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Creo en el Espíritu Santo
  Artículo 8


«Creo en el Espíritu Santo»

I.¿Quién es el Espíritu Santo?

        El Espíritu Santo es la Tercera Persona de la Santísima Trinidad, que «procede del Padre y del Hijo» (Credo Niceno-Constantinopolitano).

        Ese es el Espíritu que fecundó el seno de María obrando la Encarnación,[1] que en forma depaloma bajó sobre Jesús en el Bautismo,[2] y en forma de lenguas de fuego descendió sobre la Virgen María y los Apóstoles reunidos en el Cenáculo el día de Pentecostés, es decir cincuenta días después de la Resurrección de Jesús.[3]El Espíritu Santo es la «Imagen Perfecta de la Perfecta Vida, Causa de los vivientes, Manantial Sagr­ado, Santidad que comunica la santificación».[4]

        Jesús, cuando anuncia y promete la venida del Espíritu Santo, lo llama el «Paráclito» (Jn 14, 16) que habitualmente se traduce por «Consolador», y también lo llamó el «Espíritu de Verdad» (Jn 16, 13). Hablando con Nicodemo, Jesús usó la imagen del viento, «la palabra “espíritu” en su acepción primera significa “soplo, aire, viento”», para darnos a entender que el Espíritu divino es el Soplo de Dios: «El viento sopla donde quiere; tú oyes su sonido, pero no sabes de dónde viene, ni dónde va. Así acontece con todo aquel que ha nacido del Espíritu» (Jn 3, 8).

        Otros hermosos símbolos del Espíritu Santo son el agua, la unción, la nube y la luz, el sello, la mano, el dedo, la paloma y el fuego.[5]

        «Fuego he venido a traer sobre la tierra, y ¡cuánto desearía que ya ardiese!», dijo Jesús (Lc 12, 49).

II.Pentecostés

        «El día de Pentecostés (al término de las siete semanas pascuales), la Pascua de Cristo se consuma con la efusión del Espíritu Santo que se manifiesta, da y comunica como Persona divina».[6]

        El episodio de la venida del Espíritu Santo sobre los Apóstoles, reunidos en el Cenáculo «junto con María, la Madre de Jesús» (He 1, 14), lo narra San Lucas en los Hechos de los Apóstoles:

        Al cumplirse el día de Pentecostés, se hallaban todos juntos en el mismo lugar, cuando de repente sobrevino del cielo un ruido como de viento que soplaba con ímpetu, y llenó toda la casa donde estaban sentados. Y se les aparecieron lenguas divididas, como de fuego, posándose sobre cada uno de ellos. Todos quedaron entonces llenos del Espíritu Santo y se pusieron a hablar en otras lenguas, tal como el Espíritu les daba que hablasen. (He 2, 1-4).

        Este acontecimiento, que dio origen a la Iglesia, era el cumplimiento a la promesa del envío del Espíritu Santo, que en repetidas oportunidades había hecho Nuestro Señor. En una ocasión, en el día más solemne de la fiesta de Pascua, Cristo «gritó: “Si alguno tiene sed, venga a Mí, y beba el que crea en Mí”. Como ha dicho la Escritura: “De su seno manarán torrentes de agua viva”. Esto lo decía refiriéndose al Espíritu que iban a recibir los que creyeran en Él» (Jn 7, 37-39).

        Por eso hay que tener grandes deseos de poseer al Espíritu Santo y hay que encontrarlo en Jesucristo, creyendo en Él. Si buscas verdaderamente a Cristo, Él te dará a beber de su Espíritu, quedarás tan colmado y tan contento que en tu interior «correrán ríos de agua viva», como dice Jesús. De tal manera que no sólo tendrás agua en abundancia para ti, sino que también la tendrás para muchos otros.

III.El Espíritu Santo, el don de Dios

        «Dios es amor» (1 Jn 4, 8. 16) y el Amor que es el primer don, contiene todos los demás. Este amor, «el amor de Dios, se ha derramado en nuestros corazones por virtud del Espíritu Santo, que nos ha sido dado» (Ro 5, 5). Él es la ley nueva, la ley de caridad «que es vínculo de perfección» (Col 3, 14), es la «ley de la fe» (Ro 3, 27), es la «ley del Espíritu» (Ro 8, 2), es el «Evangelio de la gracia de Dios» (He 20, 24), es «la ley de la libertad» (Sant 2, 12), porque «donde está el Espíritu Santo está la libertad» (2 Co 3, 17), «es la fe que obra por el amor» (Ga 5, 6).

IV.Los frutos del Espíritu Santo

        Los que son fieles a la inspiración del Espíritu San­to dan frutos de «caridad, gozo, paz, longanimidad, afabilidad, bondad, fe, mansedumbre, templanza, con­tra esto no hay ley» (Ga 5, 22) porque «la ley no es para los justos» (1 Tim 1, 9). Es decir que los que son fieles al Espíritu no se contentan con cum­plir la ley sino que van más allá, viviendo aquello que decía San Agustín: «Ama y haz lo que quieras».[7] Ya que el que verdaderamente ama, hará tan sólo lo que Dios quiera.

        Tal vez no hay palabra más dura en la Sagrada Escritura que esta de San Pablo: «Si alguno no tiene el Espíritu de Cristo, ese no es de Cristo» (Ro 8, 9). No basta rezar, dar comida a los pobres, servir al prójimo, sacrificarse, estudiar, etc., si no lo hacemos en espíritu. Si dentro del alma no hay espíritu de oración, espíritu de amor a los pobres, espíritu de estudio, de servicio, de sacrificio... de nada vale la obra meramente externa.

