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Padeció bajo el poder de Poncio Pilato
Artículo 4

«Padeció bajo el Poder
de Poncio Pilato, fue crucificado,
muerto y sepultado»

I. PRELUDIOS DE LA PASIÓN

        La Palestina, en la época de Cristo, era una provincia del Imperio Romano, cuyo gobernador era Poncio Pilato.[1] Jesús ya llevaba más de tres años de vida pública realizando milagros, iluminando al mundo con su doctrina, «haciendo el bien» (He 10, 38), pero «los hombres amaron más las tinieblas que la luz porque sus obras eran malas» (Jn 3, 19), y lo llamaron «loco» (Jn 10, 20), «endemoniado» (Mc 3, 22), «glotón y borracho» (Mt 11, 19), «impostor» (Mt 27, 63), «pecador» (Jn 9, 24), «embaucador» (Jn 7, 12), «blasfemo» (Mt 9, 2), etc., y lo odiaron, persiguieron y tramaron su muerte porque las obras de ellos eran malas mientras que las de Él eran buenas ya que «todo lo hizo bien» (Mc 7, 37).

        Cristo predicaba simplemente la verdad; llamaba a cada uno por su nombre, sin temor alguno. Así, a los judíos fariseos: «Escribas y fariseos, ¡Hipócritas!... ¡insensatos y ciegos!... Serpientes, raza de víboras...» (Mt 23), «si Dios fuera vuestro Padre, me amaríais a mí..., vosotros tenéis por padre al Diablo» (Jn 8, 42-44), pero éstos, en vez de arrepentirse y convertirse al ver «las obras que ninguno otro hizo» (Jn 15, 22-25) odiaron a Cristo y a su Padre cumpliéndose así la profecía que decía de Él: «Me odiaron sin motivo» (Sl 69, 5). Se reunieron, pues, los judíos fariseos y dijeron: «¿Qué hacemos? Porque este hombre hace muchos milagros; si le dejamos así todos creerán en Él... Entonces tomaron la resolución de matarle» (Jn 11, 45-53). De entre ellos, algunos que no eran tan malos, no se atrevían a confesarlo como Dios y Señor «temiendo ser excluidos de la Sinagoga, porque amaban más la gloria de los hombres que la gloria de Dios» (Jn 12, 42-43).

II. PASIÓN DE NUESTRO SEÑOR JESUCRISTO

        «Habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo los amó hasta el fin», dice el Evangelio (Jn 13, 1), mostrándonos así su amor incomparablemente grande, lo extremoso de su caridad insuperablemente grande. La pasión de Jesús «por cualquier parte que la miremos, ya sea de la persona que padece, ya de las cosas que padece o del fin porque las padece, es la cosa más alta y más divina y secreta que ha sucedido en el mundo después que Dios lo creó, ni sucederá hasta el fin de él».[2]

        La Cruz fue para Jesucristo «la cátedra donde enseñó, el altar sobre el que se inmoló, la arena donde combatió y como la fragua de donde salieron tantas maravillas».[3]

Jueves Santo

        Entre las 18 y 23 hs., Nuestro señor Jesucristo cenó por última vez con los Apóstoles en el Cenáculo, lavó sus pies,[4] descubrió al discípulo traidor,[5] instituyó la Sagrada Eucaristía y el Sacerdocio Católico,[6] pronunció el último sermón,[7] predijo las negaciones de Pedro,[8] rezó por sí mismo, por sus discípulos, por todos los creyentes.[9]

        Luego se dirigió al Huerto de los Olivos, distante a unos 2 km. del Cenáculo, allí sudó sangre, y estuvo desde las 23 a la 1 horas, aproximadamente.

Viernes Santo

        Luego de ser apresado, es llevado a la casa de Anás y Caifás y desde la 1 hasta las 6 de la mañana Jesús fue juzgado y condenado por el Sanhedrín.[10] Luego, entre las 6 y las 7, fue llevado a la Torre Antonia para comparecer ante Pilato[11] el cual, entre las 7 y las 8, lo envió a Herodes que estaba en el palacio de los Asmoneos.[12] Éste, luego de burlarse de Jesús y de vestirlo como a un loco, lo devolvió a Pilato, quien entre las 8 y 10, después de flagelarlo y coronarlo de espinas, trató de liberarlo, pero por fin se doblegó cobardemente ante la presión de los judíos; luego cargaron a Cristo con la cruz y comenzó a recorrer el «Vía Crucis» (camino de la Cruz), desde la Torre Antonia hasta el Calvario (son unas 7 u 8 cuadras, cuyo recorrido lo habrá efectuado entre las 10 y media y las 11 y media). Al llegar al Calvario o Gólgota lo crucificaron al mediodía. Colgado de la Cruz predicó su último sermón que consta sólo de siete palabras, siete frases que son un compendio del Evangelio. Siete truenos que aún retumban en el mundo. A eso de las 15 hs. murió el Señor. Entre las 16 y las 18 hs. lo sepultaron.

