| Página Principal | Padre Carlos M. Buela | Indice del Catecismo |
Creo en el perdón de los pecados
Artículo
10
«Creo en el perdón de los
pecados»
Por ser el
pecado una ofensa a Dios, en cierto modo infinita, únicamente Dios lo puede
perdonar: «¿Quién puede perdonar los pecados sino sólo Dios?» (Mc 2, 7). Dice el Señor: «Soy yo quien, por amor de
mí, borro tus pecados y no me acuerdo más de tus rebeldías» (Is 43, 25). Nosotros siempre le pedimos
«Perdónanos nuestras ofensas» (es decir, nuestros pecados) (Mt 6, 12).
Por el
Bautismo se nos perdona el pecado original
(y si el que se bautiza es una persona que ya tiene uso de razón, se perdona también
cualquier otro pecado con tal que tenga el debido arrepentimiento) con el que todos
nacemos y se nos da la gracia santificante merced a la cual vivimos «una vida
nueva» (Ro 6, 4).
El mismo
Cristo, que «tiene sobre la
tierra poder de perdonar pecados» (Mc 2, 9) fue quien antes de dejar este mundo
trasmitió ese poder tremendo a los Apóstoles y a los
sacerdotes: «a quien
perdonéis los pecados les serán perdonados y a quienes se los retuviereis les serán
retenidos» (Jn 20, 23).
«En la remisión de los pecados, los sacerdotes y los
sacramentos son meros instrumentos de los que quiere servirse nuestro Señor Jesucristo,
único autor y dispensador de nuestra salvación, para borrar nuestras iniquidades y
darnos la gracia de la justificación».[1]
Los sacerdotes tienen autoridad para perdonar todos los pecados,
en nombre y con el poder de Cristo, siempre que el penitente esté arrepentido de los
mismos. Si éste no está arrepentido, ni Dios mismo
puede perdonar, porque Dios nunca actúa contra la libertad del hombre. Enseña San Agustín: «Quien te creó
sin ti, no te salvará sin ti».[2] Para crearnos Dios no necesitó de nuestra
colaboración, en cambio para salvarnos ha querido necesitar de nuestra colaboración, no
poniendo nosotros obstáculos a su gracia salvadora.
Por muy
graves que sean nuestros pecados, si estamos seriamente arrepentidos al recibir la
absolución del sacerdote, Dios nos
perdona de verdad: «aunque tus pecados sean rojos como la grana, Yo los volveré blancos
como la nieve» (Is 1, 18). «Y hay más
alegría en el Cielo por un pecador que se convierte que por noventa y nueve justos que no
necesitan convertirse» (Lc 15, 7).
«No hay
ninguna falta, por grave que sea, que la Iglesia no pueda
perdonar: No hay nadie, tan perverso y tan culpable, que no deba esperar con
confianza su perdón,
siempre que su arrepentimiento sea sincero.[3] Cristo, que ha muerto por todos los hombres, quiere que, en su Iglesia, estén
siempre abiertas las puertas del perdón a cualquiera que vuelva del pecado (Mt 18, 21-22)».[4]
Siempre es
bueno que medites en «la grandeza incomparable del don que Cristo resucitado
ha hecho a su Iglesia: la
misión y el poder de perdonar verdaderamente los pecados,
por medio del ministerio de los Apóstoles y de sus
sucesores: El Señor quiere que sus discípulos tengan un poder inmenso: quiere que
sus pobres servidores cumplan en su nombre todo lo que había
hecho cuando estaba en la tierra (San Ambrosio).[5] Los sacerdotes han
recibido un poder que Dios no ha dado ni a los ángeles ni
a las arcángeles... Dios sanciona allá arriba todo lo que los sacerdotes hagan aquí
abajo (San Juan Crisóstomo).[6] Si en la Iglesia no hubiera remisión de los
pecados, no habría ninguna esperanza, ninguna expectativa de una vida eterna y de una
liberación eterna. Demos gracias a Dios que ha dado a la Iglesia semejante don (San
Agustín[7])».[8]
Copyright © EDICIONES DEL VERBO ENCARNADO- Todos los derechos reservados.