Página Principal Padre Carlos M. Buela Indice del Catecismo


II. LOS MISTERIOS DE LA VIDA DE CRISTO

1. Toda la vida de Cristo es Misterio

        Ya sabemos que su eterno Padre es Dios Padre, que Él es la Segunda Persona de la Santísima Trinidad, verdadero Dios y verdadero hombre en unidad de Persona, que su Madre es la Santísima Virgen María, según anunció el ángel Gabriel.[1]

        «Muchas de las cosas respecto a Jesús que interesan a la curiosidad humana no figuran en el Evangelio. Casi nada se dice sobre su vida en Nazaret, e incluso una gran parte de la vida pública no se narra. Lo que se ha escrito en los evangelios lo ha sido “para que creáis que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios, y para que creyendo tengáis vida en su nombre” (Jn 20, 31).

        Los evangelios fueron escritos por hombres que pertenecieron al grupo de los primeros que tuvieron fe y quisieron compartirla con otros. Habiendo conocido por la fe quién es Jesús, pudieron ver y hacer ver los rasgos de su Misterio durante toda su vida terrena. Desde los pañales de su natividad hasta el vinagre de su Pasión y el sudario de su Resurrección, todo en la vida de Jesús es signo de su Misterio. A través de sus gestos, sus milagros y sus palabras, se ha revelado que “en él reside toda la plenitud de la Divinidad corporalmente” (Col 2, 9)».[2]

a) Ubicación geográfica del país de Jesús

        La Anunciación tuvo lugar en Nazaret, pueblo de Ga­lilea, en la región norteña de Palestina con los pueblos de Caná, Naím, y –alrededor del Lago Ge­nesaret, llamado también de Tiberíades o de Galilea– Cafarnaúm, Betsaida, Magdala, Tiberíades, etc. La Palestina tenía otras dos regiones: la central, llamada Samaría, con el pueblo de Sicar o Siquem; y, al sur, la Judea, con la ciudad de Jerusalén y los pueblos de Belén, Betania, Jericó, etc. Palestina queda en Asia Menor, recostada sobre la orilla oriental del Mar Me­diterráneo (actualmente el territorio es ocupado en su mayor parte por el Estado de Israel).

2. Los misterios de la infancia y de la vida oculta

a) El Misterio de Navidad

        Con motivo de un censo que ordenó el Emperador Romano (ya que por aquel entonces Palestina pertenecía políticamente al Imperio Romano), debió ir la Virgen María con San José, su esposo, al pueblo de Belén, que queda a unos 9 km. al sur de Jerusalén. Allí, en un pobre y humilde pesebre, nació Nuestro Señor Jesucristo, el Salvador del mundo.[3]

 El relato del nacimiento de Nuestro Señor lo encontramos en el Evangelio de San Lucas:           

        Sucedió que por aquellos días salió un edicto de César Augusto ordenando que se empadronase todo el mundo. Este primer empadronamiento tuvo lugar siendo gobernador de Siria Cirino. Iban todos a empadronarse, cada uno a su ciudad. Subió también José desde Galilea, de la ciudad de Nazaret, a Judea, a la ciudad de David, que se llama Belén, por ser él de la casa y familia de David, para empadronarse con María, su esposa, que estaba encinta. Y sucedió que, mientras ellos estaban allí, se le cumplieron los días del alumbramiento, y dio a luz a su hijo primogénito, le envolvió en pañales y le acostó en un pesebre, porque no tenían sitio en el alojamiento. Había en la misma comarca unos pastores, que dormían al raso y vigilaban por turno durante la noche su rebaño. Se les presentó el Ángel del Señor, y la gloria del Señor los envolvió en su luz; y se llenaron de temor. El ángel les dijo: «No temáis, pues os anuncio una gran alegría, que lo será para todo el pueblo: os ha nacido hoy, en la ciudad de David, un salvador, que es el Cristo Señor;y esto os servirá de señal: encontraréis un niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre». Y de pronto se juntó con el ángel una multitud del ejército celestial, que alababa a Dios, diciendo: «Gloria a Dios en las alturas y en la tierra paz a los hombres en quienes él se complace».  
        Y sucedió que cuando los ángeles
, dejándoles, se fueron al cielo, los pastores se decían unos a otros: «Vayamos, pues, hasta Belén y veamos lo que ha sucedido y el Señor nos ha manifestado». Y fueron a toda prisa, y encontraron a María y a José, y al niño acostado en el pesebre. Al verlo, dieron a conocer lo que les habían dicho acerca de aquel niño; y todos los que lo oyeron se maravillaban de lo que los pastores les decían. María, por su parte, guardaba todas estas cosas, y las meditaba en su corazón.  
        Los pastores se volvieron glorificando y alabando a Dios
 por todo lo que habían oído y visto, conforme a lo que se les había dicho.

