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Creo en Dios Padre

Artículo 1

        «Creo en Dios Padre Todopoderoso,
        Creador del Cielo y de la Tierra»

        Vamos a explicar dentro de este primer artículo de nuestra fe, tres cosas fundamentales:

1.Dios es Uno y Trino;
2.Dios es el Creador, porque ha hecho el mundo, los ángeles y los hombres;
3.Los primeros hombres que hizo Dios, Adán y Eva, en el origen de la historia cometieron un pecado, que por eso se llama pecado original.

I.DIOS UNO Y TRINO

1. Naturaleza de Dios

a) Grandeza y Majestad de Dios

        ¿Qué es Dios? ¿Cómo es Dios? Dios y sus misterios «superan todo conocimiento» (Ef 3, 19), y no hay inteligencia creada que pueda conocer totalmente a Dios porque Dios es demasiado grande para nosotros. Pongamos una comparación: supongamos que pudiéramos sumar todo lo que de Dios conocen los santos, los religiosos, las monjitas, los sacerdotes, los Obispos, el Papa, todos lo hombres que creen en Dios, más aún, los que han existido en el pasado y los que vivirán en el futuro, y que todavía pudiésemos sumar lo que han pensado de Dios los ángeles e inclusive la Santísima Virgen María, pues bien, todo eso, en comparación con la realidad de Dios, es menos que un granito de arena en comparación con todos los animales, las plantas, los océanos, el sol y la luna y todas las estrellas. ¿Por qué? Porque Dios es infinito, no está limitado por nada ni por nadie, es más grande que todos y que todo, ya que «está sobre todas las cosas» (Ef 4, 6). Es como un océano sin límites. Superior a todo lo que podemos decir y pensar, sin comparación, porque todo fuera de Dios es limitado, finito y Él es el solo ilimitado e infinito. Con nuestra inteligencia limitada no lo podemos conocer totalmente a Él que es infinito.

b) Trascendencia de Dios

        San Juan de la Cruz –que fue un gran santo que no sólo conoció a Dios y lo amó, sino que, en cierto modo, lo experimentó– llegó a decir que «todas las criaturas en comparación con el infinito ser de Dios, son como nada. Por ejemplo: toda la hermosura de las criaturas (minerales, vegetales, animales, los hombres, los ángeles), comparados con la infinita hermosura de Dios, es suma fealdad, porque «engañosa es la belleza y vana la hermosura» (Pr 31, 30); toda la gracia y el donaire de las criaturas, comparada con la gracia de Dios, es suma desgracia y sumo desabrimiento; toda la bondad de las criaturas del mundo comparada con la infinita bondad de Dios se puede llamar malicia, porque «nada hay bueno sino sólo Dios» (Lc 18, 19); toda la sabiduría del mundo y habilidad humana, comparada con la sabiduría de Dios, es pura ignorancia según enseña San Pablo: «La sabiduría de este mundo delante de Dios es locura» (1 Co 3, 19); todo el señorío y la libertad del mundo, comparado con el señorío y libertad del espíritu de Dios, es suma servidumbre, angustia y cautiverio; todos los deleites del mundo y sabores de la voluntad en todas las cosas del mundo, comparados con todos los deleites que es Dios, son suma pena, tormento y amargura; todas las riquezas y gloria de todo lo creado, comparado con la riqueza, que es Dios, es suma pobreza y miseria»[1]. Por eso decía Santa Teresa de Jesús, que también tuvo experiencia de Dios: «quien a Dios tiene, nada le falta. Sólo Dios basta»[2]. Y San Pablo, que en algunas ocasiones llegó a tener visiones admirables de las cosas de Dios nos enseña que Dios es «inefable» (2 Co 12, 4), es decir, es inexpresable en lenguaje humano y sólo supo agregar: «ni el ojo vio, ni el oído oyó, ni vino a la mente del hombre lo que Dios ha preparado para los que le aman» (1 Co 2, 9).

        Y es Dios infinito «en toda perfección»[3]. Por eso Jesús nos dice que su Padre Celestial es «perfecto» (Mt 5, 48), porque encierra en sí las perfecciones de todas las perfecciones de todas las criaturas: «Él lo es todo» (Sir 43, 29).

c) Unidad de Dios

        Dios es uno solo porque si fuesen varios dioses tendrían que distinguirse entre sí por alguna imperfección y, por lo tanto, no serían Dios, que es absolutamente perfecto.

