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Creo en el perdón de los pecados

Artículo 10

«Creo en el perdón de los pecados»

          Tan misericordioso es nuestro Salvador que quiso que especialmente «se predicase en su nombre la penitencia para la remisión de los pecados a todas las naciones» (Lc 24, 27).

        Por ser el pecado una ofensa a Dios, en cierto modo infinita, únicamente Dios lo puede perdonar: «¿Quién puede perdonar los pecados sino sólo Dios?» (Mc 2, 7). Dice el Señor: «Soy yo quien, por amor de mí, borro tus pecados y no me acuerdo más de tus rebeldías» (Is 43, 25). Nosotros siempre le pedimos «Perdónanos nuestras ofensas» (es decir, nuestros pecados) (Mt 6, 12).

        Por el Bautismo se nos perdona el pecado original (y si el que se bautiza es una persona que ya tiene uso de razón, se perdona también cualquier otro pecado con tal que tenga el debido arrepentimiento) con el que todos nacemos y se nos da la gracia santificante merced a la cual vivimos «una vida nueva» (Ro 6, 4).

        El mismo Cristo, que «tiene sobre la tierra poder de perdonar pecados» (Mc 2, 9) fue quien antes de dejar este mundo trasmitió ese poder tremendo a los Apóstoles y a los sacerdotes: «a quien perdonéis los pecados les serán perdonados y a quienes se los retuviereis les serán retenidos» (Jn 20, 23).

            «En la remisión de los pecados, los sacerdotes y los sacramentos son meros instrumentos de los que quiere servirse nuestro Señor Jesucristo, único autor y dispensador de nuestra salvación, para borrar nuestras iniquidades y darnos la gracia de la justificación».[1]

            Los sacerdotes tienen autoridad para perdonar todos los pecados, en nombre y con el poder de Cristo, siempre que el penitente esté arrepentido de los mismos. Si éste no está arrepentido, ni Dios mismo puede perdonar, porque Dios nunca actúa contra la libertad del hombre. Enseña San Agustín: «Quien te creó sin ti, no te salvará sin ti».[2] Para crearnos Dios no necesitó de nuestra colaboración, en cambio para salvarnos ha querido necesitar de nuestra colaboración, no poniendo nosotros obstáculos a su gracia salvadora.

        Por muy graves que sean nuestros pecados, si estamos seriamente arrepentidos al recibir la absolución del sacerdote, Dios nos perdona de verdad: «aunque tus pecados sean rojos como la grana, Yo los volveré blancos como la nieve» (Is 1, 18). «Y hay más alegría en el Cielo por un pecador que se convierte que por noventa y nueve justos que no necesitan convertirse» (Lc 15, 7).

        «No hay ninguna falta, por grave que sea, que la Iglesia no pueda perdonar: “No hay nadie, tan perverso y tan culpable, que no deba esperar con confianza su perdón, siempre que su arrepentimiento sea sincero”.[3] Cristo, que ha muerto por todos los hombres, quiere que, en su Iglesia, estén siempre abiertas las puertas del perdón a cualquiera que vuelva del pecado (Mt 18, 21-22)».[4]

        Siempre es bueno que medites en «la grandeza incomparable del don que Cristo resucitado ha hecho a su Iglesia: la misión y el poder de perdonar verdaderamente los pecados, por medio del ministerio de los Apóstoles y de sus sucesores: “El Señor quiere que sus discípulos tengan un poder inmenso: quiere que sus pobres servidores cumplan en su nombre todo lo que había hecho cuando estaba en la tierra” (San Ambrosio).[5] “Los sacerdotes han recibido un poder que Dios no ha dado ni a los ángeles ni a las arcángeles... Dios sanciona allá arriba todo lo que los sacerdotes hagan aquí abajo” (San Juan Crisóstomo).[6] “Si en la Iglesia no hubiera remisión de los pecados, no habría ninguna esperanza, ninguna expectativa de una vida eterna y de una liberación eterna. Demos gracias a Dios que ha dado a la Iglesia semejante don” (San Agustín[7])».[8]


[1] Catecismo Romano, 1, 11, 6; citado por el Catecismo de la Iglesia Católica, 987.  
[2]
Sermón 169, XI,13, PL:38,923.  
[3]
Catecismo Romano, 1, 11, 5.  
[4]
Catecismo de la Iglesia Católica, 982.  
[5]
De poenit. 1, 34.  
[6]
De sacerd. 3, 5.  
[7]
Sermón 213, 8.  
[8]
Catecismo de la Iglesia Católica, 983.

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