(Lc 2,1-20)

        «La Iglesia celebra cada año (el día 25 de diciem­bre) el misterio de este amor tan grande hacia nosotros».[4]

b) Los Misterios de la infancia de Jesús

        La Circuncisión: Jesús fue circuncidado al octavo día, según lo mandaba la ley. El Evangelio nos narra:

        Cuando se cumplieron los ocho días para circuncidarle, se le dio el nombre de Jesús, el que le dio el ángel antes de ser concebido en el seno.

(Lc 2,21)

        La Epifanía: Jesús fue adorado por unos magos de Oriente y a ellos se manifestó como Mesías, como Hijo de Dios y Salvador del mundo. Este misterio se conoce con el nombre de Epifanía (=manifestación), porque es la primera manifestación del Señor a los paganos o gentiles.

        El relato lo trae el Evangelio según San Mateo:

        Nacido Jesús en Belén de Judea, en tiempo del rey Herodes, unos magos que venían del Oriente se presentaron en Jerusalén, diciendo: «¿Dónde está el Rey de los judíos que ha nacido? Pues vimos su estrella en el Oriente y hemos venidoa adorarle». En oyéndolo, el rey Herodes se sobresaltó y con él toda Jerusalén. Convocó a todos los sumos sacerdotes y escribas del pueblo, y por ellos se estuvo informando del lugar donde había de nacer el Cristo. Ellos le dijeron: «En Belén de Judea, porque así está escrito por medio del profeta: Y tú, Belén, tierra de Judá, no eres, no, la menor entre los principales clanes de Judá; porque de ti saldrá un caudillo que apacentará a mi pueblo Israel»Entonces Herodes llamó aparte a los magos y por sus datos precisó el tiempo de la aparición de la estrella. Después, enviándolos a Belén, les dijo: «Id e indagad cuidadosamente sobre ese niño; y cuando le encontréis, comunicádmelo, para ir también yo a adorarle». Ellos, después de oír al rey, se pusieron en camino, y he aquí que la estrella que habían visto en el Oriente ibadelante de ellos, hasta que llegó y se detuvo encima del lugar donde estaba el niño. Al ver la estrella se llenaron de inmensa alegría. Entraron en la casa; vieron al niño con María su Madre y, postrándose, le adoraron; abrieron luego sus cofres yle ofrecieron dones de oro, incienso y mirra.

(Mt 2, 1-23)

        La Presentación de Jesús en el Templo: «Jesús es reconocido como el Mesías tan esperado, “luz de las naciones” y “gloria de Israel”, pero también “signo de contradicción”. La espada de dolor predicha a María anuncia otra oblación, perfecta y única, la de la Cruz que dará la salvación que Dios ha preparado “ante todos los pueblos”».[5]