        La Sagrada Escritura nos enseña: «No hay más que un solo Dios» (Ro 3, 30).

d) Verdad de Dios

        ¿La verdad es una perfección? –Sí. Por consiguiente, Dios es verdadero. Más aún, Cristo ha dicho: «Yo soy la Verdad» (Jn 14, 6). Dios es absolutamente verdadero: «ésta es la vida eterna: que te conozcan a ti, único Dios verdadero...» (Jn 17, 3); tiene una inteligencia infinita: «su inteligencia es inenarrable» (Sl 147, 5); por lo tanto, no puede equivocarse, no puede engañarse ni ser engañado, habla siempre la verdad, dice lo que piensa, no miente, no puede engañarnos, es absolutamente veraz, «es imposible que Dios mienta» (Heb 6, 18); por último, hace lo que dice y cumple lo que promete porque es fiel: «el cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán» (Mt 24, 35); «Si le somos infieles, Él permanece fiel, pues no puede negarse a sí mismo» (2 Tim 2, 13), o sea, no puede defraudarnos.

e) Bondad de Dios

        ¿La bondad es una perfección? –Sí. Por consiguiente Dios es bueno y lo es infinitamente: «nadie es bueno sino sólo Dios» (Lc 18,19). Las criaturas son buenas porque participan de la bondad de Dios. Dios carece de pecado, por eso es tres veces santo: «Santo, Santo, Santo es el Señor» (Is 6, 3); es absolutamente benigno con nosotros, sus criaturas: «Tanto amó Dios al mundo que le dio a su Hijo Unigénito» (Jn 3, 16).

f) Inmutabilidad de Dios

        El tener posibilidad de cambiar es signo de imperfección, por ejemplo, saber algo y luego olvidarlo, poder ir perdiendo fuerzas, decir primero una cosa y después negarla, etc.; por eso Dios no cambia: «en Él no se da mudanza ni sombra de alteración» (Sant 1, 17). No ignora nada que tenga que saber, no desgasta sus fuerzas de modo que tenga que repararlas, no se contradice en sus juicios ni cambia de decisión. No envejece porque es eterno, eternamente joven. No tiene que trasladarse porque es inmenso. No se olvida de nada porque para su inteligencia todo está presente al mismo tiempo. No puede ser mejor ni más bueno porque es absoluta e incomparablemente bueno, perfecto y santo.

g) Eternidad de Dios

        Los ángeles tienen principio –Dios los creó– y no tienen fin porque no pueden morir. Los demás seres tienen principio y tienen fin, ya sea en parte, como el hombre, cuyo cuerpo se disuelve en la tierra aunque su alma no se corrompe, o totalmente como los animales y las plantas, que no tienen un alma inmortal como el hombre. Sólo y únicamente Dios, no tiene principio ni fin, es decir, es eterno: «Antes de ser engendrados los montes y de ser formada la tierra y el orbe eras tú, oh Dios, desde la eternidad y para siempre» (Sl 90, 2). En Dios no hay antes ni después, pasado ni futuro; es un ahora permanente, es un presente sin amanecer y sin ocaso. Quiero decirte también que sólo Dios es Dios. Él es el único e inefable, por tanto, en Él se dan cosas únicas e inefables. Todo lo que no es Dios, ha sido hecho por otro; sólo Dios no ha sido hecho por nadie, porque Él es Dios. Todas las criaturas que conocemos tienen su fecha de nacimiento: hay un momento en que dejaron de ser nada y comenzaron a existir. Dios no es una criatura, es el Creador, jamás dejó de ser nada para comenzar a existir, porque siempre fue y existe desde toda la eternidad, sin principio ni fin, sin nacimiento, ni muerte. Dios es el Único que no tiene una parte de ser, porque es el SER, es el Único que no tiene una parte de bondad porque es la Bondad, es el único que no tiene una parte de verdad sino que es la Verdad, es el único que no existe por otro sino que es la misma Existencia, y así sucede respecto a todas las perfecciones, porque las tiene todas en grado infinito. Dios es el Creador porque posee en plenitud todo lo que luego participa a sus criaturas, a las cuales saca de la nada.

        Tampoco se hace o se crea a sí mismo, lo cual sería un absurdo porque si alguna vez hubiese sido nada no podría darse el ser a sí mismo, porque nadie da lo que no tiene. En una palabra, Dios es Dios, mejor aún, Dios Es. Así como no tenemos ninguna dificultad en pensar que Dios nunca morirá justamente porque es Dios, debemos habituarnos a pensar que Dios nunca nació o fue creado, o se hizo a sí mismo, precisamente porque es Dios.

