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Creo en la Santa Iglesia Católica
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Artículo 9

«Creo en la Santa Iglesia Católica,  
en la comunión de los Santos»

 

INTRODUCCIÓN

        La Santa Cruz es la señal del católico porque con ella significamos los tres principalísimos misterios de nuestra Santa Religión:

1. El de la Santísima Trinidad: tres Personas en una sola naturaleza;
2. El de Jesucristo Nuestro Señor,
verdadero Dios y verdadero hombre que, muere en la Cruz para salvarnos;
3. El de la Santa Iglesia
 Católica, que es el Reino de salvación que viene de la Trinidad y desemboca en la Trinidad, que Jesucristo ha continuado, difundido y comunicado a través del tiempo y del espacio; el arca sobrenatural de salvación por medio de la gracia santificante que comunica a través de los sacramentos.

        Cuatro cosas expresan lo que es la Iglesia:

1. su naturaleza;
2. sus propiedades o notas;
3. sus miembros; 
4. sus estados.

I.NATURALEZA DE LA IGLESIA

        La Iglesia se refiere esencialmente a la Santísima Trinidad: «es un pueblo reunido en virtud de la unidad del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo» (San Cipriano).[1] La Iglesia es el Pueblo de Dios[2], el Cuerpo de Cristo[3] y el Templo del Espíritu Santo.[4]

1. Somos el pueblo comprado por la Sangre de Cristo

        «Cristo murió por todos» (2 Co 5,15), quiere que todos los hombres se salven y vengan al conocimiento de la verdad (1 Tim 2,4). Para eso fundó la Iglesia. Preparó su fundación al poner sus cimientos durante su vida pública, al enseñar la doctrina que había de ser predicada, al instituir los sacramentos que son los canales por los cuales llega la gracia de Dios a los hombres, al dejar la Santa Misa como sacrificio perpetuo de expiación por los pecados, al promulgar las leyes que regirán la vida de los fieles, al establecer el sacerdocio católico, al elegir las autoridades de su pue­bl EÍ "pueblo" o, el Papa y los Obispos, al confesar San Pedro la fe en la divinidad y mesianidad de Jesucristo: «Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios vivo» (Mt 16, 16). Esta larga preparación culminó con el Sacrificio de la Cruz ya que del costado herido del Señor brotó la Iglesia, como antes había salido Eva del costado de Adán. Cristo es el nuevo Adán, la Iglesia es la nueva Eva, «la única inmaculad a y virgen, Santa Madre Iglesia».[5] Esta Iglesia, así nacida, la presentó «públicamente el día de Pentecostés».[6] De tal manera, que hubo tres etapas en la fundación de la Iglesia por parte de Cristo: su preparación, su culminación y su presentación.

2. El bautismo nos incorpora al Iglesia.

        Por el Bautismo hemos sido incorporados a la Iglesia Católica, hemos sido hechos miembros vivos de Jesucristo, en el nombre de la Santísima Trinidad. Constituyen la Iglesia todos los hombres que han sido salvados por Jesucristo. Llamamos «iglesias» a los templos en los que se reúnen los miembros de la Iglesia para adorar a Dios y darle culto. Jesucristo muere por todos y cada uno de nosotros, muere por la Iglesia, es decir por los hombres que la constituyen, no por los ladrillos, el revoque, las chapas, las baldo­sas, los bancos, etc. de nuestros templos.

3. Los símbolos o figuras de la Iglesia[7]

        La Sagrada Escritura nos presenta a la Iglesia valiéndose de muchas imágenes.

a) Es como un redil (Jn 10, 1-10) cuya puerta es Cristo.
b)
Es como un rebaño (Jn 10, 1-5) de ovejitas cuyo pastor es Cristo
.
c)
Es como un campo de Dios
 (1 Co 3, 9) donde el Señor plantó la viña elegida[8] (Mt 21,33-43); la vid verdadera es Cristo y nosotros somos las ramas que vivimos por estar unidos a Él que nos transmite ­la savia, es decir, la gracia (Jn 15, 1-5).
d)
Es el edificio de Dios
, la construcción de Dios (1 Co 3, 9) en el cual Jesucristo es la piedra fundamental (Mt 21, 42).
e)
Es la casa de Dios
 (1 Tim 3, 15) porque en ella habitan todos sus verdaderos hijos.
f)
Es la familia
 de Dios (Ef 2, 19-22) en la cual todos somos hijos de un mismo Padre y, por tanto, hermanos entre nosotros.
g)
Es el templo santo (Ef 2, 21), en el que nosotros somos piedras vivas (1Pe 2, 5).

