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Capítulo segundo
«Creo en Jesucristo,
su único Hijo, Nuestro Señor»
Cuando nos santiguamos trazamos sobre nosotros el signo de la cruz. ¿Qué significa este signo? Significa el segundo gran misterio de nuestra fe católica: que Jesucristo, la Segunda Persona de la Santísima Trinidad hecho hombre, padeció y murió en la Cruz para salvarnos de nuestros pecados y traernos la gracia de Dios que habíamos perdido. Él es el Salvador prometido y esperado.
I. DIVINIDAD DE NUESTRO SEÑOR JESUCRISTO
¿Cómo
sabemos que Jesús es Dios?
1. Así lo enseñó el mismo Cristo
«Nadie conoce al Hijo sino el Padre y nadie conoce al Padre sino el Hijo» (Mt 11, 27), es decir, sólo la inteligencia infinita de Dios Padre puede conocer el ser infinito de Dios Hijo y viceversa. En otra ocasión dijo: «Yo estoy en el Padre y el Padre está en Mí» (Jn 14, 10); y también: «que sean uno como tú Padre estás en Mí y yo en Ti» (Jn 17, 21).
Cuando Caifás preguntó a Jesús: «Te conjuro por Dios vivo que me digas si eres Tú el Mesías, el Hijo de Dios», el Señor respondió: «Tú lo has dicho» (Mt 26, 63-64; Mc 14, 61-62), etc.
2. Así lo reconocieron sus propios enemigos
Ellos sabían que Jesús se presentaba como verdadero Hijo de Dios: «no sólo quebranta el sábado, sino que decía a Dios su Padre, haciéndose igual a Dios» (Jn 5, 18); y cuando Jesús dijo: «Yo y el Padre somos una sola cosa» los judíos lo quisieron apedrear «por blasfemia, porque tú siendo hombre, te haces Dios» (Jn 10, 30-33); y cuando pidieron a Pilato que lo crucificara, lo hicieron en estos términos: «Debe morir porque se ha hecho Hijo de Dios» (Jn 19, 7).
3. Así lo predicaron los apóstoles
San Pablo lo llama: «El gran Dios y Salvador nuestro, Cristo Jesús» (Tit 2,13). Y enseña: «Cristo está por encima de todas las cosas, Dios bendito por los siglos» (Ro 9, 5), etc. San Pedro lo llama «Señor y Mesías» (He 2, 36), etc. Y San Juan, luego de afirmar que «el Verbo era Dios» (el Verbo, la Palabra, es la Segunda Persona de la Santísima Trinidad), agrega: «Y el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros» (Jn 1, 14), afirmando que «Jesucristo... es el verdadero Dios» (I Jn 5, 20), etc.
4. Así lo demostró el mismo Jesús
1. Con su propia vida, verdadero milagro de sabiduría y santidad sobrenaturales: «¿Quién de vosotros me argüirá de pecado?» (Jn 8, 46).
De ahí lo que se dice en la Liturgia: «Tú solo eres el Santo, Tú solo Señor, Tú solo altísimo Jesucristo»[1].
2. Con numerosos milagros. En 18 pasajes se relatan hechos milagrosos de Jesús sin especificar en detalle[2] y en otros pasajes se particularizan de manera detallada 39 milagros.
En la página 210 puedes encontrar una lista completa de los milagros de Jesús: así te entretienes buscándolos y de paso te instruyes.
3. Con múltiples
profecías que son milagros intelectuales. (ver página 211).
4. Por haber resucitado de entre los muertos por su propio poder. Él mismo afirmó: «Yo doy mi vida para tomarla de nuevo. Nadie me la quita, soy yo quien la doy de mí mismo. Tengo poder para darla y poder para volver a tomarla» (Jn 10, 17-18).
5. Por el milagro moral de la perennidad de la Iglesia: Cristo fundó su Iglesia, la cual tiene en su haber casi 2000 años de historia cargada de vicisitudes, y a pesar de haber pasado tanto tiempo muestra todavía su rostro original y no cesa de comunicar su mensaje salvador a todo aquel que quiera verla y escucharla. La permanencia de la Iglesia es absolutamente inexplicable por razones humanas y naturales.
II. HUMANIDAD DE NUESTRO SEÑOR JESUCRISTO
Nuestro Señor Jesucristo es el Hijo de Dios hecho hombre: «el que es verdadero Dios es también verdadero hombre».[3] Posee un cuerpo y un alma como nosotros: «es semejante en todo a nosotros, menos en el pecado» (Heb 4, 15). Nace en Belén,[4] tiene una genealogía o árbol familiar,[5] se somete a la circuncisión,[6] tiene una infancia y juventud semejantes a la de sus contemporáneos,[7] habla, tiene hambre,[8] tiene sed,[9] come y bebe,[10] duerme,[11] suda sangre,[12] es flagelado, crucificado, muerto y sepultado.[13] Tiene un alma humana, siente tristeza,[14] temor,[15] cólera,[16] amor,[17] alegría,[18] compasión,[19] llora.[20] Tiene una voluntad y un querer humano como vemos cuando obedece, en cuanto hombre[21] y como se ve por lo que dijo en el Huerto a su Padre: «no sea lo que yo quiero, sino lo que quieres Tú» (Mc 14, 36).
Que Dios se haya hecho hombre es uno de los grandes misterios de nuestra fe. Así como cuando una uña se mete en la carne decimos que se trata de una uña «encarnada», de manera semejante el misterio por el cual Dios «se hizo carne» (Jn 1, 14) se llama «Encarnación».