h) Inmensidad y Ubicuidad de Dios

        Nosotros somos pequeños, Dios es grande, es inmenso: «Los cielos y los cielos de los cielos son incapaces de contenerte» (1 Re 8, 27). Por eso Dios se encuentra presente en el cielo, en la tierra, y en todo lugar. Exclamaba el Salmista: «¿Dónde podría alejarme de tu espíritu?¿A dónde huir de tu faz? Si subiera a los cielos, allí estás Tú; si bajase a los abismos, allí estás presente. Si tomara las alas de la aurora y quisiera habitar al extremo del mar, también allí me tomaría tu manoy me tendría tu diestra... tampoco las tinieblas son oscuras para ti...» (Sl 139, 7-10.12).

i) Sabiduría de Dios

        Dios conoce absolutamente todo: «Tú lo sabes todo» (Est 14, 15); conoce hasta el «número de granos de arena que tiene el mar y el número de gotas que tiene la lluvia» (Santo Tomás de Aquino);[4] conoce aun nuestros pensamientos: «escudriña los corazones de todos y penetra en todos los designios y todos los pensamientos» (1 Cr 28, 9), e incluso sabe «las cosas antes de que sucedan» (Dn 13, 42).

j) Libertad y Poder de Dios

        Dios es el Señor de todo, por eso es muy libre de hacer lo que quiere, cómo lo quiere y cuándo quiere.

        No está obligado por nada ni por nadie, ni puede subordinarse a nadie ni a nada: «hace cuanto quiere en los cielos y en la tierra, en el mar y en todos los abismos» (Sl 135, 6).

        Puede hacer todo lo que quiere, es omnipotente, todopoderoso: «Para Dios todo es posible» (Mt 19, 26). ¡Con decir que puede hacernos santos a nosotros!

k) Gobierno y Providencia de Dios

        Dios todo lo gobierna, dirige la historia y las acciones de los hombres. Si lo que sucede es algo bueno es porque Dios lo quiere; si es malo, es tan sólo porque lo tolera. El mal no brota de Dios sino del mal uso que los hombres hacemos de nuestra libertad. ¿Y por qué Dios tolera el mal? Por dos razones:

        1.para respetar nuestra libertad: «Dios hizo al hombre y los dejó en manos de su albedrío» (Sir 15, 14); nos quiere como hijos, no como robots;

        2.porque es tan sabio y poderoso que sabe sacar bien del mal: «Vosotros creíais hacerme un mal pero Dios ha hecho de él un bien» (Gn 50, 20).

        En su providencia tiene todo dispuesto «según número, peso y medida» (Sb 11, 21). Así da de comer a las aves del cielo y viste a los lirios del campo[5] y con razón cuida de nosotros. Por eso siempre tenemos que confiar en Él poniéndonos en sus manos, como lo han hecho los grandes amigos de Dios. Decía la Sierva de Dios Camila Rolón: «Ciegamente me embarco en la barca de la Divina Providencia y no temo a las borrascas que se levanten por el mar borrascoso de este valle de tantas miserias y espero con fe muy viva llegar al fin de la jornada»;[6] «el Señor es fiel a sus promesas y no abandonará jamás a los que en Él pusieron sus esperanzas».[7]

l) Justicia y Misericordia de Dios

        Dios es infinitamente justo: «dará a cada cual según sus obras» (Ro 2, 6), premiando a los buenos y castigando a los malos, dando a los que «con perseverancia en el buen obrar buscan la gloria, el honor y la incorrupción: la vida eterna; pero a los contumaces, rebeldes a la verdad, que obedecen a la injusticia: ira e indignación» (Ro 2, 6-8). «De Dios nadie se burla» (Ga 6, 7).

        Dios es infinitamente misericordioso porque «Dios es Amor» (1 Jn 4, 8). Por eso «hay más alegría en el Cielo por un pecador que se convierte que por noventa y nueve justos que no necesitan penitencia» (Lc 15, 7).

m) Simplicidad de Dios

        Así es Dios: es el ser más excelente y admirable que se puede decir o pensar; infinitamente perfecto, verdadero, bueno, inmutable, eterno, inmenso, presente en todo lugar, que sabe todo, libre, justo, misericordioso, que todo lo gobierna con su providencia.

        Pero hay algo más todavía que debes saber acerca de cómo es Dios. Observa a un perrito; tiene un cuerpo como tú, pero no sabe sumar, ni restar, ni va a la escuela, no aprende catecismo, ni sabe rezar como tú.

        ¿Por qué esa diferencia? Porque tú tienes un alma espiritual que él no tiene. Esa alma espiritual no la podemos tocar con las manos, ni ver con los ojos, ni pesar en una balanza, como podemos hacer con los cuerpos; justamente porque es espiritual, es inmaterial, es incorpórea. ¿Alguna vez viste con tus ojos un pensamiento? ¿O viste el amor que le tienes a tu mamá? No. ¿Por qué? Porque el amor y el pensamiento son cosas espirituales. Pues bien, Dios es espíritu purísimo, no tiene cuerpo como nosotros (Jesús tiene cuerpo pero no en cuanto Dios, sino en cuanto hombre), por eso no lo podemos ver con los ojos ni tocar con las manos, ni pesarlo; sin embargo, podemos conocerlo y amarlo con toda la fuerza de nuestra alma: «Dios es espíritu y los que le adoran han de adorarle en espíritu y en verdad» (Jn 4, 24).

