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Descendió a los infiernos...

Artículo 5

«Descendió a los infiernos,
al tercer día resucitó de entre los muertos»

 

I. Cristo descendió a los Infiernos[1]

        Al morir en la Cruz, el alma de Jesús se separó de su cuerpo, pero ni del alma ni del cuerpo se separó la divinidad. El cuerpo fue llevado al sepulcro donde permaneció todo el Sábado. El alma fue a la morada donde estaban los justos del Antiguo Testamento. Se encaminó justamente a ese lugar para buscarlos, para anunciarles la Redención, para consolarnos. Por eso pudo decir al buen ladrón: «Hoy estarás conmigo en el Paraíso» (Lc 23, 43). Decimos, pues, que descendió a los infiernos.

        Aquí «infierno» se entiende del lugar llamado también «seno de Abraham» o «limbo de los justos», de ninguna manera del infierno de los condenados. «La Escritura llama infiernos, sheol o hades[2] a la morada de los muertos donde bajó Cristo después de muerto, porque los que se encontraban allí estaban privados de la visión de Dios.[3] Tal era, en efecto, a la espera del Redentor, el estado de todos los muertos, malos o justos,[4] lo que no quiere decir que su suerte sea idéntica (como se expresa en la parábola del pobre Lázaro en el “seno de Abraham”).[5] “Son precisamente estas almas santas, que esperaban a su Libertador en el seno de Abraham, a las que Jesucristo liberó cuando descendió a los infiernos”.[6] Jesús no bajó a los infiernos para liberar allí a los condenados ni para destruir el infierno de la condenación sino para liberar a los justos que le habían precedido».[7]

        Cristo manifestó allí su eterno poder y su gloria como antes lo había hecho en el Cielo y en la tierra «para que al nombre de Jesús doble la rodilla todo cuanto hay en los cielos, en la tierra y en las regiones subterráneas» (Flp 2, 10).

II. Al tercer día resucitó de entre los muertos[8]

        Luego «resucitó al tercer día según las Escrituras» (1 Co 15, 4), es decir el Domingo de Pascua, cuando volvió a unir su alma a su cuerpo haciéndolo a éste glorioso para nunca más morir. Como Dios que era, resucitó por su propio poder, según lo había profetizado a los judíos: «Destruid este Templo y en tres días lo levantaré. Él hablaba del templo de su cuerpo» (Jn 2, 19).

        Como es uno y el mismo el poder del Padre y del Hijo, en algunos pasajes la Sagrada Escritura se afirma también que fue resucitado por Dios Padre.

        «Lo resucitó por cuanto no era posible que fuera dominado por la muerte» (He 2, 24).

1. El sepulcro vacío

        «¿Por qué buscar entre los muertos al que vive? No está aquí, ha resucitado» (Lc 24, 5-6). En el marco de los acontecimientos de Pascua, el primer elemento que se encuentra es el sepulcro vacío. No es en sí una prueba directa. La ausencia del cuerpo de Cristo en el sepulcro podría explicarse de otro modo.[9] A pesar de eso, el sepulcro vacío ha constituido para todos un signo esencial. Su descubrimiento por los discípulos fue el primer paso para el reconocimiento del hecho de la Resurrección. Es el caso, en primer lugar, de las santas mujeres (Lc 24, 3. 22-23), después de Pedro (Lc 24, 12). “El discípulo que Jesús amaba (Jn 20, 2) afirma que, al entrar en el sepulcro vacío y al descubrir “las vendas en el suelo” (Jn 20, 6) “vio y creyó” (Jn 20, 8). Eso supone que constató en el estado del sepulcro vacío que la ausencia del cuerpo de Jesús no había podido ser obra humana y que Jesús no había vuelto simplemente a una vida terrenal como había sido el caso de Lázaro (Jn 11, 44)».[10]

2. Las apariciones del Resucitado

        Una vez resucitado, se mostró en numerosas ocasio­nes, «se presentó vivo con muchas pruebas evidentes apareciéndoseles durante cuarenta días y hablándoles del Reino de Dios» (He 1, 3). Y para demostrar que había resucitado verdaderamente comió y bebió,[11] caminó,[12] se dejó tocar: «se asieron a sus pies» (Mt 28, 9). Para mostrar que era el mismo que habían crucificado mos­tró sus manos, sus pies y su costado;[13] para enseñarles que había re­sucitado a una vida gloriosa e inmortal entraba y salía del Cenáculo estando las puertas cerradas, apareciendo y desapareciendo cuando quería, tomando dis­tinta figura, etc.

        «La fe de la primera comunidad de creyentes se funda en el testimonio de hombres concretos, conocidos de los cristianos y, para la mayoría, viviendo entre ellos todavía. Estos “testigos de la Resurrección de Cristo” (He 1, 22) son ante todo Pedro y los Doce, pero no solamente ellos: San Pablo habla claramente de más de quinientas personas a las que se apareció Jesús en una sola vez, además de Santiago y de todos los Apóstoles[14]».[15]

        «Fue entregado por nuestros pecados y resucitó pa­ra nuestra salvación» (Ro 4, 25), para darnos la vida de la gracia santificante que habíamos perdido por nuestros pecados.

        El conjunto de los misterios de la Pasión, Muerte y Resurrección de Jesús se llama «Misterio Pascual» y se conmemora con toda solemnidad en el Triduo Pascual, aunque cada vez que se celebra la Santa Misa se lo conmemora en su totalidad, según aquello que dice el sacerdote después de la consagración: «Por eso, Señor, en memoria de la bienaventurada Pasión de tu Hijo, nuestro Señor Jesucristo, de su Resurrec­ción de entre los muertos, y de su gloriosa Ascensión al Cielo... te ofrecemos... esta Víctima santa e inmaculada...».[16]



[1] Cf. Catecismo de la Iglesia, 632-637.  
[2]
Cf Fpl 2, 10; Hch 2, 24; Ap 1, 18; Ef 4, 9.  
[3]
Cf. Sal 6, 6; 88, 11-13.  
[4]
Cf. Sal 89, 49; 1 S 28, 19; Ez 32, 17-32.  
[5]
Cf. Lc 16, 22-26.
[6]
Catecismo Romano 1, 6, 3.
[7]
Catecismo de la Iglesia Católica, 633.
[8]
Cf. Catecismo de la Iglesia Católica, 639-667.  
[9]
Cf. Jn 20, 13; Mt 28, 11-15.  
[10]
Catecismo de la Iglesia Católica, 640.
[11]
Citada en: Butler, «Vida de Santos», t. III, op. cit., p. 445.
[12]
Cf. Lc 24, 15.  
[13]
Cf. Jn 20, 19-­27 y Lc 24, 40.  
[14]
Cf. 1 Co 15, 4-8.
[15]
Catecismo de la Iglesia Católica, 642.
[16]
Misal Romano, Plegaria Eucarística I.

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