» (San Pablo, 1 Co 15, 12-14.20).

I.LA RESURRECCIÓN DE CRISTO Y LA NUESTRA[5]

        La resurrección de los muertos fue revelada progresivamente por Dios a su Pueblo. En el Antiguo Testamento, tenemos un ejemplo de fe en la resurrección en el episodio de los mártires macabeos: cuando el rey Antíoco estaba a punto de martirizar al cuarto de los siete hermanos, éste le dijo: «Es gran ventaja para nosotros perder la vida a manos de los hombres; por la firme esperanza que tenemos en Dios de que nos la devolverá, haciéndonos resucitar; pero tu resurrección no será para la vida» (2 Mac 7, 14). También en el libro del profeta Daniel: «También muchos de los que duermen en el polvo de la tierra se despertarán, unos para la vida eterna, otros para la ignominia y vergüenza eterna. Entonces los sabios brillarán como el resplandor del firmamento, y los que condujeron a muchos a la justicia, como las estrellas por toda la eternidad» (Dn 12, 3-4).

        «Los fariseos[6] y muchos contemporáneos del Señor[7] esperaban la resurrección. Jesús la enseña firmemente.A los saduceos que la niegan responde: «Vosotros no conocéis ni las Escrituras ni el poder de Dios, vosotros estáis en el error» (Mc 12, 24). La fe en la resurrección descansa en la fe en Dios, que «no es un Dios de muertos sino de vivos» (Mc 12, 27).

        «Pero hay más: Jesús une la fe en la resurrección a la fe en su propia persona: “Yo soy la resurrección y la vida” (Jn 11, 25). Y es el mismo Jesús el que resucitará en el último día a quienes hayan creído en Él y hayan comido su cuerpo y bebido su sangre»[8] «Esta es la voluntad del Padre: que todo aquel que contempla al Hijo y crea en Él tenga Vida Eterna y yo le resucite en el último día» (Jn 6, 40); «el que come mi carne y bebe mi sangre, tiene la Vida Eterna yyo lo resucitaré en el último día» (Jn 6, 54).

        En su vida pública Nuestro Señor ofrece ya un signo y una prenda de la resurrección, devolviendo la vida a algunos muertos, por ejemplo, a su amigo Lázaro, que llevaba cuatro días de muerto. «Tú hermano resucitará», dijo Jesús a Marta, a lo que respondió: «Sé que resucitará en la resurrección, en el último día». Entonces Jesús anunció la gran promesa: «Yo soy la Resurrección y la Vida, quien crea en Mí, aunque muera, vivirá» (Jn 11, 23-26).

        «Ser testigo de Cristo es ser “testigo de su resurrección” (He 1, 22), “haber comido y bebido con Él después de su resurrección de entre los muertos” (He 10, 4). La esperanza cristiana en la resurrección está totalmente marcada por los encuentros con Cristo resucitado. Nosotros resucitaremos como Él, con Él, por Él.

        Desde el principio, la fe cristiana en la resurrección ha encontrado incomprensiones y oposiciones[9]. “En ningún punto la fe cristiana encuentra más contradicción que en la resurrección de la carne”.[10] Se acepta comúnmente que, después de la muerte, la vida de la persona humana continúa de una forma espiritual. Pero, ¿cómo creer que este cuerpo tan manifiestamente mortal pueda resucitar a la vida eterna?»[11]

1. Cómo resucitan los muertos

        ¿Qué es resucitar? En la muerte, separación del alma y del cuerpo, el cuerpo del hombre cae en la corrupción, mientras que su alma va al encuentro con Dios, en espera de reunirse con su cuerpo glorificado. Dios, en su omnipotencia, dará definitivamente a nuestros cuerpos la vida incorruptible, uniéndoles a nuestras almas por la virtud de la resurrección de Jesús.

        ¿Quién resucitará? Todos los hombres que han muerto: «Los que hayan hecho el bien resucitarán para la vida; y los que hayan hecho el mal, para la condenación» (Jn 5, 29; cf. Dn 12, 2).