        «Nada es divino y adorable fuera de Dios. El hombre cae en la esclavitud cuando diviniza o absolutiza la riqueza, el poder, el Estado, el sexo, el placer o cualquier creación de Dios, incluso su propio ser o su razón humana. Dios mismo es la fuente de la liberación radical de todas las formas de idolatría, porque la adoración de lo no adorable y la absolutización de lo relativo, lleva a la violación de lo más íntimo de la persona humana: su relación con Dios y su realización como persona (...) La caída de los ídolos restituye al hombre su campo esencial de libertad».[8]

2. La Santísima Trinidad

        Vimos lo que es Dios y cómo es Dios. ¿Peroquién es Dios? Cuando trazas la señal de la cruz sobre tu pecho estás expresando quién es Dios. Es éste el misterio central de nuestra fe. Vamos a ver. Cuando haces la señal de la Cruz, dices: «En el nombre», en singular, no «en los nombres» en plural. ¿Por qué? Porque hay un solo Dios vivo y verdadero; y sin embargo, luego de decir «en el nombre» mencionas a tres: «del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo». ¿Por qué? Porque en el único Dios vivo y verdadero hay tres Personas distintas: el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo.

        Dios es, pues, no sólo uno sino, además, trino. Hay en Él tres Personas. Es el misterio de la Santísima Trinidad.

        La fe católica acerca de la Santísima Trinidad nos hace adorar a «tres Personas distintas de naturaleza única e iguales en su dignidad».[9]

Confesamos por lo tanto:

1. La propiedad o distinción de las Personas. El Padre es Padre, no es ni Hijo ni Espíritu Santo; el Hijo es Hijo, no es ni Padre ni Espíritu Santo; el Espíritu Santo es Espíritu Santo, no es ni Padre ni Hijo. O sea, que son tres Personas realmente distintas.

2. La unidad de naturaleza. Pero todos tienen la misma única naturaleza de Dios porque el Padre es Dios, el Hijo es Dios y el Espíritu Santo es Dios y sin embargo no son tres dioses, sino uno solo, un Dios verdadero.

3. La igualdad en la dignidad. Tan Dios es el Padre como el Hijo y como el Espíritu Santo; tan Dios es el Hijo como el Padre y como el Espíritu Santo; y tan Dios es el Espíritu Santo como el Padre y el Hijo; «tan grande el Padre, como el Hijo y como el Espíritu Santo; tan eterno el Padre, como el Hijo y como el Espíritu Santo; tan poderoso el Padre como el Hijo y como el Espíritu Santo».[10]

        Dice San Atanasio: «El que separa al Hijo del Padre (pensando que no es tan Dios como el Padre) o reduce al Espíritu Santo al nivel de las criaturas, no tiene ni al Hijo ni al Padre, sino que está sin Dios, peor que un infiel y es cualquier cosa menos cristiano». Erraron en el misterio de la Trinidad los herejes que por afirmar la Unidad de la naturaleza de Dios negaron la Trinidad de Personas y, por otro lado, los que por afirmar la Trinidad de Personas negaron la unidad de la naturaleza: nosotros «veneramos lo mismo la Unidad en la Trinidad que la Trinidad en la Unidad».[11]

        Así como el color, la forma y el perfume de la rosa no hacen tres rosas sino una; así como uno multiplicado por uno no es igual a tres sino a uno (1 x 1 x 1 = 1); así como el sol tiene figura, nos da luz y nos da calor, y sin embargo no son tres soles sino uno solo; así como si juntamos las llamas de tres fósforos prendidos forman una sola llama y no tres; de manera semejante, aunque en un nivel infinitamente superior, Dios es Padre, Hijo y Espíritu Santo, y sin embargo, no son tres dioses sino un solo Dios verdadero.

        Dios Padre piensa, desde toda la eternidad, un pensamiento que es igual a Él en todo y por ser pensamiento de Dios es infinito como Él. El Pensamiento, o Verbo, o Palabra, por ser infinito, constituye una Persona, la Segunda Persona de la Santísima Trinidad: el Hijo. Ahora bien, el Padre y el Hijo, que mutuamente se conocen, no pueden menos que amarse. Ese amor, por proceder de Dios, es infinito, y constituye, por lo tanto, la Tercera Persona de la Santísima Trinidad: el Espíritu Santo.