        Cuando se cumplieron los días de la purificación de ellos, según la Ley de Moisés, llevaron a Jesús a Jerusalénpara presentarle al Señor, como está escrito en la Ley del Señor: Todo varón primogénito será consagrado al Señor y para ofrecer en sacrificio un par de tórtolas o dos pichones, conforme a lo que se dice en la Ley del Señor.  
        Y he aquí que había en Jerusalén un hombre
 llamado Simeón; este hombre era justo y piadoso, y esperaba la consolación de Israel; y estaba en él el Espíritu Santo. Le había sido revelado por el Espíritu Santo que no vería la muerte antes de haber visto al Cristo del Señor. Movido por el Espíritu, vino al Templo; y cuando los padres introdujeron al niño Jesús, para cumplir lo que la Ley prescribía sobre él, le tomó en brazos y bendijo a Dios diciendo: «Ahora, Señor, puedes, según tu palabra, dejar que tu siervo se vaya en paz; porque han visto mis ojos tu salvación, la que has preparado a la vista de todos los pueblos, luz para iluminar a los gentiles y gloria de tu pueblo Israel».
        Su padre y su madre estaban admirados de lo que se decía de él. Simeón les bendijo y dijo a María, su madre: «Este está puesto para caída y elevación de muchos en Israel, y para ser señal de contradicción¡y a ti misma una espada te atravesará el alma
! a fin de que queden al descubierto las intenciones de muchos corazones».  
        Había también una profetisa, Ana, hija de Fanuel, de la tribu de Aser, de edad avanzada; después de casarse había vivido siete años con su marido, y permaneció viuda hasta los ochenta y cuatro años; no se apartaba del Templo
, sirviendo a Dios noche y día en ayunos y oraciones. Como se presentase en aquella misma hora, alababa a Dios y hablaba del niño a todos los que esperaban la redención de Jerusalén.

(Lc 2, 22- 38)

        «La huida a Egipto y la matanza de los inocentes manifiestan la oposición de las tinieblas a la luz: “Vino a su Casa, y los suyos no lo recibieron” (Jn 1, 11). Toda la vida de Cristo estará bajo el signo de la persecución. Los suyos la comparten con él. Su vuelta de Egipto recuerda el éxodo y presenta a Jesús como el liberador definitivo».[6]

        Así relata el suceso el apóstol y evangelista San Mateo:

        Los magos, avisados en sueños que no volvieran donde Herodes, se retiraron a su país por otro camino. 
        Después que ellos se retiraron, el Ángel del Señor se apareció en sueños a José y le dijo: «Levántate, toma contigo al niño y a su madre y huye a Egipto; y quédate allí hasta que yo te diga. Porque Herodes va a buscar alniño para matarle».  
        Él se levantó, tomó de noche al niño y a su madre, y se retiró a Egipto; y estuvo allí hasta la muerte
 de Herodes; para que se cumpliera el oráculo del Señor por medio del profeta: «De Egipto llamé a mi hijo».  
   
     Entonces Herodes, al ver que había sido burlado por los magos, se enfureció terriblemente y envió a matar a todoslos niños de Belén y de toda su comarca, de dos años para abajo, según el tiempo que había precisado por los magos.  
        Entonces se cumplió el oráculo del profeta Jeremías: «Un clamor se ha oído en Ramá, mucho llanto y lamento: es Raquel que llora a sus hijos, y no quiere consolarse, porque ya no existen».  

        Muerto Herodes, el Angel del Señor se apareció en sueños a José en Egipto y le dijo: «Levántate, toma contigo al niño y a su madre, y ponte en camino de la tierra de Israel; pues ya han muerto los que buscaban la vida del niño.» El se levantó, tomó consigo al niño y a su madre, y entró en tierra de Israel. Pero al enterarse de que Arquelao reinaba en Judea en lugar de su padre Herodes, tuvo miedo de ir allí; y avisado en sueños, se retiró a la región de Galilea, y fue a vivir en una ciudad llamada Nazaret; para que se cumpliese el oráculo de los profetas: «Será llamado Nazareno».

(Mt 2, 12-23)

c) Los Misterios de la vida oculta de Jesús

        Luego de ser presentado en el templo y adorado por los magos, Jesús huyó a Egipto, y después de dos años volvió a Nazaret donde San José, su padre adoptivo, trabajaba de car­pintero; a los doce años Jesús fue al Templo y allí conversó con los Doctores judíos; hasta los treinta años permane­ció en Nazaret, obedeciendo, trabajando como el común de los hombres, rezando, creciendo «en sabidu­ría, en edad y en gracia ante Dios y ante los hombres» (Lc 2, 52).

