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Subió a los cielos...

Artículo 6

«Subió a los cielos, está sentado
a la derecha de Dios Padre»

          «El Señor Jesús, después de haber hablado con ellos, fue levantado a los Cielos y está sentado a la diestra de Dios» (Mc 16, 19); «al día cuadragésimo de su resurrección subió a los Cielos con la carne en que resucitó y con el alma».[1] Ascendió «por su propio poder», poder que tenía co­mo Dios y también poder de su alma glorificada so­bre su Cuerpo glorioso. «El que lo creó todo, subió por encima de todo y por su propio poder».[2]

        «Estar sentado» es una manera de decir que ha lle­gado al reposo que merece como guerrero vencedor. Es la postura del Rey y del Juez, lleno de poder y majestad.

        La Ascensión de Cristo al Cielo, entre otras cosas, nos mueve a buscar siempre las cosas esenciales, que son invisibles a los ojos del cuerpo, y que son aquellas cosas que no pasan y que no mueren: «Aspirad a las cosas de arriba donde está Cristo... gustad las cosas de arriba, no las de la tierra», decía el apóstol San Pablo a los primeros cristianos (Col 3, 1-2).

        Asimismo, la Ascensión del Señor debe llenarnos de inconmovible esperanza, ya que nos aseguró: «En la casa de mi Padre hay muchas moradas... Voy a prepararos el lugar... De nuevo volveré y os tomaré conmigo, para que donde yo estoy estéis también vosotros» (Jn 14, 2-3). ¡Somos ciudadanos del Cielo! (Flp 3, 20). Y como los apóstoles, que tras la Ascensión quedaron «mirando al cielo», debemos tener «fija la vista en Él...» (He 1,10).

        A la diestra del Padre

        «Se sentó a la diestra de la Majestad en las alturas» (Heb 1, 3), según San Juan Damasceno se refiere a “la gloria y el honor de la divinidad”, o sea, significa que Cristo reina junto con el Padre y, además, tiene el poder judicial sobre vivos y muertos. El saber que el Señor está junto al Padre debe hacernos crecer, de manera inconmensurable, nuestra confianza en Él: «Todo lo puedo en aquél que me conforta» (Flp 4,13), debe decir un joven junto con San Pablo y con él también aquella otra magnífica expresión de confianza total: «¡Sé a quién me he confiado!» (2 Tim 1,12).


[1] II Concilio de Lyon, Dz. 462.  
[2]
San Gregorio Magno, citado por Santo Tomás de Aquino, Catena Aurea, San Marcos, cap. 16, vers. 19-20.

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