        Siempre que te hagas la señal de la Cruz, piensa en ese Dios todopoderoso y eterno, inmenso y bueno, justo y sabio, Padre, Hijo, Espíritu Santo, infinitamente feliz, hermoso, libre, trascendente, espíritu puro y providente, el cual, no por necesidad, sino por pura bondad, porque quiso participar a otros seres su vida, su verdad, su amor, y su felicidad, te creó para que fueses capaz de conocerlo, amarlo y servirlo y así ser muy feliz en esta vida y mucho más en la otra.

        Un gran Santo, San Francisco de Asís, alababa a Dios de este modo:

«Tú eres Santo, Señor, Dios único, que hacesmaravillas.
Tú eres fuerte, Tú eres grande, Tú eres altísimo.
Tú eres Rey omnipotente, Tú eres Padre santo,
Rey del cielo y de la tierra.
Tú eres Trino y Uno, Señor Dios, todo bien.
Tú eres el bien, todo bien, sumo bien, Señor Dios,
vivo y verdadero.
Tú eres Caridad y Amor, Tú eres Sabiduría.
Tú eres humildad, Tú eres paciencia, Tú eres seguridad.
Tú eres quietud, Tú eres gozo y alegría.
Tú eres justicia y templanza.
Tú eres todas nuestras riquezas y satisfacciones.
Tú eres hermosura, Tú eres custodia y defensor.
Tú eres refrigerio, Tú eres fortaleza.
Tú eres esperanza nuestra, Tú eres fe nuestra.
Tú eres la gran dulzura nuestra.
Tú eres la vida eterna nuestra, grande y admirable Señor,
Dios Omnipotente, Misericordioso, Salvador».[12]

II. LA CREACIÓN

1. El cielo y la tierra

        Dios existió siempre, desde toda la eternidad. Fuera de Él no existía absolutamente nada. Cuando Él quiso y cómo lo quiso creó todo lo que hay en el cielo y en la tierra: «Tú creaste todas las cosas y por tu voluntad existen y fueron creadas» (Ap 4, 11).

        Sólo Dios puede crear, es decir, hacer algo de la nada. Por eso todas las cosas dependen de Él en su ser y en su obrar, porque no existen por sí mismas sino que existen porque Dios les da el ser y la capacidad de actuar, ya que «todo subsiste en Él» (Co 1, 17) y es Él quien da «el querer y el obrar» (Flp 2, 13). Lo hizo todo con su Palabra, es decir, con su voluntad omnipotente. Y lo hizo porque quiso.

        Cierra los ojos, no ves nada. Ábrelos y ves todo. Así al principio no había nada fuera de Dios, y Dios hizo todo. Los seres más perfectos que Dios creó son los ángeles y los hombres.

2. Los ángeles

        Los ángeles son una multitud, un ejército. De entre ellos, los más conocidos son San Miguel, jefe de todos ellos; San Rafael, protector de los caminantes, San Gabriel, que se le apareció a la Santísima Virgen; y los santos ángeles de la guarda o ángeles custodios que Dios nos da a cada uno de nosotros para que nos protejan en la tierra y nos lleven al Cielo. El mismo Jesús dijo refiriéndose a los niños: «Mirad, no despreciéis a uno de estos pequeños, porque en verdad os digo que sus ángeles ven de continuo en el Cielo la faz de mi Padre que está en los Cielos» (Mt 18, 10).

        Siempre debes rezarle:

        Ángel de Dios, / dulce compañía, / no me desampares /ni de noche ni de día.

        O también:

        Ángel de Dios, que eres mi custodio, ya que el Señor me ha encomendado a ti, ilumíname, guárdame, rígeme y gobiérname. Amén

        Una parte de los ángeles desobedeció a Dios y se hicieron malos, por lo que fueron condenados al infierno: «Dios no perdonó a los ángeles que pecaron, sino que fueron precipitados al Infierno» (2 Pe 2, 4 y Jds 6). Son los demonios o diablos, ellos tienen envidia de que nosotros no queramos ser como ellos; por eso nos tientan al mal, para apartarnos del camino que nos conduce al Cielo y llevarnos al Infierno.

        Para no caer en la tentación hay que rezarle a Dios, como Jesús nos enseñó a decir en el Padre Nuestro: «no nos dejes caer en la tentación, mas líbranos del mal» (Mt 6, 13); hay que amar a la Santísima Virgen María, que aplastó la cabeza de Satanás,[13] es decir, lo venció por el hecho de no haber conocido ni la sombra del pecado; hay que invocar a San Miguel que también lo derrotó, y al que puedes dirigirle esta hermosa oración:

        San Miguel Arcángel, defiéndenos en la batalla: sé nuestro amparo contra la perversidad y asechanzas del demonio. Reprímale Dios, pedimos suplicantes; y tú, Príncipe de la milicia celestial, arroja al Infierno, con el divino poder a Satanás y a los otros espíritus malignos que andan dispersos por el mundo para la perdición de las almas. Amén.