h)
Es la nueva Jerusalén (Ap 3,12), o Jerusalén Celestial (Heb 12, 22) porque es el lugar del encuentro
 de Dios y del hombre y donde se manifiesta la gloria de Dios.
i)
Es la Esposa de Cristo
 (Ef 5, 22-32) porque Él amó a la Iglesia y se entregó por ella, purificándonos por el Bautismo y la Palabra.
j)
Es el Reino de Dios
 (Mc 1, 15) o Reino de los Cielos (Mt 3,2) porque en ella Dios es el Rey y nosotros somos los súbditos.
k)
Es el Cuerpo de Cristo
 (1 Co 12, 12-27). Todos los bautizados estamos unidos a Cristo, como los miembros de un cuerpo a la cabeza; somos hermanos entre nosotros y así formamos una familia: la Iglesia.
l)
Es la plenitud de Cristo
 (Ef 1, 23) porque no sólo está formada por la Cabeza, Cristo, sino también por los miembros de la Cabeza, otros «Cristos».[9]
m)
Es nuestra Madre
 (Ga 4,26), ya que la Iglesia nos engendra mediante los sacramentos al darnos la Vida sobrenatural que Cristo vino a traer.
n)
Es el Pueblo de Dios
 (Heb 4, 9) que continúa la obra de Jesucristo.

II.propiedades o NOTAS DE LA IGLESIA DE CRISTO

         Son las cualidades o atributos de la Iglesia de Jesucristo. El Credo Niceno-constantinopolitano nos señala cuatro atributos: la Iglesia que fundó Jesús es una, santa, católica y apostólica.

1. La Iglesia es UNA

        Es Una porque «uno sólo es el Señor, una sola la fe y uno solo el Bautismo» (Ef 4, 5), porque una sola es la Cabeza visible, el Papa, «principio perpetuo... fundamento visible de la Unidad»,[10] porque «uno e idéntico es el Espíritu que infunde la gracia a los fieles» (1 Co 12,11) porque «sólo hay un cuerpo y un solo Espíritu» (Ef 4, 3-4); porque en cada Diócesis hay un solo Obispo, el cual «unido al Papa» es «principio y fundamento vi­sible de unidad en su Iglesia particular».[11]

        «Sólo existe una Iglesia, y sólo esa llega­rá al puerto; cualquiera otra va a naufragio...».[12] Las demás «iglesias» no son ver­daderas, porque no han sido fundadas por Jesucristo, y el «destello de aquella verdad que ilumina a todos los hombres»[13] que hay en ellas, son obra del Espíritu Santo, y son una preparación para el Evangelio.[14]

a) La unidad de los cristianos: El ecumenismo.

        Por razón de la promesa-profecía de Cristo «habrá un sólo rebaño y un sólo pastor» (Jn 10, 10) y de su oración sacerdotal «que todos sean uno» (Jn 17, 21) la Iglesia católica está empeñada en lograr la unión de todos los cristianos, o sea, de los «que invocan al Dios Trino y confiesan a Jesús Señor y Salvador»[15] Esta tarea se llama ecumenismo. Esto lo hace por medio de una renovación permanente de la Iglesia en una fidelidad mayor a su vocación, de la conversión del corazón para llevar una vida más de acuerdo al Evangelio, de la oración en común, del fraterno conocimiento recíproco, del diálogo y de la colaboración.[16]

2. La Iglesia es SANTA

        La Iglesia es Santa porque está «consagrada y dedicada a Dios»;[17] porque «santa es su Cabeza invisible, Cristo» (Ef 4,15-16); porque los sacra­mentos que distribuye producen la santidad, porque santo es su fin: la gloria de Dios y la salvación de los hombres; porque sus miembros deben ser santos, es decir, vivir en gracia de Dios (si hay miembros de la Iglesia que son pecadores no es por culpa de la Iglesia sino por culpa de ellos, en cuanto que no quieren ser miembros obedientes de la Iglesia).

