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LA PROFESIÓN
«Hay
cantos que son siempre hermosos, que no pasan de moda; hay cantos cuyos ecos no se apagan
nunca; nuestro canto, el canto que resonará por encima de los ruidos ensordecedores de la
historia del mundo, es el Credo, el canto de nuestra fe. En él
profesamos nuestra fe en el Padre, que nos llama a la vida; en nuestro
hermano y Salvador Jesucristo;
en el Espíritu Santo, que crea
continuamente la vida. Cantemos juntos este canto de nuestra fe».
Juan Pablo II,
a los fieles de Münster, Alemania
1 de mayo de 1987.
LO QUE HAY QUE CREER: EL CREDO
Para que no nos olvidásemos de las verdades fundamentales de la fe que tenemos que creer, para que nos sirva de oración diciéndole a Dios que creemos todo lo que Él nos ha enseñado, y para que profesemos nuestra fe católica delante de Dios y del hombre, la Iglesia hizo un resumen sencillo y breve de las principales verdades de la fe. Este resumen se llama Credo porque comienza con esa palabra latina que significa: Creo. Siempre se reza de pie, ya que es un canto de victoria por el hecho de ser el resumen de nuestra fe «que ha vencido al mundo» (1 Jn 5, 5). Los Santos mártires dieron su vida regando la tierra con su sangre, para defender y afirmar la fe católica porque sabían que «sin fe es imposible agradar a Dios» (Heb 11, 6) y ellos lo querían agradar. También por eso rezamos el Credo de pie: queremos mostrar nuestra disposición para defender y propagar la fe católica.
Además, Jesús dijo una vez: «a todo el que me reconozca delante de los hombres, yo también le reconoceré delante de mi Padre, que está en los cielos» (Mt 10, 32-33).
Un gran mártir, San Pedro de Verona, mojando sus dedos en la sangre de la herida mortal que le hicieron sus verdugos, escribió en el suelo la palabra Credo, dando a entender que moría por la fe católica sintetizada en el Credo, también llamado «símbolo».
El Credo compendio
de nuestra fe tiene doce artículos. El
Catecismo de la Iglesia Católica los analiza en tres capítulos:
Capítulo primero: Creo
en Dios Padre
Capítulo segundo: Creo en Jesucristo, el Hijo Único de Dios
Capítulo tercero: Creo en el Espíritu Santo.
Al profundizar en cada uno de los artículos del Credo, llegarás a darte cuenta de que «el símbolo es ..., con toda certeza, el tesoro de nuestra alma».[1]
«La íntima relación que Cristo quiere establecer con nosotros es esa singular amistad que nunca puede defraudar. Jesús es fiel; Él mantiene lo que promete. Por eso, Cristo es vuestro verdadero amigo. No encontraréis un compañero de camino más fiel. No permitáis, por ello, que vuestra respuesta a Él sea mezquina. ¡No le alarguéis sólo vuestro dedo pequeño! ¡Abridle ampliamente las puertas de vuestra amistad! Las cosas grandes no se pagan con moneda pequeña. ¡Entregadle vuestro corazón, vuestro entendimiento, vuestras manos! Y si os llama personalmente a su más inmediato seguimiento, no le neguéis vuestra compañía. ¡Con Cristo no hay pérdidas! Él os da tan abundantemente que podéis enriquecer a otros aún y con Él transformar el mundo».
Juan Pablo II,
a los jóvenes en Gelsenkirchen (Alemania),
2 de mayo de1987.
[1] San Ambrosio, Explanatio
Symboli, 7: PL 17, 1196.
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