        Los demonios no pueden hacer todo lo que quieren; no son todopoderosos; únicamente Dios es todopoderoso. Sólo pueden hacer lo que Dios les permite, y Dios, dice la Escritura, «no permitirá que seáis tentados sobre vuestras fuerzas; antes dispondrá con la tentación el éxito para que podáis resistirlo» (1 Co 10, 13). O sea, que si uno cae en la tentación cometiendo pecado es por culpa propia y por haber rechazado la ayuda de Dios. «El demonio teme al ayuno, la oración, la humildad, las buenas obras, y queda reducido a la impotencia ante la señal de la Cruz» (San Antonio Abad).[14]

3. Los hombres

        Dios creó también a los hombres, a Adán y Eva, nuestros primeros padres, dotados de un alma inmortal y elevados a la vida divina por la gracia.

        Los hombres estamos hechos de materia y espíritu, de cuerpo y alma. Dios creó la criatura humana «compuesta de espíritu y de cuerpo»,[15] de tal manera unidos, que «el alma es, por sí misma y esencialmente, forma del cuerpo humano».[16]

        Tan unidos están el cuerpo y el alma que se separan solamente con la muerte. El cuerpo, por estar compuesto de partes, se disgrega en cenizas; el alma, que es espiritual, no está compuesta de partes, por lo cual, no puede morir. Por eso el alma es más noble que el cuerpo: «No tengáis miedo a los que matan el cuerpo, que al alma no pueden matarla» (Mt 10, 28). San Juan Crisóstomo decía que «aún cuando seas dueño del mundo entero, aún cuando seas rey de toda la tierra y pagues en precio cuanto hay en la tierra, no serás capaz de comprar una sola alma... el alma es más preciosa que todo el mundo»[17] y Santa María Eufrasia Pelletier: «un alma vale más que un mundo».[18] De ahí que lo más importante que tenemos que hacer en el mundo, lo que constituye la meta de nuestra fe, «es la salvación de las almas» (1 Pe 1, 9).

        Nuestras almas conocen por medio de la inteligencia, y aman y eligen por medio de la voluntad.

        Debemos utilizar siempre nuestra inteligencia para conocer la verdad, porque sólo «la verdad os hará libres» (Jn 8, 22). Siempre debemos poner la voluntad al servicio del bien, haciendo el bien siempre y a todos, el mal nunca y a nadie, para que «ninguno vuelva a nadie mal por mal, sino que en todo tiempo os hagáis el bien unos a otros y a todos» (1 Te 5, 15).

        Dios nos hace libres para que seamos capaces de amar. Porque si uno «pudo pecar y no pecó, hacer elmal y no lo hizo» (Sir 31, 10), gana muchos méritos para la Vida Eterna y el premio será más grande.

        Nuestra alma por ser espiritual es simple, y sin embargo vive, conoce y ama. Con todo,a pesar de tener distintas operaciones, es una sola. Por eso es imagen de Dios, Uno y Trino espíritu purísimo, que es Vida, Verdad y Amor, que es Padre, Hijo y Espíritu Santo en un solo Dios verdadero. Pero nuestra alma es más que imagen, es semejanza de Dios cuando está en gracia.

        La gracia es un regalo que Dios hace a los hombres porque Él quiere y los quiere, para que sean «hijos de Dios y, por ser hijos, también herederos» (Ro 8, 16-17). Los hombres son hijos de Dios ya que por la gracia son «partícipes de la naturaleza divina» (2 Pe 1, 4). Por la gracia participamos de la Vida, de la Verdad y del Amor de Dios.

III.EL PECADO ORIGINAL

1. Nuestros primeros padres

        Cometemos pecado cuando hacemos algo que Dios no quiere. Al no hacerle caso lo ofendemos. Si se trata de algo grave el pecado se llama mortal, porque da muerte a la vida del alma que es la gracia de Dios.[19]

        Dios le dio a Adán, no sólo el alma y el cuerpo, sino sobre todo la gracia, que lo hacía hijo de Dios y amigo de Él. Al caer en pecado mortal perdió la gracia para sí mismo, y por ser la cabeza de la humanidad, la perdió para todos sus descendientes: «Así, pues, por un hombre entró el pecado en el mundo y por el pecado la muerte, y así la muerte pasó a todos los hombres por cuanto todos habían pecado...», dice la Escritura (Ro 5, 12).