3. La Iglesia es CATÓLICA

        La Iglesia es Católica, o sea, «universal» en el sentido de «según la totalidad» o «según la integridad», porque no se deja encerrar en los límites de una nación, de una época, de una raza, de una civilización, de una clase social, de una cultura o de un idioma: «no hay griego ni judío... bárbaro o escita, siervo o libre, porque Cristo lo es todo en todos» (Col 3, 11); porque todos cuantos se salvan, se salvan en cuanto se adhieran a Ella, algunos visiblemente a su Cuerpo e invisiblemente a su «alma», y otros que, ignorando sin culpa el Evangelio y cumpliendo la voluntad de Dios, se salvanporque pertenecen al «alma» de la Iglesia, ya que obran bajo el influjo de la gracia[18] del Espíritu Santo y«el Espíritu Santo es el alma de la Iglesia».[19]

a) La misión.

        Toda la Iglesia tiene por misión buscar la mayor gloria de Dios y la salvación de todos los hombres. Por eso «la Iglesia peregrinante es, por su naturaleza, misionera».[20] No puede nunca jamás dejar de oír el mandato de su Señor: «Id por el mundo entero, predicad el Evangelio a toda la creación» (Mc 16, 15).[21]

        El trabajo misionero, luego de 2000 años, podemos decir que está en sus comienzos, ya que hay dos terceras partes de la humanidad que no conocen a Jesucristo. «No podemos permanecer tranquilos si pensamos en los millones de hermanos y hermanas nuestros, redimidos también por la sangre de Cristo, que viven sin conocer el amor de Dios. Para el creyente, en singular, lo mismo que para toda la Iglesia, la causa misionera debe ser la primera, porque concierne al destino eterno de los hombres y responde al designio misterioso y misericoridioso de Dios».[22]

        Siempre debemos rezar por los misioneros y misioneras esparcidos por los cinco continentes, que muchas veces coronan con el martirio su fidelidad a Jesucristo y a su Iglesia.

        Además, debemos pedir que surjan muchas vocaciones misioneras en las familias cristianas:«Cuando los padres están dispuestos a consentir que uno de sus hijos marche para la misión, cuando han pedido al Señor esta gracia, Él los recompensará, con gozo, el día en que un hijo suyo o hija escuche su llamada».[23]

         Tampoco debes olvidar que siempre te corresponde ser misionero en los ambientes en que te toca vivir, tal vez en tu propia casa: «Hay necesidad de jóvenes en misión en sus ambientes; jóvenes alegres y fuertes, humildes y valientes, tenaces y emprendedores; que sepan presentar con convicción a Cristo, testigos suyos con palabras y obras, con su vida cotidiana» (Juan Pablo II).[24]

b) los no–cristianos: El diálogo interreligioso.

        «La tarea misionera implica un diálogo respetuoso con los que todavía no aceptan el Evangelio. Los creyentes pueden sacar provecho para sí mismos de este diálogo aprendiendo a conocer mejor “cuanto de verdad y de gracia se encontraba ya entre las naciones, como por una casi secreta presencia de Dios”.[25] Si ellos anuncian la Buena Nueva a los que la desconocen, es para consolidar, completar y elevar la verdad y el bien que Dios ha repartido entre los hombres y los pueblos, y para purificarlos del error y del mal “para gloria de Dios, confusión del diablo y felicidad del hombre[26]».[27] Es el llamado Diálogo interreligioso.