No hay comparación o ejemplo posible que nos haga comprender del todo este portento; supera las fuerzas de nuestra inteligencia y es superior a todo el universo creado. Sin embargo para atisbar aunque más no sea algo de ese misterio podemos imaginar lo que sería si nosotros, ofendidos por una hormiga que nos picase nos hiciéramos hormiga, sin dejar de ser hombres. ¡Cuán grande sería nuestra humildad asumiendo una naturaleza tan inferior a la nuestra!, ¡cuán grande el amor que manifestaríamos por las hormigas!, ¡cuántos peligros por los que deberíamos pasar!, ¡cuántos sufrimientos! Sin embargo, nuestro gesto de generosidad no implicaría un salto de lo ilimitado a lo limitado sino que quedaría siempre en el plano de lo limitado: nosotros, que ya somos limitados, nos haríamos más limitados aún. En cambio Dios, que es infinito e ilimitado, sin dejar de ser Dios, «se anonadó» (Flp 2, 7) haciéndose hombre, es decir, finito y limitado.
¡No hay comparación posible! ¡Qué humildad, qué amor, que un Dios se haga hombre, que el Señor de todo se anonade hasta hacerse casi nada; qué generosidad para disponerse a soportar tantos sufrimientos como los que el Hijo de Dios pasó al hacerse hombre «para que los hombres pudiésemos ser hijos de Dios!».[22]
III. UN SÓLO SEÑOR JESUCRISTO, VERDADERO DIOS Y VERDADERO HOMBRE
No basta, sin embargo, confesar que Jesucristo tiene naturaleza divina y naturaleza humana, que es Dios y hombre al mismo tiempo, sino que, además, hay que afirmar que lo que une a ambas naturalezas es la Única Persona de Cristo, que es la Persona del Verbo, la Segunda Persona de la Trinidad, de tal manera que en Cristo no hay dos personas, una divina y otra humana, sino una sola Persona y ésta divina.
Por eso, hablando de Cristo, nos enseña San Pablo: «el mismo que bajó es el que subió...» (Ef 4, 10). «En lo cual se indica la unidad de la Persona de Jesucristo: bajó, es decir que el Hijo de Dios asumió una naturaleza humana, pero subió, es decir, que el Hijo del Hombre según la naturaleza humana fue elevado a la sublimidad de la vida inmortal. Y así es el mismo Hijo de Dios que baja y el Hijo del Hombre que sube».[23]
Son pues verdaderas las siguientes expresiones: «El Verbo se hizo carne» (Jn 1, 14); la Virgen María es «Madre de Dios»[24]; «han crucificado al Señor de la Gloria», o sea, a Dios: (1 Co 2, 8), porque las acciones son de la Persona. No digo: «mi mano escribe» sino yo (mi persona); si choco con el auto la culpa no la tiene el pie por no frenar a tiempo, sino yo, etc.
De esa manera todo lo que hizo Jesucristo gracias a su naturaleza humana: nacer, hablar, trabajar, hacer milagros, padecer, morir, son acciones que deben referirse al Hijo de Dios, a la Persona divina, por tanto, cada una de esas acciones, por ser acciones del Verbo de Dios tienen un valor infinito, son acciones de Dios. Si de hecho hubiese dos personas en Cristo, no se podría decir que el Verbo se hizo carne, y habría que afirmar que la Virgen es la Madre del hombre-Cristo, no la Madre de Dios, y no se podría escribir que fue crucificado el Señor de la Gloria, con lo cual todavía estaríamos en nuestros pecados, porque sólo Dios puede salvarnos de ellos.
Algunos herejes, por querer afirmar tanto la unidad en Cristo, negaron la dualidad de las naturalezas. Otros en cambio, por afirmar tanto esta dualidad en Cristo acabaron por destruir la unidad de la Persona. Todos estos «no son de Dios».[25]
La fe confiesa «que se ha de reconocer a un solo y el mismo Cristo Hijo, Señor Unigénito, en dos naturalezas unidas a una sola persona... no partido o dividido en dos personas, sino uno solo y el mismo Hijo Unigénito, Dios Verbo, Señor Jesucristo».[26]
Por ser una unión de persona o de hipóstasis, se llama «unión hipostática».
[1] Misal Romano, Gloria.
[2] Cf. Mt 4, 23; 8, 16; 9, 35; etc.
[3] San León Magno, Tractatus septem et nonaginta: PL 1657.
[4] Cf. Mt 2, 1.
[5] Cf. Mt 1, 1-17 y Lc
3, 23-38.
[6] Cf.Lc 2, 21-22.
[7] Cf. Lc 4, 22.
[8] Cf. Mt 4, 2.
[9] Cf. Jn 19, 28.
[10] Cf. Mt 11, 19; Lc
6, 34.
[11] Cf. Jn 4, 6.
[12] Cf. Lc 22, 44.
[13] Cf. Mt cap. 26 y 27; Mc cap. 14 y 15; Lc cap. 22 y 23; Lc cap. 18 y 19.
[14] Cf. Mt 26, 37.
[15] Cf. Mc 14, 33.
[16] Cf. Mc 3, 5; Jn
3, 15.
[17] Cf. Mc 10, 21; Jn
19, 26.
[18] Cf. Jn 11, 15; Lc
10, 21.
[19] Cf. Hb 2, 17; 4, 15; 5, 2.
[20] Cf. Lc 19, 41; Jn
11, 35; Hb 5, 7.
[21] Cf. Jn 8, 29; 5,30.
[22] San Agustín, Sermón
185: PL 38, 997-999.
[23]
Santo Tomás de Aquino, Suma contra Gentiles, II, 28.
[24] Concilio de Éfeso: DS, 251.
[25] Cf. 1 Jn 4, 3.
[26] Concilio de Calcedonia, Dz. 148.
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