        Por eso todos nosotros nacemos en pecado, «siendo hijos de ira por naturaleza» (Ef 2, 3), o sea, nacemos siendo enemigos de Dios al estar privados de la gracia, somos criaturas caídas en el pecado. Por el hecho de que el pecado de Adán fue cometido en el origen se llama: pecado original. Y sólo se borra por el Bautismo.

        Al perder la gracia de Dios, Adán y todos sus descendientes, se salieron del orden, se desordenaron, ante todo con respecto a Dios. Y como consecuencia de ello, el hombre quedó también desordenado en sí mismo, o sea, perdió el orden interior, perdió el dominio perfecto sobre sus pasiones. Quedó también desordenado con respecto a las criaturas inferiores que en adelante le causan daño y dolor; se desordenaron los hombres entre ellos apareciendo las rivalidades, las envidias, los celos; y, finalmente, se rompió la armonía íntima del alma y del cuerpo, introduciéndose la muerte en la historia, ya que «por el pecado entró la muerte en el mundo» (Ro 5, 12).

        Todos esos desórdenes son consecuencias del pecado, castigos por el pecado, como también lo es cierto dominio que adquirió el Demonio sobre los hombres, por lo que es llamado «príncipe de este mundo» (Jn 12, 31).

        Castigos terribles, sin duda, pero pequeños en comparación con el castigo final que esperaba a toda la humanidad: el Infierno. Todos los hombres, por la original desobediencia de Adán, estábamos condenados a esa terrible herencia. Nacer, sufrir, morir y caer en el Infierno.

        ¿Por qué el pecado de nuestros primeros padres fue tan grave y tuvo tan terribles consecuencias? Pongamos un ejemplo: si un soldado le pega a otro soldado, en castigo le darán algunos días de calabozo, si le pega a un sargento los días de calabozo serán más, si a un capitán muchos más y si le pega a un general serán muchísimos más. ¿Por qué a un mismo soldado le dan más días de calabozo si la ofensa fue siempre la misma? Porque la importancia y dignidad de la persona ofendida es más grande. Todo pecado mortal es, en cierto modo, una ofensa infinita ya que la ofensa no se mide por la persona que ofende sino por la persona que ha sido ofendida, que en este caso es Dios, infinitamente perfecto. Por eso sólo Dios podía volver a poner en su lugar lo que el hombre por su pecado había desordenado; sólo Dios infinito podía saldar la ofensa en cierto modo infinita causada por el pecado; sólo Dios podía librarnos de la esclavitud del pecado de la muerte, del Demonio y del Infierno; sólo Dios podía levantarnos del estado caído en que nos encontrábamos devolviéndonos la gracia perdida. Así como no podemos levantarnos a nosotros mismos tomándonos de los cordones de los zapatos y haciendo fuerza hacia arriba, de la misma manera no podíamos, estando caídos en el pecado, levantarnos a nosotros mismos, con nuestras propias fuerzas, sino que Dios nos tuvo que dar una mano, desde arriba y desde afuera, para que pudiésemos levantarnos. Esa mano es la gracia de Dios.

2. La historia posterior

        Nuestros primeros padres, y tras ellos todos sus descendientes, todos nosotros, por culpa del pecado de origen, debíamos sufrir, morir e ir para siempre al Infierno. Sin embargo, Dios tuvo compasión de nosotros y enseguida prometió un Salvador,[20] que nos salvaría de nuestros pecados y nos devolvería la gracia perdida. Pero dicho Salvador no vendría enseguida. Dios debía preparar lentamente a los hombres para que lo supiesen reconocer.

        Para ello eligió un Pueblo, e hizo con ese Pueblo una alianza, un pacto.

        Varios siglos después de Adán y Eva, Dios eligió a un hombre llamado Abraham, que vivió entre 1900 y 1800 años antes de Cristo, para hacerlo cabeza de su Pueblo, prometiéndole que de su descendencia nacería el Salvador del mundo: «Serán bendecidas en ti todas las familias de la tierra» (Gn 12, 3). Abraham creyó a Dios: por eso es llamado «nuestro padre en la fe».[21]

        Abraham tuvo un hijo que se llamó Isaac, a quien Dios renovó todas las promesas hechas a su padre.

        Isaac tuvo dos hijos, Esaú y Jacob. Jacob tuvo doce hijos que luego formaron las doce tribus de Israel. El Pueblo elegido fue haciéndose numeroso y debido a una gran sequía tuvieron que refugiarse en Egipto. Los egipcios lo esclavizaron durante 400 años.