4. La Iglesia es APOSTÓLICA

        La Iglesia es Apostólica, es decir, firme, porque tiene su funda­mento en los mismos Apóstoles; porque ellos la propagaron por el mundo; porque de ellos a los obispos actuales hay una serie ininterrumpida de pastores, porque su doctrina es idéntica a la de los Apóstoles: sigue siempre repitiendo el mismo Credo; porque es jerárquica. Y sólo la Santa Iglesia Católica, «Madre y Maestra de todos los fieles»,[28] «columna y fundamento de la verdad» (1 Tim­ 3,15), posee esas características. Porque la Iglesia fundada por Cristo «permanece en la Iglesia Católica gobernada por el sucesor de Pedro y los obispos en comunión con él».[29]

a) y «Romana»

        La Iglesia Católica es también llamada «Romana» porque el Papa tiene su cátedra en Roma, fundada sobre la tumba del Apóstol San Pedro, primer Papa. «La fe genuina se conserva segura e inviolable en la Iglesia de Roma».[30] San Vicente Ferrer enseña: «Si los ángeles de Dios hablaran contra la determinación de la Iglesia Romana no habría que creer­, según dice San Pablo: “Si un ángel de Dios os anunciara un Evangelio distinto del que hemos predi­cado, sea anatema” (Ga 1,8)».[31]

        Esto quiere decir que, según la voluntad de Nuestro Señor Jesucristo, su Iglesia tiene una osatura determinada, es vertebrada, no es como un molusco o un flan, no es puramente espiritual, interior, invisible, sino que también es humana, social, exterior y visible: jerarquía.

b) Las vocaciones

        Las vocaciones a la vida consagrada, a saber, sacerdotal, diaconal, misionera, religiosa y a la secularidad consagrada, «afecta a la Iglesia en una de sus notas fundamentales, que es la de su apostolicidad».[32] Las vocaciones «son la comprobación de la vitalidad de la Iglesia. La vida engendra la vida...».[33] Son la señal de la vitalidad y madurez cristiana de toda comunidad. Todo cristiano tiene el deber de rezar pidiendo a Dios el aumento,perseverancia y santificación de las vocaciones, como nos enseñó el Señor: «Rogad al dueño de la mies que mande obreros a su mies» (Mt 9, 37).

c) Las sectas

        La falta de pastores verdaderos lleva a mucha gente a buscarse pastores falsos. La carencia de vocaciones sacerdotales y religiosas es uno de los factores que nos lleva a presenciar lo que los obispos latinoamericanos llaman «invasión de sectas».[34]

        «El problema de las sectas ha adquirido proporciones dramáticas y ha llegado a ser verdaderamente preocupante sobre todo por el creciente proselitismo», señalan los Obispos de nuestro continente.[35]

        Hay que advertir que no son sectas las denominaciones protestantes que creen en la Trinidad y en la divinidad de Jesús, como las llamadas Iglesias nacionales, a saber: la Iglesia luterana, la Iglesia reformada o calvinista y la Iglesia anglicana;no son sectas «propiamente» las llamadas Iglesias libres, como ser: la presbiterana, la congregacionalista, la baptista, la metodista, etc.

        El joven debe estar prevenido de lo que se denominan «sectas fundamentalistas» y «nuevos movimientos religiosos o movimientos religiosos libres», como los Testigos de Jehová, los Mormones, pentecostales, etc.

        «Muchos movimientos pseudo-religiosos de carácter orientalista y aquéllos de ocultismo, adivinación y espiritismo minan la fe y causan desconcierto en las mentes, dando soluciones falsas a los grandes interrogantes del hombre, su destino, su libertad y el sentido de la vida».[36]

        De manera particular los jóvenes de nuestro tiempo deberán estar prevenidos contra el movimiento gnóstico denominado «New Age» (Nueva Era o Era de Acuario), que pregona el final de la era cristiana, llamada por ellos «era de Piscis».

        Los jóvenes deben ser apóstoles de los jóvenes. Hay muchos que andan a la deriva y, tal vez, por culpa nuestra de no dar claro testimonio de Jesucristo, terminan anclando en las sectas. El remedio está en dar una respuesta entusiasta a sus interrogantes, en tres campos bien específicos:  

1. Debemos saber presentar una liturgia viva: «Promover una liturgia viva en la que los fieles se introduzcan al misterio». Eso significa que, primeramente, tienes que aprender a «vivir la Misa» e introducirte en su misterio;  
2. Debemos vivir en nuestra comunidad una fraternidad sentida, auténtica, donde nos tratemos como verdaderos hermanos;  
3. Nuestra comunidad debe caracterizarse por una activa participación misionera:

        En resumen, la solución está en: «una Liturgia viva, una fraternidad sentida y una activa participación misionera».[37]

 

«A los mismos jóvenes ruego que escuchen la palabra de Cristo que les dice, igual que a Simón Pedro y Andrés en la orilla del lago: “Venid conmigo, y os haré pescadores de hombres” (Mt 4, 19). Que los jóvenes tengan la valentía de responder, igual que Isaías: “Heme aquí, Señor, estoy dispuesto, envíame” (cf. Is 6, 8). Ellos tendrán ante sí una vida atrayente y experimentarán la verdadera satisfacción de anunciar la “Buena Nueva” a los hermanos y hermanas, a quienes guiarán por el camino de la salvación».