        El hallazgo de Jesús en el Templo es el único suceso que rompe el silencio de los Evangelios sobre los años ocultos de Jesús. El episodio lo cuenta San Lucas, quien muy probablemente lo escuchara de labios de la Santísima Virgen:

        El niño crecía y se fortalecía, llenándose de sabiduría; y la gracia de Dios estaba sobre él. Sus padres iban todos los años a Jerusalén a la fiesta de la Pascua.Cuando tuvo doce años, subieron ellos como de costumbre a la fiesta y, al volverse, pasados los días, el niño Jesús se quedó en Jerusalén, sin saberlo su padres. Pero creyendo que estaría en la caravana, hicieron un día de camino, y le buscaban entre los parientes y conocidos; pero al no encontrarle, se volvieron a Jerusalén en su busca.  
        Y sucedió que, al cabo de tres días, le encontraron en el Templo
 sentado en medio de los maestros, escuchándoles y preguntándoles; todos los que le oían, estaban estupefactos por su inteligencia y sus respuestas. Cuando le vieron, quedaron sorprendidos, y su madre le dijo: «Hijo, ¿por qué nos has hecho esto? Mira, tu padre y yo, angustiados, te andábamos buscando». Él les dijo: «Y ¿por qué me buscabais? ¿No sabíais que yo debía estar en la casa de mi Padre?» Pero ellos no comprendieron la respuesta que les dio.  
        Bajó con ellos y vino a Nazaret, y vivía sujeto a ellos. Su madre conservaba cuidadosamente todas las cosas en su corazón.  

        Jesús progresaba en sabiduría, en estatura y en gracia ante Dios y ante los hombres.

(Lc 2, 40-52)

        «Jesús compartió, durante la mayor parte de su vida, la condición de la inmensa mayoría de los hombres: una vida cotidiana sin aparente importancia, vida de trabajo manual, vida religiosa judía sometida a la ley de Dios, vida en la comunidad. De todo este período se nos dice que Jesús estaba “sometido” a sus padres y que “progresaba en sabiduría, en estatura y en gracia ante Dios y los hombres”.

        Con la sumisión a su madre, y a su padre legal, Jesús cumple con perfección el cuarto mandamiento. Es la imagen temporal de su obediencia filial a su Padre celestial. La sumisión cotidiana de Jesús a José y a María anunciaba y anticipaba la sumisión del Jueves Santo: “No se haga mi voluntad...” (Lc 22, 42). La obediencia de Cristo en lo cotidiano de la vida oculta inauguraba ya la obra de restauración de lo que la desobediencia de Adán había destruido».[7]

3. Los Misterios de la Vida Pública de Jesús

a) El bautismo de Jesús

        Alrededor de los treinta años comenzó a manifestarse públicamente y se hizo bautizar por San Juan Bautista:

        Por aquellos días aparece Juan el Bautista, proclamando en el desierto de Judea:«Convertíos porque ha llegado el Reino de los Cielos».  
        Este es aquél de quien habla el profeta Isaías cuando dice: «Voz del que clama en el desierto: Preparad el camino del Señor, enderezad sus sendas».  
       
Tenía Juan su vestido hecho de pelos de camello, con un cinturón de cuero a sus lomos, y su comida eran langostas y miel silvestre.  
        Acudía entonces a él Jerusalén, toda Judea y toda la región del Jordán, y eran bautizados por él en el río Jordán, confesando sus pecados.  

        Pero viendo él venir muchos fariseos
 y saduceos al bautismo, les dijo: «Raza de víboras, ¿quién os ha enseñadoa huir de la ira inminente? Dad, pues, fruto digno de conversión, y no creáis que basta con decir en vuestro interior: “Tenemos por padre a Abraham”; porque os digo que puede Dios de estas piedras dar hijos a Abraham. Ya está el hacha puesta a la raíz de los árboles; y todo árbol que no dé buen fruto será cortado y arrojado alfuego. Yo os bautizo en agua para conversión; pero aquel que viene detrás de mí es más fuerte que yo, y no soy digno dellevarle las sandalias. El os bautizará en Espíritu Santo y fuego. En su mano tiene el bieldo y va a limpiar su era: recogerá su trigo en el granero, pero la paja la quemará con fuego que no se apaga».  
        Entonces aparece Jesús, que viene de Galilea al Jordán donde Juan, para ser bautizado por él. Pero Juan trataba de impedírselo diciendo: «Soy yo el que necesita ser bautizado por ti, ¿y tú vienes a mí?» Jesús le respondió: «Déjame ahora, pues conviene que así cumplamos toda justicia
». Entonces le dejó.
   