        ¿Cómo? Cristo resucitó con su propio cuerpo: «Mirad mis manos y mis pies; soy yo mismo» (Lc 24, 39); pero Él no volvió a una vida terrenal. Del mismo modo, en Él «todos resucitarán con su propio cuerpo, que tienen ahora»,[12] pero este cuerpo será «transfigurado en cuerpo de gloria» (Flp 3, 21), en «cuerpo espiritual» (1 Co 15, 44).

        Este «cómo» sobrepasa nuestra imaginación y nuestro entendimiento; no es accesible más que por la fe. Pero nuestra participación en la Eucaristía nos da ya un anticipo de la transfiguración de nuestro cuerpo por Cristo: «...nuestros cuerpos que participan de la Eucaristía ya no son corruptibles, ya que tienen la esperanza de la resurrección» (San Ireneo).[13]

        ¿Cuándo? Sin duda en el «último día» (Jn 6, 39-40. 44. 54; 11, 24); «al final del mundo». En efecto, la resurrección de los muertos está íntimamente asociada a la Parusía de Cristo: «El Señor mismo, a la orden dada por la voz de un arcángel y por la trompeta de Dios, bajará del cielo, y los que murieron en Cristo resucitarán en primer lugar» (1 Te 4, 16).

II.MORIR EN CRISTO JESÚS

        «Para resucitar con Cristo, es necesario morir con Cristo, es necesario dejar este cuerpo para ir a morar cerca del Señor” (2 Co 5, 8). En esta “partida” (Flp 1, 23) que es la muerte, el alma se separa del cuerpo. Se reunirá con su cuerpo el día de la resurrección de los muertos».

        «La muerte es el final de la vida terrena. Nuestras vidas están medidas por el tiempo, en el curso del cual cambiamos, envejecemos y, como en todos los seres vivos de la tierra, al final aparece la muerte como terminación normal de la vida. Este aspecto de la muerte da urgencia a nuestras vidas: el recuerdo de nuestra mortalidad sirve también para hacernos pensar que no contamos más que con un tiempo limitado para llevar a término nuestra vida: “Acuérdate de tu Creador en tus días mozos..., mientras no vuelva el polvo a la tierra, a la que era, y el espíritu vuelva a Dios que es quien lo dio” (Qo 12, 1.7)».[14]

1. El sentido de la muerte cristiana

        «Gracias a Cristo, la muerte cristiana tiene un sentido positivo. Así lo han vivido y enseñado con sus palabras y ejemplos todos los santos:

        “Para mí la vida es Cristo y morir una ganancia” (Flp 1, 21). “Para mí es mejor morir en Cristo Jesús que reinar de un extremo a otro de la tierra. Lo busco a Él, que ha muerto por nosotros; lo quiero a Él, que ha resucitado por nosotros. Mi parto se aproxima.. Dejadme recibir la luz pura; cuando yo llegue allí, seré un hombre”.[15]

        En la muerte, Dios llama al hombre hacia sí. Por eso, el cristiano puede experimentar hacia la muerte un deseo semejante al de San Pablo: “Deseo partir y estar con Cristo” (Flp 1, 23); y puede transformar su propia muerte en un acto de obediencia y de amor hacia el Padre, a ejemplo de Cristo (Lc 23, 46) y de los santos:

– “Mi deseo terreno ha desaparecido..., hay en mí un agua viva que murmura y que dice desde dentro de mí: ‘ven al Padre’ ” (San Ignacio de Antioquía).[16]
– “Yo quiero ver a Dios
 y para verlo es necesario morir” (Santa Teresa de Jesús).[17]  
– “Yo no muero, entro en la vida” (Santa Teresa del Niño Jesús).
[18]

        La visión cristiana de la muerte se expresa de modo privilegiado en la Liturgia de la Iglesia: “La vida de los que en ti creemos, Señor, no termina, sino que se transforma; y, al deshacerse nuestra morada terrenal, adquirimos una mansión eterna en el Cielo”.[19]

        La muerte es el fin de la peregrinación terrena del hombre, del tiempo de gracia y de misericordia que Dios le ofrece para realizar su vida terrena según el designio divino y para decidir su último destino. Cuando ha tenido fin “el único curso de nuestra vida terrena”, ya no volveremos a otras vidas. “Está establecido que los hombres mueran una sola vez” (Heb 9, 27). No hay “reencarnación” después de la muerte.