 

Sábado Santo

        El cuerpo de Jesús estuvo en el santo sepulcro custodiado por los guardias.

III. LA OBRA DE NUESTRA SALVACIÓN

        Jesús con su muerte en Cruz reparó las ofensas que contra Dios cometieron y cometen los hombres al pecar. «Tomó sobre sí los pecados de todos nosotros» (Is 53, 6) porque vino para entregar su vida «como precio por el rescate (salvación) de muchos» (Mt 20, 28); «quien no conoció pecado se hizo pecado» (2 Co 5, 21), es decir, se hizo «sacrificio por nuestros pecados»,[13] muriendo por todos los hombres sin excepción: «por todos murió (Cristo)» (2 Co 5, 13) y mereció para todos las gracias necesarias para la salvación ya que «en ningún otro hay salvación» (He 4, 12).

        La Iglesia celebra solemnemente en su Liturgia los misterios de la Pasión, Crucifixión, Muerte y Sepultura de Jesús los días Jueves, Viernes y Sábado de la Semana Santa. Asimismo, esos Sagrados Misterios se conmemoran y renuevan en cada Misa.

        Cuantas veces miremos el Crucifijo no dejemos de recordar la obra tan grande que hizo Jesús por nosotros, «que me amó y se entregó por mí» (Ga 2, 20), y pongámonos a veces de rodillas ante él y oremos así:

        «Miradme, ¡oh mi amado y buen Jesús!, postrado en vuestra santísima presencia, os ruego con el mayor fervor imprimáis en mi corazón vivos sentimientos de fe, esperanza y caridad, verdadero dolor de mis pecados y propósito firmísimo de enmendarme, mientras que yo, con todo el amor y con toda la compasión de mi alma, voy considerando vuestras cinco llagas teniendo presente aquello que dijo de Vos, ¡oh buen Jesús! el Santo Profeta David: Han taladrado mis manos y mis pies, y se pueden contar todos mis huesos. Amén».

        «En la cruz está el Redentor del hombre, el Varón de dolores, que ha asumido en sí mismo los sufrimientos físicos y morales de los hombres de todos los tiempos, para que en el amor puedan encontrar el sentido salvífico de su dolor y las respuestas válidas a todas sus preguntas».[14]

IV. AMOR A LA CRUZ

        Los Santos, que tanto amaron a nuestro Señor Jesucristo, amaron mucho la Cruz porque sabían que si el Maestro había pasado por ella también debían pasar por ella sus discípulos, ya que «el discípulo no es mayor que el Maestro» (Mt 10, 24).

        San Pablo decía:

– «No quiero saber otra cosa que Jesucristo y Jesucristo crucificado» (1 Co 2, 2).
– «Si sufrimos con Él, reinaremos con Él» (2 Tim 2, 12).
– «Tengo por cierto que los padecimientos del tiempo presente no son nada en comparación con la gloria que ha de manifestarse en nosotros» (Ro 8, 18);
– «Nos gloriamos hasta en las tribulaciones, sabedores... que la esperanza no quedará confundida» (Ro 5, 3 ss).
– «Por la momentánea y ligera tribulación nos prepara un peso eterno de gloria incalculable» (2 Co 4, 17).

1. El deseo de los santos

        La cruz es el deseo de los santos:

– «Las horas que paso sin padecer me parecen ho­ras perdidas, sólo el dolor hace más soportable mi vida» (Santa Margarita María de Alacoque).[15]
– «Los que están poseídos de la Pasión de la honra de Cristo y tienen hambre de la salvación de las almas se apresuran a sentarse a la mesa de la Santa Cruz» (Santa Catalina de Siena).[16]
– «Pa­decer o morir» (Santa Teresa de Jesús).[17]
– «No morir, sino padecer» (Santa María Magdalena de Pazzi).[18]
– «Padecer y ser despreciado por Vos» (San Juan de la Cruz).[19]               
– «Por la misericordia de nuestro amado Dios, no deseo saber otra cosa ni gustar ninguna consolación fuera de ser crucificado con Jesús» (San Pablo de la Cruz).[20]
– «Los que gustan de la Cruz de Cristo nuestro Señor, descansan viniendo en estos trabajos (cruces, dificultades, etc.) y mueren cuando de ellos huyen o se hallan fuera de ellos» (San Francisco Javier, patrono universal de lasMisiones Católicas).[21]  
– «Ni Jesús sin la cruz, ni la Cruz sin Jesús» (San Luis María Grignión de Montfort).[22]
– «Quiero y elijo más pobreza con Cristo pobre que riqueza, oprobios con Cristo lleno de ellos que honores, y deseo más ser estimado por vano y loco por Cristo que primero fue tenido por tal, que por sabio ni prudente en este mundo» (San Ignacio de Loyola).[23]
– «No está bien que la Cabeza esté coronada de espinas y los miembros regalados» (San Bernardo).[24]
– «No está bien que el Amor esté crucificado»[25] y «que el amado no se crucifique con el amor» (San Ignacio de Loyola).[26]
– «No puede haber redención sin Calvario» (Padre Ángel Buodo).[27]
– «Fuera de la cruz no hay otra escala para subir al cielo» (Santa Rosa de Lima).[28]
– «¿Qué sabe quien no sabe padecer por Cristo?» (San Juan de la Cruz).[29]

2. El amor y la alegría de la cruz

        Los Santos aman los sufrimientos porque es una manera más exquisita de seguir a Jesús y de mostrarle cuánto lo aman:

– «Señor, auméntame los sufrimien­tos, pero auméntame en la misma medida tu amor» (Santa Rosa de Lima).[30]
– «El verdadero paraíso terrenal consiste en padecer algo por Cristo» (San Luis María Grignión de Montfort).[31]
– «A Cristo se lo ama en la cruz y crucificado con Él. No de otra ma­nera» (Beato Luis Orione).[32]
– «Aceptemos una gotita de su cáliz por amor de Aquél que un cáliz amargo por nuestro amor bebió» (Sierva de Dios Camila Rolón).[33]
        La cruz de Cristo es alegría, y si no se vive en la alegría podrá ser cruz, pero no será nunca de Cristo. Esa ha sido la enseñanza constante de los Apóstoles, de los mártires, de los doctores y de los santos de todos los tiempos:
– «Estoy lleno de consuelo, rebozo de gozo en todas las tribulaciones» (2 Co 7, 4).
– «Tened por sumo gozo el veros rodeados de diversas tribulaciones» (Sant 1, 2).
– «Habéis de alegraros en la medida en que participáis en los padecimientos de Cristo, para que en la revelación de su gloria exultéis de gozo. Bienaventurados vosotros si por el nombre de Cristo sois ultrajados, porque el espíritu de la gloria, que es el Espíritu de Dios, reposa en vosotros» (1 Pe 4, 13-14).
– «Bienaventurados seréis cuando os insulten y persigan y con mentira digan contra vosotros todo género de mal por mí. Alegraos y regocijaos, porque grande será en los cielos vuestra recompensa, pues así persiguieron a los profetas que hubo antes de vosotros» (Mt 5, 11-12).
– «Debemos sufrir con gusto cuantas tribulacio­nes se nos presenten en este mundo» (Sierva de Dios María Antonia de la Paz y Figueroa).[34]
– «Cuando llegues al punto de que la aflicción te es dulce, y te complaces en saborearla por Cristo, bien puedes entonces considerarte dichoso, porque has hallado en verdad el paraíso en la tierra» (Tomás de Kempis).[35]
– «Por la misericordia de mi amado Dios, no deseo saber otra cosa, ni gustar ninguna consolación fuera de ser crucificado con Jesús» (San Pablo de la Cruz).
– «El sufrimiento me es desconocido. En él encuentro mi alegría, pues en la cruz se encuentra a Jesús. ¿Y qué importa sufrir cuando se ama? ... ¿Qué es el sacrificio, qué es la cruz sino el cielo cuando en ella está Jesucristo» (Santa Teresa de los Andes, carmelita chilena).[36]
– «He llegado a no poder sufrir, por­que me es dulce todo padecimiento» (Santa Teresita del Niño Jesús, Doctora de la Iglesia y Patrona Universal de las Misiones Católicas).[37]
– «La cruz es el regalo que Dios hace a sus amigos... Soporté muchas cruces más de las que parecía podía soportar. Me dispuse a pedir el amor a la cruz y entonces fui feliz. Verdaderamente no se encuentra la felicidad sino allí» (San Juan María Vianney).[38]
– «¡Tanto es el bien que espero que toda pena me da consuelo!» (San Juan de la Cruz).
– «¡Cristo amado, crucificado por amor! ... Quisiera amaros hasta morir de amor» (Beata Isabel de la Trinidad).[39]
   