     Bautizado Jesús, salió luego del agua; y en esto se abrieron los cielos y vio al Espíritu de Dios que bajaba en forma de paloma y venía sobre él. Y una voz que salía de los cielos decía: «Este es mi Hijo amado, en quien me complazco».

(Mt 3, 1-17)

        «Desde el comienzo de su vida pública, en su bautismo, Jesús es el “Siervo” enteramente consagrado a la obra redentora que llevará a cabo en su “bautismo” de su pasión».[8]

b) Las tentaciones de Jesús

        «La tentación en el desierto muestra a Jesús, humilde Mesías, que triunfa de Satanás mediante su total adhesión al designio de salvación querido por el Padre».[9]

        Entonces Jesús fue llevado por el Espíritu al desierto para ser tentado por el diablo. Después de hacer un ayuno de cuarenta días y cuarenta noches, al fin sintió hambre. Acercándose el tentador, le dijo: «Si eres Hijo de Dios, di que estas piedras se conviertan en panes.» Mas él respondió: «Está escrito: “No sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios”». Entonces el diablo le lleva consigo a la Ciudad Santa, le pone sobre el alero del Templo, y le dice: «Si eres Hijo de Dios, tírate abajo, porque está escrito: “A sus ángeles te encomendará, y en sus manos te llevarán, para que no tropiece tu pie en piedra alguna”». Jesús le dijo: «También está escrito: “No tentarás al Señor tu Dios”». Todavía le lleva consigo el diablo a un monte muy alto, le muestra todos los reinos del mundo y su gloria, y le dice: «Todo esto te daré si postrándote me adoras» Jesús entonces le dijo Jesús: «Apártate, Satanás, porque está escrito: “Al Señor tu Dios adorarás, y sólo a Él darás culto”». Entonces el diablo le dejó. Y he aquí que se acercaron unos ángeles y le servían.

(Mt 4, 1-11)

        El ejemplo del Señor al sufrir los embates del demonio en el desierto debe alentarnos en el combate contra el pecado. Porque quiso darnos fuerza contra las tentaciones, venció «nuestras tentaciones con las suyas»; [10]

– para que nadie, por muy santo que sea, se tenga por libre de ser tentado: «Hijo mío, si te das al servicio de Dios, prepara tu ánimo a la tentación» (Qo 2,1);
– para enseñarnos con qué prontitud y firmeza, y con qué justicia, hay que vencer las tentaciones del demonio: «el Diablo no ha de ser vencido con la fuerza, sino con la justicia»; [11]
– para que confiemos más en su misericordia: «No es nuestro Pontífice tal que no pueda compadecerse de nuestras flaquezas, antes fue tentado en todo a semejanza nuestra, fuera del pecado» (Heb 4,15).

        No debes asustarte de tener grandes tentaciones, porque como enseña San Agustín, «nuestro progreso se realiza por medio de la tentación y nadie puede conocerse a sí mismo si no es tentado, ni puede ser coronado si no ha vencido, ni puede vencer si no ha luchado, ni puede luchar si carece de enemigo y de tentaciones».[12]

c) El anuncio del Reino de Dios y la triple misión de Jesús como Mesías

        «Después que Juan fue entregado, marchó Jesús a Galilea; y proclamaba la Buena Nueva de Dios: “El tiempo se ha cumplido y el Reino de Dios está cerca; convertíos y creed en la Buena Nueva” (Mc 1, 14-15). Desde entonces se lanzó de lleno a realizar la triple tarea de su misión mesiánica:

– enseñar como Maestro;
– legislar como Rey;
– santificar como Sacerdote.