        La Iglesia nos anima a prepararnos para la hora de la muerte (“De la muerte repentina e imprevista, líbranos, Señor”, dicen las Letanías de los Santos), a pedir a la Madre de Dios que interceda por nosotros “en la hora de nuestra muerte”, (en el Ave María), a confiarnos a San José, patrono de la buena muerte:

        “Habrías de ordenarte en toda cosa como si luego hubieses de morir. Si tuvieses buena conciencia, no temerías mucho la muerte. Mejor sería huir de los pecados que de la muerte. Si hoy no estás preparado, ¿cómo lo estarás mañana?”[20]».[21]

        San Juan Bosco, patrono de la juventud, aconsejaba a sus jóvenes que meditasen frecuentemente sobre la muerte: «Ahora el demonio para inducirte a pecar, se esfuerza en distraerte de este pensamiento, en cubrir y excusar la culpa, diciéndote que no hay gran mal en aquel placer, en aquella desobediencia, en faltar a Misa los días festivos, pero en el momento de la muerte te hará conocer la gravedad de las faltas y te las representará todas vivamente. ¿Qué le responderás tú en aquel terrible instante? ¡Ay de aquel que entonces se encuentre en desgracia de Dios! ... Todo esto lo verás en el momento en que se abrirá delante de ti el camino de la eternidad. Sí, de aquel instante depende una eternidad de gloria o de tormento ¿Comprendes lo que te digo?».[22]

        Los santos nos dan ejemplo de cómo debemos vivir preparados para partir en el momento menos pensado. San Francisco de Asís, poco antes de su muerte, cantaba:

 

«Y por la hermana muerte, ¡loado mi Señor!

Ningún viviente escapa a su persecución,

¡ay si en pecado grave sorprende al pecador!  
¡Dichosos los que cumplen la voluntad de Dios
!»[23]

 

«Consideramos los problemas esenciales: la vida y la muerte, la mortalidad y la inmortalidad. En la historia de la humanidad Jesús ha invertido el sentido de la vida humana. Si la experiencia cotidiana nos muestra la existencia como un pasaje hacia la muerte, el misterio pascual nos abre la perspectiva de una vida nueva más allá de la muerte. Por ello, la Iglesia, que profesa en su Credo la muerte y la resurrección de Jesús, tiene todas las razones para pronunciar también estas palabras: “Creo en la resurrección de la carne y en la vida eterna”».

Juan Pablo II,  
 a los jóvenes durante el encuentro celebrado  
en la sala Pablo VI, el 20 de marzo de 1997, 5.



[1] Pablo VI, Credo del Pueblo de Dios, 28.  
[2]
San Gregorio Magno, Los Morales, 1, 14.  
[3]
Tertuliano, De resurrectione carnis, 1,1.
[4]
Catecismo de la Iglesia Católica, 991.  
[5]
Catecismo de la Iglesia Católica, 997-1001.  
[6]
Cf. Hech 23, 6.  
[7]
Cf. Jn 11, 24.  
[8]
Catecismo de la Iglesia Católica, 992-994.  
[9]
Cf. Hech 17, 32; 1 Co, 12-13.  
[10]
San Agustin, Enarr. in Ps., LXXXVIII, II, 5.  
[11]
Catecismo de la Iglesia Católica, 995-996.  
[12]
Concilio de Letrán IV: DS 801.  
[13]
Adverus haereses, 4, 18, 4-5.  
[14]
Catecismo de la Iglesia Católica, 1005-1007.  
[15]
San Ignacio de Antioquía, Carta a los Romanos, 6, 1-2.
[16]
Idem 7, 2.  
[17]
Libro de la Vida, 1; cf. Poesía, 7: Biblioteca Mística Carmelitana, v. 6. Burgos, 1919, p. 86.  
[18]
Carta del 9 de junio de 1897.  
[19]
Misal Romano, Prefacio de la Misa de difuntos.  
[20]
Imitación de Cristo, 1, 23, 1.
[21]
Catecismo de la Iglesia Católica, 1010-1014.  
[22]
La juventud instruida, IV, III.  
[23]
Cántico de las Creaturas, en Opuscula sancti Patris Francisci Assisiensis, ed. C. Esser (Grottaferrata 1978), p. 85-86.

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