      Mira a menudo a Cristo Crucificado y dile junto con San Ignacio de Loyola:

«Alma de Cristo, santifícame.
Cuerpo de Cristo
, sálvame.  
Sangre
 de Cristo, embriágame.  
Agua del costado de Cristo
, lávame.  
Pasión de Cristo
, confórtame.  
¡Oh mi buen Jesús!, óyeme.  
Dentro de tus llagas, escóndeme.  
No permitas que me aparte de Ti.  
Del maligno enemigo, defiéndeme.  
En la hora de mi muerte
, llámame.  
Y mándame ir a Ti, para que con tus Santos te alabe,  
por los siglos de los siglos. Amén».[40]

        Es el único camino que lleva a la gloria:

– «Por medio de las penas se va a la gloria, yo quiero ir por este camino» (Santa Vicenta María López y Vicuña).[41]


[1] Cf. 1 Tm 6, 13.  
[2] La Palma, Historia de la Pasión, Preámbulo, BAC, Madrid 1967, p. 110.  
[3] San Roberto Belarmino, Libro de las siete palabras, Preámbulo.  
[4] Cf. Jn 13, 2-20.  
[5]
Cf. Jn 13, 21-30.  
[6] Cf. Lc 22, 19-10.  
[7] Cf. Jn 13, 31 al 16, 4.  
[8] Cf. Jn 16, 5-33.  
[9] Cf. Jn 17, 1-26.  
[10] Cf. Mt 26, 50-66.  
[11] Cf. Jn 18, 23-28.  
[12] Cf. Lc 23, 6-12.  
[13] XI Concilio de Toledo, Símbolo de la fe, Dz. 286.  
[14] Juan Pablo II, Carta encíclica Salvifici Doloris, 31
[15] Carta 62 (marzo de 1687, a la Madre de Saumaise).  
[16] Diálogo, 100.  
[17] Libro de la vida, XL, 20  
[18] Citada en: Fr. Pérez de Urbel, Año Cristiano, t. II, ed. Poblet, Buenos Aires 1944, p. 408.  
[19] Vida y Obras de San Juan de la Cruz, BAC, Madrid 1950, p. 404 y 432 y 433.  
[20] Diario Espiritual, 49 (23 de noviembre de 1720).
[21] Carta del 20 de septiembre de 1542.
[22] El Amor a la Sabiduría Eterna, cap. XIV, 172.  
[23] Ejercicios Espirituales, 167.
[24]San Bernardo, Sermón II, Obras Completas, ed. Cisterciences 5, p. 364-368  
[25] «Mi amor está crucificado», decía San Ignacio de Antioquía: Carta a los Romanos, 7, 2.  
[26] San Ignacio de Loyola  
[27] Raúl A. Entraigas, El hornero de Dios, ed. Don Bosco, Buenos Aires 1961, p. 400.  
[28] P. Hansen, Vida admirable de la hermana Rosa de Santa María de Lima, Roma 1664, p. 137.  
[29] Avisos, 17.
[30] Citada en:Alban Butler, Vida de Santos, t. III, op. cit., p. 445.  
[31] Carta circular a los amigos de la Cruz, 34.  
[32] Carta del 24 de junio de 1937.  
[33] Carta del 16 de abril de 1911.  
[34] Carta del 8 de julio de 1782.  
[35] Imitación de Cristo, II, 12, 11.  
[36] Carta 14: a la Madre Angélica Teresa (5 de septiembre de 1917).  
[37] Historia de un alma, XII, 21.  
[38] Citado en:Abbé Monnin, Esprit du Curé d’Ars, ed. P. Téqui, 1975, p. 141.  
[39] Citada en: Doctrina Espiritual de Sor Isabel, ed. Desclée de Brower, Buenos Aires, 1948.  
[40] Prescripta por San Ignacio, Libro de los Ejercicios Espirituales, 251.  
[41] De sus cartas.

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