        También es el Espíritu Santo quien hace que nunca la Santa Misa sea algo mecánico, rutinario y aburrido, sino algo «único». Toda Misa celebrada válidamente es una manifestación imperceptible, pero realísima del Espíritu Santo ya que el Espíritu Santo obra para manifestar a Cristo. La presencia de Jesucristo va unida a la acción del Espíritu Santo: donde está Cristo está el Espíritu Santo. «No me favorecería el hecho de que Cristo haya muerto por mí, si no me vivificara con su Espíritu», decía San Bernardo.[8] Por eso debes pedirle frecuentemente al Espíritu Santo que te enseñe a participar de manera activa, consciente y fructuosa de la Santa Misa.

V.El Espíritu Santo y la Iglesia

        El Espíritu Santo es el «alma de la Iglesia»: «Lo que el alma es al cuerpo del hombre, eso es el Espíritu Santo al cuerpo de Jesucristo».[9] Y nos congrega a todos en la unidad.

        «La Iglesia, comunión viviente en la fe de los Apóstoles que ella transmite, es el lugar de nuestro conocimiento del Espíritu Santo:

a) en las Escrituras que Él ha inspirado;  
b
) en la Tradición, de la cual los Padres de la Iglesia
 son testigos siempre actuales;  
c
) en el Magisterio
 de la Iglesia, al que Él asiste;  
d
) en la Liturgia sacramental, a través de sus palabras y de sus símbolos, en donde el Espíritu Santo nos pone en comunicación con Cristo;  
e
) en la oración
, en la cual Él intercede por nosotros;  
f
) en los carismas y ministerios, mediante los que se edifica la Iglesia
;  
g
) en los signos de vida apostólica y misionera;  

h
) en el testimonio de los santos, donde Él manifiesta su santidad y continúa la obra de la Salvación».[10]

        Además, «el Espíritu Santo viene en ayuda de nuestra flaqueza. Pues nosotros no sabemos pedir como conviene; mas el Espíritu mismo intercede por nosotros con gemidos inefables» (Ro 8, 26).Pero el Espíritu Santo, artífice de las obras de Dios, no sólo es el Maestro de la oración sino también el regalo que se nos da por la oración. El principal regalo que Dios hace al hombre y a la mujer es Dios mismo. No puede haber un regalo más grande que el mismo Ser infinito. El principal don es el Espíritu Santo y lo que se nos da a través de Él. De una manera especialísima recibimos el don del Espíritu Santo en el Sacramento de la Confirmación. Pero siempre, estemos ya confirmados o todavía no, debemos pedir a Dios Padre el don del Espíritu Santo, y que nos ayude a estar atentos a sus inspiraciones, a discernir las distintas mociones y a ejecutar con prontitud la voluntad de Dios. Nuestro Señor nos enseñó a hacer esta petición con mucha confianza:«¿Qué padre entre vosotros, si su hijo le pide pan, le dará una piedra? ...Si vosotros que sois malos, sabéis dar cosas buenas a vuestros hijos, ¿cuánto más vuestro Padre celestial dará el Espíritu Santo a los que se lo piden?» (Lc 11, 13).

        Digámosle a menudo:

Ven, Espíritu Santo,
llena los corazones de tus fieles
y enciende en ellos el fuego
 de tu amor.
V: Envía Señor, tu Espíritu,
para darnos nueva vida.

R: Y renovarás la faz de la tierra
. Amén»

        También podemos dirigirnos al Espíritu Santo con esta hermosa oración atribuida a San Fernando, Rey de Castilla:

Espíritu Santo, Amor del Padre y del Hijo,  
inspírame siempre lo que debo pensar,
lo que debo decir,
y cómo lo debo decir,
lo que debo callar,
lo que debo escribir,
cómo debo obrar,
lo que debo hacer para procurar Vuestra Gloria
,  
el bien de las almas y mi propia santificación. Amén.

        Juan Pablo II propuso a los jóvenes que rezaran a la Virgen pidiendo recibir el Espíritu Santo esta oración de San Idelfonso:[11]

Te suplico encarecidamente, oh Virgen santa,  
que yo reciba a Jesús por aquel Espíritu  
por obra del cual tú misma engendraste a Jesús.  
Que mi alma
 reciba a Jesús por aquel Espíritu,  
por obra del cual tu carne concibió al mismo Jesús.  
Que yo ame a Jesús en aquel mismo Espíritu,  
en el que tú lo adoras como Señor

y lo contemplas como Hijo
.[12]


[1] Cf. Lc 1, 35.  
[2]
Cf. Mc 1, 10.  
[3]
Cf. He 2, 3.  
[4]
San Gregorio Taumaturgo, Ex. de la Fe, E.P. 611.  
[5]
Puedes profundizar su significado en el Catecismo de la Iglesia Católica, nn. 694-701.  
[6]
Catecismo de la Iglesia Católica, 731.  
[7]
In Espístola Ioannis ad Partos, VII, 8.  
[8]
Epist. 107, 9: PL 182, 247 A.  
[9]
León XIII, Carta encíclica Divinum illud munus 13: ASS, 650.  
[10]
Catecismo de la Iglesia Católica, 688.  
[11]
De virginitate perpetua sanctae Mariae, XII: PL 96, 106.
[12]
Juan Pablo II, Mensajepara la XIII Jornada Mundial de la Juventud, 9.

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