Juan Pablo II,
Carta encíclica Redemptoris missio,80.

 

III.LOS MIEMBROS DE LA IGLESIA

1. El Papa

        El jefe visible de la Iglesia es el Papa, Vicario de Jesucristo y Sucesor de San Pedro, «el dulce Cristo de la tierra» (Santa Catalina de Siena)[38] el que, como ya dijimos, es infalible en la enseñanza de las verdades de fe y mo­ral, al cual deben subordinarse todos en la Iglesia, aún «los mismos concilios»,[39] tiene autoridad parapromulgar leyes para toda la Iglesia,[40] es juez supremo en la tierra y no puede ser «juzgado por nadie» en este mundo,[41] por lo tanto, obedecerle es «de toda necesidad de salvación para toda humana cria­tura»,[42] es la piedra sobre la que se edifica la Iglesia.[43] Por eso allí «donde está Pedro, allí está la Iglesia»[44] y «nadie puede poner otro fundamento» (1 Co 3, 11).

2. Los Obispos

        Son los Sucesores de los Apóstoles.[45] Ellos son los que manifiestan y conservan la tradición apostólica en todo el mundo.[46] De ellos dijo Jesús: «El que a vosotros oye, a Mí me oye, y el que a vosotros desecha, a Mí me desecha» (Lc 10, 16). Por eso enseñaba San Igna­cio de Antioquía: «Permaneced sometidos a vuestro Obispo como Jesús estaba sometido a su Padre... No hagáis nada contra su voluntad. Unidos al Obispo, como la Iglesia lo está a Cristo, y Cristo al Padre, para que en todo reine la armonía de la unidad»[47] y San Cipriano: «Si alguien no está con el obispo, ese no está con la Iglesia».[48]

        Junto con el Papa como Cabeza, forman «una especie de Colegio o grupo estable».[49] Este Colegio o cuerpo episcopal «no tiene ninguna autoridad si no se le considera junto con el Romano Pontífice, sucesor de Pedro, como Cabeza del mismo».[50] La potestad que tiene este Colegio se expresa de modo solemne en los Concilios Ecuménicos. Además, este Colegio, en cuanto compuesto de muchos, expresa la variedad y universalidad del Pueblo de Dios; y en cuanto agrupado bajo una sola Cabeza, expresa la unidad del único rebaño de Cristo.[51]

3. Los Sacerdotes[52]

        Los sacerdotes son los padres y maestros del Pue­blo de Dios, sirven a Cristo Sacerdote, Maestro y Rey de cuyo ministerio participan, son instrumentos de Dios para llevar la salvación a los hombres. Representan en nuestras comunidades a Cristo, Cabeza y Pastor. Tienen poder para convertir el pan y el vino en el Cuerpo y la Sangre del Señor, para perdonar nuestros pecados, para predicar la Palabra de Dios.

4. Los Laicos[53]

        Los laicos son la inmensa mayoría del Pueblo de Dios, son los padres y las madres de familia, los obreros, los estudiantes, los profesionales, los empleados, los gobernantes, los empresarios, etc. Tienen por vo­cación específica la de hacerse santos viviendo en el mundo, o sea, haciendo la voluntad de Dios en la familia, en el trabajo, en las diversiones, en el deporte, etc. Al cumplir con los mandamientos de la ley de Dios en sus lugares de trabajo y de descanso, hacen que Dios reine en la familia, en las fábricas, en los sindicatos, en los hospitales, en los juzgados, en las fuerzas armadas, en las escuelas, en las univer­sidades, en los clubes deportivos, en toda la sociedad. El laico debe tratar que Dios sea «todo en todos» (1 Co 12,6) porque no hay nada verdaderamente humano que no deba ser puesto bajo la Realeza de Cristo. Los que rechazan, se oponen, o luchan para que Cristo no reine en la sociedad o les da lo mismo que reine o no reine, de hecho trabajan para el Diablo, porque los individuos y los pueblos a alguien tienen que servir. Servirán a Dios o servirán al Diablo. No cabe aquí ningún tipo de neutralidad. Pero, «sólo servir a Dios es reinar».[54]

