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Desde allí ha de venir a juzgar...

Artículo 7

«Desde allí ha de venir a juzgar
a los vivos y a los muertos»

        San Pedro dijo de Cristo: «Éste es el que ha sido constituido Juez de vivos y muertos» (He 10,42).

I.Juicio final y juicio particular

        Cristo ha de venir por segunda vez al mundo, pero no ya como la primera, en Belén, pobre, humilde e ignorado, sino con poder y majestad. Todos deberán reconocerlo como Juez ya que vendrá para pronunciar el Juicio postrero.

        Con su Segunda Venida todos los enemigos de Cris­to quedarán completamente derrotados. Entonces Cristo hará que reinen junto con Él todos los que hayan sido sus fieles discípulos. Sin embargo, aún antes del fin de los tiempos, en el momento de nuestra muerte, cada uno de nosotros será juzgado: «cada cual dará a Dios cuenta de sí» (Ro 14, 12); «a los hombres les está establecido morir una vez y después de esto el juicio» (Heb 9, 27). Es lo que se llama «juicio particular».

        Se cuenta que un día San Luis Gonzaga estaba junto con unos amigos durante un recreo. Un sacerdote, para ver lo que pensaban, les preguntó qué harían si supiesen que dentro de pocas horas iban a morir. Uno respondió que se iría a confesar, otro que se iría a rezar, etc. El Santo respondió con sencillez: «seguiría jugando».[1] No tenía ningún temor ante la muerte porque vivía permanentemente en gracia de Dios. Para él, como para San Pablo, «la vida es Cristo y la muerte es una ganancia» (Flp 1, 21) ya que sabía que «el juicio de Dios es conforme a verdad» (Ro 2, 2). Decía Santa Rita de Casia que «la muerte, para el que procura servir a Dios de corazón, no es más que un dulce sueño».[2]

        Dios juzgará nuestros corazones para ver si hemos creído en sus enseñanzas trasmitidas por la Iglesia, si hemos cumplido sus mandamientos, si hemos recibido los sacramentos, y si hemos rezado como corresponde.

        A los buenos, a los que hayan muerto en gracia de Dios, les dirá: «Venid, benditos de mi Padre, tomad posesión del Reino preparado para vosotros desde la creación del mundo» (Mt 25, 34) y a los malos, que mueran en pecado mortal sin haberse arrepentido, les dirá: «Apartaos de mí, malditos, al fuego eterno, preparado para el diablo y sus ángeles» (Mt 25, 41).

        En el Cielo se goza de la visión de Dios, en el Infierno se sufre la ausencia de Dios. En el primero, las criaturas serán un motivo más de gozo, en el segundo, un motivo más de tormento, en el Cielo reina una ale­gría sin fin, en el Infierno una tristeza sin remedio, una fulgurante felicidad contra una opaca desdicha, un amor esplendoroso contra un odio ruin.

        El fin del hombre será tal cual haya sido su vida. Por eso es conveniente que «pienses a menudo en lo que pasará al fin de tu vida y así no pecarás más» (Sir 7, 40).

II.La purificación final o Purgatorio

        Jesús dijo: «Quien hablare contra el Espíritu Santo no será perdonado ni en este siglo ni en el venidero» (Mt 12, 32) y San Gregorio Magno, Papa, co­menta que con ello «se nos da a entender que algunas culpas se pueden perdonar en este mundo y al­gunas también en el futuro».[3]

        Es decir que hay un lu­gar intermedio entre el Cielo y el Infierno que es el Purgatorio, donde van las almas que aunque no ha­yan muerto en estado de pecado mortal tienen, sin embargo, que ser purificadas de sus culpas. Todas las almas que están en el Purgatorio pueden ser ayuda­das con nuestras oraciones.[4]

        La indulgencia es, justamente, la remisión parcial o total de la pena temporal debida por los pecados ya perdonados, y que debemos pagar en esta vida por las buenas obras o en el Purgatorio  por un tiempo de pena determinado.

 

«No hay desilusión, disipación, pecado , que no puedan ser superados en Cristo ; como no hay anhelo, necesidad, esperanza  que, inmersos en la órbita de Cristo, Señor y Redentor, no reciban los beneficios esperados. (...) Cristo es exigente. Pide todo. Llama a una generosidad incondicionada. Pero precisamente por esta totalidad el cristianismo sigue siendo una religión siempre actual y está destinado a encontrar plena sintonía con la conciencia  juvenil, que es propensa a la totalidad de la donación, ajena a medias medidas, hostil a los formalismos y a la superficialidad. Cristo abre un horizonte inmenso al joven. Le desvela las relaciones que hay entre la eternidad y el tiempo, entre la vida futura y la presente. Le muestra que existe un nexo profundo entre la verdad y el bien, y que, por lo tanto, el nivel moral de una existencia depende esencialmente de la propia capacidad de coherencia, que tiene raíces en la esfera íntima del pensamiento y del corazón».

Juan Pablo II,
Discurso a los jóvenes de Bari (Italia),  
11 de marzo de1984.


[1] Cf. San Juan Bosco, La juventud instruida, II, 1.  
[2]
De su vida.  
[3]
Diálogos 4, 39.  
[4]
Cf. 2 M 12, 43-46.

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