        Entonces Dios eligió a Moisés para que liberara a su Pueblo y lo llevase hasta la Tierra Prometida. Esto sucedió alrededor del año 1200 antes de Cristo. Mientras iban en camino Dios hizo un pacto con ese pueblo junto al Monte Sinaí: allí le dio diez mandamientos.

        Josué fue quien conquistó la Tierra Prometida, y los Jueces sucedieron en el gobierno a Moisés.

        El pueblo de Dios ya tenía una Ley y una tierra. Le faltaba una organización política. Para ello Dios les dio un rey. Primero Saúl (1035-1015 a.c.), luego a David (1015-975 a.c.) y finalmente Salomón (975-935 a.c.). Luego ocurrió un cisma y se dividieron en dos reinos, el de Israel y el de Judá.

        Entre los años 900 y 800 a.C. aparecieron los grandes profetas Elías y Eliseo; entre los años 800 y 700 a.C. los profetas Amós, Oseas, Isaías, y Miqueas; por el 600 a.C. Jeremías y Ezequiel.

        En ese siglo los persas invadieron la tierra y se llevaron cautivo a Babilonia al pueblo elegido. Luego, en el 538 a.C. vuelven los judíos a Palestina, pero vivieron casi permanentemente dominados por extranjeros: por los persas hasta el 332 a.C.; por los griegos hasta el 143 a.C.; por los romanos desde el 63 a.c. en adelante –salvo entre el 143 al 63 en que fueron independientes–.

        Cuando llegó, pues, la plenitud de los tiempos, de la estirpe de Abraham, de la tribu de Judá, de la familia de David, nació en Belén de Judá el Mesías Redentor del mundo, Jesucristo Nuestro Señor, Hijo de Dios y de la Purísima Virgen María, cumpliéndose en Él todo lo anunciado por los Profetas e inaugurándose con Él los últimos tiempos. Por eso,«el Redentor del hombre, Jesucristo, es el centro del cosmos y de la historia».[22]

        «Cristo, Redentor del mundo, es Aquel que ha penetrado, de modo único e irrepetible, en el misterio del hombre y ha entrado en su “corazón”. Justamente enseña el Concilio Vaticano II: “En realidad el misterio del hombre sólo se esclarece en el misterio del Verbo encarnado”».[23]

 

«¿Cómo atreverse a confiar en un mundo inestable y frágil, lleno de mentira? Solamente por la confianza en la bondad del ser creado por Dios, que es amor. ¿Cómo ir hasta el límite de la confianza? Caminando en seguimiento de Cristo, el que, en la hora suprema de la fidelidad, pudo decir: “Padre, en tus manos entrego mi espíritu” (Lc 23, 46). Con Cristo, confiad en el Padre. En la fe, arrojaos en los brazos de Dios. Él no os decepcionará. Su fidelidad no falla nunca».

Juan Pablo II
a los jóvenes
 en la abadía

de Echternach, (Luxemburgo),

 
26 de mayo de 1985.


[1] Subida al Monte Carmelo, I, 4.
[2]
Poesías, 30.
[3]
Concilio Vaticano I, Constitución Dogmática sobre la fe católica, Dz. 1782.
[4]
Suma Teológica, I, 23, 7.
[5]
Cf. Mt 6, 25 y ss.
[6]
Carta del 31 de junio de 1908.
[7]
Carta del 7 de marzo de 1911.
[8]
III Conferencia General del Episcopado Latinoamericano, Documento de Puebla, 491.
[9]
Misal Romano, Prefacio de la Misa de la Santísima Trinidad.
[10]
Cf. I Concilio de Nicea, Dz. 54; I y II de Constantinopla, Dz. 86, Dz 213.
[11]
Símbolo Atanasiano, Dz 39.
[12]
Alabanzas; en: San Francisco de Asís, Escritos y biografías, Escritos líricos, B.A.C., Madrid, 1976, p. 60.
[13]
Cf. Gn 3, 15.
[14]
San Atanasio, Vida de San Antonio Abad.
[15]
IV Concilio de Letrán:  Dz. 428.
[16]
Concilio de Vienne, Dz. 481.
[17]
Homilías sobre el Evangelio de San Mateo, Homilía 55, 3, B.A.C., Madrid 1966, p. 164.
[18]
Lema del escudo de la Congregación «Nuestra Señora del Buen Pastor» y de las «Hijas de la Cruz», tomado de San Juan Eudes.
[19]
Cf. Concilio de Trento: DS, 1512.
[20]
Cf. Gn 3, 15.
[21]
Misal Romano, Plegaria Eucarística I.
[22]
Juan Pablo II, Carta encíclica Redemptor hominum, I, 1.
[23]
Juan Pablo II, Carta encíclica Redemptor hominum, II, 8.

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