5. Los Religiosos o Consagrados[55]

        Nos recuerdan a todos la importancia de los bienes del Cielo y siguen a Jesús desde muy cerca en el cumplimiento de los consejos evangélicos, de castidad, pobreza y obediencia tratando de vi­vir las «bienaventuranzas».

        Este estado de vida pertenece, «indiscutiblemente» a la vida y a la santidad de la Iglesia.[56]

        Los religiosos «en virtud de su estado, proporcionan un preclaro e inestimable testimonio de que el mundo un puede ser transformado ni ofrecido a Dios sin el espíritu de las bienaventuranzas».[57]

IV.LOS TRES ESTADOS DE LA IGLESIA

        La Iglesia tiene tres estados: peregrinante, paciente y celestial.

        La Iglesia no sólo está constituida por los que aún vivimos aquí en la tierra y vamos camino al Cielo, es decir, peregrinamos (por eso se llama Iglesia Peregrinante) y militamos luchando por Cristo (por eso se llama también Iglesia Militante), y que incluye el trigo (los buenos, «los hijos del Reino») y la cizaña (los malos, «los hijos del Maligno»), según la parábola de Mt 13, 38, sino que también está constituida por aquellos que habiendo ya muerto en gracia de Dios tienen sin embargo que purificarse todavía de las penas temporales merecidas por sus pecados y se encuentran actualmente en el Purgatorio (es lo que se llama la Iglesia Paciente o Purgante), y por último o, mejor dicho, principalmente, está integrada por aquellos hermanos nuestros que ya están gozando de Dios, Uno y Trino, en el Cielo (por eso es llamada Iglesia Celestial), junto con la Virgen, los ángeles buenos y todos los santos que han triunfado sobre sus enemigos (de donde también recibe el nombre de Iglesia Triunfante).

        Entre estos tres estados se forma lo que se llama: «la Comunión de los Santos». Por adorar «la Unidad en la Trinidad y la Trinidad en la Unidad»,[58] por confesar la fe en Jesús, «Tú eres el Cristo el Hijo de Dios vivo» (Mt 16, 16), «Dios verdadero de Dios verdadero, que por nosotros... y por nuestra salvación... se hizo hombre»,[59] por injertarnos en Él mediante el Bautismo participando de la vida divina que nos vino a traer, o sea, de la gracia santificante, por todo esto tanto los que ya reinan triunfantes en el cielo, como los que pacientemente están pagando sus pecados en el Purgatorio, como los peregrinos que militamos por Cristo en la tierra, todos formamos una sola y única Iglesia de Cristo. Es esto lo que se llama «la Comunión de los Santos». Dicha comunión, «común unión», es fruto de la misma vida divina, de la misma gracia de Dios que, al modo de la savia, recorre la totalidad de esa Vid que es la Iglesia, uniendo a todos sus miembros en Dios, que es tres veces Santo.

        El Cuerpo Místico de Cristo, formado por los fieles del Cielo, del Purgatorio y de la tierra, tiene por así decirlo, como un sistema circulatorio por el cual se distribuyen los bienes celestiales. Por eso podemos pedir unos por otros, por eso pedimos unos a otros para que sean intercesores nuestros, por eso un católico que vive en la Argentina está unido por la gracia con todos los católicos de cualquier parte del mundo, y está unión es más fuerte, más sólida, y más profunda que la que existe entre mi mano y mi cerebro ya que la unión sobrenatural obrada por la gracia es superior, sin comparación, a cualquier unión de orden natural. De ahí el intenso amor que debemos a todos los Santos: son hermanos nuestros muy queridos que, como nosotros, han tenido que luchar y sufrir para finalmente vencer con la ayuda de la gracia de Dios