1- Como Maestro enseñó la verdad

        Cristo pudo decir de sí mismo «Yo soy la Verdad» (Jn 14, 4). Él es la «luz del mundo» (Jn 8, 12) y los que lo escuchaban «se maravillaban de su doctrina porque les enseñaba como quien tiene auto­ridad» (Mc 1, 22).

¿Qué enseñó?

        Nos enseñó ante todo lo que hay que creer: quién es Dios, cómo es Dios –Santísima Trinidad–,[13] que Él es el Hijo único de Dios[14],que vino a salvar a todos los hombres,[15] que la salvación nos llega por los sacramentos,[16] que a todos juzgará,[17] que vino a fundar un reino que «no es de este mundo» (Jn 18, 36), etc.

        Nos enseñó también lo que hay que hacer: cumplir los mandamientos,[18] en especial, el mandamiento «nuevo» del amor a Dios y al prójimo,[19] vivir en pureza,[20] cuáles son las leyes del Reino de Dios, etc. Asimismo lo que hay que recibir: el Bautismo[21], el perdón de los pecados,[22] la Eucaristía,[23] etc.

        También lo que hay que rezar: el Padrenuestro.[24]

¿Cómo enseñó?

        Jesús enseñaba de distintas ma­neras:

– por medio de parábolas, que son como compara­ciones y semejanzas. Hay unas 120 en los Evangelios.[25]
– por medio de grandes sermones: el Sermón de la Montaña;[26] el del Pan de Vida o Eucaristía;[27] el de la Última Cena;[28] contra los judíos fariseos;[29] sobre la vocación de los Apóstoles;[30] sobre la indisolubilidad del matrimonio;[31] sobre el fin de Je­rusalén y del mundo;[32] sobre el Padre y el Hijo;[33] en la fiesta de los Tabernáculos;[34] en la fiesta de la Dedicación.[35]
– por medio de conversaciones: con los Apóstoles, con Nicodemo,[36] con laSamaritana,[37] con los judíos, etc.
– por medio de lo que hacía: milagros, oración, ayunos, sufrimientos, dándonos ejemplo de todas las virtudes, etc.

2- Como Rey dio leyes

        Jesús se llamó a sí mismo «Buen Pastor» (Jn 10, 11), sobre todo porque nos enseñó el camino que nos lleva al Cielo. Entre los judíos los Reyes eran llamados «Pastores de su pueblo». Por eso Jesús, Buen Pastor, es Rey: «Tú lo has dicho, yo soy Rey» (Jn 18, 37), le dijo a Pilato. Como Rey tiene poderío sobre todas las cosas: «me ha sido dado todo el poder en el cielo y en la tierra» (Mt 28, 18). Es, en verdad, «Rey de Reyes y Señor de los Señores» (Ap 19, 16).

        La ley fundamental de su Reino fue por Él proclamada en el Sermón de la Montaña. También organizó su Reino en la tierra, o sea, la Iglesia, reclu­tando discípulos, enseñándoles, instituyendo los sa­cramentos, nombrando al Jefe de todos, etc. Además, tiene como Rey «todo el poder de juzgar» (Jn 5, 22) a todos los hombres y su sentencia es inapelable: los condenados «irán al fuego eterno y los justos a la vida eterna» (Mt 25, 46).

3- Como sacerdote santificó a los hombres

        Nuestro Señor Jesucristo no se limitó tan sólo a traer nuevas verdades y nuevas leyes sino que nos trajo una vida nueva, o sea la gracia de Dios. «Es el gran sacerdote que penetró en los cielos» (Heb 4, 14), «que vino a ser para todos los que lo obedecen causa de salvación eterna (Heb 5, 9), que se ofreció a sí mismo en la Cruz «para quitar los pecados de todos» (Heb 9, 28), «llevando los pecados de todos» (Is 53, 6), haciéndose «pecado» por nosotros (2 Co 5, 21), haciéndose maldito por nosotros, pues escrito está: «Maldito todo el que es colgado del madero» (Ga 3, 13). Jesús es «el sumo y eterno Sacerdote» (San Policarpo).[38] En la Cruz no sólo es la Víctima ofrecida –«Cristo ha sido inmolado»(1 Co 5, 7)– sino también el Sacerdote que ofrece. Nos salvó por el sacrificio de su muerte en Cruz: «se entregó a sí mismo para la salvación de todos» (1 Tim 2, 6) liberándonos de una quíntuple esclavitud:

1) la del pecado: «en Él tenemos el perdón de los pecados» (Ef 1, 7), «se entregó por nosotros para sacarnos de toda iniquidad» (Tit 2, 14);
2) la del mundo malo: ­«en el mundo tendréis tribulaciones pero confiad: Yo he vencido al mundo» (Jn 16, 33);
3) la del de­monio: «nos libró del poder de las tinieblas» (Col 1, 13), «despojando reinos, principados y potes­tades, los exhibió públicamente, triunfando de ellos en la cruz» (Col 2, 1), «para esto apareció el Hijo de Dios, para destruir las obras del Diablo» (1Jn 3, 8);
4) la de la muerte: «Él aniquiló la muerte» (2 Tm 1, 10);
5) la del infierno: al salvarnos de los pecados nos salvó del castigo eterno por ellos merecidos, preparándonos un lugar en el cielo «para que donde Yo estoy estéis también vosotros» (Jn 14, 3).

        Él fue «levantado» (Jn 3, 14) verticalmente entre el cielo y la tierra porque vino a unir a Dios con los hombres y a los hombres con Dios, y murió con los brazos horizontalmente extendidos para abrazar en su caridad a los hombres de todos los siglos uniéndo­los así con Dios y entre ellos.

        Es, pues, Rey, Profeta y Sacerdote;

– Rey que promulga leyes y gobierna: «Yo soy el Camino».
– Profeta que enseña la auténtica doctrina: «Yo soy la Verdad».
– Sacerdote que comunica la santificación: «Yo soy la Vida».


[1] Cf. Lc 1, 26-38.  
[2]
Catecismo de la Iglesia Católica, 514-515.  
[3]
Cf. Lc 2, 1-20.  
[4]
San Carlos Borromeo, Cartas Pastorales, Acta Ecclesiae Mediolanensis, t. II, Lyon 1683, 916-917.  
[5]
Catecismo de la Iglesia Católica,529.  
[6]
Catecismo de la Iglesia Católica, 530.  
[7]
Catecismo de la Iglesia Católica, 531-532.  
[8]
Catecismo de la Iglesia Católica, 565.  
[9]
Catecismo de la Iglesia Católica, 565.  
[10]
San Gregorio Magno, Homilías sobre los Evangelios, XVI, 1.  
[11]
San Agustín, De Trinitate, L. XIII, 14, 18.  
[12]
Enarraciones sobre los Salmos, LX, 3.
[13]
Cf. Mt 28, 19.  
[14]
Cf. Mc 9, 7.  
[15]
Cf. Mt 20, 28.  
[16]
Cf. Jn 3, 5.  
[17]
Cf. Mt 20, 31-46.  
[18]
Cf. Mt 7, 21.
[19]
Cf. Mt 22, 37 y Jn 13, 34.  
[20]
Cf. Mt 5, 28.  
[21]
Cf. Mc 16, 16.  
[22]
Cf. Jn 20, 22.  
[23]
Cf. Jn 6, 51.  
[24]
Cf. Mt 6, 9-13.  
[25]
Cf. pág. 214
[26]
Cf. Mt 5-7.  
[27]
Cf. Jn 6, 25-71.  
[28]
Cf. Jn 13, 31;17, 26.  
[29]
Cf. Mt 23.  
[30]
Cf. Mt 9, 36;10, 42.  
[31]
Cf. Mt 19, 3-12.  
[32]
Cf. Mt 24.  
[33]
Jn, 17-47.  
[34]
Cf. Jn 7, 14; 10, 21.  
[35]
Cf. Jn 10, 22-42.
[36]
Cf. Jn 3, 1-21.  
[37]
Cf. Jn 4, 4-26.  
[38]
Martirio, XIV, 3.

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